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1. Autopista hacia la Corte Celestial.

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Mapa antiguo de Japón y Corea correspondiente a la primera siglo XVII (Guiljelmo Blaeuw)
 
 
Para 1591, Japón volvía a bajo la mano de un único amo; poniendo aparentemente punto final a una larga serie de conflictos que habían comenzado en 1467 con la guerra Onin. El hombre que había conseguido tal hazaña era Toyotomi Hideyoshi, que a pesar de su humilde origen había ascendido vertiginosamente hasta el punto de lograr suceder a su difunto señor: Oda Nobunaga, y continuar con el sueño de éste de reunificar Japón. Al no proceder de un linaje de samuráis no pudo adoptar el título de shōgun (sogún), pero se apañó para que la corte imperial le concediera el también prestigioso título de kanpaku (regente).
 
Una vez liquidado el conflicto civil, Hideyoshi tenía claros sus siguientes pasos: lideraría a los aguerridos samuráis japoneses en la conquista de China: el Imperio Ming sería derrocado y el emperador de Japón instaurado como cabeza de la Corte Celestial en Pekín. Desde el punto de vista de Hideyoshi, parecía lógico que China, origen de la cultura japonesa, fuera adaptada al modelo japonés. La verdad es que nos se conformaba sólo con eso y en su visión, a la conquista de China (y sumisión de Corea) seguirían las de otras naciones de Oriente como India, los estados del sudeste Asiático; así como entre otras las islas Filipinas.
 
Hideyoshi ha sido acusado de megalomanía, pero ya Oda Nobunaga había expresado en 1582 su deseo de conquistar China, una vez unificado Japón. Incluso los españoles asentados en Filipinas jugaron con la idea de invadir China y derrocar a los Ming usando mercenarios japoneses.
 
Aparte de un deseo personal de gloria, es muy posible que Hideyoshi viera ventajas políticas en este movimiento. Al “exportar” la guerra fuera de Japón, puede que fuera menos probable que estallara un nuevo conflicto civil. La conquista de nuevas tierras, permitiría a Hideyoshi reforzar su posición política al tener tierras con que premiar a sus seguidores e incluso se podía “forzar” a aquellos daimyō (señores) más recalcitrantes a cambiar sus dominios en Japón por otros mas ricos pero alejados en el continente, donde les sería más difícil crear problemas. 
 
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Recibimiento de una embajada coreana en Japón (ilustración del Ehon Taikōki)
 
 
El camino obvio hacia China pasaba por Corea, un viaje de varias horas a través del mar, contando los japoneses con la isla de Tsushima como un útil punto intermedio en el trayecto. A partir de ahí era cuestión de avanzar hasta el rio Yalu y tras él, cruzar a China perforando la “muralla de Liaodong”.
 
Mientras que China se negaba a comerciar con Japón, - China sólo comerciaba con estados “vasallos” y el comercio tomaba la forma “oficial” de tributos que eran correspondidos con regalos-, Corea mantenía una mínima relación comercial con Japón a través del clan Sō de Tsushima. Hideyoshi tenía un gran desconocimiento sobre los asuntos de Corea y al parecer pensaba que los Sō tenían una gran influencia y poder en Corea. 
 
Para 1587, las campañas de Hideyoshi en Japón ya estaban suficientemente avanzadas como para ir poniendo en marcha su plan de conquista de China. Los Sō de Tsushima se habían sometido a él y parecían los intermediarios ideales para conseguir la colaboración de Corea en el “gran designio”: debían informar a Corea de que debían rendir vasallaje al trono de Japón y mandar tributo. La política de Hideyoshi en sus conquistas había sido la del “palo y la zanahoria”: por un lado hacia ostentación de un ejército cada vez más poderoso a la vez que ofrecía ser muy generoso con aquellos daimyō que se sometieran a él sin lucha. 
 
Los Sō estaban bastante mejor informados que su amo sobre los asuntos de Corea. Sabían que que los coreanos encontrarían sumamente ofensivo una demanda de vasallaje por parte de un país al que consideraban incivilizado. Los coreanos estaban muy orgullosos de sus avances culturales y de su relación filial con el imperio chino, del que eran vasallos y que les correspondía con respeto y sobretodo se abstenía de interferir en sus asuntos internos. Aun peor fue cuando en 1588, el mensaje de Hideyoshi implicaba que no sólo debían someterse sino colaborar activamente en una invasión de China. Desde el punto de vista coreano esto ya era no sólo una falta de respeto a la privilegiada relación China-Corea sino que era proponer un suicidio ya que temían la violenta reacción de China, a la que consideraban invencible.
 
