Panzer, detrás del mito (II) Estepas y desiertos

Historia Militar 1939-1945.

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Panzer, detrás del mito (II) Estepas y desiertos

Mensaje por Japa »

En esta segunda entrega veremos los acontecimientos referidos a las grandes campañas alemanas en la URSS entre 1941 y 1942, y junto a ellas las operaciones africanas hasta la batalla de El Alamein (incluida).

Por supuesto en el tema se incluirán los desarrollos realizados en esos años, tanto respecto a modificaciones de los modelos antiguos como en lo referido a los nuevos diseños.

Una aclaración: aunque Alemania desarrolló varias familias de vehículos blindados de ruedas de gran interés, no voy a referirme a ellas en ningún momento, ya que aunque vehículos como el SdKfz 234 estaban mejor armados y protegidos que la mayoría de carros ligeros del momento, se trata de máquinas diseñadas con un objetivo muy diferente al de los carros, cazacarros y cañones de asalto: son vehículos de exploración y reconocimiento, es decir, caballería. Eso no quita para que en contadas ocasiones y a falta de otros medios hubo vehículos (como los Puma) que participaron en combates acorazados, pero se trata de situaciones excepcionales.

Tampoco mencionaré nada sobre el diseño de los transportes blindados semioruga SdKfz 250 y 251, aunque igualmente en ocasiones fueron empleados como vehículos de apoyo.

Y sin más, vamos a la faena

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BARBAROSSA



PRELIMINARES


Por fin llegamos al punto culminante del conflicto. En julio de 1940 (la fecha exacta no se conoce) Hitler informó a sus generales de que había llegado el momento de lanzar la jugada suprema, la guerra que siempre había soñado: la invasión de la URSS.

Se han aducido muchos motivos para justificar la decisión del Führer, desde que Alemania se anticipó a una agresión de Stalin (algo que los documentos desclasificados en Rusia ha desmentido del todo) hasta que Hitler esperaba que así se rendiría Gran Bretaña, ya que en su opinión Churchill resistía a la espera de que la URSS se aliara con los ingleses.

Si bien es cierto que entre 1939 y 1940 Hitler y Stalin fueron virtualmente aliados, y que la URSS cumplió escrupulosamente con su parte de los acuerdos con Ribentropp, lo cierto es que Hitler siempre tuvo en mente que se trataba de una situación temporal, no sólo por la incompatibilidad entre ambos regímenes políticos (incompatibilidad en el nombre, porque en realidad eran dos sistemas totalitarios que parecen haberse entendido a la perfección) sino porque el imperio que quería crear para Alemania sólo tenía un posible lugar de expansión, el Este.

La intención de Alemania no era eliminar al comunismo, sino eliminar a la población de Ucrania y la Rusia Europea, ya que a ojos de Hitler no tenían derecho a la tierra que ocupaban. Además los pueblos eslavos (y por supuesto la importante población judía de Europa oriental) eran en el universo hitleriano seres infrahumanos , Uttermensch con los que no eran necesarios miramientos de ningún tipo. Un pequeño porcentaje, tal vez un 10-15%, podrían permanecer allí como población esclava al servicio de los granjeros alemanes (en sus conversaciones Hitler usa el término griego "Ilota") pero el resto sólo tendría dos opciones: la expulsión más allá de los Urales o el exterminio. Eso implicaba (y Hitler procuró dejárselo muy claro a los mandos militares) que la guerra que se avecinaba no iba a ser una simple operación militar, como en Francia: iba a ser una contienda a vida o muerte.

Dada la trascendencia de semejante decisión lo esperable hubiera sido una actividad frenética de cara a preparar adecuadamente a la Wehrmacht para el choque que se avecinaba, a la vez que se desataba un duro debate sobre la coherencia táctica y estratégica de lanzarse sobre el mayor ejército del planeta. Sin embargo nada de eso ocurrió. De hecho no se tomaron demasiadas medidas de cara a mejorar el equipamiento del Heer y la Luftwaffe, y muchos proyectos de la KM siguieron en marcha durante un tiempo restando recursos al esfuerzo principal: no hablamos de la construcción de submarinos que siguió siendo muy baja, sino que se mantuvieron proyectos relacionados con los superacorazados del plan Z, que no deberían estar operativos hasta cuatro años después. No se aumentó demasiado la producción alemana de cañones, carros, municiones… aunque sí se presionó a la URSS para incrementar los suministros de petróleo y otras materias primas (incluido caucho, que llegaba desde Extremo Oriente vía Transiberiano) que, por supuesto, iban a emplearse en la destrucción de la propia URSS.

Aún más chocante es el que nadie se opusiera a los planes de Hitler. Los mismos generales que habían temblado ante la idea de atacar Checoslovaquia ahora veían como lo más natural del mundo una guerra con Stalin mientras Gran Bretaña continuaba resistiendo en occidente. Los jefes del OKH, que se conformaban en la primavera de 1940 con ganar la costa norte de Francia para asegurar posiciones de cara a posteriores campañas hacia el sur, ahora empezaban hacían planes para avanzar impetuosamente hacia Moscú en una sola campaña. Sin embargo la explicación es sencilla: los alemanes estaban borrachos, borrachos de victoria.

Esa embriaguez iba a traducirse en una serie de contrasentidos que incluso a corto plazo iban a garantizar que la campaña del Este sería la tumba del nazismo.

El primero afectó a la misma esencia de las divisiones panzer. Hitler sabía que la ofensiva sólo tendría éxito apoyándose en los impetuosos avances de las puntas acorazadas, y para cubrir adecuadamente el gigantesco campo de batalla que iba a abrirse hacia Oriente decidió duplicar el número de divisiones acorazadas. SIn embargo, y pensando que la campaña sería breve y fácil, no consideró adecuado sobrecargar la industria alemana a fin de equipar a las nuevas unidades, ya que ello hubiera podido reducir la opulencia de los alemanes (un anatema para los nazis, que tenían muy poca fe en la fidelidad y capacidad de sacrificio de su pueblo). Así que había que hacer más unidades sin tener más carros ¿solución? reducir a la mitad las plantillas divisionarias y sacar dos divisiones de donde sólo había una. En teoría la reducción material prevista sería leve, ya que si bien se pasaría de dos PzReg a uno, cada regimiento se incrementaría hasta tres PzBon luego las PzDiv mantendrían 3/4 partes de su potencial previsto una vez se completaran las plantillas, pero la relajada producción de panzer fue incapaz incluso de cubrir esas plantillas y la mayoría de las brigadas acorazadas redujeron realmente sus efectivos acorazados a la mitad. El principio básico de la concentración de la fuerza se había volatilizado.

