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Este relato, aunque puede leerse de forma independiente, es continuación de “La batalla de Castro del Risco” ya publicado en el Portal de Historia Militar “El Gran Capitán”. El autor recomienda una lectura previa del primero ya que facilitará al lector el seguimiento cronológico de los acontecimientos. Todos los personajes que aparecen en el relato son ficticios. Sin embargo, los lugares, poblaciones y establecimientos son reales y han sido descritos exclusivamente para proporcionar un marco geográfico a la historia. Los materiales, aparatos, equipos y armamentos, ya sean civiles ó militares, que aparecen en la narración son auténticos y existen ó han existido en el mundo real. Todos los hechos aquí contados son fruto de la imaginación del autor y van encaminados a crear una posibilidad de “Historia alternativa”. Al final del relato, el lector encontrará las explicaciones a las llamadas entre paréntesis que figuran a lo largo del texto.

“Y tuvo un sueño; soñó con una escalera apoyada en tierra, y cuya cima tocaba los cielos…”

Génesis, 28:12


1. Crowne Plaza Hotel, Amman.

El lounge-bar del hotel estaba bastante concurrido. La voz del presentador del programa de noticias con mayor audiencia en el mundo árabe, apenas resultaba inteligible. Javier rodeó con su brazo la cintura de Nilda y, con la complicidad propia de un marido enamorado, la acompañó hasta una de las mesas del fondo; la más cercana al televisor.

El informativo “Waaqui Anbaa(1)” de la cadena Al-Areebah(2), era el equivalente en el Medio Oriente a los “telediarios” españoles. Javier y Nilda, mientras prestaban una fingida atención a sus tazas de “karkadé(3)”, no perdían detalle de la alocución en árabe que una de las reporteras más conocidas de la cadena realizaba en su condición de enviada especial:

– …estos que han visto son los cuerpos sin vida de Antonio Serrano, comisario político de Castro del Risco y Manuel Cajal, un auténtico fanático religioso que había impuesto el terror en esta pacífica población. Queremos –continuó la reportera- que nuestras imágenes sirvan de lección a todos aquellos que mantienen prisionero al valiente pueblo andalusí, con sus mentiras, sus actitudes corruptas y sus actos represivos. Desde Al-Andalus, para todo el mundo libre, ha informado Rawya Zeyara. Aláhu akba(4).

Nilda, apoyó su mano sobre el antebrazo de Javier en un gesto de comprensión y de sentimiento compartido.

Nilda Salgado era una experimentada agente del servicio de inteligencia militar portugués, SIEDM(5). Nacida en Angola, era hija de un oficial de la marina de guerra portuguesa y de una maestra de escuela de Coimbra, ambos destinados en Luanda. Creció en un país convulso por las sacudidas independentistas y envuelto en un clima de guerra civil entre facciones rivales, en el que ser portuguesa e hija de militar no contribuía a que su infancia fuera como la de cualquier otro niño europeo. Nilda tenía nueve años cuando el gobierno portugués otorgó la auto-determinación a las últimas colonias de ultramar: Angola, Mozambique, Guinea Portuguesa, Cabo Verde, São Tomé e Príncipe y Timor Oriental.

Javier Tamayo, apuró su taza de karkadé en una maniobra destinada a ocultar su rabia por lo que acababa de ver y escuchar en la televisión. Su temple profesional, casi legendario entre los servicios secretos españoles, amenazaba con sucumbir a una peligrosa mezcla de ira, cansancio por las horas sin dormir y estrés debido al permanente estado de alerta ante el peligro que corrían. El estimulante líquido tibio hizo que se sintiese mejor.

- Tiene que estar al llegar –dijo Javier.

- Tranquilo, todavía faltan cinco minutos –contestó Nilda, mientras miraba su reloj de pulsera con ese aire de turista impaciente, que no sabe que hacer con el tiempo que le queda entre excursión y excursión.

Habían llegado juntos el día anterior en el vuelo 692 de Lufthansa, procedentes de Montevideo, vía Sao Paulo y Frankfurt. En el aeropuerto Queen Alia de Amman habían tramitado visados de turista con sus pasaportes de nacionalidad uruguaya. En el control aduanero se presentaron como un matrimonio que celebraba su décimo aniversario de casados repitiendo el viaje de Luna de Miel(6) que realizaron a Jordania. Nilda, en un inglés con un marcado acento sudamericano, no había dejado de hacer comentarios al funcionario jordano, sobre lo maravilloso que había sido el viaje que supuestamente realizaron diez años atrás. Cuando por fin cruzaron la aduana ambos entendieron perfectamente el comentario en árabe que los funcionarios se hicieron entre ellos:

- ¡Pobre hombre!... yo no hubiera durado ni diez días con semejante cotorra.

