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El siglo VI a.C. es una época de grandes cambios. Los persas, gracias al liderazgo de Ciro, han dejado de ser un pueblo sometido para convertirse en un Imperio; para ello – y por las armas – se han impuesto a los medos, a los asirios y a los babilonios. En su hegemonía sobre Próximo Oriente, tan sólo se oponía otro imperio: el egipcio, un reino que, además, había ofrecido su apoyo a los enemigos de los persas, por lo que muy pronto éstos pusieron su punto de mira y se decidieron a acabar con ese poderoso rival que les era hostil.

El reinado de Ámasis (570 – 526):

El último faraón de Egipto como tal fue Ámasis (si bien, en puridad, tal “honor” le corresponde  a su hijo, cuyo breve reinado se vio inmerso en una guerra civil y en la invasión persa). Aunque en esta época Egipto ya había perdido el esplendor y el fulgor de otras épocas, no se percibía una debacle que hundiera toda la estructura del gobierno faraónico y, menos aún, era inconcebible que dejase de ser un reino para convertirse en un estado sometido en un lapso temporal tan breve.

La política exterior de Ámasis era continuista con la tradición anterior y se fundamentaba en una estrecha vigilancia de sus fronteras, especialmente, las del nor-este, pues se temía la invasión del enemigo por esa zona. Su frontera oriental estaba protegida por un férreo sistema de fortificaciones construido ya desde los orígenes de la XXVI Dinastía (664 – 525), que unía los oasis de Bahariya a Siwa (distantes entre sí 408 kilómetros); asimismo, el territorio del Delta estaba defendido por la marina y una importante guarnición militar, mientras que en la zona occidental de Egipto se contaba con la protección ofrecida por grupos tribales del desierto, con las que se habría firmado una alianza de apoyo mutuo en época de Apries (589 – 570), quien apoyó militarmente a una de esas tribus en un conflicto con la colonia griega de Cirene.

Militarmente, Egipto seguía siendo un poderoso reino, como demuestra que apenas setenta años antes de sucumbir fue capaz de derrotar al reino de Kush (en Nubia) en una batalla en la tercera catarata del Nilo (593) y que logró frenar el expansionismo hacia el norte del rey Aspelta. Es más, en el año 592 los egipcios del faraón Psamético II, en respuesta a esta ofensiva, invadieron el reino de Kush y saquearon la ciudad de Napata; obligando a Aspelta a trasladar su capital más al sur, a Meroe.

Ahora bien, Egipto no sólo era fuerte en el sur, sino que supo aprovecharse de la debilidad de los asirios para adentrarse en Levante; así, unos años antes, en el 620 se asientan como potencia dominante en Palestina. De allí marcharon al norte, dando ayuda a los asirios en su guerra contra Babilonia, estallando, en estas fechas, una constante lucha de la alianza asirio-egipcia contra los babilonios, que se prolongó hasta el 601 a.C., fecha en la que firmaron una inestable paz que estalló por los aires pocos años después, cuando en el año 588 el faraón Apries atacó tiro y Sidón. Así, pues, en este contexto de un reino fuerte y en expansión, capaz de hacer frente con firmeza tanto a nubios como a babilonios se encontraba Egipto a comienzos del siglo VI.

En realidad, Ámasis nunca tendría que haber reinado, pues aunque era familiar del faraón por parte de madre, él era un general de su ejército. Si bien es verdad que Egipto vivió con Apries un aumento de de poder y conquistó nuevas tierras, dicho faraón no era un talento militar. Aprovechando su éxito contra Babilonia, decidió apoyar a un grupo tribal libio – quizá un aliado – en una lucha interna contra los griegos de Cirene.

La batalla fue un rotundo fiasco para las armas egipcias y entre los soldados pronto se corrió la voz de que habían sido enviados, a sabiendas del resultado que iban a tener, para librarse de elementos díscolos. Por consiguiente, el ejército se levantó en armas y nombró faraón al general Ámasis, que había sido enviado para calmar los ánimos. Ante un golpe de estado en toda regla, Apries mando a negociar a su más leal cortesano, pero, ante el fracaso de las conversaciones, ordenó que le cortaran las orejas y la nariz. Con esta medida perdió los apoyos que le quedaban.