Si en el aspecto industrial no se hizo gran cosa, en el técnico, como ya vimos, se hizo aún menos y los carros que fueron al combate en 1941 eran en esencia los mismos de un año atrás. La relajación que siguió a la caída de Francia hizo las lecciones adversas recibidas durante la campaña de Francia respecto al blindaje y la potencia de fuego cayeron en saco roto y pese a la orden expresa de Hitler de armar a los Pz III con el cañón L/60 de 50 mm y a los Pz IV con el L/48 de 75, el Heer prefirió mantener el corto cañón del Pz IV y rearmar a los Pz III de modelos anteriores y a los de nueva producción con el 50 mm L/42.

Al menos el proyecto de unificación de armamento a la baja del Pz III y el IV se dejó de lado en cuanto los generales de las PzDiv oyeron hablar de ellos, puesto que la idea de reducir el armamento al carro de combate más pesado de Alemania era tan estúpida que se cayó por su propio peso en cuanto salió de los despachos y llegó a los militares de verdad. En cuanto a la unificación mecánica los proyectos siguieron adelante sin prisas y quedaron bastante en el limbo: ambos panzer siguieron su camino separadamente. De hecho, a partir de estas fechas los gabinetes de diseño alemanes tiraron a la papelera las ideas sobre estandarización y simplificación, lo que iba a convertir la logística del Heer en una pesadilla que crecería a medida que avanzara la guerra, y no se tomaron medidas para remediar ese problema más que cuando empezó a planificarse la cuarta generación de carros alemanes, a finales del 44.

Aparte de los pocos trabajos ya mencionados, se diseñó una versión lanzallamas del Pz III, el Ausf. M, que a la postre entraría en servicio en el 42, y se convirtieron algunos carros Pz IV para inmersión, con una serie de modificaciones similar a la del Tauchpanzer III.

Tampoco se hizo gran cosa de cara a incrementar la producción de transportes, semiorugas o de ruedas, ya que se consideró que dada la previsible brevedad de la campaña que se avecinaba el Heer podría apañarse con el ingente botín capturado en las primeras campañas, así que la ofensiva en la URSS se movería sobre ruedas alemanas, francesas, checas, belgas… haciendo que la logística se volviera aún más complicada.

A lo largo de esos meses se procuró, dentro de las limitaciones económicas que el gobierno se había impuesto, incrementar en lo posible la producción de los modelos Pz III, Pz IV y Pz 38, amén de reequipar todos los Pz III de versiones antiguas con el 50 mm L/42. En total el equipamiento final del Heer en el momento de producirse la invasión era de 1440 Pz III y 517 Pz IV medios, más 410 Pz I, 746 Pz II, 149 Pz 35 y 623 Pz 38, un total de 3885 carros de combate a repartir entre una veintena de PzDiv, es decir, un promedio de 195 carros por división. No era una mala cifra, pero la PanzerWaffe iba a tener que usar más de un millar de carros Pz I y II de nulo valor combativo, a la espera de que la producción permitiera ir reemplazando los últimos carros ligeros.

Hay que remarcar este punto: Alemania tenía potencial industrial más que sobrado para haber construido entre el verano del 40 y el del 41 un millar extra de carros Pz III y IV: había medios económicas y materias primas suficientes. La producción de acero y carbón en Alemania en ese momento era 2 veces la de la URSS y podría haber puesto su industria a pleno rendimiento sin dificultades, no sólo en lo que a carros de combate se refiere, sino en todos los apartados requeridos por el Heer, aprovechando de paso los recursos industriales ganados en Francia. Después de todo una de las claves de la doctrina alemana era que una breve campaña victoriosa generaba los recursos para la siguiente. Pero el gobierno nazi consideró que sería contraproducente que la realidad de la guerra se reflejara en la vida económica alemana.

Suele aducirse que Alemania desvió una gran parte del acero para producir submarinos, pero la realidad de las cifras nos dice que el incremento en la producción de U-boote no se produjo hasta después de Barbarossa.

Mientras el pueblo inglés ponía todo su esfuerzo en reequipar a su ejército y hacía frente con decisión al Blitz, mientras los obreros soviéticos trabajaban sin descanso para dotar a su ejército de los últimos diseños de carros y aviones prescindiendo casi de cualquier otra cosa, los alemanes vivían un verano de felicidad y victoria: los diez meses anteriores a Barbarossa fueron los más festivos que recordarían los alemanes. Y la opulencia iba a pasarles factura muy pronto.

Como puede apreciarse, la tranquilidad, casi la apatía, reinaba en la industria alemana pero ¿Y en el Ejército? ¿qué estaba haciendo el Estado Mayor? o, mejor dicho ¿qué estaban haciendo los Estados Mayores?
Última edición por Japa el Vie 30 Nov 2007 19:34, editado 4 veces en total.

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Mensaje por Trancos-Alatriste »

Desde luego tienes la habilidad de todos los buenos escritores de novelas por entregas.

Estocada: Sabes acabar cada capítulo con la frase adecuada para que el lector este impaciente por que llegue el capítulo siguiente.
"Un ejército de ciervos dirigido por un león es mucho más temible que un ejército de leones mandado por un ciervo." Plutarco.

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Mensaje por Japa »

Yo es que crecí leyendo las historias del teniente Blueberry por entregas en los tebeos de Bruguera, y siempre me quedaba con el gusanillo carcomiéndome ¿Qué pasará la semana que viene? ¿Lograrán solucionarlo?

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Mensaje por Japa »

DISCORDANCIA

De todos es sabido que el OKH (EM del Heer) y el OKW (EM de la Wehrmacht) estaban en desacuerdo con respecto a la estrategia a seguir con respecto a Rusia. Hitler creó el OKW con la excusa de contar con un órgano de decisión que coordinara los tres ejércitos alemanes; en realidad su objetivo era recortar la independencia del OKH y subordinar cualquier decisión militar a su aprobación personal. Además la dualidad de estados mayores había exacerbado la rivalidad entre las diversas ramas de la Wehrmacht, ya que mientras la LW iba por libre gracias a la influencia de Goering y la KM podía plantear su trabajo de una forma bastante independiente dado el desinterés de Hitler por el mar, el Heer se veía sometido a todas las decisiones del cuartel del Führer. En esas condiciones cualquier posible coordinación inter ejércitos a nivel operativo, técnico, logístico… dependía exclusivamente de la buena voluntad de sus mandos, y esa voluntad era en general escasa.

En cualquier caso el Heer contaba en la práctica con dos estados mayores diferentes, y planearan por separado dos estrategias diferentes de cara a la campaña rusa: la de Hitler (puesto que el OKW era un órgano sometido a su persona) y la de Halder (jefe del OKH).

La disparidad principal era con respecto al objetivo y consecuente desarrollo de la campaña: Halder, en un alarde de escasez de imaginación, proponía un plan que en lo básico repetía el avance de Napoleón sobre Moscú, soñando con la triunfal entrada de sus tropas en la capital soviética. Hitler consideraba que era preferible asegurar los flancos primero de modo que los avances al Sur y al Norte protegieran posteriormente la ofensiva sobre Moscú en el caso de que los plazos permitieran acometerla en la misma campaña. El resultado fue un tira y afloja al descubierto seguido por un directo sabotaje de los planes de Hitler por parte del OKH, que hizo todo lo posible para que el despliegue de las fuerzas de cara a Barbarossa y las previsiones logísticas favorecieran el asalto central sin que Hitler lo supiera. De hecho Halder llegó al extremo de falsear las conclusiones sobre el despliegue del ER en el Báltico y sobre todo en Ucrania (donde a la hora de la verdad se concentraría el mayor esfuerzo defensivo de la URSS) restándoles importancia y exagerando las dificultades en el frente central a fin de que se desplegara ahí el principal esfuerzo alemán.