La embajada española en Montevideo había realizado un trabajo sensacional consiguiendo aquellos documentos que parecían auténticos y que, dadas las excelentes relaciones entre los servicios secretos de ambos países, posiblemente lo fueran.

Por un instante Javier pensó que algo no iba bien. El individuo que estaba cruzando el lobby del hotel directamente hacia ellos era demasiado joven para ser la persona a quién esperaban. Se trataba de un muchacho de poco más de veinte años de edad vestido con pantalón de explorador color arena y un polo azul celeste en el que pendía una chapita metálica que rezaba: “Nebo Tours”. El tour-operador coincidía con el convenido pero…

- Mr. and Mrs. Vasques… -dijo el chico en un inglés casi figurado.

- Vázquez –contestó Nilda, corrigiendo la pronunciación del apellido-. Sí, somos nosotros.

- Soy su guía “parra la excurrsión a Wadi Rrrum”. Follow me, s’il vous plâit… –continuó el chico en su batiburrillo lingüístico.

Siguieron al guía turístico hasta el exterior del hotel, al tiempo que buscaban por el rabillo del ojo algún indicio de la presencia de agentes yihaidistas en el hall. No vieron nada que les resultara sospechoso.

En el acceso para vehículos les esperaba un 4x4 Hyundai Santa Fe, en cuyo interior, al menos a simple vista, sólo se encontraba el chofer: un individuo de tez oscura, edad indefinida y mirada ausente. Entraron en el coche y se acomodaron en los asientos traseros. El muchacho subió delante, en el asiento del copiloto. Javier echó un vistazo al interior del vehículo. Su formación como agente de campo le llevó a hacer un rápido check list de lo que estaba viendo, pero no encontró ningún indicio que le pusiera especialmente en alerta.

Llevaban recorridos varios kilómetros sin que se hubiera pronunciado ni una palabra en todo el trayecto. Ya habían dejado atrás el aeropuerto y ahora la autovía discurría en línea recta, en dirección sur, sin que pareciera tener final. El panorama iba cambiando rápidamente, pasando del gris urbano al marrón verdoso de las zonas hortícolas irrigadas por el río Jordán; hasta ir transformándose progresivamente en un paisaje casi lunar, de un blanco parduzco que se asemejaba a los polvorientos aledaños de alguna cementera. El tráfico de la carretera había menguado hasta convertirse en un espaciado goteo de autobuses turísticos y camiones de transporte.

A 62 Km. de Amman el conductor tomó un desvío que llevaba hacia el oeste, en dirección a Karak. Ésta, aún siendo una vía principal, todavía estaba menos transitada. Cuando apenas habían recorrido un par de kilómetros por ella, el chofer rompió el silencio y, sin desviar la mirada de la carretera, dijo en un castellano casi sin acento:

- Soy Uriel Doménech, Coronel del Agaf ha-Modi'in(7) israelí. Bienvenido a Jordania Comandante Tamayo…

Dando un ligero toque al retrovisor interior, enfocó con el espejo a la mujer directamente a los ojos y añadió: – …y usted es Nilda Salgado, Capitán de Fragata del SIEDM.

- Vaya, Coronel Doménech, su español es muy bueno, ¿de origen sefardí quizá? –preguntó Javier.

- Pues sí, mis antepasados vivieron en Valencia hasta el año 1492 y de allí huyeron a Navarra de dónde también fueron expulsados en 1498. En mi familia hemos ido trasmitiendo la enseñanza del castellano casi como un ritual que dura ya cinco siglos.
¿Usted es de los Tamayo de Oña? –preguntó a su vez el israelí.

- No, mi apellido proviene de los Tamayo de Valladolid –contestó Javier.

- De acuerdo, -dijo Doménech, dando por terminado el intercambio de frases clave que les habían permitido, a unos y otros, realizar la comprobación de seguridad de sus identidades.

El Coronel del servicio de inteligencia militar israelí abandonó la carretera y condujo el vehículo tras un pequeño montículo que lo ocultaba a la vista del escaso tráfico circulante.

