Propuesta de paz del papa Benedicto XV. 1/8/1.917

Historia Militar 1914-1918

Moderador: Schweijk


Propuesta de paz del papa Benedicto XV. 1/8/1.917

Notapor estebanj el Lun 23 Ene 2017 20:03

Hola. Como en agosto se cumplen 100 años de la propuesta de paz que hizo el papa Benedicto XV, me pareció interesante subir este artículo -con algunos pequeños retoques-que escribí en otro foro hace un tiempo:

Iniciada ya la primera guerra mundial, el representante austro húngaro ante la santa sede solicitó al papa Pio X que bendijera las armas del ejército imperial. Seguramente el diplomático no había imaginado nunca el tenor de la respuesta que recibiría: “yo no bendigo las armas, sino la paz”. El 20 de agosto de 1914 murió el sumo pontífice y fue sucedido en la jefatura de la Iglesia por el cardenal Giacomo Della Chiesa, en ese entonces arzobispo de Bolonia, quien -como señal de austeridad- fue oficialmente designado en la Capilla Sixtina y no en San Pedro, con el nombre de Benedicto XV.

Ciertamente la mayor parte del pontificado de este hombre fue marcado por la guerra, pero no como algo propio o personal sino como una posición asumida desde un principio por la Iglesia católica, tal como señala la breve anécdota protagonizada por Pio X mencionada un poco más arriba.
Esto no podía ser de otro modo, pues un observador preparado y bien intencionado podía advertir –aunque sea sobre la base de los antecedentes y de quienes eran las potencias beligerantes- que esta guerra no solo no iba a ser breve sino que traería consigo problemas materiales y morales muchísimo más graves que los que se habían planteado en conflictos anteriores. En marzo de 1916 Benedicto XV reafirmaba la misión que había asumido: “…Nos interponemos entre los pueblos beligerantes como lo haría un padre entre dos hijos que se pelearan…aunque ellos desdeñaran sus súplicas y lágrimas…”, esconde quizás esta frase el drama que durante todo este tiempo marcó el derrotero asumido por su pontificado.

Ya sobre el final de ese mismo año y principios de 1917 los países beligerantes intercambiaron algunas notas en un supuesto intento de parar la guerra y avanzar hacia la paz. En efecto, el 12 de diciembre de 1916 las potencias centrales enviaron una nota a los aliados con una oferta de paz, en uno de cuyos párrafos se afirmaba: “...Conscientes de su potencia militar y económica y dispuestas, en caso de necesidad, a llevar hasta el extremo la guerra que le ha sido impuesta, pero animadas al mismo tiempo del deseo de evitar un ulterior derramamiento de sangre y de poner fin a los horrores de la guerra, las cuatro potencias aliadas proponen comenzar enseguida negociaciones de paz…”.

Benedicto XV conoció a través de Carlos de Habsburgo la mencionada nota; prestó su conformidad con el contenido, pero advirtió que eran necesarias propuestas concretas para avanzar en el camino hacia la paz. No resulta novedoso que este intercambio epistolar no llegó a buen puerto.

El presidente de Estados Unidos Woodrow Wilson –todavía al frente de un país neutral- fue quizás el único optimista. Así, el 21 de diciembre de 1916 afirmaba: “El presidente sugiere aprovechar rápidamente la ocasión para conocer las opiniones de todos los estados beligerantes sobre las condiciones con que podría terminarse la guerra, y sobre las medidas que pudieran garantizar de una forma suficiente evitar la repetición de la guerra o el fomento de cualquier conflicto similar en el futuro, de manera que exista la posibilidad de ponerse lealmente de acuerdo (puede inferirse de aquí, tal como lo había advertido el papa Benedicto, que no surgían más que buenos deseos de la nota alemana). Al presidente no le importa la elección de los medios adecuados para la consecución de este fin. Está sinceramente dispuesto a aceptar cualquier propuesta admisible que permita alcanzar este objetivo e incluso tomar la iniciativa, aunque no desea, sin embargo, fijar la clase y modo de los medios. Cualquier método le resultará conveniente con tal que consiga el gran objetivo que tiene ante sí… los EE.UU. han de renunciar a proponer condiciones para la terminación de la guerra…”.