A pesar de la amenaza de invasión, la respuesta coreana hubiera sido un firme “no” desde el primer momento. Sin embargo los encuentros diplomáticos y cruce de mensajes se alargaron, debido a que los Sō se dedicaron a alterarlos, consiguiendo hacer creer a las partes que las intenciones de ambas partes eran un tanto diferentes. Por un lado no querían ofender a Hideyoshi con un fracaso diplomático total y por otro tenían un gran interés en tratar de mejorar sus propias relaciones comerciales con Corea. Los coreanos quedaron por mucho tiempo confusos acerca de las verdaderas intenciones japonesas, mientras que a Hideyoshi se le hacía creer que Corea había aceptado, más o menos, ser tributario de Japón. Finalmente en 1591, los Sō se vieron obligados a transmitir una amenaza clara a Corea y aun así se las arreglaron para alterarla de nuevo: descaradamente afirmaron que Japón había aceptado rendir vasallaje a China pero que al negarse ésta a escucharlos, debían cruzar Corea con un ejército para acudir a Pekín a rendir personalmente pleitesía y demandar que sus tributos fueron aceptados en la corte Ming; bastaba con que los coreanos le franquearan pacíficamente el paso ya que no había “malas intenciones” de por medio. El mensaje no coló y la respuesta convenció por fin a Hideyoshi de que tendría que atravesar Corea por la fuerza.
 
Así pues se llegó al año 1592. En Corea los años se numeraban según el año de reinado del vigente rey o bien del emperador de China, sin embargo popularmente se empleaba el nombre derivado del ciclo sexagenario chino. 1592 correspondía a la combinación del tronco celestial “yang agua” (im) con la rama terrenal “dragón” (jin). En la memoria colectiva coreana la guerra quedaría recordada como imjin waeran: la perturbación/invasión japonesa del año del dragón de agua. Adicionalmente el color asociado al agua es el negro, por lo que también es conocida como “la guerra del año del dragón negro”.
 

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La flota japonesa parte para la invasión de Corea (ilustración del Ehon Taikōki)

 

 

 

2. Busan: se abren las puertas del infierno.

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Heráldica de Konishi Yukinaga (reconstrucción de Emmanuel Valerio)
 
 
El 23 de mayo de 1592, los coreanos presentes en Busan pudieron observar como barcos japoneses se iban acercando al puerto en cada vez mayor número: primero 90 y según iba pasando el día, el número iba aumentando; por la tarde las cuentas ya iban por 150 velas y al día siguiente rondarían los 300-400. Al atardecer del día 23, los japoneses enviaron un ultimátum que no fue contestado; ya no quedaba duda de que se trataba del tan rumoreado ataque japonés.
 
La flota japonesa procedía de Tsushima y llevaba a bordo a los 18.700 hombres de la “1ª división” japonesa, con muchos cristianos en sus filas. Su comandante superior era el impulsivo Konishi Yukinaga (“dom Agustinho”), que -violando las instrucciones de Hideyoshi- había decidido zarpar hacia Corea sin esperar la llegada de las naves de guerra de escolta. Se trataba de un verdadero suicido ya que los transportes (en su mayoría pesqueros) estaban prácticamente indefensos ante las naves de guerra coreanas. El escenario se preparaba para una masacre ya que los coreanos podían concentrar con facilidad 200 naves de guerra contra la armada invasora. Y efectivamente hubo una masacre... pero no la que la lógica militar dictaba.
 
 
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Desembarco japonés en Busan según una pintura coreana
 
 
Ante la pasividad de la marina coreana los japoneses desembarcaron. Los primeros en hacerlo fueron los cerca de 5.000 hombres de Sō Yoshitoshi (“dom Dario”), en base a la familiaridad del daimyō de los Sō. Le siguió su suegro, el propio Konishi Yukinaga, a la cabeza de su contingente personal de 7.000 hombres. A continuación el resto de los contingentes japoneses: los 3.000 de Matsuura Shigenobu -el único comandante no cristiano de la división-, los 2.000 de Arima Harunobu (“dom Protasio”), los 1.000 de Ōmura Yoshiaki (“dom Sancho”) y los 700 de Gotō Sumiharu.
 
Una vez desembarcada, la “1ª división” se dividió en dos. Yukinaga marchó contra el cercano fuerte de Tadaejin -situado en la desembocadura del rio Nakdong-; a cuyos defensores arrolló en un segundo asalto tras conseguir estos repeler el primero.
 
Mientras tanto Yoshitoshi se dirigió contra las murallas de Busan. El comandante coreano, Jeong Bal, rechazó un segundo ultimátum japones y se aprestó a defender la ciudad. La guarnición coreana luchó con valentía, sufriendo enormemente a cuenta de los arcabuceros japoneses. La presión japonesa les obligó a retirarse a una segunda y después una tercera línea defensiva. Sobre las nueve de la mañana del día 25, los coreanos habían utilizado todas sus flechas y perdido a su comandante. La resistencia cesó y el caos se abatió sobre los habitantes de Busan.
 
