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Dado el inefectivo bombardeo contra los fuertes otomanos en el Estrecho, el 5 de Marzo el HMS Queen Elizabeth, que por prohibición expresa del Almirantazgo no podía entrar en los Dardanelos, probó algo nuevo anclando en la costa egea de Gallipoli y disparando sus piezas de 381 mm desde esa ubicación con la ayuda de un hidroavión para la corrección del tiro. La llegada de sus proyectiles desde este ángulo inesperado confundió a los turcos, ya que sus defensas fueron diseñadas contra el fuego de los buques que subían por el Estrecho, pero sus disparos no lograron ningún resultado significativo. Al mismo tiempo el acorazado anclado fue golpeado diecisiete veces por una batería de campaña, sufriendo leves daños en la superestructura pero ninguna baja. Al día siguiente el HMS Queen Elizabeth volvió al mismo lugar para continuar el bombardeo, nuevamente sin resultados apreciables, siendo alcanzado en esta ocasión por tres impactos de 15 cm en la cintura acorazada, que no sufrió ningún daño. Resultaba obvio que el moderno acorazado no lograría nada a menos que entrara en el Estrecho para bombardear los fuertes con fuego directo. Ese mismo días los dos clase Lord Nelson se enzarzaron en un combate con las fortalezas en Chanak, sin lograr resultados aparentes y siendo alcanzado el HMS Agamemnon por ocho proyectiles y por siete el HMS Lord Nelson, que tuvo que retirarse a Mudros para reparar un agujero por debajo de la línea de flotación que inundó dos compartimentos. Algunos en la flota empezaban a dudar de que los disparos navales funcionaran de cualquier forma: "No podríamos seguir gastando municiones en estos bombardeos inútiles", dijo Keyes. "También tuvimos que considerar el desgaste de las cañas, que tenían una vida limitada".

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HMS Lord Nelson.

Mientras tanto Carden se enfrentaba con el grave problema que determinaría el éxito o el fracaso de toda la ofensiva naval: cómo lidiar con los campos de minas turcos. La mitad inferior del paso de catorce millas hasta los Estrechos estaba libre de minas, sin embargo más allá de ese punto diez líneas sucesivas hábilmente colocadas y protegidas por abundantes baterías se extendían a través del canal navegable. Para su dragado el Vicealmirante contaba con dos docenas de pequeños arrastreros recién convertidos en dragaminas, ligeramente protegidos por placas de acero contra balas y astillas, que contaban con su tripulaciones anteriores a la guerra, pescadores que ahora formaban parte de la reserva naval. La embarcaciones tenían tan poca potencia que a una velocidad de barrido de cuatro a seis nudos, no podían hacer más de 2 o 3 en sentido ascendente contra la corriente en el Estrecho. El calado de los arrastreros era mayor que la profundidad de las minas desde la superficie; por lo tanto si pasaban por encima de una tenían la posibilidad de volar por los aires, conocimiento que había deprimido algo la moral de las tripulaciones, pero habían aceptado el riesgo y estaban preparados para seguir adelante y dragar los campos minados… hasta la primera vez que se encontraban bajo un intenso fuego de artillería desde la costa. Los disparos de la artillería de medio calibre resultaban una molestia para los acorazados, pero era un asunto mucho más serio para los lentos y desarmados dragaminas. Antes de comenzar su trabajo las tripulaciones de los arrastreros esperaban que la flota hubiera localizado y silenciado las baterías móviles, pero las armas resultaban casi invisibles escondidas en los barrancos. Los mandos británicos se encontraban en una posición difícil; su avance estaba siendo retrasado por el inteligente sistema de apoyo mutuo ideado por Merten y Usedom: los fuertes, los cañones móviles y los campos de minas dependían unos de otros; los campos de minas bloqueaban el paso del Estrecho; las baterías móviles impedían el dragado de los campos minados, los fuertes y sus cañones de grueso calibre protegían a las baterías móviles manteniendo los acorazados a distancia. El resultado fue un estancamiento, Carden empezaba a barruntar que no lograría forzar el paso en las dos semanas que había predicho.

El 1 Marzo, después de que durante todo el día cuatro acorazados bombardeasen en vano Fort Dardanos (ubicado al Sur de Chanak) y las baterías móviles, se realizó el primer tanteo nocturno contra los campos de minas por parte de siete arrastreros escoltados por cuatro destructores y el crucero ligero HMS Amethyst. Pero los turcos y los asesores alemanes habían previsto esta circunstancia y varios potentes reflectores iluminaron la noche cuando los dragaminas aún se hallaban a dos kilómetros de la primera línea de minas, e inmediatamente seis baterías de cañones de mediano calibre en la costa Norte y otras cuatro en la Sur dispararon sobre ellos, retirándose los británicos como alma que lleva el diablo hacia los buques de escolta, que durante 45 minutos intercambiaron disparos contra las baterías, sin resultado alguno por ambas partes. Al día siguiente tres acorazados volvieron a enzarzarse con los cañones de Fort Dardanos y las baterías ocultas, sin mayor resultado que el HMS Canopus resultó alcanzado por tres proyectiles que causaron escasos daños y un herido. Por la noche los arrastreros realizaron un nuevo intento de acercarse a los campos de minas, pero al igual que el día anterior, retrocedieron a todo lo que daban sus máquinas en cuanto fueron iluminados por los reflectores y los proyectiles empezaron a caer en sus cercanías.