En cambio los aliados rechazaron la oferta el 30 de diciembre de ese mismo año: “Una propuesta sin condiciones para negociaciones no es una oferta de paz. La presunta propuesta, carente de todo contenido concreto –también coincidentes con la mirada de Benedicto XV- y de toda exactitud, puesta en marcha por el gobierno imperial, parece más bien una maniobra que una oferta de paz…”.

Hubo algunos escarceos para arrimar cuestiones bien concretas pero nadie quedaba satisfecho, motivo por el cual, en definitiva, la invitación de las potencias centrales del 12 de diciembre de 1916 –suponiendo que su única intención era el fin de la guerra- no alcanzó el objetivo buscado.

Sin embargo Benedicto XV, sin perder la esperanza y habiendo conocido –a raíz de las notas antes mencionadas- algunos puntos sobre la base de los cuales los países intervinientes en el conflicto podrían acceder a iniciar las negociaciones de paz, comenzó a trabajar en esa dirección.

Sabedor el pontífice que el rey de Baviera –Luis III- estaba ya abrumado por la guerra en sí misma y por sus futuras consecuencias y que la nunciatura apostólica de esa región se encontraba vacante, nombró para ocuparla a monseñor Eugenio Pacelli –futuro Papa Pio XII- con el fin de acercar al gobierno alemán las condiciones que debían tener en cuenta y sobre la base de las cuales la Santa Sede entendía posible iniciar conversaciones de paz exitosas.

El contenido del mensaje de Benedicto XV a Alemania podría resumirse en:
1) El mérito que alcanzaría el emperador en Europa si accediese a la paz inclusive renunciando a alguna de las finalidades perseguidas en la guerra.
2) La buena impresión producida entre los países beligerantes con la declaración de Alemania de hallarse dispuesta a tratar la disminución o supresión de armamentos.
3) La devolución de la independencia a Bélgica.
4) La cuestión de Alsacia y Lorena y,
5) El futuro de Rusia –posibilidad de paz separada- y el destino de Polonia.
Gracias al rey Luis el nuncio Pacelli se reunió el 20 de junio de 1917 con el canciller alemán Theobald von Bethmann-Holleg –que consideraba que la guerra estaba siendo perdida por Alemania-; el 29 de junio con el káiser y el 26 y 30 de julio con el nuevo canciller germano Georg Michaelis. En ese mismo mes el diputado alemán de centro Erzberg proponía en el Reichstag la obtención de una paz negociada, planteo que fue aprobado el 19 de julio por 212 votos contra 126.
Sin embargo, monseñor Pacelli no obtuvo absolutamente nada. El káiser y su ejército seguían confiando en la victoria final.

Es en estas circunstancias en que el papa Benedicto XV consideró oportuno el intento de proponer una serie de puntos, que sirvieran como base para que los países intervinientes en el conflicto pudieran iniciar las negociaciones de paz.

La nota conteniendo las propuestas del pontífice, fechada el 1° de agosto de 1917, fue enviada a todos los gobiernos que mantenían relaciones con la Santa Sede. A Alemania –junto con las que debían remitirse al rey de Bulgaria y al sultán de Turquía-; quince copias al gobierno británico para que a su vez las trasmitiera al gobierno francés, al italiano y al presidentes de los EE.UU –aprovechando que se llevaría a cabo una reunión del consejo de guerra interaliado en Londres en agosto de ese mismo año- y a los demás gobiernos aliados que la corona británica considerara pertinente. Rusia y Bélgica la recibieron a través de sus embajadores en el Vaticano y también tuvieron un ejemplar el emperador de Austria Carlos y el rey de Baviera.

