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Lo normal a la hora de resaltar la tenacidad del carácter de una persona es atribuirle las cualidades del recio hierro como modelo de porfía. Aunque las propiedades de este metal son variadas, la más achacada a las personas se refiere a su dureza o rigidez, descartando otras cualidades como son la ductilidad y maleabilidad por no alcanzar las severas expectativas de quien lo produce.

Así, si apelamos a este metal para atribuir sus cualidades a la conducta o modo de actuar de un personaje, lo que verdaderamente resaltamos casi inconscientemente es su aspereza, contundencia, dureza u obstinación, las cuales, en ocasiones no se revelan como una cualidad sino todo lo contrario. Las otras características quedan por lo tanto desechadas a pesar de resultar a mi juicio como las más provechosas. 

Claro está, todo es opinable desde las distintas percepciones, pero lo cierto es que la unión de todas ellas hace al metal magnífico, mientras que el desecho de algunas de sus cualidades lo debilita y devalúa.

Partiendo de esta verdad metalúrgica, abordaremos la figura de un hombre al que se le atribuyó por sus actos el sobrenombre de “El General de Hierro”. Me refiero al que fuera durante doce años el más duro y tenaz, pero menos dúctil y maleable de los Directores Generales que tuvo nuestra Guardia Civil, D. Camilo Alonso Vega.

Durante mucho tiempo, el recuerdo de su nombre proyectaba en los rostros de sus subordinados muecas de desprecio o desconfianza que evidenciaban la sacrificada correlación entre todos ellos, una especie de hermandad del sacrificio cuyos vínculos más poderosos serían la sumisión, abnegación, y el sacrificio llevado hasta el extremo. Todas estas circunstancias, unidas a las propias de la época en que les tocó servir contribuyeron en aumentar más si cabe la leyenda de D. Camilo.

El inicio de la Guerra Civil del año 1.936 supondría para la magnífica Benemérita un punto de inflexión en su ya procelosa historia, supondría una prueba o reválida a la que tendría que comparecer de forma forzada para ratificar sus buenas notas, obtenidas a base de tesón y demostrada generosidad. La incomparecencia a estos acontecimientos supondría la eliminación, por otro lado el claro denuedo de la institución hacia alguna de las facciones la llevaría casi con toda seguridad a la desaparición. La división que produjo el conflicto civil se vio reflejada en el cuerpo en iguales proporciones dejando una institución muy debilitada en todas sus estructuras y con la pesada incertidumbre de su continuidad, al menos como hasta entonces se había producido.

Es conocida la desaprobación del General Franco hacia la intervención de la Guardia Civil en la contienda, sobre todo al inicio, ya que el Caudillo siempre achacó el enquistamiento del conflicto al desigual apoyo obtenido del Cuerpo sobre el territorio, un apoyo que consideraba crucial, sobre todo por la importancia que suponía el control de las zonas rurales donde la Guardia Civil era la responsable inmediata. Es ahí precisamente donde se decidiría su continuidad. La amenaza del Maquis en los años posteriores sobre todo en las fronteras y zonas rurales, llevó a los responsables del régimen a buscar una solución que consideraron inmediata y lo más expeditiva posible. El jefe del nuevo sistema impondría a la Benemérita este severo mandato a modo de prueba, su acreditada eficacia en el medio rural (origen de su fundación) sería otra vez clave en su consecución como fuerza contra esas nuevas amenazas.

Otra vez un enorme reto recaía sobre el espaldar de los hombres de Ahumada, como lo había sido de forma endémica en su historia, los avatares políticos les retaban esta vez con la amenaza casi de la desaparición. Esta nueva etapa necesitaría de un hombre fuerte que estuviera a la altura del gran desafío. Pronto aparecerían diversos candidatos cuyo premio a sus servicios durante la guerra sería esta gran empresa, para lo cual se adaptó la reciente Ley de Reorganización del Ejército de 12 de Julio de 1.946 (también conocida como “Ley Varela”) para justificar el acceso de un Teniente General del Ejército a la dirección General del Cuerpo, ya que hasta entonces el cargo estaba reservado al empleo con menos grado del generalato, esto es, un General de Brigada. Con esta medida se pretendía significar la importancia del nuevo papel que venía a representar el Cuerpo en la flamante etapa que acababa de comenzar.

