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A la guerra me lleva la necesidad
Si tuviera dinero, no fuera en verdad.


Introducción:

Hasta el siglo XVII no se generalizó la concesión de patentes de corso en los reinos de la monarquia hispánica, puesto que se consideraba una puerta abierta a un descontrol que podría usarse para otros fines distintos de los de la política imperial del monarca. No obstante, no era difícil eludir estas normativas, ya que cualquier buque armado en nombre de los Caballeros de San Juan de Jerusalén, de Rodas y de Malta tenía derecho, como perteneciente a una nación soberana, para practicar el corso a su antojo. Existieron muchos capitanes y caballeros anónimos, y casi todas sus experiencias se han perdido en el libro de la historia. Esta no es más que una recreación, que entra dentro de lo posible, de las experiencias de uno de estos capitanes y soldados cuyo nombre y memoria se ha perdido para siempre en los márgenes de ese libro. No fui nunca hombre de muchas letras, ni aficionado a los duros trabajos. Bien cierto es que mi débil y enfermiza constitución no me permitía ganarme el pan honradamente como mis padres. Ellos, con tanta honra como sudor, destripaban terrones día si y día también, y luego contribuían con toda generosidad a armar los ejércitos del rey nuestro señor, a dotar la catedra de nuestros sabios obispos, a facilitar al cabildo y sus nobles miembros que llevasen una vida con el regalo que merecían...Y solo Dios sabrá cuantas cosas más, merecidas y útiles, que fuerzan a los pobres a vivir perpetuamente en cuaresma con el fin de sostener una república bien ordenada. Entendiendo que no podría nunca satisfacer cumplidamente tantas y tan bien ajustadas obligaciones, tomé el camino de la guerra. Y como no soy hombre de fríos, como dicen acontecen en Flandes, y la cerveza más bien me parece orina de burra con tercianas, y por que como soy hombre de poca sangre más me acomoda el vino a ajustar mis humores, senté plaza en los tercios viejos de Italia. Tercios gloriosos, con timbre inmortal de gloria y promesa de hazañas imperecederas.

Pero siendo magro el jornal, y mucha mi necesidad, y más aún la de varias mujeres de las que siempre sobran, decidime con otros varios de irme a hacer el corso, que era, según decían, actividad de poco cansancio y grandísimo provecho. Si bien era peligrosa en extremo, a lo que se contaba, no menos peligroso sería que me pillase una sequía y una peste en mi tierra natal de Salamanca, sin más arma que un azadón ni más fortuna que la poca que ya tenía. Así que si me arremetían los turcos, cuanto menos llevaría más hierro encima del que podía forjar en un mes el herrero de mi pueblo, y más rápido era morirse con un alfanje agareno en la tripa, ganando con ello el cielo según reza la Santa Bula de Cruzada, que de hambre en una acequia, sin esperar otra cosa que un entierro sin caja ni sudario. Además no sería extraño que como cuentan del caballero Amadís, se pusiese en mi camino la oportunidad de ganar algún reino para la fe, y crecidas rentas para mi regalo, por no hablar de doncellas casaderas de carnes suaves y firmes. Sea bien entendido por todos que sin haber sabido nunca leer adecuadamente, dime en muchas ocasiones al placer de escuchar los relatos de los grandes caballeros que en este mundo han sido, tales como el gran Cesar, el Magno Alejandro, o Ripaldán de Galia y aún el Rey Arturo y sus Caballeros, que conquistaron en su día al Imperio Romano, imperio por todos sabido el más grande, glorioso y justo que han tenido la fortuna de ver los hombres. Y todos estos relatos, escritos por muy sesudos sabios y doctores, no han de verse contaminados con fábula ni leyenda, puesto que de lo contrario podría el vulgo torcerse en su camino, por lo que hay que confiar que la Santa Inquisición los expurgue de toda blasfemia y mentira. Se que hay quienes consideran más interesante la lectura de los textos de los sabios doctores de la Iglesia, y se que bien haría a mi alma frecuentar más estos textos, pero como la bula de Cruzada se me aplica a mi también, por los santos freires malteses, es de suponer que entre los muchos pecados que me están perdonados, y aún permitidos, se cuente el de la ignorancia y la pereza.

