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Introducción

En todas las épocas ostentar una herida recibida combatiendo podía ser glorioso por demostrar la valentía del interesado ; es conocida la fórmula “No habrá balas ni medallas para todos” que sobreentiende que tanto las “nobles cicatrices”, según la expresión de aquel entonces, como las condecoraciones eran un honor para quien las recibía. Pero antes había que salir vivo del campo de batalla, sobrevivir, lo que suponía vencer la hemorragia, la fiebre, la gangrena y un largo etcétera de enfermedades ¿ Con qué auxilios podía contar el herido en tal trance ?

Si hoy puede parecer natural socorrer a los heridos en los campos de batalla (en la medida de lo posible…), durante siglos por no decir milenios no fue así : para evitar que se abrieran huecos en las filas, nadie podía intervenir a su favor ; tenían que esperar el fin del enfrentamiento y pasado éste confiar en su buena estrella para que alguien bien intencionado los descubriera e interviniera antes de que fuera demasiado tarde. Al estar tendido en el suelo, fuera la que fuera la gravedad de la herida, entre las cargas de caballería o de infantes que no miraban mucho donde pisaban, los proyectiles de la artillería cuando existiera y algunos campesinos locales que, sin tomar parte en la contienda, recorrían después el escenario para rematar a los heridos y robarles lo poco que llevaban, la suerte del herido no era nada envidiable a pesar de que existiera cierta solidaridad entre los soldados, aunque fueran de bandos contrarios.

Terminada la batalla, la ayuda podía venir de monjes, de campesinos caritativos, a veces de miembros de la familia que habían seguido a la tropa o de compañeros de armas, pero todo ocurría en medio de cierta improvisación donde dominaban más la piedad y el deseo de hacer el bien que una ciencia organizada y no hablemos de los escasos progresos de la medicina. Por cierto, en cuestión de preferencia para la atención de los médicos presentes, más valía ser un noble u oficial de alto rango con un rasguño que un soldado raso del pueblo con una pierna medio arrancada.

Como siempre hay que matizar. Después de la batalla de Vimeiro, al anochecer, los campesinos se reúnen alrededor de las hogueras para jactarse del número de soldados franceses heridos que han rematado ; el soldado Thomas del 71st de infantería inglés los compara con un “festín de caníbales”. Los mismos ingleses van a montar guardia toda la noche para proteger a sus prisioneros.

Hacer una tregua para recoger a los heridos era algo corriente en la Península como después de la batalla de Talavera. El teniente Anderson del 24th de infantería relata que cuando la batalla de Fuentes de Oñoro, durante una de esas treguas, lo habían enviado con algunos de sus camaradas a un sector del pueblo controlado por los franceses. 

Nos recibieron muy amablemente, y en el acto empezamos a enterrar a los muertos y recoger a los heridos. Transcurrida una hora, sonó el toque de “A las armas” ; entonces los franceses alzaron sus cubrecabezas y nos aclamaron por tres veces. Intercambiamos apretones de manos y nos fuimos rápidamente a nuestras líneas, nos formamos en línea de batalla, levantamos nuestros cubrecabezas y les devolvimos su cordial saludo. 

Mientras se desarrollaba esta escena no se produjo un solo disparo.

Por oposición a esta cortesía entre combatientes, en toda la Península Ibérica, los imperiales no tuvieron que contar mucho con la “caridad cristiana” de los monjes o la ayuda de los campesinos por lo general y no hablemos de la poca humanidad de que hicieron muestra los cosacos que mataban indistintamente a sanos, heridos y médicos. Tampoco es nuestra intención tratar este aspecto tal vez polémico y nos limitaremos a la organización de los socorros dentro del ejército imperial.

De cómo llega la muerte

La imagen habitual es la de dos tropas enemigas dispuestas en dos frentes apretados, cara a cara, y que van a disparar antes de lanzarse una contra otra con la bayoneta calada o la de las brillantes cargas de caballería sable en alto, acabando ambos casos en una lucha confusa. Como siempre, la realidad es bastante diferente del tópico.

La enfermedad

No siempre se muere por las armas. Existen también muertes menos gloriosas, de las que no trataremos aquí, pero que igualmente se llevan muchas víctimas, más que las armas, en una época en que no existen las vacunas y la higiene es más que aproximativa.

La sarna, que no respetará ni siquiera al futuro emperador, no es mortal pero sí es el mal más extendido, hasta tal punto que Napoleón exigirá en 1807 que sean creados hospitales especiales con médicos formados para atender a los contaminados. Vienen después las enfermedades venéreas que según Larrey son la causa del desenlace fatal de muchas heridas.

Las enfermedades mortales son el tifus y el tétanos , provocado éste no sólo por las heridas recibidas en el combate sino por rasguños y lesiones benignas que se infectan.

Añadiremos a esta lista el hambre, el agotamiento y el frío que van a diezmar la Grande Armée cuando la retirada de Rusia.

El combate

Investigaciones recientes estiman que, para las solas tropas francesas, los quintos fueron unos dos millones entre 1804 y 1815. Para el mismo espacio de tiempo los muertos alcanzan la cifra de 400.000 a 500.000. En rigor hay que añadir los que fallecieron a consecuencia de sus heridas o sea, 200.000 a 300.000 muertos. Entre todos, las bajas en los ejércitos de Napoleón suman 600.000 a 800.000 hombres (comparar con los 3,4 millones de franceses en los 4 años que duró la Primera Guerra Mundial).

Para comprender el tipo de heridas que reciben los soldados, hay que recordar brevemente como se desarrolla una batalla “sencilla” donde las tropas se presentan sobre rangos paralelos y apretados que hacen frente a una disposición idéntica de las tropas contrarias.