La reciente creación del empleo de Teniente General, hasta entonces desconocido, serviría como premio para aquellos que más y mejor se habían destacado durante la guerra, personajes del calibre de Queipo de Llano o Saliquet fueron los primeros en recibir el laurel de Franco. Otros tendrían que esperar muchos años, por lo que en sus primeros anales serían dos Generales de División los que ocuparían la dirección del Cuerpo, entre ellos nuestro “hombre de hierro”.

La llegada de Alonso Vega vendría determinada por muchos factores, entre ellos predominarían los fuertes vínculos personales que unían a Camilo con Franco, ambos habían sido compañeros de promoción, habían nacido en El Ferrol y hasta habían contraído matrimonio con mujeres del mismo pueblo (la asturiana localidad de Noreña). Todos estos lazos personales no desecharon otros, como la profunda lealtad de Alonso Vega a Franco, demostrada en innumerables situaciones con ocasión de los destinos que había ocupado, desplazando del cargo a aspirantes tan notables como Yagüe. Pero el complejo encargo recibido necesitaba la aplicación de durísimas normas, para las que Alonso mostraría una severa determinación y compromiso, comenzando lo que podría definirse como una nueva inflexible refundación. Pronto la huella del nuevo liderazgo se haría notar, su tenacidad, tesón y capacidad de trabajo le procuraría la denominación de “Director de Hierro”, título otorgado inmediatamente por todos sus subordinados al que también se refirieron como “D- Camulo”, en alusión directa a su terquedad.

Comenzaba de esta forma una de las épocas más controvertidas del Cuerpo, que llevaría con el paso del tiempo a encontradas opiniones en cuanto a la rígida jefatura de nuestro hombre, para unos un infame, para otros, un protagonista necesario que con sus medidas logró la supervivencia de un Cuerpo al borde de la desaparición. Pero lo que realmente desequilibra el brazo de la balanza es, si las severas medidas adoptadas y la importancia de los pretendidos objetivos a alcanzar justificaron el menoscabo del principal y más valioso patrimonio del cuerpo, sus hombres.

De entre las muchas medidas tomadas por el nuevo director caben destacar la durísima selección de los aspirantes, tanto en lo que se refiere a la recluta, como a la asignación de puestos directivos y estrategias de despliegue territorial, dirigidos casi en su totalidad a la lucha contra el Maquis, todo ello sin dejar aún lado los otros aspectos del servicio peculiar del cuerpo. Reestructuró y potenció la creación de Centros de Enseñanza donde la perseverante aplicación de la disciplina llevaba a la creación y potenciación de un modelo básicamente militar, en que la instrucción en orden cerrado se erigía como fundamento principal. Este modelo de Guadia Civil-Soldado tan necesario en la época, iría en detrimento de la figura del Guardia Civil creado por Ahumada y que hasta entonces tan buenos resultados había proporcionado, es decir, un Guardia Civil poseído de una gran dignidad, con conocimientos muy amplios en todas las áreas del servicio, confianza en sus mandos y especial dedicación en la aplicación de las normas jurídicas, en contraposición de uno dócil y sumiso que actuaba como un autómata.

 

DURO SERVICIO. 

La consecución de los logras de Alonso Vega exigían una sacrificada vida a los Guardias Civiles que acudían a la institución huyendo de hambre y el paro reinante en la posguerra. Las duras condiciones del servicio fueron tales que la mortalidad de los Guardias aumentó con respecto a épocas anteriores, de manera que provocaba la muerte de una media de entre 125 individuos por año, hasta los 257 durante el período comprendido entre 1.943 y 1.952 (solo en el año 1946 el número de fallecidos se elevó hasta 378). Estas muertes eran consecuencia directa de las penalidades del servicio producidas por jornadas extenuantes, en algunas ocasiones como las realizadas por los denominados Grupos Volantes, donde los servicios se extendían hasta los ochos días consecutivos fuera del cuartel, en zonas montañosas, recorriendo caminos de noche y día, y bajo las inclemencias del tiempo. La mayor parte de las veces dormían a la intemperie comiendo rancho escaso y frío, ya que les estaba prohibido el resguardo en las pocas zonas habitadas que transitaban. Todo ello por un salario de 14 pesetas diarias.

