Sertorio

Toda la Historia Militar desde la Prehistoria hasta 1453.

Moderador: Bernardo Pascual

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Bernardo Pascual
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Sertorio

Mensaje por Bernardo Pascual »

"De las empresas de Sila quedaba pendiente la guerra con Sertorio, que duró ocho años y no fue, en modo alguno, fácil para los romanos, puesto que no se luchó contra los mismos españoles, sino, además de con éstos, contra otros romanos y contra Sertorio. Éste había sido elegido gobernador de España, pero, cuando combatía contra Sila al lado de Carbo, se apoderó de la ciudad de Suesa, en período de tregua, y después de huir se marchó a su provincia. Con el ejército que trajo de Italia y algunas otras tropas que reunió entre los celtíberos, expulsó de España a los gobernadores que le habían precedido y que, por congraciarse con Sila, no le entregaron el mando. Luchó también con valentía contra Metelo, que había sido enviado por Sila. Habiéndose hecho famoso por su audacia, eligió a trescientos de los amigos que le acompañaban como su Consejo, y dijo que éste era el Consejo romano y lo llamó senado para ultraje de aquel otro de Roma. Cuando murió Sila y Lépido después de él, con otro ejército de italianos que le trajo Perpenna, el lugarteniente de Lépido, parecía muy probable que hubiera marchado contra Italia, de no haber sido porque el senado, lleno de temor, envió a España otro ejército y a otro general además del que ya estaba allí, a Pompeyo, que era todavía joven, pero famoso por las acciones que había llevado a cabo contra Sila en África y en la misma Italia.

Pompeyo emprendió con coraje la ascensión de los Alpes no por la vía enormemente laboriosa de Aníbal, sino por otra abierta en torno a las fuentes del Ródano y del Erídano los cuales nacen en los Alpes no muy lejos uno de otro, uno de ellos fluye a través de la Galia transalpina y desemboca en el mar Tirreno, y el otro por la parte interior de los Alpes va a desembocar al Adriático y ha cambiado su nombre de Erídano en Po. Nada más llegar Pompeyo a España, Sertorio aniquiló a una legión completa de aquél, que había salido a forrajear, junto con sus animales de carga y servidores de la tropa. También saqueó y arrasó hasta los cimientos, ante la mirada de Pompeyo, la ciudad romana de Lauro. A raíz del asedio de esta ciudad, una mujer sacó con sus dedos los ojos de su agresor que trataba de abusar de ella de manera antinatural. Cuando Sertorio supo de este ultraje, condenó a muerte a la cohorte entera que se suponía era cómplice, de tal acto, aunque estaba integrada por romanos.

En esta ocasión, como estaba próximo el invierno los ejércitos se mantuvieron alejados, pero, al comienzo de la primavera, marcharon unos contra otros, Metelo y Pompeyo desde los montes Pirineos, donde habían invernado, y Sertorio y Perpenna desde Lusitania. El choque tuvo lugar cerca de una ciudad llamada Suero, y aunque se oyeron truenos amenazadores en un cielo despejado y hubo rayos inesperados, los soportaron sin aterrorizarse, como hombres expertos en la guerra y se infligieron mutuamente fuertes pérdidas, hasta que Metelo puso en fuga a Perpenna y saqueó su campamento, y Sertorio venció a Pompeyo que resultó herido peligrosamente en el muslo por una lanza. Éste fue el desenlace de la batalla que entonces tuvo lugar.

Sertorio tenía una cierva blanca y mansa que estaba en libertad; cuando la cierva no estaba visible, Sertorio lo consideraba de mal augurio para él, estaba malhumorado y permanecía inactivo, aunque era objeto de burla por sus enemigos por causa del asunto de la cierva. Sin embargo, tan pronto como se la vio en plena carrera a través del bosque, Sertorio salió de su postración y, al punto, como si le ofreciera a ella las primicias de un sacrificio, sostuvo una escaramuza contra sus enemigos. Poco tiempo después libró una gran batalla desde el mediodía hasta el anochecer cerca de la ciudad de Segontia. Combatió en persona, a caballo, venció a Pompeyo y mató a seis mil de sus hombres, en tanto que él perdió la mitad de este número. En esta ocasión, Metelo destruyó, además, a cinco mil hombres del ejército de Perpenna. Sertorio, al día siguiente después de la batalla, cogiendo a muchos bárbaros corrió de forma inesperada contra el campamento de Metelo, hacia el atardecer, con la intención de sitiarlo con un foso en un golpe de audacia, pero Pompeyo se apresuró a zafarse de su intento y le hizo desistir de su ambicioso proyecto.

Éstas fueron sus acciones durante este verano, y de nuevo se separaron ante la llegada del invierno. Al siguíente año, que era la ciento setenta y seis olimpíada, los romanos se anexionaron dos países en virtud de sendos testamentos. Bitinia les fue legada por Nicomedes, y Cirene por Tolomeo, el rey lágida que tenía por sobrenombre Apión. No obstante, las guerras abundaban, ésta de Sertorio en España, la de Mitrídates en el Oriente, la de los piratas en todo el mar y otra en torno a Creta frente a los mismos cretenses, y en Italia la de los gladiadores, que había surgido de improviso y fue, al mismo tiempo, de gran envergadura. Aunque estaban divididos en tantos frentes, no obstante enviaron a España otro ejército de dos legiones; con éstas y con todo el ejército restante, Metelo y Pompeyo descendieron de nuevo hasta el Ebro desde los montes Pirineos. Sertorio y Perpenna les salieron al encuentro desde Lusitania. Ahora, sobre todo, muchos soldados de Sertorio se pasaron a Metelo y aquél, irritado por este hecho, ultrajó de modo bárbaro y salvaje a muchos y se granjeó su odio. El ejército le culpaba, en particular, porque se hacía rodear en todas partes de lanceros celtíberos, en vez de romanos, y porque, postergando a los romanos, había confiado su custodia personal a aquéllos en lugar de a éstos. No soportaban que se les censurase de infidelidad, a pesar de que militaban bajo un enemigo de Roma. Pero esto mismo era lo que en especial les recomía, el hecho de que, habiendo llegado a ser infieles a su patria por causa de Sertorio, no fueran considerados fieles por éste, y no les parecía justo que, por causa de los desertores, fueran condenados los que habían permanecido fieles. Además, los celtíberos habían aprovechado la ocasión para infligirles muchos ultrajes como a gente de poca confianza. Sin embargo, ellos no abandonaron totalmente a Sertorio, por conveniencia, pues no había entonces otro general más hábil en la guerra ni más afortunado que éste. Por está razón también, los celtíberos, a causa de su rapidez operativa, lo llamaban a él Aníbal, quien pasaba por ser el general más arrojado y astuto que había estado entre ellos. Tal era la disposición del ejército hacia Sertorio, y las fuerzas de Metelo atacaron muchas de sus ciudades y condujeron a los habitantes bajo sumisión. Mientras Pompeyo asediaba a Palantia y trataba de dejar en suspenso las m urallas por medio de troncos de madera introducidos bajo las mismas, apareció Sertorio y levantó el asedio. Sin embargo, Pompeyo tuvo tiempo de prender fuego a las murallas, y luego se retiró junto a Metelo. Sertorio reconstruyó las partes de la muralla caídas y, llevando a cabo un ataque contra las tropas acampadas en las cercanías del territorio de Calagurris dio muerte a tres mil hombres. Éstos fueron los acontecimientos de este año en España.

Al año siguiente, los generales romanos, algo más envalentonados, atacaron con desprecio a las ciudades fieles a Sertorio, le arrebataron muchas, asaltaron otras, y tenían la moral muy alta ante los sucesos. No obstante, no sostuvieron ninguna batalla de importancia, sino que de nuevo ***, hasta que el próximo año volvieron a atacar aún con mayor desprecio. Entretanto, Sertorio, ofuscado ya por la divinidad, relajó su esfuerzo en la acción y pasaba la mayor parte del tiempo entregado a la molicie, a las mujeres, a las francachelas y a la bebida. Por este motivo sufría continuas derrotas y se hizo en extremo irascible a causa de sus sospechas de todo tipo, cruelísimo en los castigos y lleno de recelo hacia todos, hasta el punto de que Perpenna, que había venido de manera voluntaria junto a él procedente de la facción de Emilio y con un gran ejército, temió por su propia seguridad y planeó una conspiración con otros diez hombres. Una vez que algunos de estos hombres fueron descubiertos, unos fueron castigados y otros lograron escapar, pero Perpenna, que, contra lo que se esperaba, no fue descubierto, puso aún mayor empeño en su proyecto, y como Sertorio no se separaba nunca de su guardia personal, le invitó a un banquete y, después de haberle emborrachado a él y a la guardia que rodeaba la sala del banquete, le dio muerte al acabar la fiesta.

El ejército se alzó de inmediato con gran tumulto contra Perpenna, y con ira, trocando al punto su odio en favor hacia Sertorio, como suelen todos precisamente deponer la ira hacia los muertos, y, cuando ya no está ante sus ojos aquel que les había causado penas, alaban su valor con un recuerdo compasivo. Los soldados, al considerar su actual situación, despreciaban a Perpenna como a un privado y estimando que sólo el valor de Sertorio había sido su salvación estaban mal dispuestos hacia Perpenna, tanto ellos como los bárbaros, y entre éstos, en especial, los lusitanos, en la medida en que también Sertorio había requerido, sobre todo, sus servicios.

Y cuando fue abierto el testamento de Sertorio, en el que Perpenna estaba incluido como heredero, a todos les invadió una cólera y un odio mayor hacia este último, porque no sólo había cometido un crimen tan abominable contra su jefe o general, sino además contra su amigo y benefactor. Y no se hubieran abstenido de la violencia, de no haber sido porque Perpenna, merodeando entre ellos, se atrajo a los unos con regalos, a otros con promesas, atemorizó a otros con amenazas y a algunos los mató para aterrorizar a los demás. Adelantándose pronunció un discurso demagógico a la tropa, liberó a aquellos que Sertorio había puesto en prisión y devolvió los rehenes a los iberos. Tras llevarlos bajo sumisión, le obedecieron como a un general — pues ocupaba la dignidad inmediata a Sertorio— , pero, ni aun entonces, depusieron su animadversión hacia él, y tras tomar nuevos ánimos, se mostró al punto el más cruel en los castigos y dio muerte a tres de los nobles que habían huido a su lado desde Roma, e incluso a su propio cuñado.