¿Y los panzer? Pues Halder esperaba probablemente que la impetuosidad de Guderian y Hoth, que comandarían los principales ejércitos acorazados, forzaría la situación a su favor e inclinaría la balanza hacia el eje central una vez iniciada la campaña, pero por su parte los generales de los panzer estaban decididos a hacer caso omiso de todo lo que el OKH quisiera imponerles, considerando que eran ellos los que iban a ganar la guerra y en consecuencia debían de ser ellos los que marcaran las pautas. Así que el OKW y el OKH iban a luchar dos guerras diferentes y a su vez la PanzerWaffe iba a hacer lo que pudiera por luchar la suya propia. No era desde luego la mejor manera de preparar una campaña.

La decisión tomada en la primavera de subordinar las fuerzas acorazadas a ejércitos de infantería no mejoró la discordia. Es más, Guderian parecía sentir ya en esas fechas un fuerte desprecio por su nuevo superior, Kluge, lo que aumentó su determinación de hacer lo que le viniera literalmente en gana.

Y es que puede que en el OKH y el OKW se hubieran emborrachado de victoria, pero Guderian estaba literalmente intoxicado y empezó a tirar a la papelera incluso sus propias premisas. Las teorías sobre la guerra acorazada implicaban una adecuada coordinación entre las PzDiv y las unidades de infantería de modo que actuaran como una maquinaria bien engrasada, ya que las InfDiv tenían el cometido de asegurar los flancos de las puntas acorazadas, pero ahora, tras la campaña de Francia, los generales de los panzer se consideraban sobrados de fuerzas y habilidad como para hacer la guerra por su cuenta sin esperar a la lenta infantería. Ahí quedan sus palabras ya iniciada la campaña: "Todos los comandantes del grupo panzer y sus tropas deben hacer caso omiso de las amenazas sobre los flancos y retaguardia. Mis divisiones sólo saben empujar hacia adelante".

El altivo general, como una verdadera prima donna, rechazaba con furia cualquier directriz que implicase obstáculos para su avance. Nada de lentas unidades de infantería taponando los caminos: sus fuerzas debían ir siempre en la delantera. Para Guderian, el enemigo apenas contaba, era meramente un elemento del paisaje. Lo único importante era avanzar a toda velocidad y que los de atrás se encargaran del trabajo sucio.

Uno de los mitos sobre Barbarossa dice que Guderian, preocupado, informó a Hitler de que el ER dispondría de más de diez mil carros de combate para luchar con el Heer, y que Hitler no le creyó y siguió planificando el ataque pese a la prudente advertencia. Es cierto que Guderian dio esas cifras al Führer, pero también añadió (y lo omitió en sus memorias sin el menor pudor) que los carros del ER eran maquinas obsoletas y en un estado de mantenimiento lamentable, inútiles en el combate, poco más que un montón de chatarra para que sus panzer hicieran tiro al blanco. No hubo pues advertencia, sino jactancia. Al igual que en el debate del StuG, Guderian iba a tener que tragarse esas palabras muy pronto.

Así pues, no sólo iba a haber tres guerras diferentes (la del OKH, la del OKW y la de los panzer) sino que iba a haber dos ejércitos distintos, el mecanizado y el tradicional, que harían la guerra por separado y sin coordinarse.

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Mensaje por Japa »

¿Como iba a quedar el despliegue de las PzDiv después de los tiras y aflojas? El Grupo de Ejércitos Norte bajo el mando del general Leeb contaría como fuerza acorazada con el IV PzGr , el más débil, ya que sólo contaba con tres PzDiv bajo el mando de Hoeppner. Eso situaba al grupo Norte como el más débil de los tres e iba a ser un lastre en su campaña y en última instancia salvaría a Leningrado. El grupo Centro al mando de Bock tendría bajo su mando al III PzGr al mando de Hoth, con cinco PzDiv, adscrito al IX Ejército de Strauss, y al II PzGr de Guderian con otras cinco PzDiv como apoyo del IV Ejército de Kluge. El grupo Sur contaría con el I PzGr al mando de Kleist con cinco PzDiv.

Esta disposición que daba preeminencia al grupo Centro (el Sur era algo más fuerte que el Norte pero cubría un frente mucho más extenso con la ayuda de húngaros y rumanos) se llevó a cabo desestimando la información disponible que mostraba el fuerte dispositivo defensivo soviético en Ucrania. Las disensiones entre los estados mayores iban a pagarse muy caras.

Suele decirse que los alemanes iniciaron Barbarossa sin entender las dificultades que iban a enfrentar. Eso es falso: en los juegos de guerra planificados en el invierno anterior a la ofensiva quedó claro que iba a ser imposible mantener un avance continuo, que sería necesaria una pausa operacional para reconstituir las fuerzas, más o menos a las tres semanas de iniciada la campaña, que las fuerzas del Heer serían insuficientes para completar la campaña en un sólo golpe porque cuando se iniciara el asalto sobre Moscú estarían agotadas y que las fuerzas acorazadas del Grupo Centro tendrían que girar hacia el Norte y el Sur a fin de embolsar a las tropas soviéticas en colaboración con los grupos de los flancos. Dada la dificultad de mantener el suministro una vez atravesado el Dnieper, debería plantearse el acuartelamiento de las tropas a más tardar en octubre a fin de prepararse para pasar el invierno en las mejores condiciones posibles mientras se preparaba la logística necesaria (almacenamiento, adaptación de las vías férreas…) de cara a completar la campaña en la primavera de 1942

Halder hizo caso omiso de esas conclusiones, al igual que los generales de los PzGr, que opinaban que los generales del EM eran militares de salón, incapaces de apreciar la realidad del campo de batalla, y sólo sabían poner trabas a todo, principalmente por su apocamiento, como habían demostrado en Francia. De hecho el encargado de dirigir al Grupo Centro en los juegos, había protestado enérgicamente por el desvío de fuerzas acorazadas en apoyo de los embolsamientos de los otros grupos por considerar que era una distracción inaceptable de cara al asalto de Moscú. El objetivo de la guerra acorazada tal y como se había desarrollado antes de la guerra y como se había llevado a cabo en Polonia y Francia era la destrucción de las fuerzas enemigas, pero ahora eso pasaba a un segundo plano.