Las hostilidades empiezan por una preparación de artillería que puede mantenerse por varias horas. Durante este tiempo los cañones disparan balas de hierro colado de 4, 8 y 12 libras (aproximadamente 2, 4 y 6 kilos) que, se disparen en tiro directo o “a rebote”, llegan a 1250 m, 2400 m y 2600 m respectivamente, arrancando miembros y cabezas, tirando a los hombres como si fueran bolos. A veces se usan obuses ; estas esferas llenas de pólvora explotan en medio de las tropas, dispersando cascos. Casi siempre se utilizan botes de metralla que actúan como cartuchos de postas pero con proyectiles de tamaño mayor ; según el calibre un cartucho podía contener de 42 a 105 balas con un peso de 100 a 250 gramos.

A continuación puede intervenir una carga de caballería : sablazos de los coraceros y carabineros, cortes y estocadas de los dragones y húsares o lanzadas de los lanceros y chevau-legers que provocan heridas profundas debidas al impulso dado por el galope del caballo : una lanzada corresponde a la energía cinética de 600 kilos lanzados a 30 kilómetros por hora concentrada en el centímetro cuadrado de la punta de una lanza. En menor medida los mamelucos asestan cortes con sus estribos afilados pero disponen también de hachas y de mazas de armas que los convierten en una tropa que por no ser la más numerosa no es la menos temible. El infante que se encuentra sobre la trayectoria de una carga de caballería, si consigue escapar de las heridas por arma, corre el peligro de ser pisoteado.

La infantería dispara varias descargas con balas de un diámetro de 16,5 mm peligrosas hasta 250 m hasta que se le dé la orden de atacar con la bayoneta. Larga ésta de unos 38 cm, triangular, de caras ahuecadas, calada en el fusil, proporciona un arma de dos metros de largo. Es “el arma de los valientes” y los granaderos cargan cantando, tanto para animarse como para impresionar al enemigo, el famoso On va leur percer le flanc :
Les vamos a agujerear el flanco
ran tan plan tira lira plan plan
Ah cuánto nos vamos a reír
etc.

Pero el peligro no termina con el fin de la batalla ya que las tropas en plena retirada se ven perseguidas por la caballería ligera, dragones y húsares, que no les perdonan el menor sablazo ya que se trata de aniquilar al ejército vencido.

El resultado de un enfrentamiento de caballería lo describe el cirujano-mayor Degrusse, del ejército del norte de España, quien atestigua el 27 de diciembre de 1812 en Vitoria que el coronel Béteille, de la Legión de gendarmería a caballo, ha recibido, en el combate que tuvo lugar en Villodrigo en noviembre, las siguientes heridas : 
1. Una estocada de sable que penetró el hipocondrio izquierdo ;
2. Un ancho sablazo en la parte superior de la cabeza que fracturó las dos tablas de la parte superior del cráneo y de los parietales en toda su extensión, con una separación considerable de estos huesos que dejó descubierto el cerebro, de la que han salido ya muchas esquirlas ;
3. Un sablazo que fracturó también la parte escamosa del temporal izquierdo ;
4. Una estocada de sable que le hirió el parpado superior del ojo izquierdo ;
5. Un sablazo que dividió longitudinalmente los músculos que cubren la arcada superciliar izquierda ;
6. Un ancho sablazo asestado transversalmente, que dividiendo las alas de la nariz ha fracturado en toda su extensión el hueso de la mandíbula superior del lado izquierdo y cuya cicatriz será adherente ;
7. Un sablazo que ha cruzado la barbilla ;
8. Un sablazo en la parte media posterior interna del brazo izquierdo que ha dividido transversalmente los músculos hasta el húmero cuya cicatriz es adherente ;
9. Un sablazo que ha seccionado la mitad de la tercera falange del dedo medio izquierdo ;
10. Un sablazo que ha dividido longitudinalmente los músculos del pulgar derecho ;
11. Un sablazo que penetrando entre los dedos índice y medio de la misma mano ha fracturado los huesos del metacarpo de donde advinieron varios depósitos acompañados por accidentes graves ;
12. Por fin otro que ha destruido los músculos de la palma de la misma mano. 

Por si fuera poco, el cirujano añade en el mismo certificado : 
Toda la caballería pasó casi por sobre este valiente coronel, que fue dejado por muerto sobre el campo de honor, y que a continuación sufrió la desgracia de ser arrastrado sobre más de quince pasos [i](unos 5 metros) por unos militares que le arrancaron sus botas. No viene aquí al caso evocar sus heridas pasadas, ni extenderme sobre los peligros a los que se vio expuesto durante la cura ; un hombre del arte, al examinarlo, se hace una idea exacta del caso que presenta. [/i]
Esta descripción nos permite imaginar con qué tipo de heridas tenían que enfrentarse los médicos de la Grande Armée y permite constatar que, hasta en casos como el descrito, la muerte no era inevitable ya que el coronel Béteille llegó a ser general en 1813, participó en la batalla de Francia el año siguiente y alcanzó la edad respetable de 84 años. A veces para un solo individuo se necesitaría toda una ambulancia como el jefe de escuadrón Chipault del 4° de coraceros que recibió nada menos que 52 heridas en la batalla de Heilsberg (1807).

La atención a los heridos bajo el Primer Imperio
El servicio de sanidad en la Grande Armée

A principios del siglo XIX, visto por sanos y heridos de todas las nacionalidades, el servicio de sanidad francés, con todas las reservas que hoy se puedan hacer, es considerado como el mejor de Europa. Amputación por amputación, todos opinan que más vale ser amputado por un cirujano francés que de otra nacionalidad, sobre todo inglés o ruso. Otro ejemplo de la eficacia de este servicio lo dan las estadísticas : de 2248 generales franceses, casi la mitad (1013) fueron heridos con un promedio de 4 veces cada uno, lo que nos permite deducir que los heridos sobrevivieron … por los menos tres veces. No se dispone de información para los soldados rasos y suboficiales por ser demasiado numerosos.