- Tenemos poco tiempo –dijo Doménech-, los agentes del al-Mukhabarat(8) sirio están como locos intentando localizarnos. Saben que tanto ustedes como yo estamos en Amman y de sobra saben sumar dos más dos. Así que el paso tiene que hacerse esta misma noche. Las autoridades jordanas tardarán un par de días en echar de menos a dos turistas uruguayos a los que suponen reviviendo la clásica ruta turística de “Lawrence” por el desierto de Wadi Rum.

Doménech entregó a cada uno de los agentes un pen-drive Transcend JetFlash V20 de 64Gb de capacidad, que ambos hicieron desaparecer casi instantáneamente entre sus ropas.

- Abandonarán el país por separado –continuó Doménech-. Cada uno de los pen-drives que les he dado contiene exactamente la misma información. Deberán entregarla personalmente en sus respectivos Servicios. De esta manera, si uno de los dos fallase en la entrega, el Servicio que reciba la información se encargará de hacerla llegar a su homónimo. Si ambos fracasaran… que Dios nos ayude a todos.

Por la carretera apareció una destartalada camioneta KIA “Pick-up” que fue aminorando la marcha hasta detenerse en el arcén, a la altura del vehículo todo-terreno. El hombre que la conducía bajó del vehículo y se dirigió a la plataforma de carga y descargó un gran bulto, de forma más bien aplanada que dejó apoyado contra el montículo. Doménech hizo un gesto señalando con el pulgar hacia la camioneta y dijo:

- Nilda, su transporte ha llegado. Le acompañará Amro –afirmó dando una palmada en el hombro al silencioso joven sentado en el asiento del copiloto. – Ha nacido en Jordania, conoce bien el terreno y es de absoluta confianza.

Por un momento Javier y Nilda se buscaron con la mirada. Cada uno pudo encontrar en los ojos del otro un sentimiento que iba más allá de los lazos que, durante el combate, une a los camaradas de armas convirtiéndolos en hermanos de sangre. No dijeron nada, pero ambos pensaron que quizá en otras circunstancias… La profunda voz de Doménech dio por finalizada la silenciosa despedida:

- Vamos… no hay un minuto que perder. ¡Shalom behatzlaja!(8)

El muchacho jordano y la mujer bajaron del todo-terreno y subieron a la camioneta, que regresó de nuevo a la carretera para desaparecer en ella, perseguida por una nube de polvo del camino y humo del maltrecho tubo de escape.

Javier pasó a la parte delantera del 4x4, para sentarse junto a su colega judío.

- Es una buena chica –dijo Javier. Y una extraordinaria agente de campo.

- Lo sé –contestó Doménech-. Han elegido a los mejores para éste trabajo.

- Bueno, yo diría que han elegido lo poco que quedaba... Las cosas no van bien, amigo mío.

- Con lo que llevas ahí deberían mejorar –dijo el israelí señalando hacia los bolsillo de Javier.

- ¿Sabes que hay en el pen-drive?... –preguntó Javier con cierto asombro.

- Sé lo que tengo que saber. Aunque no conozco los detalles, contiene lo que se ha dado en llamar “Operación Escalera de Jacob”.

Doménech hizo una pausa y cerró ligeramente los ojos como si debatiera consigo mismo la conveniencia de seguir hablando del asunto. Por fin añadió:

- Pero lo que sí sé es que Israel ha decidido apoyaros abiertamente y sin reservas. No es difícil suponer que la información que llevas hace referencia, entre otras cosas, a la dimensión y la manera en que mi gente va a implicarse en vuestra guerra, que en pocas semanas se convertirá también en la nuestra.

- Y de los americanos, ¿sabes algo?

La falta de expresión en el rostro de Doménech fue suficiente respuesta para Javier.

- Ahora tienes que irte amigo mío. La única información existente para que el mando conjunto Hispano-Portugués conozca cómo, cuándo y dónde recibirá la ayuda que tanto necesita, está en tus manos y en las de Nilda… Ten muy presente que, en los tiempos que corren, no existe transmisión convencional ó digital segura en toda la península ibérica.

-¡Vamos Uriel!… –protestó Javier- nuestros sistemas de encriptación son tan buenos como los de cualquiera.

- No es sólo una cuestión de ELINT(10)…, ¡es un problema de HUMINT!. La Nueva Liga de la Yihad va varios pasos por delante en todo lo que hacéis. Tienen infiltrados en todos los niveles, y en todos los eslabones de la cadena de información. La quinta columna yihaidista os está haciendo perder esta guerra… y muy deprisa.

No había mucho más que decir. Javier estrechó con fuerza la mano del agente israelí. Bajaron del vehículo y se dirigieron al extraño bulto que había junto a la carretera. Rápidamente desenvolvieron mantas y lonas hasta dejar al descubierto una motocicleta Qingqi QMR 200 Enduro T.