Muchas veces he considerado que una buena forma de empezar a contar una historia es introducirla mediante una generalidad, un cuento ingenioso o una buena sentencia de los sabios romanos. Hay una muy apropiada al caso, si bien yo soy hombre de pocas luces para contarla como se debe, y es aquella que afirma que ante la cercanía de la batalla los hombres reaccionan de dos formas: Con valor, acelerando el paso para acercarse más al momento del combate, o con cobardía, tratando de huir de este. Mi experiencia me dice que hay un tercer tipo de reacción, la del capitán que se encarga de que los cobardes, por grado o por fuerza, y generalmente por fuerza, vayan al combate. Y esta era la hermosa tarea a la que entregaba toda su atención el Capitán Alvarado aquella fresca mañana de abril.

Nuestra hermosa galera, la Buscona, había divisado en la lejanía una posible presa turquesa, y el capitán había ordenado boga de alcance. Por desgracia, los turcos que no debían tenerlas todas consigo, también habían empezado a bogar con todo el empeño, y nos iban aumentando la ventaja. Así pues el capitán ordenó que los agotados galeotes descansasen, tomando la tripulación de asalto su lugar a los remos, para tratar de acortar la distancia. No fue esta orden bien recibida por varios de los voluntarios que habían embarcado en busca de fortuna, pero no tanto de riesgos y trabajos. Estos, con su hidalga educación, repusieron que su condición les eximía de trabajos manuales como aquellos, al estilo de los jornaleros. El capitán, sin blasones pero con mucho descontento, repuso a estas ponderadas razones las suyas: Y es que como no pensaba pagarles un solo maravedí por su esfuerzo, no había razón alguna para considerarse jornaleros. Estos caballeros replicaron alegando que el trabajo manual, fuese del tipo que fuese, envilecía a los hidalgos. Dándoles la razón en este punto de honra, el capitán les ofreció bogar en servicio del rey, donde no podría haber menoscabo alguno en cuanto a honor, o ayudar a la galera a ganar velocidad de otro modo más sencillo y honroso: Siendo arrojados por la borda, para librar al buque de un peso excesivo. Los hidalgos, nada más oir mentar el nobilísimo servicio del Rey tomaron su puesto en los bancos, si bien mostrando extremado desagrado en sus rostros. Pero no cabe duda que no respecto al servicio que hacían a su majestad, si no sin duda por los malos olores acumulados por la gente villana que hasta ese momento había ocupado las bancadas y solía aliviar sus tripas allí donde podía, sin mucho remilgo. En esto se nota su baja condición, que a ser nobles, no habrían aceptado vaciarse si no en bacines de plata, aún a costa de la vida.

El esfuerzo de nuestros brazos, bien acostumbrados a manejar espadas y arcabuces, con mucho más ligeros que aquellos remos del diablo, no fue suficiente para acortar distancias, pero al menos sirvió para no aumentarlas. Tras una hora que más pareció un siglo, el capitán consideró descansada a la chusma de las bancadas, y la devolvió a sus lugares, ofreciéndoles el premio acostumbrado si aconteciese la feliz captura de los infieles: Tantos perros turcos y renegados como se capturasen en buen estado, tantos galeotes que serían liberados de su destino. Y por estas buenas razones razones, que no las encontraría mejores el sabio Platón, la Buscona comenzó más que a navegar, a volar, agrandándose poco a poco la vela turca en el horizonte: Ni tanto como para amedrentar nuestros corazones, ni tan poco como para no avivar nuestra natural y justa codicia.

Entre nuestra tripulación estaba incluido un antiguo cautivo siciliano, que había apostatado de la fe de Jesucristo cuando su barca de pescador fue capturado por los bárbaros, para librarse del destino de los galeotes. Luego había renegado de nuevo al descubrir que aquellos bárbaros de la secta de Mahoma le negaban el bendito alivio de saciar su hambre con sabrosa carne del cerdo y su sed con la sangre de nuestro señor. Bien se deducía según el la superioridad de nuestra Santa Religión del hecho de tener tan benéfica bebida presente en sus ritos. Y en fin, tonterías de simples aparte, este renegado dominaba bastante bien la lengua turquesa, por lo que cuando ya se podía distinguir bien el número de los defensores de nuestra presa, dio en traducir sus gritos. No contentos con despreciar la sabrosa carne del marrano, que hasta los reyes gustan de tener en su mesa con gran contento, los infieles prorrumpieron en mil groseras barbaridades, afirmando que de seguir acercándonos se holgarían con nuestras posaderas y tendrían sabrosísimo solaz en someternos a mil sodomías cual si fuéramos hideputas luteranos. El renegado les contestó otras lindezas del estilo, y así entre tonterías varias, bujarrones uno y otros, un vizcaíno calculó la distancia, y considerándola favorable para su propósito, le arrancó la cabeza al sodomita turco más alto de un mosquetazo cargado con más hierro que un guardia de la cuchilla. Y con esto, se alzó gran griterío entre los turcos, olvidándose de nuestros culos en la tarea de salvar sus gargantas.