Visto por Napoleón, el servicio de sanidad no es una prioridad. Piensa que la intervención de los médicos frena y hasta perturba la acción reparadora de la naturaleza ya que el cuerpo humano es una máquina creada para recomponerse por sí sola. Se le atribuye la frase No creo en la medicina pero sí creo en Corvisart (su médico personal). Visto así, la medicina no sería pues una ciencia en sí, aplicable a todos y cada uno, sino el fruto de la experiencia de un solo hombre que se aplicaría a un hombre en particular en un momento dado … Lo que no impide que esté previsto en la composición y organización del tren de guerra del Emperador una ambulancia con todo lo necesario para hacer frente a cualquier eventualidad.

Estratégicamente, al no ser los caballos un recurso inagotable, la caballería, la artillería y el tren de equipajes tienen una marcada preferencia a la hora de distribuirlos, en detrimento del servicio de sanidad.

Materialmente, el servicio de sanidad es dirigido por comisarios de guerra que no conocen las exigencias propias de este servicio lo que, unido a cierto desinterés por su parte, conlleva la ignorancia de las necesidades reales y por lo tanto la estrechez de los medios que le conceden tanto en hombres como en material ya que, en su visión de las prioridades, importa más un combatiente activo que un herido.

Aunque ocupa una situación secundaria en las preocupaciones de la época, casi se podría decir que es el “pariente pobre”, el servicio de sanidad napoleónico va a introducir una evolución por no decir una verdadera revolución en el ámbito de la atención a los heridos bajo el impulso de médicos y cirujanos humanos, movidos por el deseo de mejorar la condición de los soldados, cuya dedicación permitirá los progresos realizados.

El cuerpo de sanidad
Analizando el ejército bajo el Imperio, S. Blaze (citado por Alain Pigeard) distingue, con cierto humor, cuatro grupos : el de la gloria y de la riqueza, a saber los mariscales y generales ; el de la gloria sin riqueza, a saber les combatientes subalternos ; el de la riqueza sin gloria, a saber la intendencia y la comisaría de la guerra ; y el que no tiene ni riqueza ni gloria, a saber los oficiales de sanidad.

En 1809, a mediados del Primer Imperio, el servicio integra 310 médicos, 3248 cirujanos y 963 farmacéuticos. Como punto de comparación, se recordará que las tropas francesas durante la batalla de Austerlitz en 1805 contaban con 71.000 hombres : 1 médico por cada 20 soldados, 1 cirujano por cada 22 soldados. En Borodinó en 1812 serán 130.000 hombres : 1 médico por cada 37 soldados, 1 cirujano por cada 40 soldados. Pero huelga decir que la realidad sería peor por no estar todo el cuerpo de sanidad en los campos de batalla.

El reglamento del 1 de vendimiario del año XII (24 de septiembre de 1803) define los uniformes de los oficiales de sanidad, ostentando los de la Guardia botones con el águila imperial encima de la serpiente y el caduceo. Llevan la forrajera de oro en el hombro derecho y, en 1812, adoptan las marcas distintivas propias de su especialidad : uniforme de terciopelo negro para los médicos, verde oscuro para los farmacéuticos y escarlata para los cirujanos. Llevan además ojales de oro determinados para cada grado. Debido a la ausencia de estatuto oficial, los oficiales del servicio de sanidad no llevarán nunca las charreteras a pesar de su grado.

Dicho uniforme, por su modestia si se le compara con otros de la misma época, denota la situación que ocupaban. Sin hablar de los uniformes de los mariscales, basta comparar el de un cirujano-mayor de los granaderos de la Guardia (a la izquierda) con el de un simple cazador a caballo de la misma Guardia (a la derecha) para darse cuenta de quien tenía más prestigio a pesar de correr los mismos riesgos en el campo de batalla.

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--- Cirujano-mayor de los Granaderos de la Guardia - Cazador a caballo ---

Militarmente, a pesar de llevar grados, los oficiales de sanidad ocupan un puesto aparte y, por ejemplo, no pueden dar órdenes al personal militar que no pertenece a su servicio y ¡ ni siquiera pueden otorgar permisos a los convalecientes ! Es simbólico de esta situación el que nunca llegaran a llevar charreteras mientras duró el Primer Imperio. Tendrán que esperar el año 1889 para que su servicio llegue a ser autónomo, en cuanto a los oficiales no se les reconocerá como tales sino en 1917. También es revelador de la poca importancia que se acordaba a los médicos el que Pierre-François Percy (1754-1825, cirujano jefe de los ejércitos bajo la Revolución y el Imperio), Dominique-Jean Larrey (1766-1842, cirujano jefe de la Grande Armée), René-Nicolas Dufriche Desgenettes (1762-1837, médico jefe de la Grande Armée) no pasarán de barones cuando se distribuyeron en abundancia los títulos nobiliarios a los militares. Todos recibirán un homenaje tardío de Napoleón en su exilio en Santa-Elena ; recordando a Larrey, por ejemplo, dirá Lego al cirujano jefe Larrey 100 000 francos. Es el hombre más virtuoso que he conocido.

