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Alfonso XIII en un acto con los Cazadores de Victoria Eugenia nº 22, con motivo del nombramiento
de S.M. La Reina como "Coronela honoraria del Regimiento" (1918)

INTRODUCCIÓN :

"Las causas de la intervención de los militares en la política no se encuentran en la naturaleza del grupo, sino en la estructura de la sociedad. En concreto se encuentra en la ausencia o debilidad de instituciones políticas de la sociedad." 



A principio de Siglo XX en España existía un nivel de cultura política bajo, caracterizado por el alto diseño y la baja organización. La pérdida de legitimidad y la baja institucionalización que habían sufrido sus regímenes políticos durante el siglo XIX fueron consecuencia de la incorporación de nuevos sectores sociales a la política y estuvieron acompañados de una débil organización social y política. La sociedad civil no consiguió estructurarse suficientemente y los partidos fueron incapaces de representar y canalizar las distintas posiciones e intereses de la sociedad. El resultado fue la fragmentación y descomposición política de los sectores sociales dominantes, dándose una situación, ya definida por Finer , según la cual una minoría gobierna de una forma que las masas odian, pero son demasiado débiles para destruirla. Enfrentada a la indiferencia o al odio, la oligarquía gobernante se mantiene en el poder apoyándose en el Ejército y, de esta forma, éste se convierte en su dueño. Así el Ejército era la única fuerza para proteger al Régimen y las instituciones civiles.

Esta fue la situación que se presentó en la España del período que nos ocupa, las Fuerzas Armadas, que habían permanecido cómodamente integradas en el Régimen de la Restauración, pero la tradición intervencionista del Ejército no se había visto rota. Así, tras la derrota de Cuba en 1898, volvieron a desempeñar un papel destacado en la política del país. Su resentimiento contra los políticos, a los que consideraron como los responsables de la derrota, su oposición a los nacientes movimientos nacionalistas de catalanes y vascos, su costumbre de realizar labores políticas y administrativas en las colonias, su oposición a los intentos de reforma militar y su creciente utilización como fuerza policial en los conflictos político-sociales, les llevó a implicarse de una manera más intensa en la política interna de España, llegando a considerarse como el factor decisivo del Régimen en la medida en que este dependía, para su mantenimiento, del Ejército.

En 1917 en España se produjo una situación de "Gobierno militar", que Finer define como "Gobierno dual", al controlar los militares la política del Régimen de forma compartida con el Gabinete ministerial, mientras que Nordlinger la define como un tipo de régimen militar, al depender los gobernantes del apoyo del cuerpo de oficiales para mantenerse en el poder. En mi opinión, el término que mejor define a la situación política en España en el periodo 1917-1923 es el de "Pretorianismo político" donde los militares no forman gobierno pero influyen de forma decisiva tanto en su formación como en sus decisiones.

 

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1º) LA SITUACIÓN DEL EJÉRCITO ESPAÑOL

1.1.- El Ejército y el sistema canovista

La Restauración Monárquica de 1874 se produjo vía pronunciamiento. Este hecho es de gran importancia, ya que un régimen que se pre­sentó como civilista se inició con una acción que situó a los miembros del Ejército en una posición de especial preponderancia. Desde el principio Cánovas intentó limitar esa preeminencia del estamento militar en la vida política española[1].

El sistema ideado por Cánovas pretendió reafirmar los vínculos existentes entre la institución militar y la Corona, con el objeto de afianzar a ésta, mediante dos vías. La primera de ellas fue la vía constitucional, otorgando al Rey "el mando supremo del ejército y arma­da y dispone de las fuerzas de mar y tierra"[2], y señalando que "las Cortes fijarán todos los años, a propuesta del Rey, la fuerza militar permanente de mar y tierra"[3]. La segunda vía fue presentar a Alfonso XII como un rey­-soldado, al estilo prusiano, compartiendo la suerte de sus tropas en campaña durante la Guerra Carlista y, poste­riormente, presidiendo actos militares tales como maniobras o revis­tas de tropas en acuartelamientos. De esta forma se pretendió que los militares viesen al monarca como su "Jefe Natural". Se intentó conseguir así que el Ejército no tuviese grandes ambiciones polí­ticas, ya que al ser el Rey su "Jefe", expresaría sus opiniones frente al Poder Civil consi­guiendo que se adaptasen mejor al nuevo siste­ma. 