Como Metelo se había marchado hacia otros lugares de España, pues le parecía que no era ya una tarea difícil para Pompeyo vencer él solo a Perpenna, durante algunos días Pompeyo y Perpenna sostuvieron escaramuzas y combates de tanteo sin poner en movimiento a todo el ejército, pero al décimo día libraron ambos una gran batalla. Pues los dos habían resuelto que la contienda se decidiera en una acción, Pompeyo porque despreciaba el generalato de Perpenna, y éste porque pensaba que no podría conservar por mucho tiempo la fidelidad de su ejército y, así, trabó combate ahora con casi la totalidad de sus fuerzas. Pompeyo sé impuso con rapidez ante un general inferior en categoría y un ejército que estaba desanimado. Cuando se produjo la desbandada general de todos los suyos, Perpenna se ocultó bajo un matorral, temeroso de sus propios soldados más que de los enemigos; sin embargo, algunos jinetes lo apresaron y lo llevaron a rastras hacia Pompeyo, en medio de los insultos de sus hombres que le acusaban como asesino de Sertorio y al tiempo que él gritaba que revelaría muchos datos a Pompeyo sobre la revuelta civil en Roma. Y decía esto ya sea porque fuera verdad o para ser conducido a salvo ante él. Pero Pompeyo, temiendo que revelara alguna información inesperada y que fuera el origen de otros males en Roma, envió por delante a algunos y le dio muerte antes de que llegara a su presencia. Y dio la impresión de que Pompeyo había actuado de forma muy sensata con este proceder, lo cual incrementó aún más su buena reputación. Éste fue el final de la guerra de España, que coincidió con la vida de Sertorio. Y me parece que no se hubiera acabado tan rápida ni fácilm ente, si Sertorio hubiera seguido vivo todavía."

Apiano, Guerras Civiles I, 108-115.
https://web.archive.org/web/20170225130 ... mana-2.pdf


Nelitis neque litis

“...Sin embargo, estoy convencido de que si nos ocurre lo que es propio de los hombres, el proyecto no quedará en el aire ni le faltarán hombres cabales; su belleza atraerá a muchos que lo tomarán bajo su responsabilidad y se esforzarán por llevarlo a cabo.”
Polibio

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Ab insomne non custita dracone

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Re: Sertorio

Mensaje por Bernardo Pascual »

X.- Meditaba adónde se dirigiría desde allí, cuando le llamaron los Lusitanos, brindándole, por medio de embajadores, con el mando; pues hallándose faltos de un general de opinión y de experiencia, que pudieran oponer al temor que los Romanos les inspiraban, en éste sólo tenían confianza, por haber sabido de los que le habían tratado cuál era su índole; pues se dice que Sertorio no se dejaba dominar ni del deleite ni del miedo, siendo por naturaleza inalterable en los peligros y moderado en la prosperidad; que trabado el combate, no fue inferior en arrojo a ninguno de los generales de su tiempo, y que, cuando en la guerra se trataba de merodear y hacer presa, de ocupar puestos ventajosos o de meterse por entre los enemigos, necesitándose para ello de dolo y de engaños, era en tales casos de los más sagaces y astutos. En premiar los servicios usaba de largueza y magnificencia, siendo benigno en castigar las faltas; sin embargo, lo ejecutado cruel y sañudamente con los rehenes hacia el fin de sus días parece que descubre que su carácter no era el de la mansedumbre, sino que por reflexión lo sabía comprimir, cediendo a la necesidad. Por lo que hace a mí, nunca creeré que una virtud decidida y bien cimentada en la razón pueda por ningún caso de fortuna degenerar en el vicio opuesto; con todo, no considero imposible que los mejores propósitos, y los caracteres más formados a la virtud, hagan mudanza en sus costumbres por desgracias y calamidades injustamente padecidas; y fue lo que me parece le sucedió a Sertorio, que, cuando se vio abandonado de la fortuna, irritado por los mismos acontecimientos se hizo cruel contra los que le ofendían.

XI.- Como le llamasen, pues, los Lusitanos, abandonó el África, y poniéndose al frente de ellos, constituído su general con absoluto imperio, sujetó a su obediencia aquella parte de la España, uniéndosele los más voluntariamente, a causa, en la mayor parte, de su dulzura y actividad, aunque también usó de artificios para engañarlos y embaucarlos; el más señalado entre todos fue el de la cierva, que dispuso de esta manera. Uno de aquellos naturales, llamado Espano, que vivía en el campo, se encontró con una cierva recién parida que huía de los cazadores; y a ésta la dejó ir; pero a la cervatilla, maravillado de su color, porque era toda blanca, la persiguió y la alcanzó. Hallábase casualmente Sertorio acampado en las inmediaciones, y como recibiese con afabilidad a los que le llevaban algún presente, bien fuese de caza, o de los frutos del campo, recompensando con largueza a los que así le hacían obsequio, se le presentó también éste para regalarle la cervatilla. Admitióla, y al principio no fue grande el placer que manifestó; pero con el tiempo, habiéndose hecho tan mansa y dócil, que acudía cuando la llamaba, y le seguía a doquiera que iba, sin espantarse del tropel y ruido militar, poco a poco la fue divinizando, digámoslo así, haciendo creer que aquella cierva había sido un presente de Diana, y esparciendo la voz de que le revelaba las cosas ocultas, por saber que los bárbaros son naturalmente muy inclinados a la superstición. Para acreditarlo más, se valía de este medio: cuando reservada y secretamente llegaba a entender que los enemigos iban a invadir su territorio, o trataban de separar de su obediencla a una ciudad, fingía que la cierva le había hablado en las horas del sueño, previniéndole que tuviera las tropas a punto. Por otra parte, si se le daba aviso de que alguno de sus generales había alcanzado una victoria, ocultaba al que lo había traído, y presentaba a la cierva coronada como anunciadora de buenas nuevas, excítándolos a mostrarse alegres y a sacrificar a los dioses, porque en breve había de llegar una fausta noticia.

XII.- Después que los hubo hecho tan dóciles, los tenía dispuestos para todo, estando persuadidos de que no eran mandados por el designio de un hombre extranjero, sino por un dios; dando además los hechos mismos testimonio de que su poder se había aumentado fuera de lo que podía pensarse, porque con sólo haber reunido cuatro mil broqueleros y setecientos caballos de los Lusitanos, con dos mil y seiscientos a quienes llamaban Romanos, y con unos setecientos Africanos que se le habían agregado, siguiéndole desde aquella región, hacía la guerra a cuatro generales romanos, que tenían a sus órdenes ciento veinte mil infantes, seis mil hombres de caballería, dos mil entre arqueros y honderos y un grandísimo número de ciudades: cuando él, al principio, no tuvo entre todas más de veinte; y sin embargo de haber empezado con tan escasas y apocadas fuerzas, no sólo sujetó a numerosos pueblos y tomó muchas ciudades, sino que, de los generales contrarios, a Cota lo venció en combate naval cerca del puerto de Melaria, y a Aufidio, prefecto de la Bética, lo derrotó a las orillas del Betis, matándole doscientos Romanos. Venció, asimismo, por medio de su cuestor, a Domicio Calvisio, procónsul que era de la otra España, y dio muerte a Toranio, otro de los generales que Metelo había enviado con fuerzas contra él; aun al mismo Metelo, varón de los primeros y más acreditados de su edad, habiéndose aprovechado de los no pequeños yerros que éste cometió, le puso en tanto aprieto, que fue preciso que Lucio Manlio viniera desde la Galia Narbonense en su socorro, y que de Roma misma fuera enviado Pompeyo Magno con considerables fuerzas. Porque Metelo no sabía qué hacerse con un hombre arrojado, que huía de toda batalla campal, y usaba de todo género de estratagemas por la prontitud y ligereza de la tropa española; cuando él no estaba ejercitado sino en combates reglados y en riguroso orden, y sólo sabía mandar tropas apiñadas, que, combatiendo a pie firme, estaban acostumbradas a rechazar y destrozar a los enemigos que venían con ellas a las manos; pero no a trepar por los montes, siguiendo el alcance de sus incansables fugas a unos hombres veloces como el viento, ni a tolerar como ellos el hambre y un género de vida en la que para nada echaban de menos el fuego ni las tiendas.

XIII.- Además de esto, Metelo, que era ya hombre de bastante edad, después de muchos y peligrosos combates, había empezado a tratarse con más delicadeza y regalo que antes, y se las había con Sertorio, lleno de vigor y robustez, y que tenía muy ejercitadas las fuerzas, la ligereza y la frugalidad. Porque ni aun en el mayor ocio se dio jamás al vino, y se había acostumbrado a tolerar grandes fatigas, largas marchas y frecuentes vigilias, bastándole para todo esto escasos y groseros alimentos. Entreteníase siempre, cuando estaba desocupado, en andar por el campo y en cazar, ensayando el modo de libertarse con la fuga, y cómo envolver al enemigo siguiendo un alcance; y así había adquirido conocimiento de los lugares inaccesibles y de los que daban franco paso. Por tanto, sucediendo, por lo común, que el que quiere evitar batalla padece lo mismo que el que es vencido, para éste el huír era como si él persiguiese; porque cortaba a los que iban a tomar agua, interceptaba los víveres; si el enemigo quería marchar, le impedía el paso; cuando iba a acamparse, no le dejaba sosiego, y cuando quería sitiar se aparecía él y le sitiaba por hambre, tanto, que los soldados llegaron a aburrirse; y como Sertorio provocase a Metelo a un desafío, empezaron a gritar, incitándole a que peleara general contra general, Romano contra Romano; cuando vieron que no lo admitía, le insultaron, pero él se rió de ellos, e hizo muy bien: pues, como dice Teofrasto, un general debe hacer muerte de general y no de un miserable soldado. Viendo, pues, Metelo que los de Lacóbriga estaban muy de parte de Sertorio, y que sería fácil tomarlos por la sed, a causa de que dentro de la ciudad no había más que un solo pozo, y entraba en su proyecto apoderarse de las fuentes y arroyos que había de murallas afuera, marchó con este pueblo, persuadido de que el sitio sería cosa de dos días, faltándoles el agua; así, a sus soldados les dio orden de que sólo tomaran provisiones para cinco días. Mas Sertorio, acudiendo al punto en su auxilio, dispuso que se llenaran de agua dos mil odres, señalando por cada uno una gruesa cantidad de dinero; y habiéndose presentado al efecto muchos Españoles y muchos Mauritanos, escogió a los más robustos y más ligeros, y los envió por la montaña, con orden de que, cuando entregaran los odres en la ciudad, sacaran a la gente inútil, para que con aquel repuesto de agua tuvieran bastante los defensores. Llegó esta disposición a oídos de Metelo, y le fue de mucho desagrado, porque ya los soldados casi habían consumido los víveres, y tuvo que enviar, para que hiciese un nuevo acopio, a Aquilio, que mandaba seis mil hombres. Entiéndelo Sertorio, y adelantándose a tomar el camino, cuando ya Aquilio volvía, hace salir contra él tres mil hombres de un barranco sombrío; y acometiendo él mismo de frente, le derrota, y la muerte a unos y toma a otros cautivos. Metelo, cuando vio que Aquilio volvía sin armas y sin caballo, tuvo que retirarse ignominiosamente, escarnecido de los Españoles.