Aún más, lo que no comprendían Guderian, Hoth o Kleist era que las distancias no eran cifras sobre el papel. Acostumbrados a una mentalidad centroeuropea en la que los recorridos eran grandes pero asequibles, no comprendían que si el camino a Moscú era tres veces más largo que al Canal, eso no significaba que se pudiera recorrer en tres veces el mismo tiempo, sino que implicaba una sobrecarga intolerable sobre las máquinas, los hombres y los suministros. Al margen de lo que hicieran las tropas del ER, la distancia iba a ser un enemigo para el que simplemente no se estaban preparando pese a todas las advertencias de los técnicos.

Y así, el 22 de junio del 41, la Wehrmacht se lanzó sobre el ER, en la ciega confianza de que el enemigo se derrumbaría con la misma facilidad que lo había hecho Francia, si no más rápido, puesto que se trataba de débiles subhumanos, apenas aptos como ganado en el mundo feliz que les había prometido Hitler cuando acabara la guerra. El Heer, que un año antes veía imposible atravesar veinte kilómetros de agua para atacar Inglaterra, consideraba ahora que recorrer ochocientos kilómetros hasta Moscú iba a ser un trabajo fácil.

Y las PzDiv partían hacia la batalla con la moral más alta que nunca llegarían a tener. Demasiado alta.

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¿PORQUÉ?

La situación al Este de la frontera soviética era como mínimo extraña. Stalin era racionalmente consciente de que la guerra con Alemania era una posibilidad muy real, pero estaba convencido de que era posible aplazar y tal vez eludir la amenaza. Su planteamiento era bastante lógico, ya que Alemania obtenía enormes ventajas de su acuerdo con la URSS y si quería derrotar a Gran Bretaña necesitaba los recursos que le brindaba el tratado Ribentropp-Molotov. El que Hitler pudiera lanzarse a una nueva guerra sin terminar la que estaba en marcha era algo que le parecía del todo ilógico, sobre todo porque precisamente la firma de los acuerdos en 1939 le habían llevado a considerar que Hitler era, al igual que él, un frío oportunista. Stalin era un superviviente nato, un hombre con un gran instinto político que calculaba muy bien sus movimientos, y su cálculo de la situación en 1941 no contenía nada que podamos señalar como erróneo. Sin embargo sabemos que estaba equivocado, y la clave está en que no tenía en cuenta la personalidad real de su oponente.

Quizás ese sea el error más grave que cometió Stalin en su dilatada carrera: no fue capaz de calibrar el tipo de enemigo que tenía delante y asumió que el discurso nacionalsocialista era pura palabrería. Pero en realidad y pese a las apariencias Hitler era un idealista de verdad, con obsesiones mesiánicas que guiaban sus acciones, y éstas, aunque apoyadas en un frío cinismo político, no tenían como objetivo su supervivencia personal, sino la consecución de Su Misión. Esa misión implicaba la destrucción de la URSS como paso previo a la construcción del Reich milenario, luego la guerra en el Este no era para Hitler una cuestión de necesidad, sino una obligación ineludible.

Éste es un buen momento para echar una mirada sobre el carácter de Hitler, ya que si bien hasta el invierno de 1941 Hitler no interfirió en el desarrollo de las operaciones militares, a partir de ahí sus decisiones y, en consecuencia, su personalidad, lo marcaron todo.

Si repasamos la carrera de Adolf Hitler desde su salida de la cárcel en Baviera podemos ver como cada paso que dio en su camino hacia el poder trajo consigo una aceleración en los acontecimientos. Eso se debía en parte a su carácter enormemente impaciente, pero sobre todo a lo que parece ser una dependencia psicológica del triunfo, casi una adicción.

Los primeros logros de Hitler, siendo moderados, tuvieron una gran trascendencia en Alemania. Tras años de desesperanza y marasmo los nuevos aires de la Alemania nazi fueron para el pueblo germano como un despertar, y el final de las penurias, la recuperación de Renania y la denuncia de Versalles levantaron el entusiasmo de la gente, que se volcaba ante cualquier aparición del Führer. Eso a su vez provocaba una retroalimentación en el carácter del canciller, ya que Hitler se crecía en ese entusiasmo, en cierto modo se nutría con él. Eso implicaba que tras un triunfo Hitler necesitaba otro, y otro, y otro… y, al igual que un toxicómano, necesitaba dosis cada vez mayores

El testimonio de Albert Speer a este respecto es de gran interés: describe a Hitler como una persona que absorbía la energía de los que le rodeaban, que literalmente bebía de su entusiasmo alimentando el suyo. Al parecer tanto él como otros de los miembros del círculo privado se notaban mental y anímicamente agotados tras cualquier reunión con el Führer, como si fuera un vampiro psíquico. Lo mismo puede verse reflejado en sus discursos, en los que exhibía todo su potencial como orador para que las masas literalmente ardieran. El entusiasmo de su público le sostenía, aunque de puertas adentro insistiera una y otra vez en la incomodidad de la fama y su deseo de vivir como una persona anónima sin más aclamaciones.

A eso se unía una creciente obsesión hipocondríaca ya que Hitler estaba convencido de que moriría pronto, que no cumpliría los sesenta años, y se obsesionó cada vez más con la idea de que tenía que completar su tarea antes de morir porque nadie tendría la talla necesaria para hacerlo en su lugar. El conjunto de esos factores le convirtió en una bomba de relojería.

Los primeros triunfos fueron económicos y sociales. A eso le siguieron los primeros triunfos en política exterior y, en 1937, la unión pangermánica, el Anchluss de Austria. La unificación llevó los ánimos del pueblo al delirio, y Hitler se sintió en la cumbre. Pero a ello siguió el anticlímax de Munich: el acuerdo con Francia e Inglaterra llevaron a Alemania a una asombrosa victoria sin derramamiento de sangre y para el pueblo alemán significó la señal ineludible de que Hitler era un ser supremo, pero esta vez Hitler no estaba eufórico: él había ansiado la conquista militar de Checoslovaquia y se sintió profundamente frustrado por lo sucedido.

Esa frustración fue a su vez la causa de su precipitación al forzar la situación primero con Praga y finalmente con Varsovia. Polonia y Alemania podrían haberse entendido muy bien en 1939, de hecho se entendieron muy bien en los dos años anteriores e incluso Polonia había proclamado leyes antijudías casi tan duras como las nazis. No hubiera sido disparatado pensar en una alianza germanopolaca frente a la amenaza soviética, pero Hitler presionó en el único punto en el que Polonia no podía ceder bajo ninguna circunstancia: Danzig y el Corredor; y lo hizo de modo que fuera imposible una solución negociada: Hitler quería la guerra o la sumisión incondicional. Sus palabras al respecto no dejan ninguna duda: esta vez actuaré tan rápido que ninguna vieja llorona podrá arrebatarme el triunfo (en alusión a Chamberlain, cuya voz atiplada le hacía hablar de forma irritántemente quejumbrosa)

Tras la destrucción de Polonia Hitler quiso lanzarse de inmediato sobre Occidente, pero sus generales consiguieron disuadirle de iniciar la ofensiva en invierno. Luego llegó el triunfo de Francia y un nuevo frenesí de victoria en Alemania que dejaba pequeño todo el entusiasmo de los años anteriores.