Con una situación realmente preocupante, Apries se exilió en Babilonia, entre sus antiguos enemigos, y convenció a Nabuconodosor II para invadir Egipto y que le devolviera el trono. No obstante, una alianza de Ámasis con Cirene logró hacer frente a los invasores babilonios, que fueron derrotados en combate y el propio Apries murió en la refriega. Su muerte, por consiguiente, puso fin a la discordia en Egipto y Ámasis purgó su administración y su ejército de los todavía leales al difunto Apries, no obstante, gran parte de la población consideraba a Ámasis un usurpador y siempre hubo un sentir que latía, sotto voce, en su contra.

Ahora bien, pese a estos sectores de la sociedad, tanto los textos griegos, como ciertos documentos escritos en demótico, afirman que Ámasis fue un faraón querido por las clases populares, caracterizado por un irónico sentido del humor y una gran habilidad diplomática. No sólo consiguió alianzas políticas con los griegos – especialmente con Polícrates de Samos –, sino también logró una alianza con Babilonia en contra del auge militar persa.

Así, pues, con la caída de Babilonia, los persas decidieron acabar con los aliados de su enemigo, por lo que pronto pusieron su mirada en Egipto. Para colmo de males, el faraón Ámasis murió de causas naturales cuando los persas ya estaban decididos a invadir su país. A éste le sucedió su hijo, Psamético III, que, siendo menos querido que su padre, intentaba consolidar su posición y se encontró con que su autoridad se descomponía como un terrón de azúcar. En ese crucial momento llegaron los persas, que supieron aprovecharse de la debilidad y falta de apoyo del nuevo rey.

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Los persas: Cambises:

Cuando Ciro, rey de Anshan, un vasallo de los asirios, se levanta en armas contra sus señores, nada hacía pensar que, en apenas veinte años, los persas pasarían de estar sometidos a convertirse en todo un Imperio. En una breve guerra (553 – 550) derrotaron a los medos; en el 547 se hicieron con el control de Lidia y en el 539 conquistaron Babilona, ciudad en la que entró Ciro el 29 de octubre, poniendo fin a la resistencia leal a Nabónido.

No obstante, el hambre de tierras persa no se quedó allí y pusieron su mira en dos nuevos objetivos: Escitia y Egipto. En el 530 el rey en persona dirigió una campaña expansionista sobre territorio maságeta, pero murió en una emboscada. Así, pues, fue su hijo, Cambises, un líder con menos carisma que su padre, quien se encargó de organizar y encabezar la campaña para invadir Egipto. Lamentablemente, de los orígenes del segundo monarca Aqueménida apenas sabemos nada. Cambises era el hijo mayor de Ciro y de su esposa Casandane y cuando la conquista de Babilonia tenía ya una edad madura. La primera referencia a él la tenemos con la muerte de su padre, pues fue el propio Cambises quien ordenó enviar el cuerpo de su padre a Persia para que fuese enterrado (Ctesias, fr.13.9), por lo que, se puede deducir, que se encontraba en terreno maságeta luchando junto a Ciro.

Mientras que Ciro fue un rey popular, diplomático y querido, Cambises nunca gozó de ninguna de esas tres características. En un principio se mostró continuista con la política de su predecesor; contó con el leal apoyo del sátrapa de Hircania, Artasiras y los eunucos Izabates, Aspadates y Bagapates, si bien su particular modo de gobierno y su carácter despótico y cruel le llevaron a despreciar a la aristocracia y los grandes nobles persas, por lo que su marcha a Egipto fue vista con alivio por muchos notables Aqueménidas, que vieron al despótico tirano lejos de sus vidas.

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La guerra:

Así, pues, Cambises, aprovechándose de la situación de debilidad surgida tras la muerte de Ámasis, sabiendo que Psamético III tenía pocos aliados y existía el riesgo de una guerra civil, se decidió a invadir Egipto.