Cierto es que la nota no presentaba contenidos absolutamente novedosos, sino que en general incluía propuestas que en su momento habían hecho la naciones beligerantes, pero con su particular fundamento.
En el inicio del escrito –que es llamativamente breve- el Papa aclaraba desde dónde es que promovía o intentaba que las naciones beligerantes iniciaran negociaciones de paz:
“…Desde el principio de nuestro pontificado, entre los horrores que esta espantosa guerra ha traído a Europa, hemos mantenido los siguientes tres propósitos: mantener la más completa imparcialidad hacia todas las partes involucradas, como obliga el Padre universal que ama a todos sus hijos por igual; en segundo lugar, dedicar todos nuestros esfuerzos a hacer todo el bien que pudiéramos, sin distinción de personas ni naciones ni creencias, de acuerdo al mandamiento general del amor y en consideración a la misión espiritual que nos es propia y nos ha sido confiada por Cristo; finalmente, como nuestra misión de paz también requiere, no renunciar a nada que pueda contribuir a acercar el fin de este desastre y para este fin hemos instado a las naciones y a sus líderes que alcancen resoluciones y hagan declaraciones que puedan conducirnos a una paz definitiva y justa...No tenemos ningún tipo de motivación política, y las ambiciones y esfuerzos de los países implicados en la guerra no tienen ninguna influencia sobre Nos. Estamos inspirados exclusivamente por la conciencia del más alto deber impuesto por el Padre común de todos los creyentes, por las urgentes plegarias de nuestros hijos que nos imploran que mediemos por la causa de la paz, y finalmente por la voz de la humanidad y de la razón. En este momento no deseamos limitarnos a hacer un llamamiento general como hasta ahora nos han dictado las circunstancias; queremos proceder a hacer propuestas definitivas y viables. Invitamos a los gobernantes de las naciones en guerra a llegar a un acuerdo bajo los siguientes principios, los cuales nos parecen asegurar las bases para una paz justa y duradera. Dejamos a esos gobernantes la tarea de restringirlos o ampliarlos…”.

Se podrían resumir estas afirmaciones en los siguientes puntos:
1. Completa neutralidad e inexistencia motivación política por parte de la Santa Sede.
2. Ausencia de influencia de las potencias beligerantes sobre las decisiones de la Santa Sede.
3. Hacer todo el bien posible sin distinción de personas o naciones, sin renunciar a nada que pueda acercar el fin de la guerra.
4. Abandonar las llamadas generales por propuestas concretas y viables.
Resulta interesante destacar también que el papa dejaba constancia de que no era la primera vez que solicitaba a las naciones que acallaran las armas, y calificaba a la guerra como un suicidio de Europa.

A continuación Benedicto XV expuso las propuestas:
I: “Lo primero y más importante es aceptar como punto de partida que el poder moral de la justicia debe reemplazar al poder material de la fuerza.”
Este primer enunciado se concreta en tres cuestiones:
a)Reducción de armamentos simultánea y proporcionada; b) como consecuencia de a), la creación de una corte de arbitraje con fuerza para imponer sanciones a los estados que no acepten someter cuestiones internacionales al arbitraje o acatar sus decisiones y c) fin de las restricciones a la comunicación entre naciones y la instauración de una verdadera libertad de los mares.

Tal como puede advertirse, más de uno de los países intervinientes en el conflicto debería actuar con grandeza para llevar esto adelante.
Por un lado, la reducción de las armas debía ser tal que solo quedaran las suficientes como para mantener el orden público interno. Esta idea ya había sido trabajada en cierta forma por la Iglesia: durante el pontificado de Leon XIII en el punto 18 de su encíclica Praeclara gratulationis (20 de junio de 1894) se cuestionó severamente la paz armada y sus consecuencias: las arcas exhaustas por los enormes gastos militares, la distracción de la juventud por la formación militar, codicia de bienes ajenos y odios, etc., y también fue propuesta por Woodrow Wilson (discurso ante el Congreso americano el 22-1-1917); por otro lado el arbitraje tenía sus antecedentes en las conferencias de La Haya de 1899 y 1907 y, finalmente, la libertad de los mares -“que nos pertenecen a todos”- intentaba equilibrar a los diferentes países y llevar progreso y bienestar a todas las naciones. Este punto había sido solicitado también por el presidente de los EEUU Wilson en su mencionado discurso de enero de 1917. En definitiva, desarme, arbitraje y sanciones internacionales son tres cuestiones que quedarán en el centro de la historia de la humanidad y alrededor de las cuales girarán cientos de conflictos humanos hasta nuestros días, constituyendo importantísimos instrumentos en negociaciones y tratados , por supuesto con mayor o menor eficacia según los casos.

II: “En cuanto a la cuestión de las compensaciones e indemnizaciones, no vemos otra forma de solucionarla que un acuerdo de principios entre todas las partes renunciando a ellas”.

Esta exigencia era mayúscula, sin embargo no debe perderse de vista que en agosto de 1917 –fecha de la nota de Benedicto XV- la mayoría de los países todavía se sentían victoriosos, por lo que en el juego de las relaciones diplomáticas esta propuesta daba la posibilidad a los dirigentes de los países de, por lo menos, aparentar magnanimidad, circunstancia que permitía mayor libertad de acción frente a los temores de aparecer “débiles” ante sus respectivas naciones.
De todas maneras la nota preveía que para algunas situaciones esta propuesta resultaba seguramente inviable –por ejemplo para Bélgica- y entonces agregaba:”...Si hubiera razones en contra o reclamaciones en casos particulares deben ser consideradas de acuerdo a la justicia y equidad...”