XIV.- Por estas hazañas miraban a Sertorio con grande amor aquellos bárbaros, y también porque, acostumbrándolos a las armas, a la formación y al orden de la milicia romana, y quitando de sus incursiones el aire furioso y terrible, había reducido sus fuerzas a la forma de un ejército, de grandes cuadrillas de bandoleros que antes parecían. Además de esto, no perdonando gastos les adornaba con oro y plata los cascos, les pintaba con distintos colores los escudos, enseñábalos a usar de mantos y túnicas brillantes, y, fomentando por este medio su vanidad, se ganaba su afición. Mas lo que principalmente les cautivó la voluntad fue la disposición que tomó con los jóvenes; porque reuniendo en Huesca, ciudad grande y populosa, a los hijos de los más principales e ilustres entre aquellas gentes, y poniéndoles maestros de todas las ciencias y profesiones griegas y romanas, en la realidad los tomaba en rehenes, pero en la apariencias los instruía, para que, en llegando a la edad varonil, participasen del gobierno y de la magistratura. Los padres, en tanto, estaban sumamente contentos viendo a sus hijos ir a las escuelas muy engalanados y vestidos de púrpura, y que Sertorio pagaba por ellos los honorarios, los examinaba por sí muchas veces, les distribuía premios y les regalaba aquellos collares que los Romanos llaman bulas. Siendo costumbre entre los Españoles que los que hacían formación aparte con el general perecieran con él si venía a morir, a lo que aquellos bárbaros llamaban consagración, al lado de los demás generales sólo se ponían algunos de sus asistentes y de sus amigos; pero a Sertorio le seguían muchos millares de hombres, resueltos a hacer por él esta especie de consagración. Así, se refiere que, en ocasión de retirarse a una ciudad, teniendo ya a los enemigos cerca, los Españoles, olvidados de sí mismos, salvaron a Sertorio, tomándolo sobre los hombros y pasándolo así de uno a otro, hasta ponerlo encima de los muros, y luego que tuvieron en seguridad a su general cada uno de ellos se entregó a la fuga.

XV.- Ni eran solos los Españoles a quererle por su caudillo, sino que este mismo tenían los soldados venidos de la Italia. Llegó, pues, también a España, con grandes caudales y mucha gente, Perpena Ventón, del mismo partido que Sertorio, con ánimo de hacer de por sí la guerra a Metelo; pero los soldados empezaron a indisponerse, y haciendo frecuente conversación de Sertorio, pensaban ya en abandonar a Perpena, de quien decían que estaba muy hinchado con su linaje y su riqueza: así, cuando ya se supo que Pompeyo pasaba los Pirineos, tomaron los soldados las armas y las insignias de las legiones y gritaron a Perpena para que los condujese al campo de Sertorio, amenazándole que de lo contrario le dejarían por ir en busca de un hombre que podía salvarse y salvarlos; y Perpena tuvo que condescender con sus ruegos, y marchando al frente de ellos juntó con las de Sertorio sus tropas, que consistían en cincuenta y tres cohortes.

XVI.- Abrazaban el partido de Sertorio todos los de la parte acá del Ebro, con lo cual el número era poderoso, porque de todas partes acudían y se le presentaban gentes; pero, mortificado con el desorden y la temeridad de aquella turba, que clamaba por venir a las manos con los enemigos, sin poder sufrir la dilación, trató de calmarla y sosegarla por medio de la reflexión y del discurso. Mas cuando vio que no cedían, sino que insistían tenazmente, no hizo por entonces caso de ellos, y los dejó que fueran a estrellarse con los enemigos, con la esperanza de que, no siendo del todo deshechos, sino hasta cierto punto escarmentados, con esto los tendría en adelante más sujetos y obedientes. Sucedió lo que pensaba, y marchando entonces en su socorro los sostuvo en la fuga, y los restituyó con seguridad al campamento. Queriendo luego curarlos del desaliento, los convocó a todos al cabo de pocos días a junta general, en la que hizo presentar dos caballos, el uno sumamente flaco y viejo, y el otro fuerte y lozano, con una cola muy hermosa y muy poblada de cerdas. Al lado del flaco se puso un hombre robusto y de mucha fuerza, y al lado del lozano otro hombre pequeño y de figura despreciable. A cierta señal, el hombre robusto tiró con entrambas manos de la cola del caballo como para arrancarla, y el otro pequeño, una a una, fue arrancando las cerdas del caballo brioso. Como al cabo de tiempo el uno se hubiese afanado mucho en vano, y hubiese sido ocasión de risa a los espectadores, teniendo que darse por vencido mientras que el otro mostró limpia la cola de cerdas en breve tiempo y sin trabajo, levantándose Sertorio: “Ved ahí- les dijo-, oh camaradas, cómo la paciencia puede más que la fuerza; cómo cosas que no pueden acabarse juntas ceden y se acaban poco a poco; nada resiste a la asiduidad, con la que el tiempo, en su curso, destruye y consume todo poder, siendo un excelente auxiliador de los que saben aprovechar la ocasión que les presenta e irreconciliable enemigo de los que fuera de sazón se precipitan”. Inculcando continuamente Sertorio a los bárbaros estas exhortaciones, los alentaba y disponía para esperar la oportunidad.

XVII.- Entre sus acciones de guerra no fue lo que menos admiración excitó lo ejecutado con los llamados Caracitanos. Este es un pueblo situado más allá del río Tajo, que no se compone de casas, como las ciudades o aldeas, sino que, en un monte de bastante extensión y altura, hay muchas cuevas y cavidades de rocas que miran al norte. El país que la circunda produce un barro arcilloso y una tierra muy deleznable por su finura, incapaz de sostener a los que andan por ella, y que con tocarla ligeramente se deshace como la cal o la ceniza. Era, por tanto, imposible tomar por fuerza a estos bárbaros, porque cuando temían ser perseguidos se retiraban con las presas que habían hecho a sus cuevas, y de allí no se movían. En ocasión, pues, en que Sertorio se retiraba de Metelo y había establecido su campo junto a aquel monte, le insultaron y despreciaron, mirándole como vencido; y él, bien fuese de cólera, o bien por no dar idea de que huía, al día siguiente, muy de mañana, movió con sus tropas y fue a reconocer el sitio. Como por ninguna parte tenía subida, anduvo dando vueltas, haciéndoles vanas amenazas; mas en esto advirtió que de aquella tierra se levantaba mucho polvo y que por el viento era llevado a lo alto: porque, como hemos dicho, las cuevas estaban al norte, y el viento que corre de aquella región, al que algunos llaman Cecias, es allí el que más domina y el más impetuoso de todos, soplando de países húmedos y del montes cargados de nieve. Estábase entonces en el rigor del verano, y, fortificado el viento con el deshielo que en la parte septentrional se experimentaba, lo tomaban con mucho gusto aquellos naturales, porque en el día los refrigeraba a ellos y a sus ganados. Habíalo discurrido así Sertorio, y se lo había oído también a los del contorno, por lo cual dio orden a los soldados de que, recogiendo aquella tierra suelta y cenicienta, la fueran acumulando en diferentes puntos delante del monte; y como creyesen los bárbaros que el objeto era formar trincheras contra ellos, lo tomaron a burla. Trabajaron en esto los soldados hasta la noche, hora en que se retiraron; pero por la mañana siguiente empezó desde luego a soplar una aura suave, que levantó lo más delgado de aquella tierra amontonada, esparciéndola a manera de humo, y después, arreciándose el cecias con el sol, y poniéndose ya en movimiento los montones, los soldados que se hallaban presentes los revolvían desde el suelo y ayudaban a que se levantase la tierra. Algunos corrían con los caballos arriba y abajo, y contribuían, también a que la tierra se remontase en el aire, y a que, hecha un polvo todavía más delgado, fuese empujada por aquel hacia las casas de los bárbaros, que recibían el cierzo por la puerta. Estos, como las cuevas no tenían otro respiradero que aquel sobre el que se precipitaba el viento, quedaron muy luego ciegos, y además empezaron a ahogarse, respirando un aire incómodo y cargado de polvo; por lo cual apenas pudieran aguantar dos días, y al tercero se entregaron; aumentando, no tanto el poder como la gloria de Sertorio, por verse que lo que no estaba sujeto a las armas lo alcanzaba con la sabiduría y el ingenio.

XVIII.- Mientras que hizo la guerra a Metelo, parecía que su buena suerte era en gran parte debida a la vejez y torpeza de éste, que no podía contrarrestar a un hombre osado, y caudillo más bien de una tropa de bandoleros que de un ejército ordenado; pero cuando, después de haber pasado Pompeyo los Pirineos, contrapuso al de éste su campo, y dieron uno y otro diferentes pruebas de toda la habilidad y pericia militar, y se vio que sobresalía Sertorio así en acometer como en saber guardarse, entonces enteramente fue declarado, aun en Roma mismo, como el más diestro para dirigir la guerra entre los generales de su edad. y eso que no era vulgar la fama de Pompeyo, sino que estaba entonces en lo más florido de su gloria, de resulta de sus hazañas en el partido de Sila por las que éste le apellidó Magno, que quiere decir grande, y mereció los honores del triunfo antes de salirle la barba. Por esta causa muchas de las ciudades sujetas a Sertorio, abandonaron después este propósito por el suceso de Laurón que salió muy al revés de lo que se esperaba. Teníalos sitiados Sertorio, y fue Pompeyo en su socorro con todas sus fuerzas. Había un collado en la mejor situación, frente a la ciudad, y el uno por tomarle, y por impedirlo el otro, movieron ambos de sus campos. Adelantóse Sertorio, y Pompeyo entonces, acudiendo con su ejército, lo tuvo a gran ventura, porque creyó que iba a coger a Sertorio en medio de la ciudad y de sus tropas; y avisando a los Lauronitas, les dijo que tuvieran buen ánimo y salieran a las murallas a ver sitiado a Sertorio. Mas éste, cuando lo supo, se echó a reír, y “Ya volviendo a aquel la vista, pensaban en mudanzas; pero le enseñaré yo- dijo al discípulo de Sila, porque así llamaba por burla a Pompeyo- que el general debe mirar mucho en derredor, y no precisamente delante de sí”; y en seguida hizo advertir a los sitiados que había dejado seis mil infantes en el primer campamento de donde había salido para tomar el collado, a fin de que, cuando Pompeyo le acometiese, lo tomasen éstos por la espalda. Echólo tarde de ver Pompeyo; así, no se atrevió a combatir, temiendo ser cortado, ni tampoco se resolvió de vergüenza a retirarse y abandonar a los Lauronitas en aquel peligro; mas fuele preciso estar presente y ser testigo de su perdición, pues aquellos bárbaros desmayaron y se entregaron a Sertorio. No tocó éste a las personas: antes, los dejó ir libres; a la ciudad, en cambio, la abrasó, no por cólera o por crueldad, porque entre todos los generales parece que fue éste el que menos se dejó llevar de la ira, sino para afrenta y mengua de los que tanto admiraban a Pompeyo: pues correría la voz entre los bárbaros de que, con estar presente y casi calentarse al fuego de una ciudad aliada, no le dio socorro.