A estas muertes se unirían las más de 300 ocasionadas por enfrentamientos directos contra el Maquis, provocando entre los agentes una situación de estrés constante acrecentado por la rígida vigilancia del mando y estricta aplicación de la disciplina, en muchas ocasiones desmesurada, lo que llevaría a situaciones inverosímiles como las protagonizadas por el Capitán Glaría Iguacén, a quien sus subordinados apodaban “Tarzán” por su afición a subirse a los árboles o camuflarse entre la vegetación para vigilar el servicio y constatar que se cumplían los doce pasos reglamentarios entre componentes. Este hostigamiento, consecuencia directa de los amplios poderes otorgados a los oficiales por Alonso Vega, llevaría al exceso y las injusticias en la aplicación de las normas, muchas veces producida por la búsqueda del beneplácito superior de los encargados de impartirla. De este modo se iba imponiendo un modelo de oficial que con la intención de satisfacer las pretensiones de la cadena de mando ejercía una desmedida y atroz aplicación de las normas disciplinarias. Simples faltas como la impuntualidad, falta de ejemplaridad, contra el honor, la tibieza en la aplicación del reglamento, entendida como una falta de interés en la persecución de delitos llegaban a ser castigadas con la expulsión. El General Díaz Quijada llegó a decir ”...los guardias tenían tanto miedo a sus jefes como a los maquis.” López Corral afirma en su libro sobre la Guardia Civil, que entre 1.950 y 1.954 un total de 2.944 Guardias Civiles fueron sancionados con separación del servicio. 

Todas estas circunstancias provocarían una gran inseguridad en la vida cotidiana de los Guardias Civiles, expuestos en todo momento a la expulsión y por ende a la pobreza y la incapacidad de asegurar la supervivencia de su familia en una España destrozada y pobre que no les ofrecía ningún futuro. Muchos oficiales alertaron de este problema a D. Camilo, el cual se cuenta que ufano respondía a cada expulsión - ¡Gallegos y Andaluces a duro!, refiriéndose de ése modo a que no les faltarían aspirantes procedentes de estas regiones por ser entonces de las más pobres.

En este contexto y bajo su mando se cometería uno de los hechos más oscuros y sórdidos de toda la historia del Cuerpo, podría decirse que sería el resultado de los despropósitos originados por el envilecimiento de los empecinados afanes de severidad de D. Camilo. El escritor Lorenza Silva lo cuenta así en su libro “Sereno en el Peligro” año 2.010: 

“Nos referimos al ya aludido y tristísimo suceso de Mesas de Ibor, pueblo cacereño situado al norte de la sierra de Guadalupe, donde operaron famosos maquis como el Francés, Chaquetalarga o Quincoces. No fue, sin embargo ninguno de ellos el que desencadenó los acontecimientos, sino el guerrillero apodado el Gacho, de nombre Jerónimo Curiel, que tenía en el pueblo un hermano al que los civiles le requisaron la escopeta para que dejara de dedicarse a la caza furtiva. En represalia, el Gacho se presentó en Mesas de Ibor al mando de una numerosa partida (unos cuarenta hombres) el 17 de abril de 1945. Lanzaron su asalto al anochecer, sorprendiendo desprevenidos (y divididos) a los cuatro guardias que componían el destacamento allí enviado desde el cercano puesto de Almaraz. A los guardias Timoteo Pérez Cabrera y Juan Martín González los neutralizaron en el cuartel, y al cabo Julián Jiménez Cebrián y al guardia Sostenes Romero Flores, en las tabernas del pueblo, donde confraternizaban descuidados con la población. Según Miguel López Corral, que ha investigado en detalle los hechos, y cuyo relato seguimos, los guerrilleros solo pretendían desarmar a los guardias y quitarles los uniformes (estos últimos les eran muy útiles, ya que el disfraz, tanto con ellos como con los de otras unidades militares, e incluso con vestimentas sacerdotales, era una de sus técnicas preferidas de enmascaramiento). Pero algo se salió de lo previsto cuando el guardia Martín se volvió contra sus captores y uno de ellos hizo fuego hiriéndolo gravemente. El médico del pueblo, tras reconocerlo, insistió en que debía llevársele sin pérdida de tiempo al hospital para salvar su vida, pero el Gacho se negó, lo que tendría consecuencias fatales para el guardia, que murió desangrado. El guerrillero solo pensaba en su exhibición, que aparte de desvestir a los guardias y quitarles el armamento incluía ir con ellos a las tabernas a beber en presencia de los vecinos, cerrando la ceremonia el desfile en formación de toda la partida cantando La Internacional. Antes de regresar a sus escondrijos en el monte, les dejó bien claro el sentido de su acción: «He hecho con vosotros lo mismo que habéis hecho con mi hermano, desarmaros». Y les ofreció unirse a ellos, para librarse de la reacción de sus jefes, que les auguró que no sería precisamente benigna.