No se realizó un nuevo intento hasta la noche del 6 de Marzo, con el mismo resultado de ver a los improvisados dragaminas dando media vuelta en cuanto fueron iluminados por los reflectores y objetivo de las baterías, lo que empezó a exasperar al Comodoro Keyes, pues hasta el momento los arrastreros no habían sufrido ninguna baja, y culpaba a las tripulaciones civiles de retirarse sin emplearse a fondo. Sus Oficiales le informaron de que “los hombres conocían los riesgos de dragar minas y aceptaban que les estallase alguna, pero odiaban el cañoneo al que se veían sometidos, se suponía que no tenían que dragar minas bajo el fuego enemigo, no se habían alistado para eso”. Keyes decidió coger el toro por los cuernos y hacerse cargo personalmente de las fuerzas encargadas de dragar las minas, pidiendo a Carden que solicitase al Almirantazgo una prima monetaria para las tripulaciones de los arrastreros, medida aprobada inmediatamente desde Londres, y también que Oficiales de la flota pudiesen presentarse como voluntarios para dirigir los dragaminas, en este caso la respuesta del Almirantazgo se retrasó hasta el día 12, pero también fue positiva. En la noche del día 10 se inicia un nuevo intento con siete arrastreros con la escolta de cuatro destructores y el acorazado HMS Canopus, con un enfoque diferente, pues los arrastreros debían sobrepasar la primera línea de minas, virar y desplegar sus paravanes a favor de la corriente. Nada más llegar a la zona los reflectores se encendieron y empezó el cañoneo, según cuenta el propio Keyes a bordo del HMS Canupus: “Nos disparaban desde todas las direcciones, se veían los fogonazos y a continuación se oía el silbido de los proyectiles ligeros, el estallido de la metralla y el aullido de los proyectiles de grueso calibre, que provocaban grandes columnas de agua. El fuego era muy caótico y el HMS Canopus no resultó alcanzado, aunque el efecto que hicieron sus disparos para extinguir los reflectores fue el mismo que si hubiese estado disparándole a la Luna”. De los siete arrastreros cuatro lograron sobrepasar la línea de minas, logrando hacer estallar dos de ellas, mientras otra lo hacía al chocar con un arrastrero, que se hundió sin bajas, mientras otros dos recibían varios impactos de 15 cm, pero pudieron regresar y el balance de bajas resultó sorprendentemente bajo, solo dos heridos. Los británicos observaron que el estallido de las minas turcas no era tan violento como las minas en el Mar del Norte, y ciertamente la mayoría de las minas turcas eran antiguas y su carga explosiva menor de lo habitual, pero si esta parecía ser una buena noticia, los alemanes tenían prevista una sorpresa que ocho días más tarde de este ataque causaría conmoción en toda la flota franco-británica…

Al día siguiente se realiza un nuevo intento con seis arrasterros, en esta ocasión sin escolta de ningún tipo con la esperanza de pasar desapercibidos, pero no es así y tan pronto se encienden los reflectores y las baterías otomanas empiezan a disparar, los pequeños buques no tardan en dar media vuelta, para desesperación de Keyes, quien dejó escrito “Cuanto menos explique sobre aquella noche, mejor”. Tras el nuevo fiasco abroncó a sus Oficiales pues no era de recibo que se retirasen sin haber sufrido ni una sola baja, no eran conscientes de la importancia de su cometido para el buen fin de la empresa, no importaba que se perdiesen seis dragaminas porque había veintiocho más a retaguardia, y que si ellos no estaban dispuestos a aceptar el riesgo, había muchos otros que estaban deseando intentarlo en su lugar. También Churchill empezaba a impacientarse, y ese mismo día 11 envió el siguiente mensaje dirigido al Vicealmirante Carden: “Sus órdenes ponían énfasis en la precaución y el uso de procedimientos metódicos y tenemos en alto concepto la pericia con la que hasta ahora ha avanzado sin sufrir pérdidas. Los resultados que podrían obtenerse son, sin embargo, lo bastante importantes como para justificar pérdidas de buques y hombres si ello fuera necesario para asegurar el éxito de la operación. No es nuestra intención presionarle ni obligarle a actuar en contra de su buen juicio, pero debemos admitir que llegados a cierto punto de la operación debe usted seguir presionando con fuerza hasta alcanzar un resultado decisivo. Es nuestro deseo conocer si considera que este punto ha sido alcanzado ya”. El mensaje fue recibido por un cada día más abrumado Carden el día siguiente, y el 13 respondió que estaba de acuerdo en que había llegado el momento de una acción vigorosa y sostenida, y que un último intento por despejar los campos de minas se realizaría esa misma noche…

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Magnífico mapa a gran resolución con las defensas de los Dardanelos.

