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Emoción, frío y el sabor amargo del miedo en la boca… todo aquello debían de sentir aquellos paracaidistas que observaba en la lejanía en su lento descenso. Lo mismo que él había sentido cuando era un simple sargento en Noruega y en Holanda, o como teniente en Creta. Bajó con lentitud los prismáticos y no pudo encogerse de hombros, un tanto teatralmente para que sus hombres lo percibieran Ahora Hans Dieminger, capitán de aquella disminuida compañía del 6º Regimiento de Fallschirmjäger del Teniente Coronel Friedrich Freiherr von der Heyde, los veía en la lontananza bajar del cielo y esas mismas emociones, incluido el frío, a pesar de la calidez de la aquella tarde de Septiembre, se agolpaban en él.


Había recibido orden de patrullar a pie aquella maraña de canales holandeses desde su base hasta Arnhem. Una misión rutinaria para alejarle de un oficial, amigo personal del Göering, al que había golpeado al encontrarlo violando a una niña Holandesa de cabellos rubios. No es que Hans Dieminger tuviera poco estómago, o no lo hubiera visto antes o…simplemente aquella niña, de apenas 12 años, se parecía a su propia hija, y eso es algo que un padre no puede dejar pasar. Recordaba vivamente sus ojos aún aterrorizados mientras la depositaba en brazos de su padre, un campesino que temblaba de pura rabia e impotencia. Posiblemente ahora estuviera muerto junto con su hija… o tal vez se hubiera tenido la prudencia de desaparecer, quién sabe, puestos a soñar hasta puede que un día volviera la paz y todos ellos pudieran verlo desde el borde de una buena jarra de cerveza, tal vez, posiblemente, quizás... Eso había ocurrido hacía dos días, el 15 de septiembre de 1944. Pocos horas después un cabreado Teniente Coronel Friedrich Freiherr von der Heyde, estaba a punto de fusilarlo… y no haberlo hecho se debía a una vieja cuenta pendiente. En su breve estancia en Rusia von der Heyde había estado a punto de ser asesinado por una partida de guerrilleros en los pantanos de… (malditos nombres rusos, siempre se le atascaban), y solo el arrojo personal de Dieminger, que había terminado con seis de aquellos rudos partisanos, a uno de ellos matándole a cuchillo en la confusión del combate, le había salvado. Por ello, en vez de fusilarlo de inmediato, algo que a Hans no dejaba de asombrarle, le había dado la oportunidad de desaparecer, después de recordarle que su cuenta quedaba más que saldada y decirle aquello de: “no quiero volverte a ver jamás, ¿entiendes? ¡Jamás!”. Justo dos horas antes de que Hans se decidiera a poner en práctica aquel “jamás”, los paracas aliados descendían delante de sus narices, interponiéndose en su avance hacia Arnhem. La fatalidad, el destino, que escribiría el añorado Dumas de su juventud en las páginas de El conde de Montecristo… “la puñetera jodienda de esta guerra”, se inclinaba la racional mente de Dieminger.

Hans Dieminger miró a sus 39 hombres y supo de inmediato que no los podría abandonar en aquellos momentos. Los más veteranos, en vez de mirar la bajada de los paracaidistas, estaban comprobando sus armas, recolocando sus granadas y, para que negarlo, musitando oraciones por lo bajo. Los más jóvenes, los había hasta de 15 años, miraban hacia él, como un alumno aplicado que observa a su maestro en clase, esperando esas palabras que darán sentido a su vida. Tan jóvenes la mayoría, y tan pocos. Ojalá algunos de los antiguos camaradas, cuyos huesos descansaban por media Europa, estuvieran allí. No necesitarían palabras de aliento, solo órdenes concretas y el eterno de los paracaidistas: velocidad de piernas y de cabeza.