A la luz de la historia posterior a la Gran Guerra, este punto encerraba suficiente prudencia –más allá de su exigencia- como para recorrer otros caminos que los que en definitiva fueron transitados y que llevaron a Europa a una nueva catástrofe.

III: " Un acuerdo de paz, con las incalculables bendiciones que traería, es obviamente imposible sin la mutua restauración de las áreas ahora ocupadas. Así, Bélgica debe ser completamente evacuada por Alemania y debe dársele seguridad de independencia política, militar y económica respecto a cualquier potencia. De la misma forma, el territorio francés debe ser evacuado y las colonias alemanas devueltas por la otras potencias en guerra.”

A esta altura de la guerra –cuando, como dijimos, todavía nadie se sentía vencido- el pontífice no olvidó que ambos bandos, hacía un tiempo, habían declarado que no tenían intenciones imperialistas. Sobre la base de esto último, siempre teniendo en cuenta la necesidad de equilibrio entre las naciones y planteando claramente la paz como objetivo inmediato, consideró posible restituir territorios en la misma situación en la que se encontraban antes del inicio de la guerra.
La evacuación de Bélgica no parecía lo más complicado –los aliados ya lo habían planteado en respuesta a la propuesta de paz ofrecida por el Imperio alemán- y teniendo en cuenta que Alemania no se consideraba vencida, se le ofrecía una suerte de compensación con la devolución de sus colonias.

IV. ”Respecto a las cuestiones territoriales en disputa, por ejemplo entre Italia y Austria o entre Alemania y Francia, tenemos la esperanza de que en consideración a los incalculables beneficios de la paz garantizada por el desarme, las partes en conflicto puedan examinar sus peticiones con un espíritu conciliador mientras, como hemos dicho en otro lugar, las aspiraciones de los pueblos puedan ser juzgadas desde la perspectiva de lo justo y posible, de forma que los intereses particulares sean puestos en armonía con el bienestar general de la gran familia humana.
El mencionado espíritu de equidad y justicia debe prevalecer al considerar otras cuestiones territoriales y políticas, especialmente las referentes a Armenia, los estados balcánicos y aquellos países que una vez formaron el reino de Polonia, las cuales han merecido la simpatía de todas las naciones no sólo por sus nobles tradiciones históricas sino también por sus sufrimientos en la actual guerra.”
Esta es la última propuesta de la nota del 1° de agosto de 1917. Como se puede comprobar fácilmente el papa volvía a reclamar el estudio de las cuestiones a la luz de los beneficios de la paz, sin por eso perder contacto con la realidad y pretender arreglar todo con una declaración, sino que apelaba a que garantizada la paz se pudieran resolver las disputas territoriales con un espíritu conciliador que permita la satisfacción de lo justo y posible. Se incluyeron aquí una serie de cuestiones territoriales respecto de las cuales no hubo durante muchos años soluciones acertadas, entre Austria e Italia y Alemania y Francia.
Por otra parte, hacía referencia no solo a los territorios disputados por potencias a raíz del conflicto bélico, sino también a aquellos países que se encontraban sojuzgados desde hacía mucho tiempo, y víctimas además de importantes injusticias (Armenia, la zona de los Balcanes y los territorios del antiguo reino de Polonia.)

El párrafo final dejaba en claro varias cosas, presentadas con gran realismo y franqueza. Con toda claridad les indica a los líderes de las naciones beligerantes que efectivamente eran ellos los que “…en esta crucial hora dirigís los destinos de las naciones en guerra…” y en consecuencia “…de vuestra decisión depende la paz y la alegría de innumerables familias, las vidas de miles de hombres jóvenes; en una palabra, la felicidad de las naciones, lo que deja claro cuál es vuestro más urgente y alto deber…”, luego parece tratar de convencerlos como intentando tocar el orgullo de quienes ostentaban en ese momento el poder y la consecuente posibilidad de negociar la paz. Efectivamente, primero les decía a los militares que todos podían sentirse tranquilos en el sentido de haber mantenido el honor -tan declamado en la época- en los dos bandos: “…el mundo entero reconoce que el honor de las armas ha sido mantenido en ambos lados…” y segundo, a los políticos el reconocimiento presente y de las futuras generaciones: “ Dios os conceda que con el entusiasmado apoyo de vuestros contemporáneos, las generaciones venideras os den gloriosas alabanzas por haber devuelto la paz al mundo.”