Al igual que los británicos, los alemanes eran conscientes de que el eje de sus defensas en los Dardanelos eran los campos de minas, por ello cuando el Vicealmirante Usedom fue designado responsable de evitar que los Estrechos pudiesen ser atravesados, su mayor preocupación fue, como sabemos, doblar las líneas de minas de cinco a diez. El problema es que el Imperio Otomano no había prestado la suficiente atención a este arma, muchas de las ancladas eran antiguos modelos con escasa capacidad explosiva, hasta el punto de que Usedom ordenó que 145 de ellas fuesen revisadas, reparadas y vueltas a colocar en los nuevos campos de minas, ahora equipadas con el potente explosivo alemán carbonite. La escasez de minas era tal que los turcos recurrieron a rastrear los numerosos campos de minas rusos en las cercanías del Bósforo, tras dragarlas transportarlas cuidadosamente a tierra, equiparlas con carbonite y anclarlas en los Dardanelos, que en el momento del ataque naval británico estaba protegido por unas 370 minas en total, pero solo existían 36 de reserva para el caso de que algunos de los campos resultasen dragados.

Durante los primeros bombardeos británicos dentro de los Estrechos el Contralmirante Merken, como sabemos al mando de las fortalezas, observó que los buques enemigos viraban a estribor tras el fin de los mismos para retroceder al Egeo, y pensó que era necesario fondear un nuevo campo minado paralelo a la costa asiática para sacar provecho de esta maniobra. El buque elegido para esta misión fue el pequeño pero moderno minador Nusret, de 365 toneladas y 40 metros de eslora, construido en Kiel en 1911 para la Armada otomana, donde fue asignado en 1913. Bajo el mando del Teniente turco Tophaneli Hakki, y con la supervisión del Teniente Coronel alemán Geehl, en la noche del 8 de Marzo cruzó los campos de minas propios y sembró veinte de ellas en la costa asiática, separadas por un centenar de metros, sin que nadie en el campo franco-británico fuese consciente de ello, ni ese momento ni en los días posteriores, pese a que se suponía que los hidroaviones que acompañaban a la flota aliada eran capaces de visualizarlas en las generalmente cristalinas aguas de los Dardanelos. Esas veinte minas permanecieron desapercibidas durante los siguientes diez días, sin que nadie fuese consciente de su importancia en los acontecimientos que narraremos en breve, veinte minas que pudieron cambiar el signo de la batalla en ciernes y con ella el destino del mundo.

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Réplica del minador Nusret en Canakkale (Chanak).

En la madrugada del 14 de Marzo se realizó el último gran intento de dragar los campos de minas durante la noche. El acorazado HMS Cornwallis se internó en los Estrechos y durante una hora bombardeó el área donde se encontraban los reflectores y la baterías que protegían los campos de minas, siendo relevado a las 2:00 por el crucero protegido Amethyst y cuatro destructores, que continuaron disparando contra los mismos objetivos durante una hora más, hasta que a las 3:00 siete arrastreros formando una línea se aproximaron a los campos de minas, con la misma idea de cruzarlos para desplegar sus paravanes y dragarlos a favor de la corriente. Se encontraban en medio de los mismos cuando dos reflectores les iluminaron, se apagaron durante un minuto y volvieron a encenderse, momento en el que las baterías de mediano calibre abrieron un nutrido fuego sobre ellos. En esta ocasión muchos de los tripulantes eran voluntarios y permanecieron en su puesto bajo el fuego enemigo, logrando dragar un indeterminado número de minas, sufriendo varios impactos que causaron dos muertos y algunos heridos, aunque ninguno de ellos resultó hundido. Su retirada fue cubierta por el HMS Amethyst, que a las 4:10 resultó alcanzado por dos proyectiles de grueso calibre que causaron la pérdida de 22 hombres y 38 heridos, de los que cuatro fallecerían poco más tarde. Tras este nuevo fiasco resultaba claro para todos que había que cambiar de tácticas, y el Vicealmirante Carden empezó a planear un ataque masivo por parte de toda la flota contra los fuertes otomanos, con el fin de destruirlos y que los dragaminas pudiesen llevar a cabo su cometido sin interferencias.

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HMS Amethyst.