En el 526 Cambises completó sus preparativos para invadir Egipto, sabiendo que su pueblo buscaba en él a un conquistador tan hábil como su padre. Ante la muerte de Ámasis y la llegada persa, los mercenarios griegos y carios que servían en Egipto se entregaron a Cambises, y su jefe, Fanes – un militar nacido en Halicarnaso – transmitió a los persas la disposición militar de los ejércitos egipcios. Psamético III había perdido a sus soldados más preparados sin presentar batalla, pero sus problemas no habían hecho más que comenzar.

Como Cambises sabía que se adentraba en un territorio desértico, llegó a un acuerdo con el rey de los árabes para que le suministrara un tren de camellos para transportar agua; los fenicios, por su parte, le entregaron su flota para desembarcar en el delta del Nilo. Así, con una rapidez asombrosa, Psamético había perdido a todos los aliados que debían proteger sus fronteras.

 Además, Ujahorresne, sacerdote de Neith y almirante de la flota marítima egipcia, desertó, y por ello fue recompensado por Cambises dándole importantes títulos y gran poder en Egipto (fue nombrado almirante en jefe) y, además lo nombró médico de la Corte.

Así, sin aliados y sin flota, el propio Psamético se puso al frente de su ejército para hacer frente a los persas y ambos contendientes se enfrentaron en el Delta del Nilo, en la conocida como Batalla de Pelusio, de la que no sabemos nada, pero que ha alcanzado fama por una anécdota de Polieno.

El enfrentamiento entre los dos ejércitos fue más una carnicería que una batalla. Los egipcios al mando de Psamético III – un joven inexperto, con poca decisión y abandonado por los leales a su padre –  no eran unos contrincantes a la altura de los persas. Y aunque algunos de los mercenarios – probablemente nubios – opusieron resistencia, se encontraban en desventaja numérica, y no eran mejores guerreros que sus oponentes, por lo que pronto fueron vencidos. De la batalla no sabemos nada, Heródoto (3.64) sólo dice de ella que fue “encarnizada” y que los egipcios huyeron en desorden.

Ctesias, con respecto a la batalla de Pelusio dice en el fragmento 13.10 únicamente lo siguiente: “En el combate cayeron cincuenta mil egipcios y siete mil persas”. Ahora bien, pese a lo exiguo de la información es muy probable que este médico, que luego escribió una maravillosa Historia de Persia – conservada sólo en fragmentos – dado que utilizó fuentes persas, nos ha transmitido un número de bajas exagerado; con todo, podemos colegir que en dicha acción el grueso del ejército egipcio quedó aniquilado.

Tras abandonar el campo de batalla, los egipcios se refugiaron en la ciudad de Pelusio, que fue capturada al asalto, produciéndose una gran mortandad dentro de sus muros. Ahora bien, la información que mejor conocemos sobre la captura de Pelusio es una anécdota, ciertamente deliciosa, que ha creado fortuna en la literatura y el arte: Egipto cayó porque los persas llevaban gatos en su ejército. Esta anécdota – sin fundamento – se la debemos a Polieno, que, en 7.9 dice:  

“Cambises colocó delante de su propio ejército cuantos animales veneran los egipcios: perros, ovejas, gatos, ibis. Y los egipcios dejaron de dispararles por miedo a herir a alguno de los animales sagrados. Dueño Cambises de Pelusio, penetró en el interior de Egipto”.

Aunque la anécdota es una historieta muy agradable, en realidad, que no aparezca testimoniada en ningún otro autor nos ha de llevar a pensar que es falsa. Asimismo, seguramente se trata de una leyenda popular, pues es un relato con tintes más folclóricos que históricos, ya que señala la caída de la fortaleza como producto del abandono de los dioses.

Sabemos pues, que tras la batalla de Pelusio, los supervivientes se refugiaron en  la fortaleza de Pelusio, que fue tomada al asalto por los persas y los egipcios supervivientes huyeron despavoridos hasta Menfis, donde se refugiaron tras sus murallas.