Con esfuerzo, inclusive con astucia, no se dejaron de usar ninguna de las herramientas que la diplomacia y la experiencia ponían al alcance de la mano para tratar de parar esta “masacre sin sentido”. Sin embargo los resultados fueron frustrantes.

La prensa de las naciones beligerantes no trató el texto de la nota con mucha objetividad, en todos los países se acusó a Benedicto XV de querer favorecer a unos u otros, imputaciones que en sí mismas, demuestran un poco su superficialidad, pues resulta difícil pretender perjudicar a todas las partes intervinientes en el conflicto al mismo tiempo. Incluso en Francia se imprimió y repartió un sermón predicado por el famoso sacerdote dominico y teólogo católico Sertillanges en la Madeleine, que acusaba al Papa de favorecer a los alemanes.

Algunos gobiernos ni siquiera contestaron como el francés y el italiano. El ministro inglés de relaciones exteriores comunicó al Vaticano el 23 de agosto de 1917 que correspondía que el Imperio Alemán se definiera en relación con la cuestión belga.
El texto de la comunicación inglesa –entre otras cosas- decía: “…no hemos tenido todavía ocasión de consultar con los aliados respecto a la Nota de Su Santidad, y en consecuencia no nos hallamos en condiciones de pronunciarnos sobre este este asunto dando una respuesta a las proposiciones que Su Santidad realiza referentes a las condiciones que pudieran asegurar una paz duradera. A nuestro juicio no resulta factible paso alguno en esta dirección mientras las potencias centrales y sus aliados no hayan declarado oficialmente cuál es el fin que persiguen con la guerra, así como las indemnizaciones y reparaciones que se hallarían dispuestos a ofrecer junto con los medios que podrían garantizar al mundo que los horrores que está sufriendo actualmente no habrán de repetirse. Y por lo que se refiere a Bélgica (y en este punto las potencias centrales han confesado hallarse en un error) no hemos tenido hasta el presente ocasión de conocer una declaración precisa en la que quede claro el propósito de restablecer su completa independencia y reparar los daños que han ocasionado...Su Eminencia no habrá perdido de vista, sin duda, las declaraciones hechas por los aliados en respuesta a la nota del presidente Wilson. Ni por parte de Austria ni de Alemania, ha habido nunca una declaración semejante. Un intento de poner de acuerdo a los beligerantes parece inútil cuando se conoce con claridad la profundidad de sus divergencias…” .

Esta respuesta por un lado demostraba que Gran Bretaña –y ciertamente sus aliados- no querían empezar a negociar la paz, toda vez que la propuesta del papa no era en modo alguno firmar cualquier cosa sino previamente negociar los temas que le habían parecido trascendentes –con el objetivo de obtener una paz duradera- entre los que se encontraban justamente aquellos que Inglaterra citaba para afirmar su imposibilidad de entablar negociaciones con el Imperio Alemán –reparaciones y Bélgica-. Lo que efectivamente se imponía era empezar a dialogar para saber qué ofrecía el otro y de paso acallar las armas y la muerte.
Por otro lado, la respuesta británica provocó nuevas intervenciones de la Santa Sede ante Alemania y Austria, con el fin de que reconocieran explícitamente y de manera pública la importancia de la restitución de la independencia de Bélgica y las reparaciones económicas: el káiser evadió una respuesta concreta, haciendo referencia a la moción de paz del 19 de julio de 1917 del Reichstag –sobre la base de la propuesta del diputado de centro Erzberg- mencionada más arriba en este escrito. Dejaba así congelada la cuestión más importante que era sentarse a negociar.

La contestación más paralizante fue la del Imperio Austro-Húngaro pues se cifraban concretas esperanzas en Carlos, su emperador, quien mantenía buenas relaciones con la Santa Sede. Sin embargo, en la nota firmada por el conde Czernin –encargado de las relaciones exteriores- más allá de alabar las intenciones del Sumo Pontífice, se señalaba la imposibilidad de entregar la menor parcela de tierra de Austria a los italianos. Habría que tener en cuenta aquí que este imperio se acercaba a su colapso. El emperador trataba por su parte de negociar una paz de manera separada, para lo que buscaba una excusa sobre la base de la cual romper su alianza con Alemania y el conde Czernin –afín a los grupos progermanos existentes en el imperio- de manera casi abierta se oponía a todos los intentos que Carlos de Habsburgo realizaba.

