William Angus, el fútbolista escocés

"Personajes" que dejaron o pretendieron dejar huella en la Historia Militar de la Gran Guerra.

Moderador: Schweijk


William Angus, el fútbolista escocés

Notapor SusoRail el Lun 30 Sep 2013 7:38

Los setenta metros de William Angus

El futbolista se convirtió en el primer escocés en ganar la Cruz Victoria por jugarse la vida para salvar a un oficial de su pueblo en la Primera Guerra Mundial
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El joven William Angus creyó colmar buena parte de sus sueños cuando en 1912, con apenas 23 años, el Celtic de Glasgow le sacó de la mina en la que se ganaba la vida desde que finalizase su etapa escolar. No podía imaginar en ese instante que sus días de gloria llegarían pronto, pero muy lejos de los terrenos de juego y de la Escocia en la que se había criado. Había jugado en equipos aficionados, sobre todo en el Carluke Rovers -el de su pueblo- hasta que el equipo representativo de los católicos de Glasgow le invitó a unirse a ellos.

Sin embargo, su tiempo con la camiseta verdiblanca fue breve (apenas dos años) y poco fructífero ya que se cuentan con los dedos de una mano las veces en las que jugó de titular. Ese fue el motivo por el que buscó una salida en cuanto pudo. Lo hizo en verano de 1914 al fichar por el Wisham Athletic y aún tenía firmes esperanzas de hacerse un nombre en el fútbol, deporte por el que sentía una enorme devoción. Apenas pudo jugar con ellos, pero por razón bien diferente. A finales de ese mismo año Angus entró a formar parte de la Infantería Ligera de las Highlands y fue enviado a Europa a participar en la Primera Guerra Mundial, el conflicto de las trincheras, el barro, la lucha cuerpo a cuerpo y en el que avanzar apenas una centena de metros solía tener un desproporcionado coste en vidas humanas. Una matanza exagerada.

El 12 de junio de 1915, el día que cambiaría para siempre su vida y la de quienes vivieron con él aquella jornada, el futbolista se encontraba oculto en una trinchera en las afueras de Givenchy, al norte de Francia. No muy lejos de la frontera con Bélgica. A no más de setenta metros estaban las líneas alemanas. Llevaban semanas de pelea en aquel terreno y los británicos habían conseguido hacer retroceder a sus enemigos, pero estos se habían hecho fuertes en lo alto de un terraplén, bien protegidos por un amplio parapeto, varias ametralladoras y la confianza que da tener una posición ligeramente más elevada.

La noche del 11 al 12 de junio los británicos planearon un ataque sobre la elevación dominada por los alemanes. Un grupo de soldados, a las órdenes del teniente James Martin, tratarían de penetrar en sus líneas y tomar una trinchera clave para su avance. Sus enemigos no tardaron en descubrir sus intenciones y en medio de la operación hicieron detonar una mina que abrió un enorme cráter en la zona, dejó varios heridos y obligó a un rápido repliegue de los británicos. Cuando hicieron recuento de las bajas, descubrieron con desánimo que el teniente Martin no había regresado. Un duro golpe para el batallón porque durante el tiempo que habían estado juntos el oficial se había distinguido tanto por su valentía y dotes de mando como por su extraordinario carácter, lo que le permitía disfrutar de una evidente popularidad entre los soldados.

Cuando amaneció el 12 de junio y la luz permitió hacer un balance más realista de la situación, los escoceses descubrieron desde su posición el cuerpo de James Martin, apenas a diez metros de la trinchera de los alemanes, pero protegido por su parapeto que impedía que estos tuviesen una visión directa con él. Incluso si lo hubiesen descubierto tendrían complicado alcanzarle con algún disparo dada su situación. Era evidente que se encontraba herido, pero al menos se mantenía con vida. El problema era qué hacer. Fue entonces cuando William Angus se ofreció a ir en su busca aunque los mandos a los que consultó rechazaron su propuesta de inmediato. "Iría usted a una muerte segura" le explicaron. El escocés insistió alegando que Martin era de su mismo pueblo y que no podía volver a casa sin haber hecho todo lo posible por ayudarle a salir de allí. Fue Lawford, un brigadier general, quien finalmente autorizó la misión aunque insistió en las mínimas posibilidades de éxito que tendría. La idea era atarle una cuerda y que llegase a la posición de Martin sin ser descubierto. En caso de ser herido sus compañeros podrían arrastrarle de nuevo a la trinchera. Angus era consciente de que si llegaba a ser descubierto en mitad de las dos trincheras sería fácilmente aniquilado por los disparos alemanes.

Cuando se hizo de noche los británicos pusieron en marcha el plan. Angus se ató la cuerda y comenzó a reptar despacio para no llamar la atención de los soldados que estuviesen de guardia en las filas alemanas. Llegó a la altura del oficial, le dio un trago de agua y otro de brandy para llenar su espíritu y se preparó para los setenta metros más importantes de su vida. Ató con la cuerda a Martin, que tenía heridas bastante importantes en brazos y piernas, para que al menos los soldados británicos pudiesen arrastrarle hasta la trinchera. Cogió aire y levantó a su compañero del suelo al tiempo que comenzó a arrastrarlo tan rápido como podía. Los alemanes no tardaron en descubrirlos y comenzaron los disparos y las explosiones. Desde la trinchera de enfrente ingleses y escoceses disparaban para tratar de cubrir a los dos soldados. Y en medio de aquel desorden, de aquella oscuridad y de aquella locura, dos hombres trataban de agarrarse a la vida. Los alemanes lanzaron varias bombas de mano que levantaron mucho polvo e hicieron aún más complicada la visión del enemigo. Siguieron los disparos, pero no tenían sencillo divisar el blanco. Angus sentía los pinchazos de la metralla y de las balas en todo su cuerpo, pero no desfalleció. Siguió tirando de Martin, se caía y se levantaba de inmediato. Después de un par de minutos angustiosos ambos cayeron en el fondo de la trinchera entre el entusiasmo de quienes les esperaban. Fueron trasladados de inmediato a un hospital militar para que ser tratados de sus heridas. Los médicos contabilizaron más de cuarenta impactos en el cuerpo de Angus aunque ninguno amenazaba su vida. Por desgracia y pese a los esfuerzos no pudieron salvar su ojo izquierdo ni uno de sus pies. Martin estaba muy maltrecho, pero su vida no corría peligro.

Aquella acción convirtió a Angus en el primer escocés en recibir la Cruz Victoria de manos del rey, condecoración que a día de hoy ocupa un lugar muy destacado en el Museo Nacional de la Guerra de Escocia. Volvió a casa convertido en un héroe y así vivió hasta su muerte. Fue juez de paz y presidente vitalicio del Carluke Rovers. Cada doce de junio a su casa llegaba el mismo telegrama. Era de James Martin para volver a darle las gracias.
Saludos
Suso

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