Las compañías de enfermeros se organizan entre 1809 y 1814. Los intendentes generales del ejército y los ordenadores jefes las distribuyen entre las divisiones del ejército y en los hospitales, por pelotones, secciones o escuadras ; a continuación están a disposición de los directores y de los administradores de hospitales y de ambulancia.
Durante la campaña de 1807 y sobre todo a raíz de las bajas elevadas de Eylau, Percy propone a Napoleón un proyecto de cirugía de batalla. Habrá que esperar el decreto del 13 de abril de 1809 para que se creen las compañías de enfermeros de los hospitales. Dicho decreto va a fijar el número de compañías a diez, cada una de 125 hombres, que se reparten entre 1 centurión comandante de la compañía, 1 ayudante de centurión, 1 sargento primero, 5 sargentos enfermeros primeros de 1ª clase, 10 cabos enfermeros primeros de 2ª clase, 96 enfermeros ordinarios, 8 obreros y cocineros jefes, 2 cornetas. Los cocineros y obreros forman una escuadra distinta compuesta de 4 maestros (sastre, zapatero, cuchillero, ebanista) y 4 cocineros jefes. A los mayores incumbe mandar y vigilar a los enfermeros que son meros asistentes para los enfermos. Es de notar que el grado de centurión no aparece en ninguna otra formación militar si no es en estas compañías.
Los enfermeros empleados en los hospitales militares y en las ambulancias están a las órdenes de los comisarios de guerra, de los oficiales de sanidad, del administrador y de los empleados de administración. Incumbe al enfermero jefe distribuir a los enfermeros la ropa destinada a cambiar la usada por los enfermos, tanto la de cuerpo como la de las camas. Entre sus obligaciones también está la de velar en las salas durante la noche.
Estas compañías tendrán una vida efímera : entre 2 y 5 años de los 15 que duró el Imperio. La 1ª compañía de 1809 a 1811 ; la 2ª compañía de 1809 a 1814, sirvió en Wagram y en España ; la 3ª de 1809 a 1811 en Alemania (1809) ; la 4ª de 1809 a 1813 en Cataluña ; la 5ª de 1809 a 1814 con el ejército de Aragón ; la 6ª de 1810 a 1814 en Badajoz y Vitoria ; la 7ª de 1810 a 1814 en Badajoz, Tarifa, Cádiz, Albuhera, Vitoria y Toulouse ; la 8ª de 1810 a 1814 en Portugal y en las batallas de Fuentes de Oñoro, Arapiles, Vitoria y Toulouse ; la 9ª de 1809 a 1814 en Rusia ; la 10ª de 1809 a 1812 en Italia y Rusia.

Clasificación de los heridos
Bajo el Consulado y el Imperio aparece una primera clasificación, distinguiéndose en los hospitales tres categorías de pacientes :
- Los “heridos” sufren de un mal aparente : los atienden los cirujanos ;
- Los “enfermos” padecen una enfermedad interna : los cuidan los médicos ;
- Los “lisiados” son los heridos que no pueden seguir el paso de la tropa pero pueden andar. Cuando tienen que desplazarse, los tambores los acompañan tocando la “Marcha de los lisiados”.
Sin adelantarnos demasiado, podemos preguntarnos aquí dónde empieza la diferencia entre “herido” y “lisiado” cuando se sabe que era frecuente que un soldado cuyo brazo había sido arrancado por un obús pudiera ir andando por sus propios medios hasta la ambulancia. En lo que sigue no haremos distinción entre “herido” y “lisiado”, considerando que son heridos en el sentido actual de la palabra. No trataremos de los “enfermos”, aunque podían padecer el tifus, enfermedad bastante extendida en aquel entonces, por exceder el cuadro de este artículo y nuestros conocimientos sobre el tema, para limitarnos a los auxilios que se aportaron a las víctimas de los combates.
Dominique-Jean Larrey (1766-1842) es un precursor en cuanto toca a los auxilios a los heridos. Es el primero en quebrantar la regla que quería que las ambulancias se quedaran a una legua detrás de las líneas y privilegia la cura en el campo de batalla, interviniendo cuanto antes gracias a ambulancias quirúrgicas móviles. Establece las reglas de prioridad para atender a los heridos en relación con la gravedad de las heridas. Organiza y hace aplicar el método moderno de una cirugía de los ejércitos, hospitales de campaña y un sistema de ambulancias. Paralelamente aumenta la movilidad y mejora la organización. Se dice de Larrey que es el precursor de las modernas unidades MASH y hoy se le reconoce como el padre de la medicina de urgencia.

La ambulancia


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--- Vuelta de Napoleón a la isla de Lobau después de la batalla de Essling, 23 de mayo de 1809 (Charles Meynier) ---

La cantina de ambulancia
Las cantinas de ambulancia son furgones destinados a llevar todo lo necesario para atender a los heridos. El reglamento de 1813 determina su contenido que ha de ser el siguiente : 72 vendas enrolladas, 12 kg de ropa mayor, 22 kg de ropa menor, 12 kg de hilas, 30 tablillas diferentes, 12 sangraderas, 6 suelas, 1 pieza de cinta de hilo, 1000 alfileres, 50 agujas, 2 madejas de hilo, 6 decagramos de cera amarilla, 25 de cordel, 8 de esponja. Los medicamentos se reparten de esta forma : 340 frascos de extracto de saturno (=plomo), 100 de sales de saturno, 600 de espíritu de vino alcanforado, 50 de alcanfor, 125 de láudano líquido, 180 de licor de Hoffman, 90 de álcali volátil, 125 cajas de esparadrapo, 500 de emplasto aglutinante, 15 de emético en paquetes, 2 litros de aguardiente. El cirujano-mayor es el único quien detiene las llaves de las cantinas de ambulancia. (citado por Alain Pigeard)
Las diferentes ambulancias
Se encuentra a menudo la palabra “ambulancia” en los textos de la época pero corresponde a diferentes realidades y no solamente a un vehículo : la ambulancia es una organización variopinta y es preciso distinguir varias estructuras.
La ambulancia de cuerpo de ejército es un organismo completo a disposición de un ordenador que estipula la repartición de los medios, de concierto con oficiales de sanidad.
La ambulancia de depósito o reserva, es la que queda después de la distribución de los recursos ; se ubica detrás del centro del ejército durante las batallas, dispone de personal y de cuanto es necesario para atender a los heridos antes de enviarlos hacia los hospitales de primera y segunda línea. La ambulancia de depósito o reserva, dispone de camillas y carros provistos de paja, arcos y lonas para transportar a los heridos hasta el hospital más cercano.
La división de ambulancia es la que sigue una columna del ejército. Corresponde a un hospital temporal con la infraestructura necesaria para organizar rápidamente uno o varios hospitales de primeros auxilios, aunque sea bajo tiendas de campaña. A su cabeza se encuentra un comisario de guerra en contacto estrecho con el ordenador. La importancia de la ambulancia está relacionada con la del cuerpo. Larrey fue el creador en 1797 de este tipo de ambulancia que, con el tiempo, no existirá sino para la Guardia. Componen el cuerpo médico un cirujano-mayor o de primera clase, dos ayudantes de cirujano-mayor o de segunda clase, doce ayudantes segundos de mayor o de tercera clase desempeñando dos de ellos la función de farmacéutico.
La ambulancia de una división de infantería se compone de un médico, seis cirujanos (un mayor, un ayudante de mayor, dos ayudantes segundo), cuatro farmacéutico (un mayor, un ayudante de mayor, dos ayudantes), cuatro empleados (un administrador, un empleado de primera clase, uno de segunda clase, uno de tercera clase). Según las órdenes de Napoleón, cada división tendría que ir acompañada por seis cajones de ambulancia que llevaran hilas y vendas para hacer frente a las necesidades de 3000 heridas.
La sección de ambulancia corresponde a un destacamento de la ambulancia para atender a las avanzadillas o a los pequeños cuerpos destacados. El número de cirujanos es el decidido por los oficiales de sanidad jefes a los que se unen seis enfermeros. Se instala donde se esperan enfrentamientos parciales. La acompañan uno o dos cajones con cajas de instrumentos, todo lo necesario para vendajes como vendas, hilas, compresas, y pan, vino, aguardiente, vinagre, sal, caldo, etc.
La ambulancia volante se sitúa en la vanguardia para estar siempre dispuesta a acudir sobre el campo de batalla y dispensar los primeros auxilios a los heridos durante la acción. Los cirujanos y enfermeros con maletines van montados en caballos. La integran cuatro enfermeros y un cajón con cuatro caballos que transporta una manta, dos camillas, una caja de instrumentos de cirugía …