El Gacho conocía bien al jefe de la comandancia cacereña, el teniente coronel Manuel Gómez Cantos, que ya asomó a estas páginas en su calidad de capitán jefe de los guardias sublevados y atrincherados en Villanueva de la Serena en los primeros días de la Guerra Civil. También lo conocían los dos guardias y el cabo, pero confiaron en que comprendería la situación de impotencia a que habían quedado reducidos por el ataque de enemigo tan superior en fuerzas. Con ello probaron su ingenuidad. Tan pronto como le llega la noticia, Gómez Cantos informa a don Camilo: «Recibo telefonema cifrado del capitán de Navalmoral que en términos de informes adquiridos me manifiesta negligencia sin límites de la fuerza y apatía incalificable que comprobaré urgente y personalmente y obraré con gran energía como requiera y exija el caso ocurrido». Acude Gómez Cantos al pueblo, que toma literalmente con cientos de guardias. Lo acompañan sus oficiales y una sección de jovencísimos polillas (como se conoce de modo coloquial a los guardias salidos del colegio de Valdemoro, y criados desde su niñez en la disciplina del cuerpo) que le hacen de guardia pretoriana. Toma las riendas de la sumaria investigación y tras el informe del teniente jefe de la línea, Cipriano Sáenz, y con el aliento del capitán Planchuelo, de la compañía de Trujillo, les comunica a los guardias la sentencia que por sí y ante sí dicta para ellos: fusilamiento.

A las cinco de la tarde, en la plaza principal, con todos los espantados vecinos del pueblo contemplándolo, Gómez Cantos ordena despejar el espacio público y que se saque a los tres guardias, esposados y sin sus uniformes, y se los conduzca junto a un muro de adobe que hay en una esquina. Estos se muestran enteros, sin lamentar su suerte ni pedir clemencia, y aún obedecen las últimas órdenes de su vesánico jefe, que consisten en leer en voz alta unas cuartillas que previamente han tenido que escribir con el inventario de lo que los maquis les han sustraído. A continuación, aúlla Gómez Cantos, en voz bien alta para que todos lo oigan: «¡Y por tanto, han demostrado ser ustedes unos cobardes, por dejarse desarmar por el enemigo! No quiero que haya un solo cobarde en mi comandancia. Marchen de frente a aquella pared. ¡Avance el pelotón y cinco que tiren bien!» 

La orden se cumplió en sus términos, o casi. Los tiradores cometieron un ligero fallo de puntería y al guardia Sostenes hubo de rematarlo en el suelo con su pistola un suboficial, mientras el infortunado, entre estertores, murmuraba los nombres de sus cuatro hijas. Luego de consumado el triple asesinato, Gómez Cantos ordenó que los cuerpos fueran arrojados a una fosa común (de donde sus familiares no fueron autorizados a sacarlos sino hasta meses más tarde). Seis días después, el 23 de abril de 1945 (como coincidencia que no podemos dejar de anotar, el mismo día en que Heinrich Himmler da el paso de traicionar a su ya desesperado jefe Adolf Hitler), el teniente coronel Gómez Cantos decide conmemorar a su modo la fiesta de las letras con un texto de su autoría que convertido en orden reservada dirige a sus hombres trasladándoles ideas como estas que nos permitimos entresacar: 