La resistencia en Menfis fue aún más efímera que en Pelusio y el faraón, traicionado por los suyos, fue apresado y humillado. Cambises le obligó a ver cómo su hija era esclavizada; fue testigo de cómo su hijo también era humillado – pues le hicieron pasear con un dogal al cuello y un freno de caballo en la boca – y luego los persas obligaron al joven hijo del faraón a presidir la comitiva de los egipcios que iban a ser ejecutados, pues habían sido condenados a muerte por los jueces reales para expiar el asesinato de los mitileneos que vivían en Menfis y fue despedazado. Después de esto se trasladó Psamético a Susa, donde lo ejecutaron haciéndole beber sangre de toro hasta ahogare. Triste y cruel final para el último faraón de Egipto, un hombre débil, a quien el cargo le venía grande y que apenas logró reinar escasos meses un país dividido. La imagen de Cambises como rey despótico y cruel tirano acaba de nacer.

A continuación, en un gesto desmedido, Cambises ordenó que se desenterrara el cadáver de Ámasis – que estaba enterrado en el templo de Neit – y mandó que lo azotaran, le arrancaran el pelo, le desgarraran los miembros, lo vejaran y lo quemaran, un gesto este último que era una impiedad para los persas, pues el fuego no podía corromperse con los cadáveres, según su religión.

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Egipto después de la guerra:

Así, pues, tras la caída de Menfis y la captura de Psamético III en el 525 llegó a su fin el Egipto de los faraones, siendo su último rey un joven que sólo reinó unos meses. Egipto deja de ser un reino independiente para convertirse en una satrapía, hasta el siglo IV a.C., cuando será un reino Helenístico.

Los testimonios egipcios afirman que, tras la conquista, Egipto se vio sometido a la exacción por parte de los persas, dando pie a una imagen negativa de Cambises que dura hasta nuestros días. Testimonios clásicos greco-latinos posteriores afirman que Cambises se entregó a un pillaje desmedido, en el cual, participaría incluso el propio rey en persona, que se llevó incluso las ofrendas de los ciudadanos a sus dioses, como vemos en Estrabón o en Amiano Marcelino.

Estos testimonios hemos de considerarlos exagerados y no responden a la realidad, pues estamos ante actos propios de una campaña militar, donde el saqueo y la exacción – tanto de los vencedores, como de las vendettas entre los vencidos – es normal.

No obstante, dejando al margen la leyenda negra de Cambises, en realidad, éste puso enseguida la situación bajo control y se asimiló a las tradiciones egipcias; fue coronado como faraón legítimo de Egipto y Ujahorresne creó la siguiente titulatura real para él: Sematauy Mesutira Kembichet [Cambises, heredero de Ra, el que unifica las dos tierras].

La conquista de Egipto dio a los persas el control de Chipre (en manos egipcias desde hacía 50 años) y los habitantes aceptaron de buen grado la nueva dominación; los lidios y las ciudades griegas de Barka y de Cirene le enviaron regalos, considerándolo rey legítimo.

Para gobernar sobre este nuevo territorio, nombró sátrapa a Ariandes, un noble persa. Mientras éste y Ujahorresne se encargaban del gobierno local, Cambises preparó su ejército para marchar al sur, hacía Etiopía. Una campaña de la cual no tenemos información, pero que parece que tuvo éxito: a la llegada a Egipto de Cambises, las últimas guarniciones militares estaban en Elefantina y Asuán – en la 1ª catarata – pero poco después el pueblo de Kush aparece entre la lista de pueblos sometidos a Darío y en el relieve de la Apadana de Persépolis aparecen personas de rasgos negroides portando presentes, como el incienso.

Por tanto, entre el 525 (fecha de la conquista de Egipto) y el 515 (cuando se construyó la Apadana) un ejército persa se adentro con éxito en Etiopía y, dado que a la muerte de Cambises estalló una guerra civil y no hubo movimientos de tropas más al sur, parece lógico pensar que esta expedición tuvo éxito.

Más famosa – por la literatura – es la del famoso “ejército perdido de Cambises”: una sección del ejército que se dirigió a Siwa, al oasis de Amón, “desapareció” sin dejar rastro, nunca llegó a su destino ni se encontró rastro alguno de los soldados. Seguramente, como ya anotó Godwin fueron devorados por una tormenta de arena.