XIX.- Sufrió Sertorio bastantes derrotas, no obstante que en sí mismo y en los que con él peleaban se conservó siempre invicto, sino en las personas de otros generales suyos; pero aún era más admirado por el modo de reparar estos descalabros que sus contrarios por la victoria, como sucedió en la batalla del Júcar [Sucrón] con Pompeyo, y en la del Turia con él mismo y con Metelo. De la del Júcar se dice haberse dado acometiendo Pompeyo, para que Metelo no tuviese parte en la victoria. Sertorio quería también combatir con Pompeyo antes que se le uniese Metelo, y reuniendo a su gente se presentó a la pelea entrada ya la tarde, reflexionando que las tinieblas serían a los enemigos, extranjeros e ignorantes del terreno, un estorbo para huir o para seguir el alcance. Trabada la batalla, hizo la casualidad que no estuviera él al principio opuesto a Pompeyo, sino a Afranio, que mandaba la izquierda, hallándose él colocado en su derecha; pero habiendo entendido que los que contendían con Pompeyo aflojaban y eran vencidos, encargó a la derecha a otros de sus generales, y pasó corriendo a la parte vencida. Reunió y alentó a unos que ya se retiraban, y a otros que se mantenían en formación, y cargando de recio a Pompeyo, que perseguía a los primeros, le puso en desorden, y estuvo en muy poco que no pereciese, habiendo salido herido y salvádose prodigiosamente; y fue que los Africanos que estaban al lado de Sertorio, cuando cogieron el caballo de Pompeyo engalanado con oro y adornado de preciosos arreos, al partirlos altercaron entre sí y le dejaron escapar. Afranio, desde el momento que Sertorio partió en socorro de la otra ala, rechazó a los que tenía al frente, y los llevó hasta el campamento, en el que se precipitó con ellos, y empezó a saquearlo. Era ya de noche, y no sabía que Pompeyo había sido puesto en fuga, ni podía contener a los suyos en el pillaje. Vuelve en esto Sertorio, que por su parte había vencido, y sorprendiendo a los de Afranio, que se aturdieron por hallarse desordenados, hizo en ellos gran matanza. A la mañana temprano armó sus tropas, y bajó de nuevo a dar batalla; pero, noticioso de que Metelo estaba cerca, mudó de propósito, y se retiró al campamento, diciendo: “A fe que al mozuelo éste, si la vieja no hubiera llegado, le habría yo dado una zurra y lo habría enviado a Roma.”

XX.- Andaba muy decaído de ánimo, a causa de que no parecía por ninguna parte la cierva, y se sentía falto de este artificio para con aquellos bárbaros, entonces más que nunca necesitados de consuelo. Por casualidad, unos que discurrían por el campo con otro motivo dieron con ella, y conociéndola por el color la recogieron. Habiéndolo entendido Sertorio, les prometió una crecida suma, con tal que a nadie lo dijesen; y ocultando la cierva, pasados unos cuantos días se encaminó al sitio de las juntas públicas con un rostro muy alegre, manifestando a los caudillos de los bárbaros que de parte de Dios se le había anunciado en sueños una señalada ventura, y subiendo después al tribunal se puso a dar audiencia a los que se presentaron. Dieron a este tiempo suelta a la cierva los que estaban encargados de su custodia, y ella, que vio a Sertorio, echando a correr muy alegre hacia la tribuna, fue a poner la cabeza entre las rodillas de aquel, y con la boca le tocaba la diestra, como antes solía ejecutarlo. Correspondió Sertorio con cariño a sus halagos, y aun derramó alguna lágrima, lo que al principio causó admiración a los que se hallaban presentes, pero después acompañaron con aplauso y regocijo hasta su habitación a Sertorio, teniéndole por un hombre extraordinario y amado de los Dioses, y cobrando ánimo concibieron faustas esperanzas.

XXI.- En los campos seguntinos había reducido a los enemigos a la última escasez, y le fue preciso combatir con ellos en ocasión que bajaban a merodear y hacer provisiones. Peleóse denodadamente por una y otra parte, y Memio, el mejor caudillo de los que militaban bajo Pompeyo, murió en lo más recio de la batalla. Vencía, por tanto, Sertorio, y con gran mortandad de los que se le oponían trataba de penetrar hasta Metelo, el cual, sosteniéndose y peleando alentadamente, fuera de lo que permitía su edad, fue herido de un bote de lanza. Los Romanos, que vieron el hecho, o llegaron a oírlo, se cubrieron de vergüenza de que pudiera decirse abandonaban a su general, y al mismo tiempo se encendieron en ira contra los enemigos. Protegiéronle, pues, con los escudos, y combatiendo esforzadamente, no sólo le retiraron, sino que rechazaron a los Españoles. Mudóse con esto la suerte de la victoria, y Sertorio, para proporcionar a los suyos una fuga segura y dar tiempo a que le llegaran nuevas tropas, se retiró a una ciudad montuosa y bien fortificada, cuyos muros empezó a reparar, y a obstruir sus puertas, sin embargo de que en todo pensaba más que en aguantar allí un sitio, sino que así engañó a los enemigos. Porque atendiendo a él solo, y esperando que sin dificultad se apoderarían de la ciudad, no pensaron en perseguir a los bárbaros en su fuga, ni hicieron caso de las fuerzas que de nuevo acudían a Sertorio. Reuníalas en tanto, enviando caudillos a las ciudades que estaban por él, y dándoles orden de que cuando tuvieran bastante número se lo avisaran por un emisario. Cuando ya tuvo estos avisos, salió sin trabajo por medio de los enemigos, fue a unirse con su gente, y presentándose otra vez con respetables fuerzas les interceptaba a aquellos los víveres: los que podían venirles por tierra, armándoles celadas, cortando sus partidas y apareciéndose por todas partes, sin darse ni darles reposo; y los del mar, por medio de barcos corsarios, con los que era dueño de la marina, en términos que, precisados los generales romanos a separarse, Metelo se retiró a la Galia, y Pompeyo hubo de invernar con incomodidad en los Vacceos, por falta de fondos; escribiendo al Senado que no regresaría con el ejército si no se le enviaba dinero: porque ya había gastado todo su caudal peleando por la Italia; en Roma no se hablaba de otra cosa sino de que Sertorio llegaría antes a la Italia que Pompeyo. ¡A este punto trajo la pericia y destreza de Sertorio a los primeros y más hábiles generales de aquel tiempo!

XXII.- Manifestó el mismo Metelo cuánto le imponía este insigne varón, y cuán ventajoso era el concepto que de él tenía, porque hizo publicar por pregón que si algún Romano le quitaba la vida le daría cien talentos de plata y veinte mil yugadas de tierra, y si fuese algún desterrado le concedería la vuelta a Roma; lo que era desesperar de poderlo conseguir en guerra abierta, poniéndolo en almoneda para una traición. Además, habiendo vencido en una ocasión a Sertorio, se envaneció tanto y lo tuvo a tan grande dicha, que se hizo saludar emperador, y las ciudades por donde transitaba le recibían con sacrificios y con aras. Dícese que consintió le ciñeran las sienes con coronas y que se le dieran banquetes suntuosos, en los que brindaba adornado con ropa triunfal. Teníanse dispuestas victorias con tal artificio, que por medio de resortes le presentaban trofeos y coronas de oro, y había, coros de mozos y doncellas que le cantaban himnos de victoria: haciéndose justamente ridículo con semejantes demostraciones, pues que tanto se vanagloriaba y tal contento había concebido de haber quedado vencedor por haberse él retirado espontáneamente respecto de un hombre a quien llamaba el fugitivo de Sila y el último resto de la fuga de Carbón. De la grandeza de ánimo de Sertorio son manifiestas pruebas, lo primero, el haber dado el nombre de Senado a los que de este Cuerpo habían huido de Roma y se le habían unido, y el elegir entre ellos los Cuestores y Pretores, procediendo en todas estas cosas según las leyes patrias; y lo segundo, el que, valiéndose de las armas, de los bienes y de las ciudades de los Españoles, ni en lo más mínimo partía con ellos el sumo poder, y a los Romanos los establecía por sus generales y magistrados, como queriendo reintegrar a éstos en su libertad y no aumentar a aquellos en perjuicio de los Romanos. Porque era muy amante de la patria y ardía en el deseo de la vuelta; sino que viéndose maltratado se mostraba hombre de valor; mas nunca hizo contra los enemigos cosa que desdijese, y después de la victoria enviaba a decir a Metelo y a Pompeyo que estaba pronto a deponer las armas y a vivir como particular si alcanzaba la restitución; porque más quería ser en Roma el último de los ciudadanos, que no que se le declarara emperador de todos los demás, teniendo que estar desterrado de su patria. Dícese que era gran parte su madre para desear la vuelta, porque había sido criado por ella siendo huérfano, y en todo no tenía otra voluntad que la suya. Así es que, llamado ya por sus amigos al mando en España, cuando supo que su madre había muerto estuvo en muy poco que no perdiese la vida de dolor, porque siete días estuvo tendido en el suelo sin dar señal a los soldados ni dejarse ver de ninguno de sus amigos, y con dificultad los demás caudillos y otras personas de autoridad, rodeándole en su tienda, pudieron precisarle a que saliera y hablara a los soldados, y se encargara de los negocios, que iban prósperamente; por lo cual muchos entienden que él era naturalmente de condición benigna e inclinado al reposo, y que, por accidentes que sobrevinieron, tuvo que recurrir contra su deseo a mandos militares, y no encontrando seguridad sino en las armas, que sus enemigos le forzaron a tomar, le fue preciso hacer de la guerra un resguardo y defensa de su persona.