Javier, subido en la potente moto de fabricación China, abrió gas a fondo y se internó campo a través en el polvoriento terreno semi-desértico, antesala de uno de los lugares más inhóspitos de la tierra.




2. Costa de Seixal, Isla de Madeira.

El hidroavión, un ShinMaywa US-2, se balanceaba suavemente sobre una mar calma, profunda e impenetrable en la oscuridad de la noche, mientras las hélices de sus cuatro motores daban los últimos giros hasta detenerse por completo. Por su costado de babor apenas algunas luces de la costa destacaban en la distancia. Los pescadores del lugar debían estar preparándose para su salida a la mar, mucho antes del alba.

El pequeño pueblo marinero de Seixal estaba situado al Nornoroeste de la Isla de Madeira. La Playa de Laje, de arena negra, era la única concesión que los abruptos acantilados hacían a los habitantes de la comarca para permitirles su salida al océano. Junto a la playa, un embarcadero de hormigón, protegido por un estrecho espigón, ofrecía amarre y resguardo a una veintena de embarcaciones de bajura que faenaban en esas aguas, cuyos desplazamientos nunca iban más allá de la duración de una jornada de labor.

A algo más de media milla al Norte del hidroavión, emergía a la superficie el submarino S-74 Tramontana para acudir a la cita concertada. En aquella noche oscura, de luna nueva, el contenedor DDS(11) colocado en la cubierta del buque, apenas se distinguía del resto del casco. Aún la nave no hubo alcanzado el estado de flotación positiva, el personal de trincas y el Trozo de Registro accedían al interior de este contenedor de forma cilíndrica e hidrodinámica y procedían a desestibar la zodiac, con su correspondiente motor fuera borda y tanque de combustible, pertrechos y armamento portátil; al objeto de acudir al encuentro y recoger, en el menor tiempo posible, la entrega convenida. Cada minuto que pasaban en la superficie multiplicaba el riesgo de ser detectados.

El piloto del hidroavión ordenó al tripulante que iniciara la maniobra para recibir la zodiac. Nilda se asomó al exterior para llenar sus pulmones de aire fresco. Llevaba un día y medio viajando sin parar de un lugar a otro, subiendo y bajando de un sin fin de medios de transportes, siempre con el temor de que su próxima escala podría ser la última. Pero aquellas eran aguas portuguesas y, por primera vez desde que salió de Montevideo, tuvo la sensación de que iban a conseguirlo.

El tripulante del hidroavión se había agachado para preparar uno de los puntos de amarre cuando Nilda lo vio deslizarse lentamente, en una posición absurda, como si se replegase sobre sí mismo, para al final caer al agua y desaparecer bajo la superficie. Un segundo disparo, tan silencioso como el primero, la alcanzó en la cadera y la catapultó al interior del hidroavión. Nilda sentía que le ardía el costado derecho. En el suelo del hidroavión se arrastró hacia atrás sobre su trasero hasta que consiguió apoyar la espalda en la carlinga.

Por la escotilla del avión pudo ver una lancha neumática negra a bordo de la cual iban varios individuos con trajes de goma y con la cara oscurecida por pintura de camuflaje. Aquel comando los había estado esperando. Sin duda conocían el lugar y la hora exacta a la que iban a amerizar y se habían adelantado por unos cuantos minutos a la embarcación que, procedente del Tramontana, debía recogerla.

El Piloto del hidroavión tironeaba de su pistola intentando liberarla de su funda sobaquera cuando recibió una salva de disparos procedentes de un arma automática con silenciador. El primero de los comandos apareció en el hueco de la escotilla. Nilda, empleando todas las fuerzas que pudo reunir, le propinó una patada con su pierna izquierda a la altura del plexo solar. El árabe salió despedido hacia el agua. Nilda, consiguió desenfundar la pistola del Piloto que yacía, sin vida, a sus pies. Otro de los comandos regó silenciosamente de proyectiles el habitáculo. Nilda, pegada al suelo disparó varias veces el arma provocando lo que a ella le pareció un estruendo ensordecedor.

Los soldados y marineros que ocupaban la zodiac del Tramontana escucharon disparos en la oscuridad procedentes del lugar dónde debería encontrarse el hidroavión. El Brigada Olmedo ordenó que cesara la silenciosa boga de combate, para poner en marcha el motor fuera borda y aproximarse al punto de reunión a toda la velocidad que podían alcanzar. Calculó que estarían junto al aparato en apenas en tres minutos. Mientras sujetaba con fuerza la pequeña vara del timón pensó que aquellos iban a ser los tres minutos más largos de su vida.