La teoría más reciente la ha suministrado el egiptólogo Olaf Kaper, según él, una inscripción de Petubastis III (522 - 520) – un golpista que se levantó en armas contra Ariandes – afirmaría que dicho Petubastis y sus leales emboscaron a los efectivos persas y los mataron. Pero, tras la muerte del golpista en el 520, Darío, a fin de no dar pábulo a los sediciosos, silenció esta emboscada y puso en marcha la propaganda para afirmar que “habían desaparecido”, llevándolo así a la nebulosa del misterio y escondiendo que su ejército podría ser vencido por unos simples guerrilleros.

Múltiples son las teorías y, quizá, si aplicamos el principio de la navaja de Ockham, la solución es pensar que se vieron inmersos en una tormenta de arena y los que sobrevivieron, dispersos, murieron en el desierto.

El propio Heródoto (3.26.2) nos transmite una versión local de la desaparición del ejército y afirma, taxativamente, que los hombres de Cambises fueron devorados por las arenas:

“Según cuentan, hasta ese lugar llegó, pues el ejército; pero, a partir de allí, a excepción de los propios amonios y de quienes se lo han oído contar a estos últimos, nadie más sabe decir nada sobre su suerte, pues las tropas no llegaron al territorio de los amonios ni regresaron a su punto de partida. En concreto, la versión que, a título personal, dan los amonios es la siguiente: resulta que, cuando, desde la susodicha ciudad de Oasis, se dirigían contra ellos a través del desierto y estaban, más o menos, a mitad de camino entre su país y Oasis, se desató sobre los persas, mientras estaban tomando el almuerzo, un viento del sur sumamente violento, que, arrastrando torbellinos de arena, los sepultó, y así fue como desaparecieron.”

En agosto de 525 – poco después de la toma de Menfis – el toro sagrado Apis murió y se le llevó luto por setenta días y, en un acto muy medido, de cara a la galería, el propio Cambises decoró su sarcófago. Un gesto, curioso, que se contradice con esa imagen de impiedad que nos han transmitido las fuentes. Analizando su política religiosa, Atkinson ha concluido que se mostró más respetuoso con los cultos egipcios que Darío, quien, en cambio, busco la aprobación del clero, pues había visto la gran influencia que podía llegar a tener, pero se mostró menos tolerante en cuestiones de culto.

Con la conquista de Egipto, Cambises intentó seguir la política tolerante de su padre, mostrándose condescendiente con los vencidos e intentó crear una política ficticia, pero diplomática, de unión personal de sí mismo con lo vencidos y, por ello, se proclamó faraón y adoró a los dioses egipcios. Por este motivo, se le considera el fundador de la XXVII Dinastía (525 – 404), que se corresponde, por consiguiente, a los reyes persas de la dinastía Aqueménida – es lo que se conoce como Primera Dominación Persa – y que se caracteriza por mantener, más o menos, esa unión de Egipto al Imperio Persa haciéndose reconocer como faraones.

Además, dada la idiosincrasia de Egipto y que heredó un buen número de mandos que habían servido con Ámasis, la política de gobierno de Cambises en Egipto fue continuista con la del gobierno derrotado; favoreció a sus leales por lo que se llevó a cabo una férrea purga de elementos hostiles, que se hicieron fuertes en algunos oasis del desierto. Los relieves egipcios de esta época nos muestran a un Cambises vestido al modo egipcio, por lo que hemos de pensar que hubo cierta aculturación de los invasores a la realidad local para poder hacerse con el favor popular. Al desconocer esta realidad, Cambises cedió casi todo su poder en su nuevo hombre fuerte, Ujahorresne, quien llevó a cabo una política ciertamente radical, destruyendo, incluuso, las viviendas de los mercenarios griegos que habían servido a las órdenes de Ámasis, y dando poder e influencia a sus seguidores y fieles.

Cambises se mostró especialmente generoso con el templo de Neith en Sais – que estaba dirigido por Ujahorresne – y sólo permitió que tres templos (de la órbita religiosa de Ujahorresne) mantuvieran sus privilegios, lo que ha de verse como un guiño para con sus socios, que habían traicionado a Psamético III.