XXIII.- Mostróse asimismo su grandeza de ánimo en la conducta que tuvo con Mitridates; porque cuando este rey, rehaciéndose como para una segunda lucha del descalabro que sufrió con Sila, quiso de nuevo acometer al Asia, era ya grande la fama que de Sertorio había corrido por todas partes, y los navegantes, como de mercancías extranjeras, habían llenado el Ponto de su nombre y sus hazañas. Tenía resuelto enviarle embajadores, acalorado principalmente con las exageraciones de los lisonjeros, que comparando a Sertorio con Anibal y a Mitridates con Pirro decían que los Romanos, dividiendo su atención a dos partes, no podrían resistir a tanta fuerza y destreza juntas, si el más hábil general llegaba a unirse con el mayor de todos los reyes. Envía, pues, Mítridates embajadores a España con cartas para Sertorio, y con el encargo de decirle que le daría fondos y naves para la guerra, sin solicitar más de él sino que le hiciera segura la posesión de toda aquella parte del Asia que había tenido que ceder a los Romanos conforme a los tratados ajustados con Sila. Convocó Sertorio a Consejo, al que, como siempre, llamó Senado; y siendo los demás de dictamen de que se accediera a la propuesta como muy admisible, pues que no pidiéndosele más que nombres y letras vanas sobre objetos que no estaban en su facultad, iban en cambio a recibir cosas positivas que les hacían gran falta, no vino en ello Sertorio, sino que dijo que no repugnaría el que Mitridates ocupase la Bitinia y la Capadocia, provincias dominadas siempre por el rey y que no pertenecían a los Romanos, pero en cuanto a una provincia que, poseída por éstos con el mejor título, Mitridates se la había quitado y retenido, perdiéndola después, primero, por haberla reconquistado Fimbria con las armas, y luego por haberla cedido aquel a Sila en el tratado, no consentiría que volviese ahora a ser suya; porque mandando él, debía tener aumentos la república y no hacer pérdidas a trueque de que mandase: pues era propio del hombre virtuoso el desear vencer con honra; pero con ignominia, ni siquiera salvar la vida.

XXIV.- Oyó Mitridates esta respuesta con grande admiración, y se dice haber exclamado ante sus amigos: “¿Qué mandará Sertorio sentado en el palacio, si ahora, relegado al mar Atlántico señala límites a mi reino, y porque tengo miras sobre el Asia me amenaza con la guerra? Con todo, hágase el tratado, y convéngase con juramento en que Mitridates tendrá la Capadocia y la Bitinia, enviándole Sertorio un general y soldados, y en que Sertorio percibírá de Mítrídates tres mil talentos y cuarenta naves.” En consecuencia, fue enviado de general al Asia, por Sertorio, Marco Mario, uno de los senadores fugitivos que habían acudido a él; y habiendo tomado Mitridates con su auxilio algunas ciudades en el Asia, entrando aquel en ella con las fasces y las hachas, iba él en pos tomando voluntariamente el segundo lugar, y haciendo, como quien dice, el papel de criado. Marco concedió la libertad a algunas ciudades y a otras la exención de tributos, anunciándoles que lo ejecutaba en obsequio de Sertorio, de manera que el Asia, molestada otra vez por los exactores, y agobiada con las extorsiones e insolencias de los alojados, se levantó a nuevas esperanzas y empezó a desear la mudanza de gobierno que ya se entreveía.

XXV.- En España, los Senadores y personas de autoridad que estaban con Sertorio, luego que entraron en alguna confianza de resistir y se les desvaneció el miedo, empezaron a tener celos y necia emulación de su poder. Incitábalos principalmente Perpena, a quien con loca vanidad hacía aspirar al primer mando el lustre de su linaje, y dio principio por sembrar insidiosamente entre sus confidentes estas especies sediciosas: “¿Qué mal Genio es el que se ha apoderado de nosotros para arrojarnos de mal en peor? Nos desdeñábamos de ejecutar, sin salir de nuestras casas, las órdenes de Sila, que lo dominaba todo por mar y por tierra, y por una extraña obcecación, queriendo vivir libres, nos hemos puesto en una voluntaria servidumbre, haciéndonos satélites del destierro de Sertorio; y aunque se nos llama Senado, nombre de que se burlan los que lo oyen, en realidad pasamos por insultos, por mandatos y por trabajos en nada más tolerables que los que sufren los Íberos y Lusitanos.” Seducían a los más estos discursos, y aunque no desobedecían abiertamente, por miedo a su poder, bajo mano desgraciaban los negocios y agraviaban a los bárbaros, tratándoles ásperamente de obra y de palabra, como que era de orden de Sertorio; de donde se originaban también rebeliones y alborotos en las ciudades. Los que eran enviados para remediar y sosegar estos desórdenes, volvían, habiendo suscitado mayores inquietudes y aumentado las sediciones que ya existían, tanto que, haciendo salir a Sertorio de su primera benignidad y mansedumbre, se encrudeció con los hijos de los Íberos educados en Huesca, dando muerte a unos y vendiendo a otros en almoneda.

XXVI.- Teniendo ya Perpena muchos conjurados para su proyecto, agregó además a él a Mallo, uno de los caudillos. Amaba éste a un jovencito de tierna edad, y entre las caricias que le prodigaba le descubrió la conspiración, encargándole que no hiciera caso de los demás amadores y sólo se aficionase a él, que dentro de breves días ocuparía un gran puesto. El joven descubre este secreto a Aufidio, otro de sus amadores, a quien él apreciaba más. Quedóse Aufidio suspenso, porque también él entraba en la conjuración contra Sertorio, pero ignoraba que Mallo tuviese en ella parte; turbado después, al ver que aquel mozo le nombraba a Perpena, a Graciano y a otros que él sabía eran de los conjurados, lo primero que hizo fue desvanecerle aquella idea, exhortándole a que despreciara a Mallo, que no tenía más que vanidad y orgullo; y después se fue a Perpena, a quien manifestó el peligro y la necesidad que había de aprovechar cuanto antes la oportunidad, instándole a la ejecución. Convinieron en ello, y, disponiendo que uno se presentase con cartas para Sertorio, le condujeron ante él. En las cartas se anunciaba una victoria conseguida por uno de sus lugartenientes, con gran mortandad de los enemigos; y como Sertorio se hubiese mostrado muy contento y hubiese hecho sacrificios por la buena nueva, Perpena le convidó a un banquete con los amigos que se hallaban presentes, que eran todos del número de los conjurados, y haciéndole grandes instancias le sacó la palabra de que asistiría. Siempre en los banquetes de Sertorio se observaba grande orden y moderación, porque no podía ni ver ni oír cosa indecente, y, estaba acostumbrado a que los demás que a ellos asistían, en sus chistes y entretenimientos, guardaran la mayor moderación y compostura. Entonces, cuando se estaba en medio del festín, para buscar ocasión de reyerta, empezaron a usar de expresiones del todo groseras, y fingiendo estar embriagados se propasaron a otras Insolencias para irritarle. Él entonces, o porque le incomodase aquel desorden o porque llegase a colegir su intento del precipitado modo de hablar y de la poca cuenta que contra la costumbre se hacía de su persona, mudó de postura y se reclinó en el asiento, como que no atendía ni oía lo que pasaba; pero habiendo tomado Perpena una taza llena de vino, y dejádola caer de las manos en el acto de estar bebiendo, se hizo gran ruido, que era la señal dada, y entonces Antonio, que estaba sentado al lado de Sertorio, le hirió con un puñal. Volvióse éste al golpe, y se fue a levantar, pero Antonio se arrojó sobre él y le cogió de ambas manos, con lo que, hiriéndole muchos a un tiempo, murió sin haberse podido defender.

XXVII.- La mayor parte de los Españoles abandonaron al punto aquel partido, y se entregaron a Pompeyo y Metelo, enviándoles al efecto embajadores; y de los que quedaron se puso al frente Perpena, con resolución de tentar alguna empresa. Valióse de las disposiciones que Sertorio tenía tomadas, pero no fue más que para desacreditarse y hacer ver que no era para mandar ni para ser mandado; habiendo, en efecto, acometido a Pompeyo, fue en el momento derrotado por éste; y quedando prisionero, ni siquiera supo llevar el último infortunio, como a un general correspondía, sino que, habiendo quedado dueño de la correspondencia de Sertorio, ofreció a Pompeyo mostrarle cartas originales de varones consulares y de otros personajes de gran poder en Roma, que llamaban a Sertorio a la Italia, con deseo de trastornar el orden existente y mudar el gobierno; pero Pompeyo se condujo en esta ocasión, no como un joven, sino como un hombre de prudencia consumada, libertando a Roma de grandes sustos y calamidades. Porque, recogiendo todas aquellas cartas y escritos de Sertorio, los quemó todos, sin leerlos ni dejar que otro los leyera, y a Perpena le quitó al instante la vida, por temor de que no se esparcieran aquellos nombres entre algunos y se suscitaran sediciones y alborotos. De los que conjuraron con Perpena, unos fueron traídos ante Pompeyo, y perdieron la vida, y otros, habiendo huído al África, fueron asaetados por los Mauritanos. Ninguno escapó, sino Aufidio, el rival en amores de Mallo; el cual, o porque se escondió, o porque no se hizo cuenta de él, mendigo y odiado de todos, llegó a hacerse viejo en un aduar de los bárbaros.

Plutarco, Vidas Paralelas, Sertorio.
https://web.archive.org/web/20131030030 ... torio.html

Creo que de momento ya hay material suficiente para empezar a trabajar. :~i
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“...Sin embargo, estoy convencido de que si nos ocurre lo que es propio de los hombres, el proyecto no quedará en el aire ni le faltarán hombres cabales; su belleza atraerá a muchos que lo tomarán bajo su responsabilidad y se esforzarán por llevarlo a cabo.”
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Re: Sertorio

Mensaje por Bernardo Pascual »

“Teníalos sitiados Sertorio, y fue Pompeyo en su socorro con todas sus fuerzas. Había un collado en la mejor situación, frente a la ciudad, y el uno por tomarle, y por impedirlo el otro, movieron ambos de sus campos. Adelantóse Sertorio, y Pompeyo entonces, acudiendo con su ejército, lo tuvo a gran ventura, porque creyó que iba a coger a Sertorio en medio de la ciudad y de sus tropas; y avisando a los Lauronitas, les dijo que tuvieran buen ánimo y salieran a las murallas a ver sitiado a Sertorio. Mas éste, cuando lo supo, se echó a reír, y “Ya volviendo a aquel la vista, pensaban en mudanzas; pero le enseñaré yo- dijo al discípulo de Sila, porque así llamaba por burla a Pompeyo- que el general debe mirar mucho en derredor, y no precisamente delante de sí”; y en seguida hizo advertir a los sitiados que había dejado seis mil infantes en el primer campamento de donde había salido para tomar el collado, a fin de que, cuando Pompeyo le acometiese, lo tomasen éstos por la espalda. Echólo tarde de ver Pompeyo; así, no se atrevió a combatir, temiendo ser cortado, ni tampoco se resolvió de vergüenza a retirarse y abandonar a los Lauronitas en aquel peligro; mas fuele preciso estar presente y ser testigo de su perdición, pues aquellos bárbaros desmayaron y se entregaron a Sertorio. No tocó éste a las personas: antes, los dejó ir libres; a la ciudad, en cambio, la abrasó, no por cólera o por crueldad, porque entre todos los generales parece que fue éste el que menos se dejó llevar de la ira, sino para afrenta y mengua de los que tanto admiraban a Pompeyo: pues correría la voz entre los bárbaros de que, con estar presente y casi calentarse al fuego de una ciudad aliada, no le dio socorro.”
Plutarco

