Os compartimos las últimas novedades de la editorial Desperta Ferro:

Napoleón en Egipto

A principios de 1798, los ejércitos de la República francesa habían vencido a todos sus enemigos excepto uno: Gran Bretaña. El enfrentamiento, que destacados líderes franceses equiparaban, por la esencia antagónica de ambos países, a las Guerras Púnicas entre Roma y Cartago, debía forzosamente decidirse fuera de Europa. Las victorias navales británicas de 1797 hacían inviable una invasión de Gran Bretaña. El intrigante ministro de Exteriores, Talleyrand, y el héroe de las campañas de Italia, Bonaparte, señalaron el inesperado escenario donde Francia debía centrar sus esfuerzos: Egipto, una provincia otomana con cuya conquista debía obtenerse una posición estratégica privilegiada a caballo entre el Mediterráneo y el océano Índico. El quimérico objetivo final era alcanzar la India y privar a los británicos del mercado que nutría de algodón su boyante industria textil. Nada salió como estaba previsto y, sin embargo, la campaña de Napoleón en Egiptoes la más evocadora de sus campañas: librada en un escenario tórrido, entre ruinas de una civilización milenaria, con un enemigo que, si bien carecía de la sutileza de los rivales europeos, resultaba infinitamente más escurridizo, y con el imperativo de lidiar con un pueblo de una idiosincrasia tan distinta de la francesa como el egipcio. Aislados tras la destrucción de su flota a manos del contraalmirante Nelson, los soldados de la Armée d’Orient tuvieron que aprender a sobrevivir en un ambiente hostil.

la batalla de Brunete 1937

Julio de 1937. Tras ya un largo año de guerra civil, ¿sería capaz el Ejército Popular de la República de pasar a la ofensiva? La defensa de Madrid, después de soportar un asalto frontal en noviembre de 1936 y de librar importantes batallas como las del Jarama y Guadalajara, había acabado con éxito, pero la fulgurante campaña de los sublevados en Vizcaya y el duro revés de Málaga no auguraban un futuro prometedor. Vicente Rojo, recién nombrado jefe del Estado Mayor Central, tenía claro que había que conseguir la iniciativa y el lugar escogido fue finalmente Brunete: un campo de batalla abierto propicio para el ataque y la maniobra. De salir bien, la batalla de Brunete debería, entre otras cosas abortar el avance de Franco en el norte. A la República le había costado gran esfuerzo erigir un ejército con patrones profesionales. La cuestión era si sabría desenvolverse a la ofensiva. No iba a ser fácil ante algunas de las unidades sublevadas más selectas. La prueba de fuego se haría realidad al oeste de Madrid.   

Vlad Tepes. Drácula

Reza el proverbio que la realidad supera a la ficción. Este es sin duda el caso de Vlad Tepes, también llamado Drácula, cuya leyenda, consagrada por la célebre novela de Bram Stoker, ha hecho sombra y relegado a un segundo plano la vida del personaje histórico en la que se inspira. El verdadero Drácula gobernó el pequeño principado de Valaquia a mediados del siglo XV, cuando este ocupaba la primera línea de fuego entre el Imperio otomano y Occidente y era, por tanto, escenario de constantes guerras y violencias de todo tipo. En ese contexto de brutalidad creció y gobernó Vlad, que devino en una suerte de David contra Goliat por los extraordinarios triunfos militares que obtuvo sobre un enemigo infinitamente más poderoso, pero también en un Judas encarnado cuya crueldad sin límites le granjeó el apelativo de Tepes (el Empalador). Las intrigas palaciegas y los vaivenes de su fortuna son los ingredientes finales que hacen de la suya una de las biografías más espectaculares del Medievo.

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