Cuando se trata de la Guardia, como en todo lo tocante a la Guardia, la organización de la ambulancia es más rigurosa. El decreto del 15 de abril de 1806 precisa : 
Cada cuerpo de la Guardia tendrá sus furgones, sus carreteros y sus caballos del tren siempre en estado y listos para andar a la primera orden. La ambulancia estará siempre preparada. 
La ambulancia de la Guardia está organizada a la perfección : constituye un cuerpo donde los grados están claramente definidos, las atribuciones netamente señaladas, el puesto de cada uno, en una palabra, exactamente especificado. Siempre está informada de todos los movimientos de la porción de ejército a la que pertenece. Aunque uno nunca puede estar seguro de nada, el herido tiene más probabilidades de salvar la vida si pertenece a la Guardia que a otro cuerpo.

La ambulancia del Emperador se compone del “cirujano de Su Majestad” (el barón Yvan entre 1800 y 1814), un médico (Jean-Nicolas Corvisart a partir de 1804), un cirujano, un farmacéutico de la Casa Imperial y varios enfermeros. Incluye un furgón de ambulancia para transportar los instrumentos de cirugía destinados a realizar cualquier tipo de operación, vendajes, medicamentos, etc.

Los testimonios sobre las ambulancias son escalofriantes. En 1809, el carabinero Jef Abbel descubre la ambulancia de campaña instalada en el pueblo de Enzersdorf cerca de Wagram : 
Andando por el pueblo, topo con la ambulancia. Una verdadera carnicería. Ahí se veían amontonados sin orden muertos, heridos, un esparcimiento de brazos y piernas cortados … Los heridos lloraban, gritaban ; todos huían, hasta los heridos que apenas conseguían arrastrarse. 
El memorialistas Wolfe-Tone que participa en la batalla de Wachau testimonia : 
Por fin llegué a un pueblecito atestado de heridos y prisioneros. Siguiendo la larga fila, entré en una casa grande que tenía la apariencia de un mesón ; habiendo subido a una sala superior se presentó ante mis ojos un espectáculo espantoso. Una mesa larga ocupaba uno de los lados de esta sala cuyo resto se veía cubierto de paja y repleto de pobres diablos mutilados y sangrientos. Una docena de cirujanos jóvenes, medio desnudos de cintura para arriba, cubiertos de sangre, comiendo y bebiendo, cortaban los miembros con toda la celeridad posible a medida que depositaban a los heridos sobre la mesa, y a un rincón, donde formaban un montón horroroso, tiraban piernas, brazos, manos y pies amputados ; por el suelo corría la sangre que, al estar la paja empapada, se escurría por la escalera. Me dejé caer al suelo, esperando mi turno […] Algunos soldados veteranos mostraban la valentía más intrépida, fumando mientras les amputaban, y gritando “Viva el Emperador” una vez terminada la operación. 
Los heridos
Aunque nos pueda parecer extraño, los soldados tienen más pena por los heridos que por los muertos ; el muerto ha terminado con todo, el herido va a tener que enfrentarse con las curas aproximativas, la falta de higiene, de alimentación, con el frío, el sufrimiento, la miseria cuando vuelva a la vida civil. Según donde uno esté lastimado, las probabilidades de salvarse no son las mismas : cuando la herida reside en la parte superior del cuerpo, el enfermo puede andar y seguir el movimiento de las tropas ; cuando en la inferior, el desgraciado tiene que contar con la compasión de sus amigos para desplazarse y si el cansancio o la presión del enemigo son demasiado importantes las probabilidades son grandes que lo abandonen. El horror culminará cuando la retirada de Rusia durante la que hasta los sanos apenas conseguían andar para salvar la vida propia ; cualquier herida, máxime cuando afectaba un pie o una pierna, significaba quedar en poder de los cosacos.
Los primeros auxilios
En la medida de lo posible, se intenta socorrer a los heridos en el mismísimo campo de batalla en plena acción. Médicos y cirujanos intervienen en medio de las balas y es conocida la anécdota de Wellington quien, durante la batalla de Waterloo, al ver a Larrey que atendía a los heridos sin distinción de nacionalidad como solía hacer, se quitó el sombrero, mandó reorientar el fuego, y declaró Saludo al honor y a la lealtad. Menos conocido es el número de enfermeros, médicos y cirujanos que sacrificaron su vida por los heridos, muy a menudo sin considerar si se trataba de amigos o enemigos. El barón Percy había propuesto la creación de un cuerpo de sanidad independiente, neutral e inviolable ; habrá que esperar la creación de la Cruz Roja con Henri Dunant en 1863 …
En sus Memorias y campañas 1786-1811, el barón Larrey indica que
Los cirujanos de la ambulancia volante llevaban un como funda de cuero negro cuyo interior, dividido en varios compartimentos, recibía el estuche de instrumentos portátiles de cirugía, algunos medicamentos y los objetos esenciales para aportar los primeros auxilios a los heridos en el campo de batalla. […] Los soldados enfermeros a caballo y a pie llevaban una faja de lana roja que, en caso de necesidad, podía servir para el transporte de los heridos […] cada enfermero tenía también un bolso de cuero negro donde guardaba una o dos bandejas, un cubilete de hojalata, dos cubiertos para los heridos y los útiles necesarios para cuidar al caballo ; los enfermeros a pie llevaban un bolso de cuero, dividido en varios compartimentos dispuestos para transportar los aparatos para vendajes que guardaban a disposición de los oficiales de sanidad. 
La evacuación de los heridos
La evacuación de los heridos, como evocamos más arriba siempre planteará un problema a la hora de intervenir en plena batalla ya que la prioridad es no perturbar la acción militar durante el combate : dos soldados que acompañan a un compañero lastimado hasta la ambulancia dejan un hueco de tres combatientes en las filas cuando la obsesión es precisamente presentar siempre un frente unido del que depende la densidad del fuego o el empuje de una carga con bayoneta ; esta situación es inimaginable si se multiplica por el número de heridos. La presencia de carros o vehículos destinados a recoger a los heridos es aún menos imaginable por el estorbo que representarían tanto para las maniobras de infantería o de caballería como para la acción eficaz de la artillería.