Imagen
“La batalla de Lauro, es descrita en los textos clásicos (Apiano, Orosio, Plutarco, Floro y Frontio), y su destrucción por Sertorio en el año 76 aC así como la deportación de los supervivientes a Lusitania. La localización de Lauro no es precisa, pero no pocos historiadores la han situado en Edeta. Los textos clásicos la sitúan cerca de un río llamado Palancia y en un collado que domina la ciudad. (Pero podría no tratarse de mismo río Palancia actual que desemboca en Sagunto)”
https://www.albergueolocau.com/entorno/arse.html

Edeta es Liria. No se por qué, pero me lo temía; de nuevo la batalla de Cuarte.
“Pompeyo, concentrado el ejército a la orilla del Palancia, intentó en vano defender la ciudad de Lauro, que entonces Sertorio sitiaba, y, vencido, se retiró; Sertorio, derrotado y en fuga Pompeyo, tomó a Lauro y la devastó con gran encarnizamiento. El resto de las tropas lauronenses que se escapó de la matanza, lo transportó a Lusitania, reducidas a miserable esclavitud.”
Orosio
“Cuando llegó Pompeyo a España y tomó por cuestor a Memmio, nunca Balbo se apartó de Memmio, fue asediado con él en Cartagena, se encontró en las mayores y más encarnizadas batallas de Sucro y del Turia.”
Cicerón.
¿Casualidad?
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Re: Sertorio

Mensaje por Bernardo Pascual »

Los lusitanos que se mencionan todo el rato son demasiado genéricos como para tratarse de los lusitanos propiamente dichos. Recuerdan a los astures de Silo Itálico. Con ese gentilicio parece aludirse más bien a todos los hispanos del interior, o mejor dicho, a todos los enemigos de Roma. Da la sensación de que la palabreja en ese momento estaba de moda. La cuestión está en cuándo se comienzan a diferenciar los lusitanos históricos del resto de lusones y lacetanos, o sea, cuándo se concretiza el significado en lo que hoy entendemos por lusitanos, si en esta metonimia la parte da nombre al todo, o es el todo el que acaba dando nombre a la parte. El uso de gentilicios como lusitanos o cántabros por autores tempranos como Polibio o Catón, en todo caso, se confirma como muy controvertido, algo de lo que ya vengo avisando hace tiempo. En las sucesivas copias de sus obras para mí que se actualizan los topónimos y los gentilicios, en los textos íntegros pero sobre todo en los fragmentos sueltos, los cuales, estos últimos, tienen más de citas que de copias.

¿Cuando se dice que Pompeyo invernó entre los vacceos, dónde se ubican esos vacceos? Palencia se confunde con Numancia y los vacceos, casi seguro, con los vascones, al menos tal como los entendemos hoy en día. Vuelvo a lo mismo. Supongamos que el binomio titios y belos se correspondiese con túrdulos y vacceos. Aquí surgen varias opciones: Un copista lo pudo transcribir mal; aquella podría ser la forma original; ha habido una confusión y no tienen nada que ver unos con otros... No tiene ningún sentido que Pompeyo se replegase hacia el interior de la Península, a un territorio controlado en principio por Sertorio. Hay además otro fragmento, a ver si lo encuentro, que parece dar una pista más exacta.

El caso es que, pese a toda la documentación de la que se dispone, resulta dificilísimo dibujar un mapa de esta guerra, o incluso identificar la mayor parte de los topónimos, por más que a simple vista puedan resultar evidentes. Igual que esos lusitanos y esos vacceos pecan de genéricos, esa Cauca, esa Segovia o esa Pallantia se antojan muy poco fiables. Da la sensación que desde un principio los copistas trataron de racionalizarlo, de hacerlo entendible, igual que se hace hoy en día, pero sin notas a pie de página.
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Re: Sertorio

Mensaje por Poliorcetos »

A pesar del enorme lío que conlleva, es clave, pues creo que se ha rellenado las guerras anteriores con episodios de ésta, incluso viceversa, como lo de Sertorio en Africa. Hay que desenmarañar demasiado, ardua tarea.

La cita de "sitiado en Cartagena" que desconocía me ha removido el pensamiento. ¿Cómo era posible que Cartagena pudiera quedar al margen de esta guerra? Y a lo mejor, no lo estaba.
Bernardo Pascual escribió:
27 Jun 2020 19:50
Poco tiempo después libró una gran batalla desde el mediodía hasta el anochecer cerca de la ciudad de Segontia.
En la versión inglesa (desconozco la griega) es Seguntia.
Bernardo Pascual escribió:
27 Jun 2020 19:58
XXI.- En los campos seguntinos había reducido a los enemigos a la última escasez, y le fue preciso combatir con ellos en ocasión que bajaban a merodear y hacer provisiones.
Esa Seguntia, no Segontia, se interpreta a veces como Sagunto, y volvemos a los orígenes. Los dichosos topónimos. Personalmente me iría más al Duero. Todo está lleno de campamentos, desde Sigüenza en adelante. Pero bueno, tampoco es lo principal hasta la hora de intentar dibujar un mapa.

Todo eso puede ir teniendo arreglo. Lo que no, las invernadas. Así no se puede. Entender Lusitania como otra cosa, e incluso Galias, cuando realmente son los Pirineos. Si no situamos bien la casilla de salida, mal podemos hacer nada.
Prometí también que no haré guerra ni paz ni pacto a no ser con el consejo de los obispos, nobles y hombres buenos, por cuyo consejo debo regirme.
IV Item. Decreta que Don Alfonso, Rey de León y de Galicia estableció en la Curia de León en 1.188
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Re: Sertorio

Mensaje por Bernardo Pascual »

Poliorcetos escribió:
28 Jun 2020 16:10
Todo eso puede ir teniendo arreglo. Lo que no, las invernadas. Así no se puede. Entender Lusitania como otra cosa, e incluso Galias, cuando realmente son los Pirineos. Si no situamos bien la casilla de salida, mal podemos hacer nada.
Totalmente de acuerdo en que son las invernadas desde donde hay que empezar a tirar del hilo.
Nelitis neque litis

“...Sin embargo, estoy convencido de que si nos ocurre lo que es propio de los hombres, el proyecto no quedará en el aire ni le faltarán hombres cabales; su belleza atraerá a muchos que lo tomarán bajo su responsabilidad y se esforzarán por llevarlo a cabo.”
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Re: Sertorio

Mensaje por Bernardo Pascual »

“Cuando Sertorio estaba acampado al lado de Pompeyo cerca de la ciudad de Lauron, en España, había sólo dos lugares de los cuales podía ser reunido forraje, uno cercano, el otro más lejano. Sertorio dió órdenes que el cercano fuera continuamente incursionado por tropas ligeras, pero que el más lejano no fuera visitado por tropa alguna. Así, convenció finalmente a sus adversarios que el sitio más distante era más seguro. Cuando, en una ocasión, las tropas de Pompeyo fueron a esa región, Sertorio ordenó que Octavio Grecino, con diez cohortes armadas a la manera romana, y diez cohortes de españoles armados ligeramente, junto con Tarquinio Prisco y dos mil jinetes, partieran a poner una emboscada contra los buscadores de forraje. Estos hombres ejecutaron sus instrucciones con energía; ya que después de examinar el terreno, escondieron las fuerzas arriba mencionadas antes de la noche en un bosque vecino, apostando a los españoles armados ligeramente en el frente, como más apropiados para la guerra furtiva; los soldados que portaban escudo, un poco más atrás, y la caballería en la retaguardia, a fin de que el plan no pudiera ser traicionado por el relincho de los caballos. Entonces ordenaron que todos reposaran en silencio hasta la hora tercera del día siguiente Cuando los hombres de Pompeyo, no albergando sospecha alguna y cargados con forraje, pensaban volver, y aquellos que habían estado de guardia, atraídos por la situación, se escabullían para buscar más forraje, los españoles, repentinamente, saliendo como flechas con la rapidez característica de su raza, vertiéndose sobre los rezagados, infligieron muchas heridas sobre ellos, y los derrotaron, para su gran asombro. Entonces, antes de que la resistencia a este primer asalto pudiera ser organizada, las tropas que portaban escudo, desparramándose desde el bosque, se abatieron sobre los romanos y derrotaron a los que volvían a las filas, mientras la caballería, enviada tras de aquellos que huían, los siguió por todo el camino hasta el campamento, destrozándolos. Se aseguró también que nadie escapara. Doscientos cincuenta jinetes de la reserva, enviados adelante con este objetivo, encontraron simple correr por atajos, y luego volver atrás y encontrar a aquellos que habían huido primero, antes de que alcanzaran el campamento de Pompeyo. Enterado de esto, Pompeyo envió una legión bajo Décimo Lelio para reforzar a sus hombres, con lo cual la caballería del enemigo, retirándose al flanco derecho, fingió ceder el paso, y luego, pasando alrededor de la legión, la asaltó por la retaguardia, mientras aquellos que habían perseguido a los forrajeros, lo atacaron por el frente también. Así la legión con su comandante fue aplastada entre las dos líneas del enemigo. Cuando Pompeyo condujo a su ejército entero a ayudar a la legión, Sertorio exhibió sus fuerzas preparadas en la ladera, y así impidió el objetivo de Pompeyo. Así, además de infligir un doble desastre, a consecuencia de la misma estrategia, Sertorio obligó a Pompeyo a ser testigo indefenso de la destrucción de sus propias tropas. Este era la primera batalla entre Sertorio y Pompeyo. Según Livio, se perdieron diez mil hombres en el ejército de Pompeyo, junto con el transporte entero.”
Frontino, II, 5, 31.
https://web.archive.org/web/20120203100 ... ino3-1.htm

Aquí cambia bastante el cuento respecto a la versión de Apiano. Sertorio no se interpone entre Pompeyo y la ciudad de Lauro, sino entre aquél y la legión que acude en socorro de los forrajeadores. Por otro lado, no es a Pompeyo a quien rodea, sino a dicha legión.
Nelitis neque litis

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Re: Sertorio

Mensaje por Bernardo Pascual »

Poliorcetos escribió:
28 Jun 2020 16:10
A pesar del enorme lío que conlleva, es clave, pues creo que se ha rellenado las guerras anteriores con episodios de ésta, incluso viceversa, como lo de Sertorio en Africa. Hay que desenmarañar demasiado, ardua tarea.
Aquí sí que no tengo ni la menor idea, ni siquiera en un sentido general. Al menos, en los otros temas creía que sabía algo, aunque luego me he dado cuenta de que no. Siempre nos creemos que cuanto más reciente sea la Historia más fiable, pero hasta ahora hay que reconocer que no se ha cumplido. Sertorio, sin duda parece el más complicado, y no pienso que la clave se encuentre en él, pero lo que sí que cuenta mucho es la experiencia y la visión cada vez más en conjunto que vamos ganando.