Pero ya hemos visto que la resistencia inglesa fue algo que Hitler jamás había esperado, y lo inesperado le resultaba mortificante, le exasperaba. Esa exasperación jugó por primera vez en su contra en el otoño de 1940 cuando, ante la provocación del ataque inglés sobre Berlín, arremetió como un toro obcecado contra Londres obligando a la LW a cambiar sus objetivos justo cuando la RAF estaba contra las cuerdas y la victoria aérea casi se rozaba.

Y llegamos al punto clave: la negociación con Molotov en Berlín en 1940 dio claramente a entender que la URSS, pese a estar dispuesta incluso a ir a la guerra junto a Alemania si EEUU se implicaba en el conflicto, no iba a ser un títere y estaba decidida a seguir su propia política. De nuevo Hitler veía cómo se le ponían obstáculos a Su Voluntad, y se decidió. Ya no necesitaba más excusas para lanzarse a la yugular de Stalin, aunque de cara a sus colaboradores las buscó.

Tras el éxtasis de junio de 1940 el Führer no iba a conformarse con gestionar la victoria o buscar salidas indirectas a la lucha con los ingleses (como la estrategia periférica de Raeder). Necesitaba algo mayor, mucho mayor, un triunfo que dejara pequeños a todos los conseguidos hasta entonces, algo que colmara de verdad sus ansias de gloria, que le saciara, y dirigió su mirada hacia el Este, donde por fin iba a levantar su imperio. Esa y no otra era Su Misión, y ya no iba a esperar más, no podía esperar más.

Barbarossa no se basaba en cálculos de necesidades políticas, económicas o militares: Hitler se lanzó hacia el Este porque era Su Destino y a esas alturas, como un drogadicto, era ya incapaz de detenerse.

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AL OTRO LADO

Pese a la apariencia de completa sorpresa obtenida el 22 de junio, lo cierto es que los mandos del ER tenían bastante clara la realidad de la amenaza y habían hecho lo posible para prepararse dentro de las enormes limitaciones que tenía en ese momento la iniciativa, sobre todo porque Stalin temía que cualquier acción militar preventiva podía desencadenar el ataque. Sin embargo el ejército había sido cogido en mitad de una urgente reestrucutración. Tras la desastrosa actuación soviética en la Guerra de Invierno Stalin había confiado a Zukhov, uno de sus comandantes más capacitados, la tarea de reorganizar el ER. Zukhov había iniciado un proceso de traslado a fin de concentrar la fuerza soviética lejos de la frontera Occidental.

Al ocupar Polonia y los estados bálticos la URSS había hecho un mal negocio. El avance de las fronteras (eufemismo usado por Zukhov al referirse al reparto polaco) dejó inútiles las fortificaciones occidentales de la URSS, que ahora quedaban a cientos de km del frente. Se iniciaron los trabajos para construir sistemas defensivos en los nuevos límites, pero no era posible completarlas antes de 1942, aunque se desmantelaron grandes áreas de la vieja Línea Stalin a fin de aprovechar armas y equipo.

Había que reemplazar todo el equipamiento obsoleto del ER y la VVS y las factorías trabajaban a toda prisa para poner en servicio los nuevos modelos de carros y aviones. Las fuerzas desplegadas en el área del Dnieper tenían prioridad, así que las unidades en la frontera sólo dispondrían de equipos viejos, como los carros T-26.

También se notaba una tremenda falta de solidez entre la oficialidad debido a las consecuencias de las purgas en los años 30. Miles de oficiales jóvenes habían sido ascendidos para cubrir los huecos dejados por la criba en el escalafón del ER y estaban ocupando puestos por encima de su nivel de preparación. Además entre las tropas se había generado un efecto de desprecio hacia los mandos, que veían como su autoridad no era respetada, algo que se agravaba por la omnipotencia del comisariado político, que sobre el papel debía garantizar la firmeza marxista de los militares, pero en la práctica vigilaba su más mínimo paso en falso para enviarlos a prisión. La iniciativa personal casi se había evaporado y los oficiales tenían que conseguir autorización por escrito para actividades tan nimias como trasladar pertrechos u ordenar una modificación de una guardia. Eso iba a traer consigo que en las primeras semanas del conflicto la capacidad de reacción del ejército fuera casi igual a cero. Aún más, en demasiadas ocasiones los comisarios iban a revocar órdenes militarmente razonables a fin de hacer cumplir a rajatabla las consignas del Kremlin, e incluso algunos dirigirían personalmente las operaciones conduciendo unidades completas al desastre. El mando dual político-militar iba a ser un lastre mucho más pesado que el despliegue o la falta de equipamiento.

Sin embargo el principal problema a que se enfrentaban los generales soviéticos era doctrinal: desde las purgas militares el partido había tomado las riendas en lo que a la estrategia se refiere, y el resultado había sido una serie de bandazos a medida que una u otra teoría caía en desgracia. Sobre todo la situación afectaba a las fuerzas acorazadas. En tiempos de Tujachevski se esperaba que los carros avanzaran velozmente como puntas de ofensiva, penetrando profundamente en las líneas enemigas. De la experiencia de la Guerra Civil española se había sacado la conclusión de que después de todo los carros debían actuar como apoyo de la infantería y las fuerzas blindadas se habían dispersado, y los fulgurantes éxitos alemanes unidos a las tremendas derrotas de la primera fase de la Guerra de Invierno habían forzado la creación de grandes unidades acorazadas de emergencia. La continua improvisación implicaba que apenas había habido un adiestramiento mínimo a nivel de tropa o de mando y en realidad los jefes divisionarios no tenían demasiado claro qué hacer o cómo hacerlo.

Por otra parte la doctrina político-militar se apoyaba en la obsesión de Tujachevski por la ofensiva ante cualquier circunstancia, incluso en situaciones defensivas (defensa en avanzada), contra la bien probada estrategia rusa de ceder terreno sin desperdiciar la fuerza (defensa en profundidad). Eso implicaba que en junio de 1941 el sólo hecho de pedir planos de las áreas situadas por detrás del frente podía ser considerado un signo de traición y costarle la vida al oficial que lo hiciese. Las fuerzas que defendían la frontera occidental no podían ni siquiera ejercitarse en situaciones de repliegue y contraataque, ya que lo único que se les permitía planificar era un inmediato avance contra el territorio del enemigo. En esas condiciones lo único que podrían hacer los soldados soviéticos es morir luchando en la primera línea sin posibilidad de maniobra alguna.