No obstante, el sistema canovista no eliminó totalmente la influencia de los militares en la política nacional, no fue esta su intención, ya que se permitió a los generales de mayor importancia participar en la vida política, ya fuera a través de su nombramiento como senadores, ya mediante su nombramiento como presi­dentes del Gabi­nete. Además, los cargos de Ministro de la Guerra y de Marina recaían de ordinario en algún general veterano que contase con cierta ascendencia dentro del Ejército.

Así pues, en el mar que suponía la política española, los militares acabaron por adaptarse e integrarse en el barco que representaba el sistema de la Restauración, en el cual navegaron sin crear demasiados problemas, dejando la dirección en manos de los políticos civi­les y ejecutando las órdenes que de estos recibían. Fue la enorme marejada que supuso el desastre del 98 lo que les hizo interesarse en volver a adquirir el control de la nave, así, a partir de la Guerra de Cuba, los militares españoles comenzaron a protagonizar una serie de motines de mayor o menor importancia cuyo fin principal fue el de hacerse con el timón de la nave, cosa que finalmente consiguieron.

Los errores cometidos por el sistema en el "tema" militar acabaron, junto a otros factores, por destruirlo. Uno de ellos fue el encomendar al Ejército la defensa de los "enemigos interiores" y la defensa de "integridad de la Patria y el imperio de la Constitución y de las leyes", con lo que se instituyó al Ejército como el principal pilar en la defensa del Estado en los capítulos de Orden Público e Inte­rior. Esto supuso a la larga una absoluta dependencia estatal del Ejército a la hora de garantizar la salvaguarda del sistema frente a movimientos reivindicativos o revolucionarios, y por tanto hipotecó gravemente las relaciones Poder civil - Poder militar, ya que el primero se sostuvo en numerosas ocasiones en el segundo y éste aprovecho la circunstancia para plantear reivindicaciones y obtener privilegios. Esta situación subsistió durante todo el período de la Restauración. De hecho, puede comprobarse como gran parte de los problemas de los Gabinetes Ministeriales durante el reinado de Alfonso XIII se inscriben en la pugna Poder civil - Poder militar, en la cual, son los civiles, paradójicamente, quienes la mayoría de las veces tienen que ceder ante las presiones que les llegan desde la institución militar.

El segundo problema surgió con la llegada de Alfonso XIII al trono, ya que el Rey se consideró ante todo el Jefe de las Fuerzas Armadas, lo que le llevó a apoyar a "sus" militares frente al Parlamen­to. Así, Don Alfon­so asumió como propia la opinión de los militares, que culpaban a los políticos de la mala situación del país: "[...] los oficiales hacían responsables a los políticos civiles de haber conducido a España a una situación de tal pequeñez , anarquía y desprestigio en el concierto de los pueblos [...]"[4]. Y quienes se sentían depositarios de los más profundos valores de la Patria. 

" El militar había llegado a creerse solo poseedor de la verdad entre miles de compatriotas errados; solo justo, solo honrado, solo patriota; y esta exaltación de un particularismo egoísta le llevó lógicamente a tratar de imponer sus opiniones a los demás, por todos los medios, despóticamente, dictatorialmente, declarando la guerra al Estado."

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1.2. La situación del Ejército 

El Ejército español del período que nos ocupa poseía una serie de lacras que condicionaron su actuación, es lo que Mola vino a denominar "los vicios" del Ejército. Algunas de las mencionadas lacras fueron consecuencia de la derrota de 1898, que marcaron a toda una generación de oficiales y se man¬tuvieron vivas hasta el año de inicio del presente estudio, y otras, que se fueron produciendo durante los primeros años del siglo XX, marcaron definitivamente a los oficiales del Ejército.