Al tajo, Poliorcetos; a ver que sacamos algo claro de este asunto a simple vista tan turbio y poco esperanzador. :dpm:
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Re: Sertorio

Mensaje por Poliorcetos »

Tampoco veo que difiera tanto de Apiano:
Nada más llegar Pompeyo a España, Sertorio aniquiló a una legión completa de aquél, que había salido a forrajear, junto con sus animales de carga y servidores de la tropa. También saqueó y arrasó hasta los cimientos, ante la mirada de Pompeyo, la ciudad romana de Lauro.
El problema es el lugar, el topónimo, como siempre. Plutarco, muy poético y para mi con poca información interesante, un liante, es quien lo describe de otra manera:
XVI.- Abrazaban el partido de Sertorio todos los de la parte acá del Ebro, con lo cual el número era poderoso, porque de todas partes acudían y se le presentaban gentes; pero, mortificado con el desorden y la temeridad de aquella turba, que clamaba por venir a las manos con los enemigos, sin poder sufrir la dilación, trató de calmarla y sosegarla por medio de la reflexión y del discurso. Mas cuando vio que no cedían, sino que insistían tenazmente, no hizo por entonces caso de ellos, y los dejó que fueran a estrellarse con los enemigos, con la esperanza de que, no siendo del todo deshechos, sino hasta cierto punto escarmentados, con esto los tendría en adelante más sujetos y obedientes. Sucedió lo que pensaba, y marchando entonces en su socorro los sostuvo en la fuga, y los restituyó con seguridad al campamento.
Así que tenemos: "Nada más llegar Pompeyo" y "todos los de la parte de acá del Ebro" ¿Por qué plantan esa batalla en Valencia? Que alguien me lo explique. O los de Pompeyo eran paracaidistas o de caballería aérea. Así no se puede. Esa batalla, al menos, hay que ubicarla cerca de los Pirineos. Con Lauro significando gloria, alabanza, triunfo, adivina. ¿Tal vez en Navarra?
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Re: Sertorio

Mensaje por Poliorcetos »

Lo que me tiene bloqueado totalmente es ésto:
no obstante enviaron a España otro ejército de dos legiones; con éstas y con todo el ejército restante, Metelo y Pompeyo descendieron de nuevo hasta el Ebro desde los montes Pirineos. Sertorio y Perpenna les salieron al encuentro desde Lusitania.
Son muchas cosas para una frase.
-2 Legiones más el ejército restante. ¿Estaría prácticamente aniquilado ese restante?
-Metelo y Pompeyo juntos, o al menos operando ambos desde los Pirineos. ¿Y la Bética? ¿Había caído o había allí más ejércitos?
-Desde los Pirineos, no desde Galias.
-Descienden de nuevo hasta el Ebro. ¿Era el Ebro el límite alcanzado en otras campañas? ¿Se refiere tal vez, en un giro poético a que marchar al sur es dirigirse al Ebro?
-Sertorio y Perpenna en Lusitania. ¿Qué hacían los dos ejércitos allí? Si los romanos venían de Pirineos, no tiene sentido ninguno.Uno podría hacer frente a los de la Bética pero ¿El otro? Para esto viene muy bien tu aporte, que los lusitanos se pueden entender genéricamente como los del interior. Cambia mucho.

También, todas esas aventuras, idas y venidas a Africa, me suenan a las campañas de mercenarios cruzando o intentándolo justo antes de la tercera Guerra Púnica, algo que también está muy entrevenado con la guerra de Viriato y lusitanos. Ahí estoy muy pez. Bernardo es quien más controla eso. Esa parte habría que desenmarañarla la primera, pero no puedo.
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Re: Sertorio

Mensaje por Bernardo Pascual »

marcelo escribió:
17 Jun 2020 19:56
Bernardo, cerca de Brihuega en Guadalajara, está Civica, que destaca por sus cuevas excavadas en la roca. Es un sitio pequeño, Pero ya se sabe que las fuentes suelen magnificar las cosas.
“Entre sus acciones de guerra no fue menos celebrada la llevada a cabo sobre los llamados caracitanos. Éste es un pueblo situado allende el Tajo, no compuesto por casas como las ciudades y las aldeas, sino que es un monte de bastante extensión y altura, con muchas cuevas y concavidades orientadas hacia el Norte.”
Plutarco.
Caraca fue una ciudad romana de la provincia Tarraconense. En su origen debió ser un asentamiento carpetano,​ citado por Plutarco en el centro de Hispania y cerca del río Tagonio. Así mismo, también aparece mencionada en el Anónimo de Rávena, en la ruta que conectaba Complutum con Segóbriga y Cartago Nova.​ En 2017 tras décadas de polémicas se determinó su ubicación en Driebes tras lo cual empezaron las excavaciones que continúan actualmente. Entre lo encontrado hasta ahora destacan los restos de un foro en un gran estado de conservación.
Wikipedia.
“Los españoles sitiados en Consabura sufrieron todas estas mismas cosas y no entregaron la ciudad a Hirtuleyo.”
Ps. Frontino.
“Y tomó por asalto a Dipón, ciudad poderosa, que resistió durante muchos días.”
Salustio.
¿Cómo se puede acceder a los fragmentos de Salustio? De forma gratuita, me refiero. ,-)
"En Hispania, a comienzos de la primavera, los pretores Cayo Calpurnio y Lucio Quincio sacaron a sus fuerzas de los cuarteles de invierno y unieron sus fuerzas en Beturia; como el enemigo estaba acampado en la Carpetania, avanzaron hacia allí dispuestos a dirigir sus operaciones de mutuo acuerdo. El combate se inició, entre partidas de forrajeadores, en un lugar no muy lejos de las ciudades de Dipo y Toledo..."
Tito Livio.
Según este fragmento, Dipo y Toledo no pueden estar muy lejos la una de la otra.
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Re: Sertorio

Mensaje por Bernardo Pascual »

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Los primeros movimientos son sencillos. Sertorio controla la Citerior y los ataques contra él se dirigen desde el sur y desde el norte. Estos frentes, tras los resonados fracasos iniciales, acaban siendo asignados respectivamente a Metelo y a Pompeyo. Metelo penetra en la Meseta desde Córdoba, luchando en torno al Tajo, mientras Pompeyo atraviesa los Pirineos, reconquistando luego la costa poco a poco y expulsando a los sertorianos hacia el oeste. De ahí ese otro eje del Ebro.
“Disuelta la asamblea, ercomendó a todos valor y confianza y les ordenó que regresasen a sus ciudades; al principio de la primavera envió a Marco Perpenna con veinte mil infantes y mil quinientos jinetes al país de los ilercaones para defender la costa de esta región, preceptuándole qué caminos seguiría para acudir en socorro de las ciudades aliadas que Pompeyo sitiaba, y qué emboscadas podría tender para atacar al ejército mismo de Pompeyo. Al mismo tiempo envió cartas a Herennuleyo que se encontraba por los mismos lugares y a Lucio Hirtuleyo, en la otra provincia, indicando de qué modo quería que llevase la guerra; ante todo que se defendiesen las ciudades aliadas de modo que no fuese necesario entablar batalla con Metelo, al cual era desigual en autoridad y en fuerzas. Por su parte, ni creía que él debiese marchar contra Pompeyo, ni Pompeyo mismo había de bajar a entablar batalla con él. Si la guerra se prolongaba, teneindo el enemigo el mar a la espalda, y poseyendo el dominio de todas las provincias, por el mar le vendrían provisiones de todas partes, mientras que él, consumidas las provisiones preparadas en la anterior campaña, se encontraría en una total inopia. Perpenna había sido colocado junto a la costa con el doble fin de poder proteger los territorios aún intactos por el enemigo y de cuando en cuando poderle atacar de improviso si la ocasión se presentaba. Él mismo determinó avanzar contra los berones y autricones, de los que había comprobado que, mientras él sitiaba las ciudades de la Celtiberia, habían implorado el auxilio de Pompeyo, habían enviado guías al ejército romano y muchas veces habían hostilizado con sus jinetes a sus propios soldados cuando, durante el asedio de Contrebia, salían del campamento para recoger forraje o provisiones. También habían osado solicitar de los arévacos que se pasasen a su partido. Hecho el plan de campaña, consideró qué determinación había de tomar, a cuál de los dos enemigos y a cuál de las dos provincias debía dirigirse primero: o a la región costera para alejar a Pompeyo de la Ilercaonia y la Contestania, pueblos aliados los dos, o a la Lusitania, contra Metelo. En esas consideraciones Sertorio guió a su ejército pacificamente sin ningún daño por territorios tranquilos, más allá del Ebro. Marchando seguidamente contra las tierras de los bursaones, de los cascantinos y de los gracurritanos, las devastó todas y, asoladas sus cosechas, se dirigió a Calagurris Nasica, ciudad aliada; pasó un río cercano a la ciudad y, después de construir un puente, instaló allí su campamento. Al día siguiente mandó al cuestor Marco Mario a los pueblos de los arévacos y cerindones para reclutar tropas, y de allí a Contrebia Leucada para reunir provisiones de trigo; desde esta ciudad la salida al territorio de los berones era facilísima, a dondequiera pensase llevar el ejército; así mismo envió al prefecto de la caballería Cayo Insteyo a Segovia y al país de los vacceos para reclutar fuerzas de caballería, ondenándole que le esperase en Contrebia. Enviados éstos, salió él mismo con su ejército a través del territorio de los vascones y acampó en los confines de los berones. Al día siguiente, adelantándose con la caballería a explorar el camino y ordenando a la infantería que lo siguiese en formación de cuadro, llegó a la ciudad de Vareya, la más fuerte de esta región. No fue de improviso su llegada, durante la noche, y por todas partes con sus caballeros y con los de los autricones...”
Tito Livio.
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Re: Sertorio

Mensaje por Bernardo Pascual »

“...Se sometieron al poder de Roma incluso las propias ciudades de Huesca, Termes, Clunia, Valencia, Osma y Calahorra, que había experimentado el rigor extremo del hambre...”
Floro, II, 10.
“...qui reçurent alors la soumission des villes d’Osca, de Termes, de Tutia, de Valence, d’Auxime et de Calaguris, qui avait souffert toutes les horreurs de la famine...”
“...the cities themselves submitted to the power of the Romans, as Osca, Termes, Tutia, Valentia, Auxima, and, after having endured the extremity of famine, Calagurris...”
“...Alla romana lealtade parimente si affidarono le città Osca, Terme, Tuzia, Valenza, Auxima, e Calaguri a cui nulla era rimasto a soffrir per fame...”
Si nos fijamos, la única traducción en la que aparece Clunia es la española. En todas las demás figura Tutia. Bien, pues obviamente no está equivocado todo el mundo menos nosotros, sino al revés. La forma correcta es Tutia. A un tal Mayans no le cuadraba Tutia y, ni corto ni perezoso, la cambió por Clunia, que era más famosa, nada, sin ni siquiera una nota al pie de página. ¿Luego nos extraña que eso ocurriera en la Antigüedad? ¡Anda que no cambia el cuento! Ahora resulta que también aparecen por aquí los titios.