Así pues, cuando se trata de una herida en uno de los miembros superiores o en las manos, en la mayor parte de los casos es una auto-evacuación, yendo el herido hasta la ambulancia por sus propios medios.
En sus Recuerdos de campañas el sargento Faucheur cita el caso de Monsieur Castel cuya mano derecha había sido arrancada por un obús : Fuerte y robusto, había ido solo a la ambulancia donde le habían amputado al nivel de la muñeca. 
El capitán Coignet recuerda en Vingt ans de grogne et de gloire avec l'Empereur - Souvenirs de Jean-Roch Coignet : 
Nuestro furriel vio su pierna arrancada (por un obús) ; cortó tranquilamente el jirón de piel que colgaba y nos dijo, sin pestañear : “He dejado tres pares de botas en Courbevoie, ahora sí que me van a durar.” Dicho esto, recogió, en el campo de batalla, dos fusiles y, usándolos a modo de muleta, se fue solo a la ambulancia. 
Algunos reciben la desgracia con humor. En Leipzig, el general de La Tour Maubourg pierde una pierna ; a su ordenanza que está llorando le dice ¿Por qué lloras, imbécil? Ahora no tendrás que dar brillo a más que una sola bota. 
Y ¿ qué decir del coronel Sourd quien, en Waterloo, amputado del brazo derecho por Larrey, apenas terminan de vendarlo, sube a caballo y carga de nuevo no sin haber enviado previamente un mensaje al Emperador donde le suplica que le deje el mando de su regimiento ? Y el mismo Larrey añade, en sus Memorias que se restableció pronta y rápidamente.
Ejemplos como éstos abundan en los relatos de los contemporáneos y no dejan de suscitar admiración ante el estoicismo de aquellos hombres.


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Cuando la herida se situá en los miembros inferiores o es lo suficientemente grave como para que la víctima no pueda andar sostenida por dos compañeros, se transporta al herido sentado en un fusil llevado por dos soldados.
Entre los diferentes medios de transporte improvisados, la manta ofrece un recurso para transportar a un herido como el amputado de este grabado pero con el inconveniente de movilizar a demasiados hombres.


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--- Grupo de soldados transportando a un amputado en una manta (Dibujo de A. Adam) ---

Existe un sistema de camilla pero no parece haber sido muy extendido : ciertos soldados, camilleros antes de la hora, iban armados con una lanza y provistos de cinturones de cuero.


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--- Camilleros según un proyecto del Barón Percy ---

Con las correas de cuero y dos lanzas de las que se quitaba el hierro se realizaba una camilla en la que se podía transportar al herido. Pero, si fue considerada en los ejércitos revolucionarios como el arma del pueblo por excelencia, la lanza fue rápidamente abandonada como arma de la infantería en el ejército francés en beneficio de la bayoneta ; habrá que esperar la creación de los regimientos de lanceros en 1809 para que reaparezca en los campos de batalla.
En la batalla de Borodinó el cirujano-mayor La Flize es testigo de la actuación de los camilleros : 
Los camilleros recibieron pues la orden de aparejar las camillas. Estos hombres, dos por dos, quitaron las correas que llevaban encima de sus mochilas, metieron el palo y fijaron sus cinturones de tela ; en un instante tuvimos unas cuarenta camillas. 
Los vehículos
Podríamos calificar los medios de transporte presentados en el apartado precedente de “medios individuales” pero como no es cuestión de abandonar a los heridos a su triste suerte o a las manos enemigas en el campo de batalla, hay que imaginar medios de transportes “colectivos”. Algunos serán anecdóticos, otros más especializados serán de alcance reducido por la poca carga que pueden llevar, otros “de masa” serán más improvisados y menos confortables, si es que la palabra “confort” tenía un sentido en aquella época y en aquellas circunstancias.
El dromedario
El dromedario o el camello no dejará de ser un medio anecdótico ya que no se utilizará sino durante la campaña de Egipto pero es revelador de una verdadera preocupación por la evacuación de los heridos.
En sus Memorias y campañas, Larrey nos explica : 
Los medios de transporte fueron el primer objeto de mi atención ya que no era suficiente curar a los heridos en el campo de batalla sino que era preciso llevarlos fuera de alcance de los árabes […] Se trataba pues de utilizar los camellos, únicas monturas disponibles en el país y hacer que los medios de transporte fueran tan confortables para los heridos como ligeros para estos animales. En consecuencia mandé construir unas cien como cestas, dos por camello, dispuestas como cunas, que el animal llevaba a cada lado de su joroba, colgadas con correas elásticas. La construcción era tal que no estorbaban su andar ni sus movimientos. 