(Dicho sea de paso, las pruebas que encontraron los alemanes de una inmediata ofensiva soviética que sólo se había evitado gracias a Barbarossa se sacaron de esa circunstancia, ya que las unidades de avanzada del ER sólo tenían planes operativos y documentación para actuar en territorio enemigo)

En cuanto a la VVS la situación no era mucho mejor, ya que en la idea de contar con inmediato apoyo aéreo para las operaciones en avanzada se habían construido centenares de aeródromos en primera línea sin un adecuado equipamiento de comunicaciones ni construcciones capaces de proteger los aviones en tierra, lo que garantizaba que en caso de un ataque la aviación del Frente sería barrida en tierra.

Finalmente el conjunto de la defensa soviética tenía una debilidad fundamental que iba a tener consecuencias catastróficas en el primer año de guerra: siendo una estructura enormemente centralizada, dependía para casi todo de una red de comunicaciones muy extensa, pero esa red no era radiofónica, (es decir, inalámbrica) sino telefónica, y la expansión del despliegue militar en el último año había traído consigo el empleo masivo de tendidos de campaña, enormemente vulnerables al fuego artillero y, sobre todo, a los ataques aéreos.

El ER, pues, no estaba dormido en junio de 1941, pero a nivel táctico y estratégico estaba en la peor situación imaginable, y las decisiones e indecisiones que siguieron a la invasión germana empeorarían aún más las cosas.

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Mensaje por Japa »

En la primera parte del tema olvidé referenciar los mapas que estoy utilizando. Los he descargado de Wikipedia y dado que su calidad es muy razonable voy a seguir empleándolos a la hora de ilustrar las operaciones. Salvo que diga lo contrario, todos los mapas que iremos viendo pertenecen, pues, a la Wiki, edición inglesa.

Imagen

COMIENZOS Y PRESAGIOS

El inicio de Barbarossa fue, a ojos del mundo, una sentencia de muerte para la URSS. Las tropas alemanas avanzaron sin dificultades por todos los frentes llevando a cabo magistrales envolvimientos y destruyeron todas las fuerzas lanzadas por el ER al contraataque. El 26 de junio la 8ª PzDiv (56º PzKorp, Grupo Norte) tomó los puentes sobre el Dvina el 26 de junio tras un avance asombroso de 360 km. El 5 de julio, apenas dos semanas tras el comienzo de la ofensiva. la punta acorazada de Guderian estaba ya cruzando el Dnieper, y tan sólo el Grupo Sur parecía ir retrasado con respecto a los otros. Smolensko caía el día 16 mientras el XLVII PzKorp al mando de Guderian se apartaba de la ciudad y continuaba hacia Orsha, más al norte, completando un cerco gigantesco. Todo parecía indicar que la victoria iba a ser rapida y completa, pero las cosas no eran tan fáciles.

Aunque los alemanes no lo comprendieron en su momento, los primeros contratiempos reales surgieron en el Grupo Norte, ya que mientras que las fuerzas de Guderian y avanzaban como un torrente sin mirar a los lados, Manstein, que dirigía el 56º PzKorp obró con prudencia y procuró no arriesgarse tras la toma de los puentes del Dvina en vez de continuar hacia Leningrado confiando en que el otro componente del PzGr de Hoeppner, 51ª PzKorp al mando del general Reinhardt, le siguiera cubriendo los flancos. Esa ralentización a la postre dio a los soviéticos un respiro que, en última instancia, iba a salvar a la ciudad e impediría que el Grupo Norte cubriera sus objetivos. No obstante y en descargo de Manstein hay que decir que el 56º PzGr, tras su sonoro nombre, tan sólo contaba con la 8ª PzDiv apoyada por la 3ª división motorizada, y realmente la parada era la opción más razonable.

¿Cómo iban las cosas más al Sur? en realidad no iban mal. El gran redespliegue de las fuerzas del ER estaba ya en marcha, y el Heer no logró atrapar en la frontera al núcleo principal del ejército soviético, pero la tremenda rapidez del avance alemán desbordó incluso las previsiones de Zukhov y sus fuerzas de segundo escalón fueron igualmente alcanzadas y cercadas). Parecía que los vaticinios de una victoria rápida se estaban cumpliendo, porque las órdenes de Stalin de luchar por cada metro de tierra hizo que las tropas soviéticas no pudieran replegarse cediendo terreno e impedía que se pudieran organizar reservas para un contraataque adecuado. Además en los primeros momentos de la invasión los sistemas de comunicaciones del enemigo fueron destruidos y el caos reinaba entre las unidades defensoras, mientras que la ciega estupidez de los comisarios condenaba a muchos comisarios a sacrificar sus fuerzas en estériles contragolpes con tropas casi desarmadas. Todo parecía marchar sobre ruedas.

Pero estaban empezando a aparecer síntomas alarmantes.

El primero de ellos, y una muy desagradable sorpresa, fue descubrir que la infantería soviética no huía ante los panzer. Al contrario que las tropas inglesas o francesas, los soldados del ER eran, en palabras de los alemanes, panzersicher (seguros contra los carros). Además y tras el caos y el desconcierto de los primeros días los soldados soviéticos tampoco aceptaban la derrota como sus homólogos de Occidente. Las tropas embolsadas seguían luchando con una ferocidad inimaginable y eso ponía en grandes apuros a las divisiones panzer, porque la aceleración impuesta por sus líderes les había alejado enseguida de las fuerzas de infantería que debían asegurar los cercos, lo que les imponía tareas para las que no estaban bien preparados, sobre todo tras la reducción de sus fuerzas prácticamente a la mitad.

La resistencia de los soldados del ER fue una sorpresa incluso para los pilotos de la LW. En Francia, cuando las sirenas de los stukas anunciaban el bombardeo los enemigos se dispersaban aterrados. En el Este las tropas se ponían a disparar hacia arriba con todo lo que tuvieran a su alcance. Eso normalmente no servía de nada contra la aviación, pero los stuka bajaban mucho y se encontraban con una granizada de balas en su camino. Muchos pilotos regresaban a la base con el avión convertido en un colador, y algunos no regresaban.

Al respecto hay que mencionar que en sus memorias Manstein descalifica la feroz resistencia de los soldados del ER, considerando que era fruto de un absurdo fanatismo o del miedo al comisariado (leyéndole parece que cada soldado enemigo tenía un comisario apuntándole a la oreja) y carecía de utilidad militar alguna. Sin embargo él mismo se contradice al afirmar que esa resistencia les originaba desgaste y, sobre todo, retraso, obligando a prolongados y duros cercos. Curiosamente al tratar la campaña de Stalingrado la numantina resistencia del VI ejército es descrita como un hermoso ejemplo de heroísmo sin par en el que el sacrificio de los asediados permitiría a los alemanes ganar un tiempo precioso. Extraña paradoja.

En cualquier caso la velocidad de los avances había supuesto una gran ventaja a la hora de fragmentar y embolsar a las fuerzas del ER, pero las durísimas condiciones del terreno estaban pasando factura a los carros. No era lo mismo transitar por las cómodas carreteras de Francia que hacerlo por los duros caminos cubiertos de polvo de Ucrania y Bielorrusia. Aún peor, a partir de la segunda semana el suministro de combustible, provisiones, municiones… empezaba a convertirse en un problema para la ya sobrecargada intendencia.