La profesionalidad cala hondo, y más si se es hijo, nieto, bisnieto y tataranieto de fabricantes de relojes en Colonia, así que ladró las órdenes pertinentes: “Avanzar en orden abierto. Sargento Helmholtz escoja cinco hombres y abra la marcha a unos cien metros, armas de apoyo al centro, fusileros a las alas. Si damos con ellos recuerden: velocidad, agresividad y fuego continuado… acaban de descender y pasarán unas horas hasta que consigan estar organizados del todo… al menos eso espero.””Mirad a ver si la puñetera radio táctica funciona, dad nuestras coordenadas y la línea de avance que seguiremos hacia… el bosquecillo en aquel cruce de caminos” A Hans no le extraño que su teniente le informara que la radio no funcionaba, ya que el mismo se había encargado de ello la última noche… pero hay cosas que hay que decir porque vienen en el manual y no decirlas resultaría sospechoso… Aunque estaba seguro de que si ahora contara a los veteranos su plan de fuga estos se encogerían de hombros y simplemente le preguntarían cómo quería que avanzaran, silenciosos sin fuego de cobertura, o disparando como posesos, convencidos de que su capitán no les abandonaría en aquel momento, como nunca lo había hecho en los últimos cinco años.

Hans Dieminger, en el fondo un hombre tierno, se sintió profundamente orgulloso de comandar a aquellos valerosos “fallschirmjäger”, de cabeza al glorioso infierno de la guerra.

A eso de las 18:00 horas del 17 de septiembre, llegaron a las afueras de un bosquecillo al suroeste de Arnhem, en lo que Dieminger empezaba a comprender que debía ser la parte mala del canal. El sargento Helmholtz había ordenado a toda la avanzadilla tumbarse en el suelo, lo que había sido imitado por toda la compañía. Reptando se acercó hasta su posición.

- Mi capitán, se ve movimiento en la linde del bosque.
- ¿Posibilidades de pillarles por sorpresa?
- Más de trescientos metros de terreno despejado… tendrían que estar dormidos, y tratándose de paracaidistas eso es impensable.
- Ja… ¿ideas?
- Hay una pequeña acequia que corre en perpendicular al bosque. Tal vez arrastrándonos por ella…
- Bien, vendrás conmigo, escoge a otros dos, buenos en el cuerpo a cuerpo. Teniente Udo, sitúe a los hombres para fuego de cobertura en lo alto del sendero… pero sin el mortero, puede que necesitemos de él para más tarde. En 15 minutos empiecen fuego de cobertura sobre el ala izquierda, yo les pillaré desde la parte derecha… Cuando observe que estamos atacando cese el fuego y observe los movimientos del enemigo… si dejan las posiciones para reforzar su ala derecha ya sabe: a correr hacia el bosquecillo disparando como locos. Los imprevistos los dejo a su buen juicio Udo.
- Sí mi capitán- corearon al unísono teniente y sargento.

Mientras se arrastraban por la acequia los cuatro hombres eran prácticamente invisibles, pues ésta resultó más profunda de lo que el sargento había pensado y tenía una tupida vegetación que les enmascaraba a los ojos de cualquier observador casual. En menos de 10 minutos, todo un record, habían salvado la distancia al bosquecillo, quedando situados en la retaguardia del ala derecha del despliegue enemigo. Habían localizado al menos a cinco soldados, en tres nidos… uno un emplazamiento de ametralladora y los otros dos pozos de tirador. Dividió en silencio los objetivos y miró el reloj… en menos de dos minutos comenzaría el baile… dos minutos eternos en que los cuatro “fallschirmjäger” se concentraron al máximo en sus objetivos, tratando de dejar de lado el recuerdo de sus novias, madres, esposas o hijas… Nada más estresante en la guerra que el esperar.

Exacto, como los relojes que fabricaba junto con su padre en Colonia, el fuego de sus hombres de apoyo empezó a caer sobre el ala izquierda del enemigo. La respuesta no se hizo esperar, el bosquecillo cobró vida en respuesta al ataque. El tableteo de las ametralladoras y el fuego de subfusiles y fusiles de ambos bandos aumento gradualmente, así como las voces que en inglés daban los oficiales británicos Con mirada experta Hans evaluó su intensidad, y calculó que a fin de cuentas no debían de ser más de cincuenta hombres los que allí se encontraban. Dejó que el fuego se prolongara durante un minuto y después avanzó, silencioso y sin titubeos. Sus objetivos estaban ya concentrados en responder al fuego enemigo y, al notar que sobre ellos no caía ninguna atención, se habían envalentonado y se exponían para hacer mejor puntería. Los alemanes fueron rápidos y eficaces, solo uno de los paracaidistas enemigos, ingleses de la Primera Aerotransportada por sus insignias, llegó a darse cuenta que iba a morir, antes de que el sargento Helmholtz ahogará su grito con la mano izquierda, mientras la derecha le apuñalaba varias veces en el estómago. El inglés murió ahogado en su propia bilis y sangre, a muchos kilómetros de su hogar, demasiado lejos de alguien que llorase por él. El ala derecha de los británicos había desaparecido sin que nadie se apercibiera de ello. Era, para los “fallschirmjäger”, un buen comienzo.
Rápidamente Dieminger reorganizó a sus hombres. El centro del despliegue táctico enemigo quedaba a su alcance. Hizo un gesto inequívoco a las granadas y marcó con la mano el objetivo que cada cual habría de conseguir… Susurrando les recordó: “rapidez, no os detengáis ni dejéis de disparar”. Y sin pensarlo mucho más empezó a correr hacia el enemigo. No os podéis imaginar lo largo que se pueden hacer 20 metros en un bosque donde las armas ladran, y la muerte puede acecharte de mil maneras distintas e imprevistas. Pero, sin duda, aquella era una operación afortunada, porque los ingleses seguían ensimismados en responder al fuego de los hombres del Teniente Udo.