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--- Evacuación con dromedario ---


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--- Una de las “cunas” imaginadas por Larrey ---

Como solía ocurrir a menudo, lo militar pasó antes que los medios de los servicios de sanidad y Larrey revela que
Por desgracia, todos estos camellos, en llegando a la frontera de Siria, me fueron quitados por los agentes de transportes para su servicio particular, de tal modo que, en lo sucesivo, nos vimos con grandes dificultades para transportar a los heridos. 
El barco
El barco tampoco es un medio de evacuación muy frecuente pero se emplea durante la expedición a Egipto. Durante la batalla de Sedmant el-Djebel : 
Los cirujanos de la división dieron a los heridos los primeros auxilios en el campo de batalla y los transportaron ellos mismos hasta las barcas de ambulancia y de allí fueron llevados al Cairo. 
En 1799, con ocasión de la batalla de Abukir
El general, jefe del estado mayor, había dado la orden que navegara, al mismo nivel que el ejército, en la rada del puerto nuevo, un pequeño convoy de barcas para el transporte de los heridos : disponían de camillas flexibles, de vino, de vinagre y de aguardiente ; de tal manera que nos aportaron los auxilios necesarios.
Durante la batalla, nuestras ambulancias, distribuidas sobre los tres puntos principales de la línea, dispensaron los primeros auxilios a los heridos ; los reuní después con la del centro, a la que ubiqué lo más cerca posible del fuerte. Cuando acabamos de administrar las primeras curas a todos estos combatientes, fueron llevados, en camillas flexibles, a bordo de las barcas que habían sido dispuestas muy a propósito en una ensenada, escondidas de la escuadra enemiga, y que les llevaron hasta Alejandría sin el menor accidente : yo también fui allí, acompañando al general Fugière, quien era el herido más grave. (Memorias y campañas, Larrey)
El carro
La ambulancia de depósito o reserva, dispone de camillas y carros provistos de paja, arcos y lonas para transportar a los heridos hasta el hospital más cercano pero a veces estos carros se convierten en una trampa mortal que no desconocen los soldados ya que en su argot los llaman “los carros de la muerte” y no hay para menos ya que en ellos se transportan indistintamente heridos y enfermos, sin pararse a considerar las patologías que puedan presentar.


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--- Carro transportando heridos (Grabado R. Knötel) ---

El sargento Faucheur, herido en Leipzig y a quien su cirujano-mayor había prohibido terminantemente se subiera a uno de esos carros, relata en sus Recuerdos de campañas : 
Todos los días dejábamos en la cuneta a varios de los enfermos y heridos que se amontonaban en los carros de nuestro parque. Un joven de mi edad había recibido una bala en el cuerpo el 18 de octubre por la mañana y, transportado a Leipzig, había podido, después de ser atendido, refugiarse en uno de los carros de nuestro parque […] lo vi morir ante los ojos de su hermano. Dos días después vi morir también, pero esta vez entre mis brazos, a nuestro alférez mayor […] el 18 de octubre por la mañana había tenido su caballo matado debajo de él y una hora después había tenido la mano derecha arrancada por una bala de cañón. Fuerte y robusto, había ido solo hasta la ambulancia donde le habían amputado la muñeca. […] Al cabo de cinco o seis días, fue presa de una fiebre tan violenta y perniciosa que expiró, por decirlo así, entre mis brazos, a medianoche. 
Ya en Francia, el sargento Faucheur se encuentra con su cirujano-mayor, se le acerca para darle las gracias por sus cuidados pasados y éste le contesta
¡ Ah, hablemos de eso ! Teníais que haber muerto mil veces por una […] Todo bien pensado, hay felices casualidades en la vida y vos me lo habéis demostrado […] si la bala hubiera desviado de una línea (= 2,25 mm), teníais el tibia quebrado, hubiera sido preciso cortaros la pierna y entonces allí os quedabais ; no hemos traído con nosotros a muchos de nuestros pobres heridos, testigo aquel desgraciado de Castel que murió en vuestro vivac. Bien le había prohibido yo que descansara en los carros de nuestro parque porque ya estaban invadidos por el tifus y de esa terrible enfermedad fue de lo que murió como todos los heridos y enfermos que se amontonaron en esos malditos carros. Por eso mismo os aconsejé que anduvierais antes que buscar un refugio en ellos. 