La situación que padeció el Ejército español en Cuba fue del todo catastrófica, como así han señalado numerosos testigos y estudiosos. De hecho, de las 55.000 bajas sufridas durante toda la guerra solamente 2.159 fueron en combate. Así, la guerra de Cuba ha pasado a los anales de la Historia Militar como uno de los mayores, si no el mayor, desastre sufrido por el Ejército español, no tanto por la propia derrota, sino por la forma en que se produjo.

"En Cuba se puso de manifiesto nuestra incapacidad militar, llegando a extremos vergonzosos en todos los órdenes y muy especialmente en el relativo a servicios de mantenimiento: el de Sanidad, por ejemplo, era tan deficiente que el terrible vomito diezmaba los batallones expedicionarios; el de Intendencia no existía, lo que obligaba a las tropas a vivir sobre el país. Para colmo se suspendió el pago de haberes; cómoda medida que adoptaron los usufructuarios del Poder para nivelar la Hacienda" 

Tan terrible derrota trajo consigo tres consecuencias de especial interés para el tema que nos ocupa. La primera de ellas fue el total enfrentamiento entre militares y políticos por la petición de responsabilidades en la derrota, herida abierta en ese momento y que las Juntasrecordarían en sus manifiestos. El Ejército reaccionó a las críticas, que le señalaban como único culpable de la derrota, creando un frente común, un espíritu corporativo, que a su vez, pidió responsabilidades a los políticos que descui¬daron durante tanto tiempo a la institución militar. El re¬sultado de estas acusaciones cruzadas fue que no se creó ninguna comisión de investigación de respon-sabilidades por la pérdida de las colonias, ya que la mayo¬ría de los líderes políticos sabían que el fracaso iba mucho más allá de la responsabilidad de los militares. Así pues, sólo se abrió una investigación por parte del Ejército que dictaminó en agosto de 1899 que un almirante y dos generales fuesen retirados del servicio activo. Eso fue todo. 

La segunda de ellas fue el exceso de oficiales, problema que de hecho subsistía desde el final de la última Guerra Carlista, y que se vio agravado por la reducción de los efectivos del Ejército tras la derrota. Esto supuso que los ascensos fuesen escasos y las posibilidades de promoción pocas, por eso los militares juntistas protestaron por los ascensos indiscriminados que se produjeron en la campaña de Marruecos.

La tercera de las grandes consecuencias del desastre de Cuba fue el recorte del presupuesto militar. La mayor obsesión de los sucesivos gabinetes fue el recorte del presu¬puesto del Ministerio de la Guerra, que pasó de representar cerca del 50% de los gastos del presupuesto nacional , duran¬te los primeros años de la Restauración, al 25-30% hasta 1909. Este recorte de los presu¬puestos incidió, básicamente, en los ca-pítulos de equipo e instrucción, precisamente en los que el Ejército se encontraba en peor situación, provocando que muchos oficiales no contasen con ningún cargo:

"Apenas había dinero para la instrucción y maniobras. En algunas guarniciones la mitad de los oficiales no tenían cargo alguno, y muchos otros carecían de ocupaciones precisas. Consiguientemente muchos oficiales preferían que se les dejara sin puesto fijo para poder dedicar todo su tiempo a otro empleo distinto" 

Además, no se afrontó ningún tipo de mejora o modernización del Ejército, sino, que de hecho, toda petición o atisbo de reforma en el Ejército producía innumerables quebraderos de cabeza al Gobierno. Lo único que se hizo fue ir tapando hue¬cos, con unos resultados absolutamente desastrosos. Así el Ejér¬cito español continuó con una endémica falta de material e instrucción, tema abundantemente denunciado en la literatura militar.

Por otra parte el transcurso del tiempo trajo consigo otra serie de "males", tales como la Redención en Metálico, el fraccionamiento del cuerpo de oficiales y el intervencionismo de la corona.