Si toda una división Panzer hubiera irrumpido en las líneas británicas no hubiera tenido el mismo efecto que su ataque. Los ingleses, desorientados por lo súbito de la aparición no pudieron reaccionar. Cuatro pozos de tirador desparecieron bajo las explosiones de otras tantas granadas, y el tableteo de las ametralladoras hizo caer seis paracaidistas antes de que acertaran a comprender que su ala derecha ya no existía. Además, esto como es obvio no lo supieron los alemanes, el oficial al mando de los paras aliados, cayó el segundo… aunque es realmente dudoso que hubiera podido hacer algo para detener el diluvio de muerte y destrucción que se abatió sobre ellos.

Por si fuera poco, cumplidor y profesional como el que más, el Teniente Udo descendía del camino a la carrera con el resto de la compañía alemana, gritando y disparando como posesos. Cinco minutos después todo había terminado. Nadie pidió ni recibió clemencia, los paracaidistas no saben de esas cosas. Al precio de tres de sus hombres muertos (dos de ellos imberbes recién llegados y el otro veterano de Creta) y de cinco heridos ligeros, se habían llevado por delante a unos 60 ingleses. Sólo tres de ellos permanecían vivos, aunque heridos, y según su enfermero uno no duraría mucho. Y esto es algo que Hans tendría que arreglar, aún a su disgusto.

Mientras sus hombres rebuscaban en los bolsillos de los muertos, sobretodo los veteranos para hacerse con la morfina y la sulfamina, Dieminger se acercó a los prisioneros. Se alegró de no saber inglés, eso le evitaba tener que dar explicaciones. Con tres rápidos movimientos de su cuchillo todo había terminado, y si a alguien le pareció una medida excesiva se cuidó de protestar. Llevar prisioneros con media Inglaterra cayendo del cielo, con la radio averiada, y entre aquellos canales holandeses no hubiera sido una buena idea, se mirara como se mirara.

Sin enterrar a los camaradas caídos, en apenas veinte minutos, los “fallschirmjäger” estaban de nuevo en marcha, cruzando el bosquecillo. El ánimo no era ni sombrío ni alegre, era… ¿indefinible? La mirada de todos los hombres era peculiar, miraban mucho más allá de lo que se veía en este mundo, y a la vez, en particular los veteranos, no perdían detalle de cuanto acontecía a su alrededor. Un imberbe muchacho de buen nombre Eberhard, natural de Coblenza, donde Mosela y Rin se unen, no cesaba de hablar solo, musitando cada vez más alto una oración. El teniente Udo se acercó a él y tan solo puso su mano sobre el hombre del muchacho, que en breves dejó de hablar y empezó a sollozar bajito, muy bajito. Nadie quiso oírlo, y mucho menos desmerecerlo, no hacía poco su pala de trinchera había abierto en dos la cabeza de otro ser humano, dispuesto a hacer los propio con la suya… algo que aún llamándose Eberhard (algo así como “verraco fuerte”) no debería ni verse ni hacerse con 15 años mal contados. Udo, en un gesto tal vez demasiado cariñoso dadas las circunstancias, le acarició brevemente las mejillas, y poco a poco, el joven se recompuso y serenó. Nadie recriminó, ni de palabra, obra u omisión, al joven.