En Italia, cuyo gobierno no contestó la nota del papa, Sonino –entonces ministro de relaciones exteriores de ese país- pronunció un discurso ante el parlamento acusando al documento de poseer “inspiración germánica”, afirmación que pierde su sustento a la luz de las imputaciones que el general Ludendorff también le hacía a la propuesta papal: querer arrebatar a Alemania de las manos la victoria.

La respuesta de presidente Wilson por su parte, fue dada a conocer a la prensa antes que llegar al Vaticano. En ella el secretario de estado Lansing ponía de manifiesto una importante desconfianza respecto de los gobernantes alemanes, a menos que su palabra fuera apoyada explícitamente por un testimonio que “exprese la voluntad y decisión del pueblo alemán”. El presidente Wilson comenzaba así a deslegitimar al imperio y su estructura política.

Todas las respuestas tienen un clara dirección y ella se fundaba en que los países invitados a negociar pensaban que estaban en condiciones de ganar la guerra, quizás con la excepción del archiduque Carlos de Habsburgo, el resto de dirigentes políticos y militares hace difícil –no imposible- pensar que buscaban la paz y entender que sus argumentos para no sentarse a negociar eran insuperables.

De todas maneras la nota del 1° de agosto de 1917 no parece haber sido inoportuna, pues en el mientras tanto, Francia y Gran Bretaña iniciaban negociaciones de paz con el Imperio Autro-Húngaro, este último instaba a Alemania a que aceptara negociar la paz, el primer ministro italiano proponía establecer relaciones con la Santa Sede y también mantenía conversaciones con ella con el fin de arribar a un arreglo con Austria, el frente oriental se derrumbaba casi solo, en algunos ejércitos los soldados se rebelaban, es decir –sin intentar agotar aquí los intentos por arreglar la paz ni las circunstancias existentes en el momento de la propuesta papal- había un conjunto de condiciones que abrían una esperanza concreta para impulsar una negociación seria, seguramente trabajosa, que acercara a las partes y les permitiera la firma de una paz duradera.

En cuanto a los pasos seguidos por la Santa Sede, pareciera que el Vaticano se dirigió con cierta preferencia hacia Austria y Alemania. Eso podría encontrar su fuente en que estos dos países eran a quienes se le pedían mayores concesiones, circunstancia que imponía más tiempo y trabajo para estudiar, desarrollar y aceptar una propuesta de paz. Además ambos imperios mantenían relaciones diplomáticas normales con la Santa Sede, lo que facilitaba los despachos y contactos diplomáticos directos, cosa que no ocurría con Italia, por ejemplo, cuyos contactos con el Vaticano eran siempre indirectos y complicaban la comunicación con el resto de los miembros de la Entente.

Sí puede pensarse que donde quizás la diplomacia vaticana no acertó, fue en haber apostado mucho a la posibilidad de que las potencias centrales iban a aceptar de buena gana las concesiones que el Papa les proponía –y que resultaban necesarias para una seria conversación de paz- pues en definitiva no consiguió allí nada de lo que había calculado. Evidentemente faltó un gesto de buena voluntad de parte de Alemania.

Otro punto muy importante es el artículo 15 del tratado de Londres –firmado en abril de 1915- por impulso del italiano Sidney Sunino, que prohibía incorporar a la Santa Sede a cualquier negociación de paz. Italia estaba enfrentada con el Vaticano desde unos cuantos años antes, por razones ideológicas y también de naturaleza jurídica. El texto del artículo era el siguiente: “Francia, Gran Bretaña y Rusia se comprometen a apoyar a Italia para que no se permita a los representantes de la Santa Sede ningún tipo de acción diplomática referente a la conclusión de la paz y a la solución de las cuestiones relacionadas con la guerra.”