 Ahora bien, dado que los templos egipcios tenían mucho patrimonio y mucho poder, ordenó que parte de sus ganancias económicas fueran transferidas al erario persa para recuperase de los gastos de la campaña. Esta medida le granjeó el odio de gran parte de los sacerdotes locales – especialmente de los rivales de Ujahorresne – que comenzaron a crear esa imagen de Cambises como impío y que luego Darío fomentó en la sombra para congraciarse con Egipto. Esta imagen llega a Grecia de manos de los comerciantes con Egipto, contada por esos mismos sacerdotes que se habían visto privados de su influencia y, al punto, saltó a la literatura para convertirse en un ejemplo del carácter sacrílego de los orientales. Así, pues, vemos como la imagen de impío ha sido construida por los sacerdotes rivales de Ujahorresne; fue tolerada por Darío y magnificada por los griegos.

Hasta tal punto existía esa imagen de impío entre los egipcios que, incluso en el siglo IV d.C., en Tebas los sacerdotes paganos informaron a Amiano Marcelino de que Cambises murió cuando se encontraba saqueando un templo él en persona. Cambises, pues, no fue un impío como lo vende la literatura posterior, pero se tejió sobre él una entramada maraña de desprestigio religioso que llega hasta nuestros días.

Ahora bien, Cambises no era un impío, pero sí tenía un comportamiento ciertamente psicótico, próximo a la locura y que se incrementó tras la conquista de Egipto, cuando, receloso, comenzó a ver conspiraciones en cada esquina. Paulatinamente, una crueldad desaforada se adueñó del monarca que ordenó llevar a cabo auténticas carnicerías, como, por ejemplo, cuando ordenó el asaetamiento del hijo de su copero o el enterramiento en vida de doce nobles persas. Estas exacciones contra la nobleza persa – y no sus medidas con respecto a la religión de un pueblo recién conquistado – son las que motivaron las conspiraciones contra él, como vemos en según Heródoto 3.35:

“Tras decir esto, tensó el arco y disparó al muchacho, que cayó muerto; ordenó abrirlo en canal y comprobar el tiro, cuando descubrió que la flecha estaba clavada en el corazón, se dirigió, riendo, al padre del muchacho. […] Este acto realizó entonces, pero, con anterioridad, a doce nobles persas, que no estaban acusados de ningún delito, los enterró vivos cabeza abajo”.

Aprovechando el vacío de poder que había en Persia cuando Cambises estaba en Egipto, un magus (mowad), llamado Gaumata, en una aparición digna de comedia de enredo o de narración mitológica, afirmó ser Bardiya, el difunto hermano de Cambises, y se arrogó para sí el trono. Al punto, gran parte de los nobles – quizá conscientes de la estafa, quizá creadores intelectuales de dicho ardid – secundaron con jubiloso alborozo a este usurpador.

Cambises se encontraba en Siria, regresando de Egipto, cuando se enteró de que había tenido lugar un coup de État, al punto, según Heródoto, 3.64, fue a montar a su caballo pero, por accidente, se clavó su puñal en el muslo. Lo que parecía una herida sin importancia se infectó y terminó por llevarlo a la tumba el 1 de julio del 522, tras haber reinado apenas ocho años:

“Y al subirse al caballo se le salió la hoja de la espada de la vaina y se le clavó la espada en el muslo […] poco tiempo después, como se le ulceró el hueso y el muslo se le gangrenó rápidamente, murió Cambises, hijo de Ciro”.

Además de este testimonio, considerado canónico por todos los historiadores sobre Persia, contamos con otros testimonios sobre su muerte, dos etic y uno emic. Pese las divergencias, todos coinciden en que fue una muerte accidental, pues Cambises se clavó el puñal en el muslo y la infección lo mató. Las principales divergencias son que, para Ctesias, murió en Babilonia; para Amiano en Tebas (su información responde a una historia local que le contaron en Tebas para denigrar a Cambises, pero carece de interés), mientras que, probablemente, según Heródoto, murió en Hamath.