Nilda, había eliminado por lo menos a uno de los asaltantes. Pensó en ganar tiempo intentando cerrar la escotilla. Consiguió levantarse sobre su pierna izquierda y destrabar el portillón de su anclaje. Empujó con ambas manos la pesada compuerta y cuando ya casi había conseguido llevarla hasta la mitad de su recorrido recibió un nuevo impacto que le hizo añicos la muñeca derecha. Soltó la pistola que se perdió por el hueco abierto de la escotilla en dirección al agua.

Nilda tanteo el bolsillo interior de su chaleco con su mano izquierda. Consiguió alcanzar el pen-drive justo cuando el individuo al que había golpeado al principio del ataque estaba subiendo de nuevo al avión. Con el rostro cubierto de lágrimas por el insoportable dolor que le producían las heridas, consiguió introducir el pen-drive en su boca y empujarlo con dedos temblorosos hacia el interior de la garganta. Sofocó una violenta arcada y acabó de engullirlo por completo. Ante ella, el árabe, chorreando y jadeando, se aproximaba con los ojos inyectados en sangre mientras, lentamente, desenvainaba la afiladísima hoja de su cuchillo Ultramarine Extrema Ratio.




3. Curso del río Tajo, Cáceres

El solitario Antonov AN-74 200 volaba a baja cota a una altura de 300 pies sobre el curso del Tajo, en dirección Este. A pesar de que realizaba un vuelo nocturno, mantenía prácticamente los 500 km/h de su velocidad crucero. En esta ocasión, los 48 metros cúbicos de su compartimiento de carga estaban ocupados tan sólo por dos hombres.

Antes de la invasión, el Sargento 1º Rojas había sido Jefe de Salto para los cursos de formación de instructores paracaidistas que se impartían en la Escuela Militar de Paracaidismo Méndez Parada. Ahora estaba comisionado en las Islas Azores. Lo habían destinado a la División de Información del Estado Mayor del Ejército del Aire, como coordinador de operaciones para los agentes de la Oficina Nacional de Inteligencia y Contrainteligencia militar.

- ¿Cuánto pesa?, mi Comandante –preguntó Rojas mientras colocaba varios paracaídas en el suelo del aparato.

- Unos 88 kg, aunque creo que con tanto jet-lag, he debido perder un par de kilos en los últimos días –contestó Javier Tamayo sonriendo.

Rojas rebuscó entre los bultos que había dispuesto en hilera, desechó un par de ellos y se decidió por fin por uno de los paracaídas que había preparado.

- Este paracaídas G9 alemán está un poco sobredimensionado pero le será más propenso a “perdonar(12)”.

- Mejor así –apostilló Javier-. Hace bastante tiempo que no salto y necesitaré algo de ayuda.

El suboficial lo miró con resignación. Mientras acababa de preparar el equipo del agente no dejaba de darle vueltas a la situación. Un salto nocturno, en una noche oscura como boca de lobo, sin DZ(13) señalizada y realizado por un saltador que, aunque no era ningún pipiolo, debía hacer años que el único medio que utilizaba para abandonar un avión eran los fingers de las terminales civiles. Este tío no necesitaba ayuda –pensó, necesitaba un milagro para llegar entero al suelo.

- Lleva un dispositivo SLO (Safety Lock Out), que actúa por la presión atmosférica y activa la apertura automática del paracaídas –explicó pacientemente Rojas-. He seleccionado una altura de 2.500 pies. De esa forma evitaremos aperturas de la campana no deseadas. Su paracaídas se abrirá incluso aunque perdiera el conocimiento durante la caída libre.

- Muy considerado compañero, pero no pienso dejar que me dé una lipotimia ni nada parecido. Todavía mantengo cierta forma física.

¿Quién era aquel tipo al que le habían presentado como “Comandante” y sin embargo no había reparado en llamarle “compañero”? –se preguntó Rojas mientras ayudaba a Javier a colocarse el resto del equipo.

- Este es el Lopo-Lite, su paracaídas de reserva. No dude en abrirlo si su altímetro marca menos de 2000 pies y todavía no ha empezado a caer con mayor suavidad.

Javier Tamayo había completado su equipo con un fusil G36 encajado boca abajo entre las cinchas de la cintura, por detrás de su brazo derecho; y con una pistola Llama M82 enfundada en una pistolera Bianchi UM-84, colocada junto a su axila izquierda.