Por primera vez desde que fui destinado para el mando de esta comandancia fuerza de la misma destinada al fin primordial que nos encomendó la superioridad de persecución y exterminio de huidos, ha tenido ante una partida una actuación cobarde, precedida de entrega de armamento, municiones, correajes, uniformes y el tricornio que tanto nos caracteriza, manteniéndose desarmados en su destacamento, carentes de valor para iniciar la persecución de aquellos que tanto mancilló [sic] un honor, con la agravante de que un compañero, herido mortalmente por su heroísmo, pedía auxilio en estado preagónico. Hecho tan bochornoso […] merecen [sic] mi repulsa, pues abrigaba la confianza de que mandaba fuerza que en todo momento respondería sin regatear sacrificios en defensa de los intereses patrios, prestigio del uniforme que llevamos por fama. Como el delito cometido por estos ex beneméritos tiene marcada taxativamente pena en el Código de Justicia Militar, con ejemplar castigo en el acto, a dicho Texto legal me ajusté y ante todas las fuerzas formadas en el lugar se consumaron los hechos y bajo mi mando director y personal, hube de cumplir con rigor los mandatos de dicho Código para castigo de los culpables y ejemplo de las fuerzas que lo presenciaban en formación propia del caso […]. Para borrar esta mancha que sobre la comandancia pesa, exhorto a todos en general y dispongo que sin reparar fatigas [sic] y sacrificios, con exposición de la vida en cuantas ocasiones se presenten, se emprenda una campaña eficaz, que permita en corto espacio de tiempo aminorar y exterminar en todo caso a los guerrilleros que merodeen por la provincia o acampen por la misma. En cuantos casos de negligencia se sucedan faltas que menoscaben nuestro honor, tened presente que aplicaré a los culpables el máximo castigo para el que estoy autorizado, proponiendo en todo hecho aun siendo falta leve, el traslado de comandancia para el corregido […], pues no tienen cabida en mi comandancia los que olviden el concepto del deber, demuestren tibieza en el servicio o negligencia de cualquier clase, que rápidamente sancionaré. 

...() Huelgan los comentarios sobre el tipo de jefatura y la filosofía que representaba este hombre, pero para completar el cuadro habrá que consignar que, procesado Gómez Cantos, por la insistencia del obispo de la diócesis, a quien enfureció la ejecución de tres católicos sin darles capilla ni cristiana sepultura, el Tribunal Supremo de Justicia Militar, que debía sancionar además la omisión de todas las formalidades legales para imponer la pena de muerte (entre ellas, el consejo de guerra con derecho a defensa), condenó al teniente coronel a un muy benévolo año de prisión, apreciando la atenuante de que el imputado había obrado «impulsado por poderosos motivos de índole moral y patriótica». Para que esa circunstancia se tuviera en cuenta fueron decisivos los oficios de Alonso Vega, que protegiendo a un homicida de su propia gente, y destinándolo luego nada menos que al Centro de Instrucción de la Dirección General, para que pudiera adoctrinar a otros oficiales, consumó el más insigne desatino que quepa atribuirle al frente del instituto benemérito.

 

Este es sólo un oscuro y necesario ejemplo para comprender la rigidez llevada al despropósito de un personaje que como todos acaparó luces y sombras. Militar ejemplar hijo de un tiempo difícil, hombre de hierro, duro como lo fueron esos años y que produciría la cara más sobria, austera y sacrificada del Cuerpo. Del abnegado servicio de aquellos hombres somos herederos y beneficiarios, de tal manera que su impronta quedará para siempre en nuestras retinas.  

Capa, camino y fusil. 

Bibliografía

- "La Guardia Civil (Claves históricas para entender a la Benemérita y a sus hombres. (1.844-1.975)", autor Miguel López Corral

"Sereno en el Peligro, la aventura histórica de la Guardia Civil". Autor Lorenzo Silva.

 Foro de discusión:

http://www.elgrancapitan.org/foro/viewtopic.php?f=46&t=27180

Lectura recomendada:

Texto e ilustraciones realizados por

Jorge J. Hervás Gómez-Calcerrada.