Hans, con el mapa táctico a sus pies, decidió la ruta a seguir y su destino. Visto lo visto, y teniendo en cuenta la hora, tratarían de acercarse lo más posible a Arnhem, ponerse en contacto con tropas amigas, y esperar ordenes. Viendo como se las gastaba la situación Dieminger pensó que el Teniente Coronel Friedrich Freiherr von der Heyde, por muy cabreado que estuviera con él, se olvidaría de su affaire… quien sabe, hasta con un poco de suerte aquellos Diablos Rojos británicos se llevaban por delante al amiguito de Göering, y sus ansias por las niñas rubias de 12 años. Que la guerra es muy extraña, y lo que hoy parece negro, mañana blanco y viceversa.

Al empezar a atardecer llegaron a la linde opuesta. El fuego de artillería, propia por el sonido, se oía a la perfección. Hans Dieminger recordaba que a las afueras de Arnhem dos divisiones Panzer SS, más bien sus restos, “descansaban” esos días. Allí, con sus boinas negras, su parafernalia de banderitas y demás, pero también con sus carros y blindados, pocos sin duda pues para rearmarse deberían de recibirlos por ferrocarril, y ahí la fuerza aérea aliada tenía mucho que decir. Sin embargo con pocos bastaba para poner en un brete a una fuerza de paracaidistas recién lanzados. No pudo evitar estremecerse al pensar en aquellos paras ingleses, armados con material ligero, enfrentándose a tanques, vehículos blindados y artillería autopropulsada…Recordaba como en cierta ocasión, allá en Creta, un miserable tanque británico, un simple Matilda, les había bloqueado totalmente, desalambrando media compañía, hasta que con un arrojo casi temerario uno de los hombres se había colocado detrás del tanque dejándolo fuera de combate con las pocas cargas de demolición que llevaba. ¿Cómo se llamaba aquel tipo? ¿Rudolph? Sí, Rudolph, murió poco después, de manera ciertamente poco espectacular y gallarda. Se despeñó por uno de aquellos caminos de cabras de la isla, partiéndose el cuello… Por cierto, que no le habían dado ni una mala medalla, por lo del tanque claro… Tal vez porque cuando lo de Creta, aquello no dejó de ser una mera anécdota, como los cientos que hubo en aquellos días. Si tuviera una cerveza allí brindaría a la salud de Rudolph, joven héroe del Reich, despeñado honorablemente en Creta.

Pero, por mucho tanque o blindado que tuvieran los SS, Hans estaba convencido de que los ingleses lucharían y llegado el caso, morirían con honor, no por ingleses sino porque, a fin de cuentas eran paracas, y el espíritu de cuerpo es algo que se les inculcaba a todos ellos, fueran de la nación que fueran. No por nada los paracaidistas nacieron para luchar copados.

Apenas habían puesto un paso fuera del bosquecillo cuando ocurrió. Las balas trazadoras y las granadas de mortero les llovieron por doquier. Su cerebro fue más rápido que sus ojos, y le ordenó tirarse al suelo. En pocos segundos se dio cuenta de dónde procedían los disparos y ladró una orden. “Desplegaos hacía el flanco izquierdo”. Sus soldados así lo hicieron, a la par que abrían fuego. Tardó poco, apenas dos segundos, en darse cuenta de que había caído en su propia añagaza, cuando surgiendo de la derecha aparecieron varios soldados enemigos a la carrera… Después ya no pudo pensar en nada salvo en matar o ser matado… algo que se le daba francamente bien, casi tanto como el fabricar relojes en Colonia, aunque, sin duda, a su padre, esto le hubiera parecido francamente extraño.

Al cabo de 8 intensos minutos, el Teniente O’Brian, reorganizaba a sus hombres. Había sido un duro combate, al menos 19 de sus soldados yacían muertos en el bosque, aquellos malditos “boches” se habían defendido muy bien, a pesar de la sorpresa de la emboscada. Su sargento le indicó que uno de ellos, oficial le parecía, seguía vivo. O’Brian se acercó a él. Para cuando llegó había muerto ya. Rebuscando en sus bolsillos dio con su cartilla militar… “Capitán Hans Dieminger, Colonia” Se encogió de hombros, no sería él el que llorase por un nazi menos. Sin embargo al abrir la cartera se encontró con la fotografía de una linda niña, de doce o trece años calculó, con una frase escrita con letra claramente infantil, que le recordaba poderosamente a su hija Lucy… Y, no por última vez en su vida, O’Brian se alegró de no saber alemán.


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