Como vemos, Ctesias, Persica, Fr. 13 (16) nos dice que este rey no murió clavándose una espada al subir al caballo, sino que se hirió con un cuchillo en un accidente doméstico:

“Cuando llegó a Babilonia, por diversión estaba afilando un trozo de madera con un cuchillo y se lo clavó en el muslo, hasta el músculo; murió al undécimo día”.

Amiano Marcelino, 17.4.4 ha transmitido la versión más peyorativa – y casi tragicómica – de la muerte de este rey. Así, según él – o su fuente – Cambises se clavó un cuchillo en la pierna al tropezarse con su propio sayo mientras estaba robando dentro de un templo en Tebas:

“Y éste, mientras corría agitado entre los ladrones, tras tropezar por culpa de sus ropas anchas, se cayó de rodillas y con su propio puñal – que llevaba atado al muslo derecho – que se había soltado por el violento impacto de la caída, quedó herido de poca gravedad y acabó muriendo”.

Por otra parte, el único testimonio persa – eso es, emic – que nos transmite esta información es la Inscripción de Behistun, erigida por Darío, que apenas guarda información sobre este suceso, limitándose a decir que Cambises se suicidó después de que su ejército le abandonara: “Entonces todas las tropas se separaron de Cambises y se pasaron a él, (31) no sólo los persas, sino también los medos y todos los otros países. Ostentó (32) la realeza. El día 9 del corriente mes Karmabatas de este modo se rebelaron contra Cambises. Y luego Cambises (33) murió por sus propias manos”.

Así, pues, podemos colegir que Cambises murió por accidente cuando marchaba a sofocar la revuelta. El mago Gaumata parecía que iba a gobernar sin problemas dado el descontento de la nobleza para con Cambises, empero, su particular política religiosa pronto le granjeó el recelo de un grupo de nobles, entre ellos se encontraba el joven Darío, oficial de la escolta de Cambises e hijo del sátrapa de Hircania, que muy pronto encabezó la revuelta contra el golpista.

Conclusión:

Egipto cayó en manos persas cuando, en teoría, era un imperio fuerte y, en menos de un año, se convirtió en una provincia más (y además periférica) del Imperio Persa. Los persas supieron aprovecharse de un momento de debilidad y Psamético III perdió a todos sus aliados nada más subir al trono; sus propios hombres desertaron y fue traicionado por sus oficiales. Intentó frenar a Cambises, pero fracasó estrepitosamente y en la batalla pereció gran parte de los efectivos de su ejército que le eran leales. Los persas tomaron al asalto dos ciudades que apenas resistieron y Psamético fue capturado.

Cambises toleró las exacciones contra los leales al faraón derrocado, pero supo congraciase con muchos dirigentes de la administración. Mientras Ujahorresne gobernaba, de facto, la nueva provincia, el propio Cambises buscaba expandir su imperio con una campaña hacia el sur, que, al parecer, tuvo éxito. Asimismo, a fin de lograr cierto apoyo popular, mostró interés por aceptar las costumbres egipcias.

Ahora bien, su política fiscal, mediante la cual hizo que muchos templos egipcios hubieran de donar sus bienes al erario persa para pagar la campaña, le granjeó una imagen de impiedad que, auspiciada por sus enemigos y tolerada por sus sucesores, existía todavía en Tebas en el siglo IV d.C, como sabemos por Amiano Marcelino y el particular relato que transmite de la muerte de Cambises. Ciertamente, aunque no era sacrílego sí que era un demente y pronto sus actos de crueldad le llevaron a ser odiado por todos, por lo que, a su muerte, nadie le lloró, aunque hemos de reconocer que su triunfo sobre Egipto fue rápido y brillante.

Javier Sánchez Gracia

Dr. en Ciencias de la Antigüedad. 

Bibliografía:

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Schrader, C. (1986), Heródoto: libros III y IV. Texto y traducción, Madrid, Gredos.

Este artículo fue publicado en la Revista de Historia Militar número 3:

Historia de la Guerra nº 3

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