Mayans, por cierto, no fue el único, aunque sí el que prevaleció. Un tal Masdeu, por su parte, propuso la opción de Turia. Ésta, al parecer, gustó menos.
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Re: Sertorio

Mensaje por Bernardo Pascual »

Mientras Sertorio y Pompeyo se enfrentaban en el Levante, Metelo acabó derrotando a Hirtuleyo, al parecer en Segovia. Luego los dos generales unieron sus fuerzas contra Sertorio. Poco a poco Sertorio fue perdiendo los puertos y, desde Sagunto, su último baluarte en la costa, se retiró ya hacia el interior. Fue entonces cuando Pompeyo invernó entre los vascones, no entre los vacceos, al tiempo que Metelo castigaba la parte del Jalón. El enfrentamiento final ocurrió en Calahorra, donde Sertorio, no obstante, salió victorioso.
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Re: Sertorio

Mensaje por Poliorcetos »

Claro, por eso ese mapa tampoco lo entiendo. Lo entiendo de otra manera. Mañana. Por de pronto, tenemos una batalla de Ilipa y espera a ver si otra Baécula. Bajar por la costa es lo único que no dicen que haga Pompeyo.

Cuan do por primera vez leí algo sobre esto, entendí, como en una versión para niños lo siguiente.
-Los lusitanos contratan a Sertorio como General.
-Sertorio pone su capital en Huesca e inverna en lusitania.
-Los romanos vienen de Córdoba y de Francia.
-El, de Portugal, quedan para pegarse en Valencia, hasta que se aburren.
gc80gc gc80gc gc80gc
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Re: Sertorio

Mensaje por Bernardo Pascual »

Los contendientes en esta guerra son los mismos que en la de Numancia. Sertorio lidera el eje Conistorgis-Segovia-Numancia. La diferencia está en que ahora son los hispanos los que llevan la iniciativa, arrinconando a los romanos en la Bética y en los Pirineos. Pompeyo lo explica muy bien en su carta al Senado:
“La España Citerior que no está en poder de los enemigos, o nosotros o Sertorio la hemos devastado hasta el exterminio, excepto las ciudades marítimas, que no nos ofrecen más que gasto y trabajo.”
Es decir, el territorio que apoya a Sertorio, durante mucho tiempo, queda a salvo de la devastación. No obstante, en esta guerra aparecen unos nuevos participantes, los vascones, los del Ebro Medio. Sertorio sitúa su capital en Huesca para vigilar Lérida. Tras la pérdida del Levante, como ya dije, es cuando Metelo remonta el Tajo y desciende por el Jalón mientras Pompeyo a su vez remonta el Ebro. No obstante Sertorio los derrota en Calahorra. Creo que es ese invierno cuando Pompeyo funda Pamplona, durante su invernada en el territorio de los "vacceos".

Hay que fechar bien algunos sucesos. Convendría ir trazando una cronología.
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Re: Sertorio

Mensaje por Tchazzar »

Así es algo más entendible.

He leído a veces sobre Sertorio y no entendía bien sus campañas, sobretodo la batalla de Valencia. Ya lo veo mejor...

Imagen

He encontrado este mapa en http://www.puntadelanza.net/Foro/phpBB3 ... hp?t=19076

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Re: Sertorio

Mensaje por Edhawk »

El otro día en la charla sobre Romanización y conquista de Hispania en Tercios Viejos salió Sertorio, Kappo dijo que le gustaría encontrar alguna biografía buena sobre el personaje. A mi también me gustaría saber un poco más la verdad.
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Re: Sertorio

Mensaje por Bernardo Pascual »

Edhawk escribió:
01 Jul 2020 18:49
El otro día en la charla sobre Romanización y conquista de Hispania en Tercios Viejos salió Sertorio, Kappo dijo que le gustaría encontrar alguna biografía buena sobre el personaje. A mi también me gustaría saber un poco más la verdad.
Basta leer el artículo de la Wikipedia sobre Sertorio para dudar que exista algo interesante y serio sobre el tema a día de hoy. A la incomprensión de las fuentes se suman, como siempre, los prejuicios regionalistas y los intereses gremiales. Se ha creado por ejemplo toda una teoría ficticia y presentista según la cual los vascones, erróneamente identificados con los vascos actuales, mantendrían una especie de guerra racial atávica con los celtíberos, y habrían aprovechado la alianza con Pompeyo para extender Euskalerría hasta el Ebro. Eso explicaría de paso, además de servir para revindicar pretensiones expansionistas actuales, que se les ubique en un lugar distinto a donde se supone que deberían estar. También sobre los lusitanos hay mucha leyenda, cuando las fuentes clásicas posiblemente estén utilizando ese gentilicio de forma genérica, es decir, refiriéndose con él a todos los hispanos no sometidos por Roma, y no sólo a los lusitanos históricos. Sobre los lusitanos históricos, de hecho, no hay ningún dato. No aparecen en ningún momento.

Personalmente recomendaría leer las fuentes primero, y luego debatir en este hilo las dudas, que seguro que son muchas.
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Re: Sertorio

Mensaje por Bernardo Pascual »

Las famosas tribus de Ptolomeo, vascones, vacceos, astures, galaicos, arévacos, celtíberos, lusitanos, ilergetes, etc., no existían con anterioridad a la presencia romana. Son demarcaciones puramente romanas. No quiero decir que no existiesen esos topónimos o gentilicios, pero significaban cosas muy distintas. Del mismo modo, tampoco existían Argentina, Chile, Bolivia, Perú, México, etc., antes de la llegada de los españoles a América, aunque, por supuesto, las palabras ya existían, algunas indígenas y otras traídas por los invasores. México, por ejemplo, era una ciudad, igual en este caso que Iliturgi, la cual después daría nombre a los ilergetes, o como Astorga, que daría nombre a los astures.

De hablar de los ilergetes, por ejemplo, en el siglo II a. C., a hacerlo en el siglo I a. C., la cosa, como ya hemos visto, cambia muchísimo. Podemos estar refiriéndonos incluso a dos pueblos distintos, los de Sagunto o ilercavones en el primer caso, y los habitantes de la región de Ilerda en el segundo. De hecho, desconciertan mucho algunos topónimos y gentilicios supuestamente utilizados por los autores más antiguos, como Polibio. Cabe dudar que aparecieran como tales en el texto original. Catón nunca pudo utilizar el gentilicio cántabros, porque éste es la forma vulgar o evolucionada del cultismo celtíberos, y en tiempos de Catón todavía no se había producido esa mutación. César, sin embargo, ya lo utiliza, precisamente para referirse a los de Huesca, a los que habían servido a las órdenes de Sertorio. Llama celtíberos o cántabros a los vascones, lo cual confirma que eran los mismos, que no se hacían ningún asco los unos a los otros, que no eran racistas.

Si se hubiesen dado unas diferencias étnicas marcadas dentro de la Península, habría quedado constancia de ellas, pero no ocurre así, por más que algunos traten de buscarle tres pies al gato. César, es más, a los aquitanos los equipara con los iberos más que con los galos. Los iberos, por tanto, sí que eran una etnia diferenciable del resto de europeos, lo cual no podría ser si aquí conviviesen distintas etnias. ¿O es que César entre esos iberos genéricos no incluye por ejemplo a los lusitanos?
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“...Sin embargo, estoy convencido de que si nos ocurre lo que es propio de los hombres, el proyecto no quedará en el aire ni le faltarán hombres cabales; su belleza atraerá a muchos que lo tomarán bajo su responsabilidad y se esforzarán por llevarlo a cabo.”
Polibio

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Poliorcetos
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Re: Sertorio

Mensaje por Poliorcetos »

No sé. No me cuadra nada. Las acciones en Levante responden a las crónicas por ser famosas y decisivas. Son sólo una gota en ese vaso. Me explico. Lo que nos han narrado es qué bueno era Sertorio como militar, que hasta derrotaba a los grandes en campo abierto y cuánto costó acabar con él, o con sus ejércitos mejor dicho, para mayor gloria de los grandes generales romanos.

Sin embargo, esas acciones tapan, eclipsan al resto de la campaña. Sus primeras acciones, su supuesta expulsión a Africa, su retorno en precario y el comienzo de sus éxitos, los aliados que va ganando, los generales romanos insignificantes que caen por el camino, hasta que se hace necesario el envío de Metelo y más tarde a Pompeyo el Magno nada menos.

Me gusta el razonamiento de Bernardo pero con muchos matices. Astorga es nueva de paquete, dentro del gran plan para toda la península por parte de Augusto. Los astures serían los que estaban más allá del río Astura como genérico, del lado de allá, como decían. Y lo se Sagunto, que no acabo de ver:
Sertorius had to give up his conquest of the Spanish east coast and withdrew inland. Metellus and Pompey followed him to "Saguntum" (probably not Saguntum on the coast, for he had withrawn inland, but one of the many Segontias in Celtiberia).
https://en.wikipedia.org/wiki/Battle_of ... um_(75_BC)
Una de las muchas Segontias. Segovia tampoco me parece un lugar muy estratégico, de aquella. Habría muchas, en cada caso sería una, o no, o si, o quién sabe, un nombre muy recurrente que llamaba la atención. Pero claro, dentro de la plaga que tenemos que soportar del "me lo pido" para el lugar no caben muchas opciones ahora.

Para empezar, me gustaría rmontarme al 82 aC, que Sagunto no sea de nuevo la única discusión. Hay mucho jugo en medio, como las batallas "Del Betis" y la de "Ilipa", uy, digo "Itálica", la única y verdadera.
Prometí también que no haré guerra ni paz ni pacto a no ser con el consejo de los obispos, nobles y hombres buenos, por cuyo consejo debo regirme.
IV Item. Decreta que Don Alfonso, Rey de León y de Galicia estableció en la Curia de León en 1.188
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