Los muy bribones lanzaron pronto gran cantidad de flechas, a buen seguro envenenadas que grande es la perfidia de estos infieles. Nosotros les devolvimos dobladas sus mercedes, en forma de buenos arcabuzazos, y aún mejores mosquetazos, de buen plomo de Río Tinto, que por ser bendecido por los santos padres franciscanos, dicese no falla nunca el corazón de los mahometanos. Sobre esto no me puedo pronunciar, pues bien cierto es que mi puntería falló varias veces, pero es que yo no había comulgado en varios meses, y bien pudiera deberse a esto mi desatino.

Así, y en menos de tres tiros bien gruesos de arcabuz, alcanzábamos casi a la galera turquesa, y bien de través les soltamos toda nuestra artillería, que hizo en ellos gran destrozo de maderas y gentes. Fue cosa bien triste de ver, puesto que siendo muchos los turcos, aún más era nuestra codicia. Por aquel entonces el rey pagaba tres hermosos ducados en buena moneda por cada cautivo turco que le entregábamos para que redimiera sus muchos pecados bogando en los remos de nuestra Santa Religión.

Así, y sin otro trámite particular que el de ponerles todos los nombres del sabroso puerco, abordamos con descarga de mosquetería a distancia de pistola, y metimos mano a las espadas bastardas, que es gusto de la gente marinera usar espadas mas cortas y gruesas para hacer mayores heridas y tener menor embarazo. Y bien que hicimos destrozo, que los turcos, que temen mucho al agua ( y más todavía al jabón, como delataba su pestilencia ), no usan buenas corazas, si no mallas que no alcanzaban a detener nuestros tajos, mientras que muchos de sus alfanjes solo lograban arañar nuestros petos de acero. Se defendieron con el valor que tienen estos los turcos, que siendo mucho, de poco les valió contra nuestras espadas y arcabuces, y al final pidieron tregua y rendición, dejándonos con no menos de 10 muertos. Fue poca lastima la que tuvimos de estos, por que mirándolo desde el interés de cada uno, siendo el botín el mismo, ya éramos menos a repartirlo. Con razón decía el gran Erasmo que los mercenarios somos plaga insoportable, pero bien mirado, que fácil le resultaba al muy lenguaraz criticar a los demás cuando tenía la panza llena con sus muchas canonjías. Si no llegó a ser luterano, poco le faltó, que a buen seguro tampoco le gustaba el tocino.

Nuestra chusma tuvo buena fiesta aquella tarde, puesto que el capitán les hizo merced de la ropa de los turcos, que les fue de grandísimo alivio a su desnudez. Después resultó que los cautivos alcanzaban para liberar nada menos que a la mitad de ellos, lo que les dio ocasión de sortear entre ellos la cuestión. Siendo todos grandes tahúres y jugadores, hallaron grandísimo contento aún en esto. Y los que se liberaron, lo tuvieron por grandísima fortuna, y los que siguieron remando, dejaron de echarle la culpa a la Justicia del Rey para echársela a su mala suerte. Y si bien esto no les alivió, al menos les permitió cambiar el tema de sus reniegos, que ya ofendía el oído tanto mentar a los corruptos alguaciles y a los jueces prevaricadores, que cualquiera diría que en las galeras del rey solo vienen a remar Bachilleres y Santos.

De los turcos heridos poco cuidado nos hicimos y los lanzamos al mar, que al fin y al cabo también los peces tienen derecho a comer. Y sin más, pusimos rumbo a Creta. Creta, larguísima isla, como si fuese un salchichón de los buenos, y tan buenos, que como buen embutido mucha sangre lleva en ella, y mucha sangre ha de llevar aún para bien de la cristiandad y tormento de los turcos.