La ambulancia de Larrey


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--- Ambulancia móvil de Larrey de dos ruedas ---


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--- Organización interior de una ambulancia móvil de Larrey de dos ruedas ---

Así describe estas ambulancias el propio Larrey : 
Cada división de ambulancia disponía de doce coches ligeros equipados de una suspensión para el transporte de los heridos : eran de dos clases, de dos y de cuatro ruedas. Las primeras, de las que se contaban ocho, convenían para las llanuras ; las otras, de cuatro ruedas, estaban destinadas al transporte de los heridos por las montañas. La cabina ofrecía la forma de un cubo alargado, abombado en la parte superior ; estaban abiertas a ambos lados dos ventanillas ; dos puertas de batientes se abrían en las partes delantera y trasera ; constituía el suelo de la cabina un cuadro móvil, guarnecido con un colchón de crin, con almohada, y cubierto de cuero. Este cuadro rodaba fácilmente sobre los dos soportes o gemelos de la cabina, mediante cuatro ruedecitas, y estaba provisto de cuatro empuñaduras de hierro engastadas en la madera ; estas empuñaduras estaban destinadas a recibir correas o cinturones de soldados para transportar a los heridos sobre este cuadro, como sobre una camilla : se podía curar a los heridos sobre estos cuadros cuando el tiempo no permitía curarlos en el suelo. 


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--- Ambulancia móvil de Larrey de cuatro ruedas ---

Existen otras diferencias entre los dos modelos que apunta Larrey. 
A los coches pequeños iban enganchados dos caballos de los cuales uno era montado por un jinete. El interior media 1,10 m de ancho. Dos heridos podían estar acostados cómodamente y sobre todo el largo ; unas bolsas estaban distribuidas por todo el interior para recibir frascos y otros objetos necesarios para los heridos. Estos coches unían la robustez a la ligereza y la elegancia.
El segundo sistema de coches ligeros suspendidos consistía en un carro de cuatro ruedas cuya cabina, más larga y un poco más ancha que la de los coches de dos ruedas, tenía una forma análoga : también tenía una suspensión de cuatro muelles ; su suelo estaba cubierto con un colchón fijo y los lados estaban acolchados hasta un pie (unos 32 cm) de altura, como los de los furgones de los coches pequeños. El lado izquierdo de la cabina se abría a voluntad, sobre casi todo el largo, mediante dos puertas correderas, y de tal modo que se pudiera acomodar a los heridos en el coche conservándoles su posición horizontal. Unas ventanillas adecuadamente dispuestas renovaban el aire o establecían corrientes. Los coches grandes tenían en el interior, como los pequeños, unas bolsas, y en la parte trasera un pesebre ; el tren delantero podía girar sobre un eje para facilitar los movimientos de cambio de dirección ; los arrastraban cuatro caballos y tenían dos conductores ; eran ligeros, sólidos y bien suspendidos. En estos coches se transportaba cuatro heridos acostados sobre el largo ; sus piernas se cruzaban un poco. 
Puede extrañar la presencia de un pesebre pero estaba destinado a llevar la comida de los caballos ; también existió un tiempo en los cajones de artillería. El sistema de eje de las ruedas delanteras de la ambulancia de cuatro ruedas no está sin recordar el chasis del cajón de municiones y lo volveremos a encontrar en el wurst.

Este tipo de vehículo tenía también un efecto psicológico porque daba la impresión al soldado de que en caso de herida lo atenderían o evacuarían inmediatamente o casi pero en la realidad las ambulancias de Larrey se limitaron a la Guardia entre muchas razones porque hubieran sido necesarios muchos, demasiados, caballos para que el sistema fuera eficaz y porque era difícilmente imaginable la circulación de tantos coches por el campo de batalla. Las prioridades iban por otros derroteros : antes que los heridos, lo que importaba era la victoria.
El cajón de ambulancia


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--- El cajón de ambulancia ---

No se trata exactamente de un medio de transporte para el personal sino para el material que exteriormente se presenta como el cajón de municiones pero con algunas instalaciones internas que le permiten cumplir con su cometido. Es un vehículo de cuatro ruedas, tirado por cuatro caballos conducido por dos hombres. Por decreto del 1 de septiembre de 1805 tiene que contener dos colchones, seis camillas, una caja de instrumentos de cirugía, 50 kilos de hilas, 100 kilos de trapos y vendas y una caja de farmacia cuyo contenido es fijado por el mismo artículo.
El wurst de Percy


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--- Wurst del barón Percy ---

El Wurst (“salchicha” en alemán) ideado por el barón Pierre-François Percy es una de las evoluciones del cajón de municiones pero en vez de transportar municiones para la infantería o para cañones va a servir para los primeros auxilios a los heridos en el campo de batalla.
El largo exterior alcanza 9 pies 1 pulgada (unos 3 m), el ancho exterior es de 20 pulgadas 10 líneas (unos 56 cm) y la altura de 1 pie 10 pulgadas 10 líneas (unos 62 cm). Como para todos los cajones, se abre por la parte superior situándose las bisagras en uno de los lados largos. Respecto al cajón de municiones, ha sufrido algunas modificaciones. La más evidente es el “tejado” que de triangular pasa a adoptar una forma abombada, está revestido de cuero bajo el que va un relleno de crin. En los lados están unos estribos para descansar los pies y para subir ya que este vehículo sirve para transportar, aparte de todo lo necesario para curar a los heridos, a todo un equipo médico : un cirujano de primera clase, un cirujano de segunda clase, un cirujano de tercera clase, un enfermero y un farmacéutico ; algunos grabados señalan también la presencia de un camillero con lanza de quien hablamos precedentemente. En su interior contiene vendas, medicamentos, hilas e instrumentos para amputación.
El objetivo es atender a los heridos lo más cerca posible de la línea de fuego para no perder un tiempo precioso y hacer que el equipo llegue en buenas condiciones físicas para operar y no fuera de aliento después de correr por todo el campo de batalla. En la mente de Percy el Wurst es un vehículo rápido, ligero, sobre el que caben a horcajadas diez individuos sin que se estorben. Cuando apareció gozó del beneficio de la novedad y suscitó la curiosidad pero poco a poco hasta su inventor se dio cuenta de que no correspondía a sus esperanzas y fue abandonado. Notaremos el optimismo del barón cuando habla de llevar, sentados encima del wurst diez individuos sin que se estorben, lo que ofrece un asiento de menos de 30 centímetros para cada uno…


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--- Detalles del Wurst del barón Percy ---

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