El día 14, tras el enésimo fracaso nocturno de intentar dragar las minas, el Vicealmirante Carden recibe el siguiente mensaje de Churchill, que no ayudó a serenar los ánimos del Comandante en Jefe de la flota:

“No comprendo por qué los dragaminas se ven impedidos de trabajar por un fuego que no causa bajas. Doscientos o trescientos hombres sería un precio moderado por limpiar de minas el Estrecho. Apruebo su propuesta de obtener voluntarios de la Armada para su dragado, este trabajo debe ser llevado a cabo sin importar las pérdidas de vidas y buques menores y cuanto antes se realice, mejor. En segundo lugar tenemos informaciones de que los fuertes turcos están escasos de munición, y de que los Oficiales alemanes han enviado informes pesimistas y han solicitado a Alemania más munición. Están considerando la posibilidad de enviar un submarino alemán o austrohúngaro, pero aparentemente ese plan todavía no está en marcha. Todo lo que le acabo de decir es Alto Secreto. Hay que impulsar la operación día y noche, las inevitables bajas deben ser aceptadas. El enemigo está hostigado y nervioso en este momento, pero el tiempo es precioso pues la posible interferencia de submarinos es una amenaza grave”.

Un abrumado Carden respondió que comprendía completamente la situación y que lanzaría su ataque principal lo antes posible, el 17 de Marzo.

La insistencia de Churchill se debía a que era consciente de que el ataque estaba perdiendo impulso. A mediados de Marzo el brillo del éxito creado en Londres por la destrucción de las fortalezas externas por parte de Carden se estaba desvaneciendo mientras se extendía la impresión de un bloqueo en los Dardanelos. En este momento, tras el fracaso de los dragaminas en abrir un paso, hubo tiempo para reevaluar, una oportunidad para volver atrás, para interrumpir la operación si esto parecía sensato. En los primeros debates sobre un ataque a los Dardanelos Kitchener había señalado que la ventaja de un ataque puramente naval era que, si las cosas no iban bien, todo podía detenerse en cualquier momento. Churchill admitió que si el Gabinete de Guerra eligiera este curso, terminar la campaña no sería difícil: "Un gesto con una varita y toda la Armada reunida en los Dardanelos desaparecería como si nunca hubiese existido”. Pero existían muchas razones por las que no se agitaba ninguna varita, ahora el prestigio nacional se había invertido en la expedición, ni Gran Bretaña ni Francia deseaban que el enemigo o los neutrales presenciaran el espectáculo de las potencias de la Entente retirándose ante un contratiempo. Además, el propio Churchill creía apasionadamente que el bloqueo era solo temporal; que los campos de minas serían barridos, que la flota forzaría el Estrecho y derrocaría al Imperio otomano, y al menos por el momento, todos los colegas del Primer Lord estaban de acuerdo con él. Curiosamente, incluso Fisher, dijo Churchill más tarde, "nunca fue más firme en su apoyo". El Primer Lord del Mar, "que tenía una especie de sentimiento de que el asunto era demasiado para Carden", incluso se ofreció para comandar personalmente el asalto, pero Churchill le persuadió para abandonar la idea. El Almirantazgo apoyó unánimemente la continuación del ataque, como lo hicieron el Gabinete de Guerra, la Oficina de Guerra, la Oficina de Relaciones Exteriores y el Primer Ministro. "La sangre de todos ardía", dijo Churchill. "Había una disposición viril para continuar la lucha". Pero todo el proyecto descansaba en los hombros de Carden, debía atreverse a romper las defensas sin importar el precio a pagar.

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Fuerte de Kilitbahir (Gallipoli).

Sin embargo, al mismo tiempo que los Aliados se estaban preparando para perseverar, la moral de los artilleros turcos y alemanes en los Dardanelos estaba aumentando tras varios días de combate rechazando al enemigo. En esa época, el Embajador estadounidense en Turquía, Henry Morgenthau, visitó los fuertes en Hamidieh, cerca de Chanak, y en Kilid Bahr. En Hamidieh, descubrió que casi todos los artilleros eran alemanes y que el alemán era el idioma que se hablaba de forma habitual. Al otro lado de los Estrechos, en Kilid Bahr, el Embajador encontró una escena muy diferente de la capacitación y calmada profesionalidad de los alemanes en Hamidieh: “Todo era entusiasmo y actividad. Evidentemente, los alemanes habían sido excelentes instructores, pero había más que eso, porque las caras de los hombres se iluminaban con ese fanatismo que alimenta la moral de los soldados turcos... Por encima de los gritos de todos, pude escuchar el canto del líder, entonando la oración con la que los musulmanes se habían apresurado a luchar durante trece siglos: 'Alá es grande ¡Solo hay un Dios, y Mahoma es su Profeta!"

Ambos bandos estaban preparados para lo que sabían sería la batalla decisiva, aunque antes de ello un hecho inesperado convulsionaría el mando británico de la flota aliada...

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