Según la crónica “oficial” japonesa: Ehon Taikōki, en la toma de Busan se acabó con la vida de 8.500 hombres conservando a 200 como prisioneros para interrogarlos. Por otra parte el diario del samurái Yoshino Jingozaemon relata enfáticamente como se hizo un gran sacrificio de sangre al dios de la guerra, sin perdonar a nadie (sacrificando incluso a perros y gatos), cortando 30.000 cabezas.
 
 

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La toma de Busan (ilustración del Ehon Taikōki)
 
 
Al día siguiente a la toma de Busan, Yukinaga ordenó una rápida marcha hacia la cercana (unos 10 km.) fortaleza de Dongnae, en el camino a Seúl. Existía la posibilidad de que los coreanos al ver lo sucedido en Busan “se avenieran a razones”. De nuevo se lanzó un ultimátum: rendirse y dejarse pasar a los japoneses o perecer. El comandante de Dongnae era el prefecto Song Sang-hyeon y su respuesta es famosa entre los coreanos aun hoy en día; más o menos decía: “me resulta sencillo morir pero difícil dejaros pasar”. 
 
La guarnición, apoyada por la población civil, luchó con determinación en las murallas y el combate se prolongó entre 4 horas (fuentes japonesas) y 12 horas (fuentes coreanas). De nuevo la arcabucería japonesa se acabó imponiendo a los coreanos despejando las murallas y permitiendo a estos situar sus escaleras de bambú para el asalto, con Yukinaga al frente. 
 
Sang-hyeon se pasó buena parte de la lucha tocando el gran tambor situado encima del pabellón del castillo, tratando de animar a las tropas defensoras. Resultó capturado pero se negó a inclinarse ante los vencedores por lo que un colérico samurái lo ejecutó. 
Las tropas japonesas, según sus cuentas, sufrieron 500 bajas (100 muertos y 400 heridos). Las coreanas ascendieron a cerca de 5.000 entre soldados y civiles, probablemente muchos de ellos muertos tras la toma de la ciudad.
 
 
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Sang-hyeon en la caida de Dongnae
 
 
Y mientras tanto ¿qué era de la Armada coreana, primera y principal línea de defensa del reino? A no mucha distancia de Busan, en Kijang, se encontraba Pak Hong, comandante de la “Armada de la Izquierda” de la provincia de Gyeongsang. Pak Hong había sido testigo de la llegada de la flota japonesa y posterior desembarco. Según avanzaban los acontecimientos había pasado de un estado de incredulidad a uno de creciente nerviosismo al contemplar tanta vela enemiga. Tras la caída de Busan, su espíritu se quebró por completo y ordenó hundir su flota de 100 naves incluidos cerca de 50 navíos de guerra del tipo panokseon, que probablemente por si sólos hubieran podido sembrar la destrucción entre la flota de transporte japonesa. Con sólo atraverse a levar anclas y hacer un buen reconocimiento, los marinos coreanos habrían podido comprobar la debilidad japonesa. Otra opción hubiera sido la de retirarse a aguas más alejadas y esperar ordenes de Seúl, pero la desquiciada mente de Pak Hong no llegaba para tanto. Tras su disparatada iniciativa, abandonó simplemente a sus hombres y se dirigió a toda prisa hacia la corte de Seúl. 
 
La otra flota que habría podido socorrer Busan era la “Armada de la Derecha” de la provincia de Gyeongsang, con base en la isla Geoge. En un primer momento su comandante, Won Gyun, se había hecho la ilusión de que la flota japonesa fuera realidad una flota comercial. Tras tener noticias de la caída de Busan y de Dongnae, asi como de la autodestrucción de su armada hermana; Won Gyun optó por replegar su flota hacia una zona más segura al oeste. Nuevamente se trataba de una oportunidad perdida para contraatacar a la flota de desembarco japonesa, pero al menos era una decisión mas entendible que la de Pak Hong. 
 
Sin embargo resultó que Won Gyun no estaba tan alejado de las ideas “estratégicas” de su colega. En su marcha, la armada coreana avistó unas velas -al parecer de unos pesqueros- y el almirante entró en pánico y dió la orden de hundir las naves para no ser capturadas. Mientras se preparaba para tomar el camino por tierra hacia Seúl, varios subordinados con algo de sentido común le convencieron que su “deserción” no sería muy bien vista en la corte. Won Gyun recobró el ánimo, pero para entonces de su flota de cerca 100 naves sólo quedaban 4 naves de guerra todavía a flote. 
 
Tras estos dos dislates, en torno a 2/3 de la Armada coreana, yacía en el mar autoinmolada. 

 

Los refuerzos japoneses tenían de momento vía libre. Habían conseguido una cabeza de puente y las líneas marítimas parecían despejadas.