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Mensaje por hoff »

¡Ay!, la enfermedad de la victoria... con victorias como las que tenían los alemanes en el casillero es muy dificil sustraerse a quedar infectados de ella. También le pasó a la Marina Imperial Japonesa... hasta Midway.

El asunto del equipamiento, de que no se pusiera a tope la producción armamentística alemana, creo yo que viene no solo de la desconfianza de los jerarcas nazis en su pueblo, más bien de la interpretación dogmática (es decir, no abierta a discusión alguna) de lo que pasó en la Gran Guerra. Los nazis creían que no habían perdido la guerra por la superioridad en cantidad y calidad del enemigo, creían que la habían perdido por la "puñalada por la espalda" que había podido darse por las privaciones que la guerra impuso en la población. Determinados a que esto no volviese a pasar, se hacía todo lo posible para que los alemanes viviesen como si no hubiese guerra (y saquear de paso al resto del continente ocupado), no fuera que los pobrecitos se debilitasen...

Japa escribió: Al respecto hay que mencionar que en sus memorias Manstein descalifica la feroz resistencia de los soldados del ER, considerando que era fruto de un absurdo fanatismo o del miedo al comisariado (leyéndole parece que cada soldado enemigo tenía un comisario apuntándole a la oreja) y carecía de utilidad militar alguna. Sin embargo él mismo se contradice al afirmar que esa resistencia les originaba desgaste y, sobre todo, retraso, obligando a prolongados y duros cercos. Curiosamente al tratar la campaña de Stalingrado la numantina resistencia del VI ejército es descrita como un hermoso ejemplo de heroísmo sin par en el que el sacrificio de los asediados permitiría a los alemanes ganar un tiempo precioso. Extraña paradoja


Que manera tan elegante de expresarlo:)... Esa es una de las razones por las que las memorias de los generales alemanes, tomadas durante muchos años como biblias sobre la guerra en Rusia han de ser cogidas con pinzas, y de las largas.
El miedo es natural en el prudente
Y el saberlo vencer es ser valiente


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Mensaje por Japa »

Manstein desde luego no es santo de mi devoción, no sólo por sus "amnesias" (cuando lo lees parece que la Wermatch fue a la URSS en misión humanitaria :shock ) sino por su estilo, que te hace la lectura de sus memorias realmente soporífera. :dpp: :dpp:

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Mensaje por Urogallo »

El estilo doctoral prusiano del XIX que copia...la verdad que no es una lectura amena.
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Mensaje por Japa »

SORPRESAS DESAGRADABLES

El blindaje y armamento de los carros alemanes se estaba mostrando realmente insuficiente en los primeros combates en la URSS. Los soldados del ER manejaban sus cañones CC de 45 mm con una gran eficacia, y también disponían de gran cantidad de CC de 76,2 mm M1936 que eran una pesadilla para los carristas alemanes ya que ni los Pz IV eran una protección adecuada frente a ese arma (de hecho, fue un botín muy apreciado por los alemanes y lo usaron profusamente más adelante, como veremos). Los carros ligeros se llevaban la peor parte de la lucha, porque ante una infantería decidida (y los soldados del ER, como hemos visto, lo eran), los Pz I y II estaban inermes y los viejos carros soviéticos BT y T-26 eran enemigo sobrado para hacerlos añicos. Los Pz 35 y 38 tampoco resistían los impactos de los cañones soviéticos: aunque los proyectiles no penetraran la chapa del carro saltaba en pedazos hacia adentro, cubriendo de metralla a la tripulaicón.

Pero las cosas no les iban mejor a los carros medios, y no sólo por la artillería o los fusileros. Los Pz III y IV iban a conocer por fin a sus némesis.

En el frente Norte, casi al comienzo de la campaña, el IV PzGr se enfrentó a un feroz contraataque por parte del III y XII Cuerpos Mecanizados del Frente Noroeste. Los soviéticos llevaban con ellos una veintena de carros pesados de un modelo desconocido para los alemanes. Casi un centenar de carros de la 6ª PzDiv se lanzaron al contragolpe para encontrarse conque sus cañones, incluso los 75 mm de los Pz IV, eran inofensivos juguetes contra los poderosos carros soviéticos. Un Pz III atrapado en tierra pantanosa fue literalmente aplastado al pasarle por encima los carros enemigos que pese a su tamaño se movían con una sorprendente seguridad por el campo de batalla. La artillería divisionaria empezó a prestar apoyo y un 150 mm acertó a bocajarro a uno de los atacantes: cuando empezaban a felicitarse por el impacto vieron como el carro volvía a moverse y enfilaba hacia ellos para finalmente reducir el cañón a un montón de tubos reducidos aplastándolo con sus orugas. Finalmente el ataque fue frenado por la LW mientras los panzer, por primera vez en su historia, huían para salvarse dejando atrás una veintena de carros Pz III y Pz 35 destruidos junto con otros tantos cañones CC, varias piezas de artillería pesada, vehículos y un montón de cadáveres. El KV-1 acababa de presentarle sus respetos al Heer.

Las tropas de Hoth se enfrentaron el 24 de junio a otro asalto encabezado por el VI Cuerpo Mecanizado con casi doscientos carros KV1 y otra desagradable sorpresa, los T-34, veloces e invulnerables, la obra maestra del ingeniero Mikhail Koshkin. Sólo la habilidad táctica de los alemanes y la inmediata intervención de la LW evitaron que se repitieran las escenas de pánico del Norte, pero las tropas de infantería se quedaron aterradas ante lo sucedido. Ni siquiera a quemarropa habían podido hacer mella en los carros del ER.

Dos días después eran los panzer de Kleist los que recibían la bienvenida por parte de los carros soviéticos. El 26 de junio la 11ª PzDiv se encontró en medio de un feroz ataque por parte del VIII y IX Cuerpos Mecanizados, surgidos de repente ante ellos tras un fenomenal avance táctico en el que algunas unidades llegaron a desplazarse 200 km. De nuevo la falta de pericia de los soviéticos evitó un desastre, pero los mandos del Grupo Sur tomaron buena nota de que el enemigo había estado a punto de lograr una ruptura catastrófica.

Decir que los nuevos carros soviéticos sorprendieron a los alemanes es decir nada. Las tropas de infantería empezaron a sentir verdadero pánico ante la aparición de las inconfundibles siluetas de los T-34 y pronto bautizaron a sus cañones del 37 con el despectivo mote de aldabas, ya que sólo servían para llamar a la puerta de los carros del ER. La única manera de enfrentar a los nuevos enemigos era dejarlos pasar y atacar sus flancos y su trasera, y para luchar con ellos a larga distancia sólo podía usarse el todopoderoso 88 mm.