La cuestión que acá puede plantearse es saber si el Vaticano tenía conocimiento de esta disposición del mencionado tratado o no.
Si lo sabía ¿valía la pena hacer tremendo esfuerzo conociendo que iba a ser rechazado sin ninguna duda? En afán de especular, parece más razonable pensar que si bien el Vaticano tenía alguna idea del deseo de Sonino de no dejarlo participar en conversaciones de paz, no lo sabía con certeza, razón por la cual el papa llevó adelante su intento.

Tampoco le fue muy bien al Vaticano en sus cálculos sobre la postura que sostenía EE.UU en relación con la paz. El presidente Wilson seguía convencido de instaurar un nuevo orden mundial pero, ya convertido en país beligerante, no mantenía el mismo estilo pacificador de unos meses antes –como creía Benedicto XV- sino que deseaba llevar la guerra hasta el final, igual que Gran Bretaña, para terminar con la casta militar alemana que con la guerra impedía la instauración de aquel nuevo orden. De allí que en diciembre de 1917 Wilson y Sonino se comprometieron a mantener en pie el artículo 15 del tratado de Londres.

En definitiva, el papa fue diplomáticamente derrotado y los beligerantes concluyeron la guerra con uno de los tratados de paz –en mi modo de ver- más catastróficos de la historia diplomática, con aterradoras consecuencias que no es este el lugar para analizar. Esto da todavía más valor al esfuerzo de Benedicto XV cuya nota, de haber sido tenida como antecedente en el tratado de Versalles –aunque más no sea- podría haber ayudado a una Europa que solo pensaba en la aniquilación del adversario.

A pesar de todo ello, la intervención de Benedicto XV comenzó a abrir paso a la autoridad moral y espiritual del sumo pontífice –sin importar quien fuera- y a pesar de estar privado en aquel momento de un puesto en el campo internacional, hizo crecer de manera llamativa la proyección de la Santa Sede sobre pueblos y estados, constituyendo desde aquel entonces una referencia ética muy elevada para las conductas internacionales.

Bibliografía consultada
La primera guerra mundial. Ed. La esfera de los libros. Segunda edición 2005. Martin Gilbert.
La primera guerra mundial en fotografías y documentos. Ed. Plaza Janés. 1969. Hans Dollinger.
Historia de la Iglesia Católica. Ed BAC. 2004. Llorca-Gavilloslada-Laboa.
Historia de la Iglesia. Ed. Palabra. T. III 2003. Vicente Cárcel.
Historia de la Iglesia. Ed. Edicep. T. 26/1. 1979. Agustín Flichte.
Historia de los Papas. Ed. Compañía General Fabril Editora. 1961. Friedrich Gontard.
Benedicto XV, Papa de la Paz. Ed. Edicep. 2005. Schenk, Juan E.
Colección de Encíclicas Pontificias. Ed. Guadalupe. T.1. 1963.
La Iglesia Católica y el papado en el derecho internacional. Diario de doctrina y jurisprudencia “El Derecho”. Antonio Boggiano. 14 de abril de 2014.
Carlos de Habsburgo. El último emperador. Ed. Palabra. 2005. Michel Dugast Rouillé.

http://www.vatican.va/holy_father/bened ... dex_sp.htm

http://es.wikisource.org/wiki/Tratado_de_Londres_(1915)

http://docudesconciertos.blogspot.com.a ... to-xv.html

Otras direcciones de internet.

Saludos
Estebanj
«...las luces se están apagando ahora en toda Europa, y puede que no las veamos de nuevo encendidas en toda nuestra vida...» Edward Grey.

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Re: Propuesta de paz del papa Benedicto XV. 1/8/1.917

Notapor Lutzow el Mar 24 Ene 2017 0:27

Bien relato Esteban... :dpm:

Más allá de Tratados, el Papa hizo lo que debía intentando parar la sangría, pero como bien comentas en ese momento resultaba imposible por varios factores, pues ambos bandos aún creían en la victoria, Francia y Alemania nunca llegarían a un compromiso por Alsacia-Lorena y tras tres años de matanzas todos los gobiernos serían incapaces de explicar a sus pueblos que el sacrificio no había servido de nada si se alcanzaba una paz sin vencidos...

Saludos.
Es mejor permanecer con la boca cerrada y parecer un idiota, que abrirla y confirmarlo...
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Re: Propuesta de paz del papa Benedicto XV. 1/8/1.917

Notapor Schweijk el Mar 24 Ene 2017 18:56

Muy interesante. Gracias.
"No sé lo que hay que hacer, esto no es una guerra".

Lord Kitchener

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