La existencia de la redención en metálico impidió la formación de un verdadero Ejército Nacional como en otras naciones, al poder determinados individuos eludir el servicio militar, creando una discriminación y un sentimiento de que los únicos que se in¬corporan a filas eran "los de siempre". 
Pese a que el Artículo tercero de la Constitución de 1876 indicaba que : "Todo español está obligado a defender la Patria con las armas, cuando sea llamado por la ley", en España existía en realidad una completa desigualdad social a la hora de ser llamado a filas. En la Ley de Reclutamiento y Reemplazo de 1885, se estableció una redención en metálico de 1.500 pts. que permitía, una vez satis¬fecha esta suma , evitar el acudir a filas. Esto supuso, en la práctica, que tan sólo aquellos a quienes su condición social se lo permitía pudiesen evitar cumplir el servicio militar. En 1912 se publicó una nueva Ley del Servicio Militar, en la que se eliminaba la redención en metáli¬co. Sin embargo, esto no trajo consigo el final de las diferencias existentes, puesto que junto a aquellos que debían cumplir el servicio militar se crearon dos tipos de "soldados de cuota": el prime¬ro de ellos pagaba 1.000 pts. para cumplir diez meses de servicio en filas, mientras el segundo cumplía únicamente cinco meses previo pago de 2.000 pesetas. Con lo que nada cambió. 

Por otro lado, el cuerpo de oficiales se encontró sin rum¬bo y fraccionado. Ser militar significaba aceptar un código de costumbres y actitudes morales, pero dejó de ser una ver¬dadera profesión, ya que la escasez de medios hizo que muchos de los oficiales no tuvieran destino fijo, y aquellos que lo tenían, no encontraron ni tropas que mandar (en numerosas ocasiones de los 120 hombres de una compañía no se podía contar ni con un tercio a la hora de hacer la instrucción), ni medios que utilizar. Además con el Gabinete de Raimundo Fernández Villaverde se detuvo la adquisición de cualquier tipo de equipamiento militar, situación que duró hasta la llegada del Gobierno Maura en 1908. 

Por otra parte se produjo una clara disociación entre la oficialidad, creándose dos grupos bien diferenciados : en primer lugar se encontraban los oficiales burócratas, con todas las connotaciones negativas del calificativo "burócrata", y en segundo lugar estaban los oficiales de filas que cumplían, de mejor o peor forma con las obligaciones que se suponen a estos, pero que se encontraban absolutamente superados por la escasez de material, la deficiente instrucción de la tropa, la falta de recursos y el desprecio e incomprensión de gran parte de la sociedad española. De aquí surgió un enfrentamiento entre ambos grupos al acusar los primeros a los segundos de incapaces y directos responsables de las derrotas sufridas en campaña, y los segundos a los primeros de auténticos "vegetales fósiles" cuyo mayor interés era su "sueldecito", que les dieran los menos problemas posibles y a quienes acusaban de tener una aversión pasmosa de estar a menos de 1.000 kilómetros del frente de combate.

Por si toda esta situación pareciese poco, intervino la corona, así con una Real Orden publicada el 15 de enero de 1914 se autorizaba a generales jefes y oficiales a establecer comunicación directa con el Rey sin tener que infor¬mar a sus superiores, con lo que se subvertía la escala de mandos. Aunque la orden en realidad autorizaba la contesta¬ción a cartas y telegramas de felicitación o agradecimiento enviados por el monarca, lo cierto es que se fue haciendo común la comunicación directa sobre cualquier tema entre el Rey y "sus" militares, saltándose por completo la escala de mando y como se dice en la Real Orden " [...] sin intervención de persona alguna". Con lo que acabó por crearse una "camarilla real" de militares favorecidos por sus relaciones con el monarca.

Esta era la lamentable situación en la que se encontraba el Ejército español en el momento de arranque del presente estudio, situación de inicio y verdadera culpable de todos los acontecimientos que se produjeron y principal elemento explicativo de las reivindicaciones que planteó el movimiento juntista.