Los carros Pz III y IV, gracias a la mayor destreza y adiestramiento de las tripulaciones germanas respecto a las soviéticos (en 1941 la diferencia era abismal) podían maniobrar y situarse bien para enfrentarlos, pero los Pz I, II , 35 y 38 eran inútiles. Su tiempo había pasado. El otro vehículo acorazado del Heer, el StuG, estaba paradójicamente mejor preparado para enfrentarse a los T-34 y KV ya que su baja silueta y su mayor blindaje frontal le permitían combatir a distancias a las que los Pz III y IV ya habrían sido convertidos en chatarra. Pronto los artilleros de asalto empezaron a ganar una gran reputación entre los sufridos infantes, que veían en ellos la única protección fiable contra los monstruos de acero que empezaban a poblar sus pesadillas.

El propio Guderian hizo un comentario muy claro al conocer las armas de los carristas soviéticos: Esto es muy preocupante. Pero pronto iba a tener preocupaciones más graves.

Y sin embargo la campaña se desarrollaba bien. Los ataques acorazados soviéticos eran rechazados y el avance continuaba imparable. Las tropas de Guderian estaban a punto de alcanzar Yelnia, al este de Smolensko.

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Mensaje por Japa »

PAUSA OPERACIONAL

Continuaremos siguiendo la suerte del II PzG al mando de Guderian, ya que en sus operaciones se evidenciarían todas las virtudes tácticas de las PzDiv, y todos los problemas y desaciertos que iban a llevar al Heer al borde del abismo apenas unos meses más tarde.

Como ya hemos dicho, Guderian siguió hacia el Este tras el asalto a Smolensko para enlazar con las fuerzas de Hoth y completar el cerco de las fuerzas enemigas en la zona, pero de repente se manifestó de forma abierta el carácter de prima donna del impetuoso general. En vez de cerrar el cepo y así atrapar a los restos de casi tres ejércitos del ER, en lugar de mantener la cooperación con el PzKorp de Hoth, Guderian decidió lanzarse hacia Yelnia, a fin de establecer ahí la base de partida para el asalto final a Moscú. La ciudad cayó el día 19. Cuando su jefe directo, Bock, le ordenó retroceder para completar el cerco el día 20 de julio, Guderian respondió que era de mucha mayor trascendencia completar la operación que había emprendido y se negó a abandonar su avance. Lo asombroso no es que un mando tan agresivo como Guderian desobedeciera abiertamente las órdenes de sus superior, sino que se le permitiera hacerlo sin más. Eso lleva a pensar que el jefe del OKH, Halder, estaba apoyando a Guderian en contra de sus inmediatos superiores, Kluge y Bock, seguramente porque así favorecía la decisión de un avance masivo contra Moscú.

Las fuerzas del ER en los bosques alrededor de la zona se lanzaron al contraataque y las tropas de Guderian de pronto se vieron bloqueadas. El rápido avance del PzKorp había llevado a la 10ª más allá de lo que el sistema logístico permitía y ahora se encontraba atorada en un saliente del frente, atacada por los flancos y sin combustible ni municiones. El desgaste mecánico había sido tan alto que a los tres días del inicio de la lucha por sostenerse en Yelnia a la 10ª sólo le quedaban nueve carros operativos.

Aún más, el retraso en cerrar el cerco en torno a las fuerzas de Smolensko permitió que más de 100000 soldados y oficiales del ER se abrieran camino y se reunieran con las fuerzas soviéticas al Este.

Guderian había previsto iniciar la esperada pausa operacional el día 20 de julio, tras la toma de Yelnia, pero el cambio repentino de la situación se lo impidió. Ahora reclamaba que las fuerzas de infantería corrieran todo lo posible para relevar a la agotada 10ª panzer, y exigía refuerzos y avituallamiento urgente. Finalmente el día 23 la Infantería del XIII CE empezaron a relevar a las tropas de la 10ª división motorizada, y las 10ª y 18ª PzDiv. Los soldados a pie acudían al rescate de los panzer.

Si Guderian se sentía humillado por una situación de la que era el exclusivo responsable, Von Kluge estaba furioso y empezaba a preguntarse que sentido tenía su puesto si no lograba que sus subordinados Bock y Guderian actuaran como tales. Incluso Halder empezó a preocuparse por el tema de los flancos y probablemente también por la soberbia independencia de Guderian, que a su vez había sido consentida desde el OKH. Y por encima de ellos Hitler empezaba a preguntarse qué tipo de guerra estaba haciendo el Heer. Y tenía motivos: él había dado unas órdenes muy claras, el OKH había hecho todo lo posible por desobedecerlas y las PzDiv estaban librando su propia guerra sin hacer caso ni a unos ni a otros.

A fin de tener contento a su divo, el OKH cedió a Guderian el mando de dos cuerpos de infantería como apoyo del PzKorp, y por su parte Hitler le condecoró el día 29 de julio con las Hojas de Roble. Ahora el ego del general panzer estaba literalmente en la estratosfera y se opuso con energía a cualquier planteamiento estratégico tras la pausa operacional que no incluyera la toma de Moscú por el II PzGr.

Mientras todo esto sucedía en las alturas la 10ª PzDiv apoyada por la SS Das Reich seguía luchando en Yelnia. Luego la PzDiv sería retirada dejando solo a la Das Reich, pero un nuevo asalto soviético el 26 forzó el regreso de los agotados panzer. Por esas mismas fechas se cerraba, con casi dos semanas de retraso, la bolsa de Smolensko, despejando en parte el panorama de la zona tras la caída de más de 300000 prisioneros.

El desgaste continuó en Yelnia, ahora reforzada por unidades del IX CE. El 14 de agosto incluso Guderian empezó a pensar si sería conveniente retirarse del saliente. el 27 de agosto Kluge visitó las posiciones y se quedó helado ante el matadero en el que habían metido a sus tropas. Finalmente a primeros de septiembre se inició la retirada terminando así una batalla estratégicamente inútil en la que la 10ª PzDiv había sido usada contraviniendo todas las ideas desarrolladas por Guderian sobre el uso de las unidades acorazadas, y había sido él mismo el que había llevado a sus hombres a esa situación.

Ahora, tras eliminar a las fuerzas soviéticas en torno a Krichev, al suroeste de Yelnia, los panzer repusieron fuerzas. Entretanto se desataba la tormenta entre el OKW y el OKH sobre la continuación de la campaña. Resistiéndose a todas las presiones de Halder, Hitler ordenó que el Grupo de Ejércitos Centro se preparara para apoyar al grupo Sur que, gracias a las maniobras de engaño (porque no puede llamarse de otra manera) de Halder en la preparación de la campaña, estaba haciendo frente al núcleo principal de las fuerzas del ER sin contar con las fuerzas suficientes. Se estaba aparejando el cerco de Kiev y con el vendría la mayor victoria de las PzDiv

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Mensaje por Muelhoff »

Y no parás Japa, sería casi un BestSellers!...
...Aprender es lo correcto, aunque sea del enemigo.
Ovidio


...La diferencia entre un buen oficial y uno excelente es de unos diez segundos.
Almirante Arleigh Burke EE.UU.

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