Bien cierto es que la arribada de una nave armada en corso como la nuestra estaba prohibida bajo pena de muerte por la Serenísima. Pero era esta una ley dictada para satisfacer a sus barraganas turcas, más que por verdadero interés de los pícaros venecianos en renunciar al caudal de oro y hombres que ofrecíamos. Pues nuestros antiguos remeros, poco interesados en regresar a las tierras y señoríos de su católica majestad, mejor pensaban en empezar una nueva vida bajo las siempre necesitadas de brazos banderas de la Señoría. Había grandes oportunidades para ellos en aquel oriente siempre en lucha, y siempre lleno de riquezas. Y a cuantos puedan preguntarse por que de un lugar de tantísimas ganancias y ventajas no volvíamos normalmente más que mendigos, habría que decirles que taberneros y tusonas si que debieron hacer grandes fortunas, al menos gracias a mí. Habrá sabios doctores, de los que andan la Iglesia y el servicio del rey sobrados, que aprovechen ahora la ocasión para emplazar sabios sermones sobre lo nefasto que resulta para el hombre abusar de las rameras y el morapio, y he de darles la razón, puesto que si en su justa medida son necesarias estas cosas para templar la ferocidad de la juventud, en su abuso se encuentra la causa de la ruina de muchas fortunas, como la que podría tener yo a estas alturas. No obstante, solo puedo decir que si siento no haber ahorrado entonces, sería para no gastarlo ahora en lo mismo que entonces lo hice, con lo que está visto que no he nacido yo para rico ni para santo. Y esta cosa de lamentar muy hondamente, puesto que de ser rico no habría pasado nunca apuros en busca de alimento, ni de recogijo, y ni siquiera habría tenido que trabajar en mi vida. De los santos se podría decir casi lo mismo, puesto que a pesar de haber soportado muchas privaciones, nunca se ha oido de Santo alguno que doblase mucho el espinazo, y esta tampoco es vida de lamentar.

En fin, poco que contar, y mejor reservarlo para una confesión completa. Vino, mozas de esas que llaman del partido y carne de la que no es del mismo partido, y todo en exceso desmedido, por que hacia tiempo que no llegaba ningún buque bien provisto de moneda turquesa en oro y plata y los bodegueros y las mozas se disputaron el botín que traíamos con más saña de la que usamos nosotros en ganarlo. Tuve yo ocasión de gozar de los favores de una muchacha del Ponto, que a buen seguro no tendría aún dos docenas de años cumplidos, y con ella de varias primas y amigas suyas, que fue gloria verlo...y purgatorio pagarlo todo. Que aunque parezca cosa de sortilegio o brujería, pesan más las bolsas vacías que llenas. Quién fuese Creso.

Y así pasamos aquellos días viviendo como príncipes, festejando como duques, comiendo como cardenales...y pagándolo todo como brutos villanos, que es lo que éramos. Y bien que pagamos, pues que para los corsarios cortos de caudales si que reservaban los venecianos buenas horcas bien engrasadas. No era cosa de permitir ofender nuestra hidalga condición con semejante castigo, que nosotros merecíamos al menos ser decapitados con espadas bendecidas, y por evitar tal afrenta pusimos ducado sobre ducado encima de las codiciosas manos de nuestros anfitriones.

Así pues, y esta es la cruel vida del soldado de fortuna, salimos de Creta con menos caudal del que habíamos llegado, y la necesidad de seguir defendiendo la honra de nuestro rey con tal de llenar nuestras bolsas. Y en esto encontrábamos gran honra y contento, pues que si nuestra peregrina vida fuese a acabar en aquel viaje, al menos los turcos que nos encontrasen no se llevarían de nuestros despojos más caudal que nuestros arcabuzazos, por que bien es verdad que después de tanta carne blanca, salimos de Creta sin más que bizcocho y agua, y aún fue suerte conservar algunos cuartillos de mazamorra.

Proa al sur, hacía Alejandría, que los barcos de trigo volvían llenos de oro. De oro turco que pronto sería oro cristiano, y así podría entrar en el cielo…O en la bolsa de nuestros taberneros, que ya nos echaban de menos antes de vernos salir por la rada del puerto.

Urogallo me fecit.

Germanicus nihil obstat.

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