En la cabina del Antonov, el Piloto, con la respiración acelerada y el rostro empapado de sudor, no quitaba ojo al EGPWS Mark VI(14) mientras sentía que su nivel de adrenalina alcanzaba máximos completamente desconocidos para él. Volando a aquella cota, las posibilidades de rozar las copas de los árboles ó encontrarse con algún cable de alta tensión ó con algún ave en vuelo estacionario, eran más altas cada minuto que pasaba. Hasta ahora habían volado con el radar en stand-by y sin comunicación con control aéreo alguno, para evitar ser detectados. Dentro de poco rebasarían el embalse de Alcántara y comenzarían a ganar altura mientras tomaban rumbo sur para realizar la aproximación a la zona de salto. Entonces tendría que activar el Radar y el sistema GPS KLN-90B(15), lo que mejoraría notablemente las condiciones de navegación, pero conllevaría un considerable riesgo de ser detectados.

Un tripulante asomó la cabeza por el portillo hacia el interior del compartimiento de carga:

- Tres minutos para la zona de salto –anunció.

Rojas repasó el equipo del Comandante Tamayo. Ajustó algunas cinchas, comprobó fijaciones y velcros, y acabó dando una palmada sobre el casco de Javier cuando estuvo satisfecho.

Ambos notaron la inclinación del avión al ganar altura y percibieron claramente el cambio de rumbo, tal y como estaba previsto. La velocidad del aparato empezó a disminuir mientras la rampa trasera del AN-74 comenzaba a abrirse lentamente. Javier, oprimido bajo el peso de todo aquél equipo, agradeció el aire frío que invadió el habitáculo.

Habían elegido los terrenos de cultivo, ahora en barbecho, que se encontraban al Este de la ciudad de Cáceres, como zona de salto. El mando conjunto terrestre Hispano-Portugués había fijado su Cuartel General en aquella capital extremeña. La zona elegida era un cuadrado de casi mil metros de lado, delimitado por el Sur por la autovía A-58 Trujillo-Cáceres, por el Oeste por la carretera EX-390, por el serpenteante cauce del río Guadiloba al Norte, y por el embalse del mismo nombre al Este.

- Altitud 3.500 pies, recto y nivelado, viento de 15 nudos de componente oeste –indicó de nuevo el tripulante-, prepárese para saltar mi Comandante.

Javier empezó a descender la rampa justo en el preciso instante en que el avión dio una fuerte sacudida y empezó a acelerar y ganar altura.

El misil SAM-18 apareció en la pantalla del Radar a los pocos segundos de activarla. El Antonov no contaba con contramedidas anti-misil. Su única posibilidad era ganar altura y velocidad y confiar en salir del alcance del misil antes de que se produjera el impacto.
En la parte trasera del avión Rojas y Tamayo habían rodado por el suelo hasta quedar casi al borde de la rampa. El aparato aumentaba de velocidad rápidamente. Javier no lo pensó. Con un fuerte impulso se lanzó al vacío de cabeza. Rojas se arrastró como pudo hasta quedar fuera de la zona de succión de la rampa.

Javier miró su altímetro y, en la esfera iluminada, comprobó que había saltado a casi 5.000 pies de altura y que su velocidad de caída era mucho más alta de lo que hubiera deseado. A pesar de su traje camuflado de Goro-tex podía sentir como el frío le calaba hasta los huesos. Intentó desacelerar la caída adoptando la posición de “caja”, pero en ese momento una gran bola de fuego iluminó el cielo nocturno haciéndole perder la concentración. El Antonov había sido alcanzado por el misil superficie-aire y se precitaba hacia tierra envuelto en llamas.

Javier intentó centrarse. No tenía tiempo para pensar. Volvió a corregir la posición y consiguió alguna desaceleración, pero le preocupaba mucho más la deriva que iba acumulando y que le estaba alejando sensiblemente de su objetivo.

Miró el altímetro y comprobó que estaba a punto de alcanzar los 2.500 pies. Se preparó para resistir el fuerte tirón del arnés. El paracaídas se abrió pero Javier apenas notó una leve sacudida. Debido a las turbulencias y a que había estado en caída libre más tiempo del inicialmente calculado, el paracaídas había formado una “vela romana”: la campana se había extendido en toda su longitud pero sin llegar a abrirse.

Javier se dobló sobre sí mismo hasta formar una bola con pies y manos. La maniobra dio resultado y la campana se abrió en toda su extensión. Calculó que tardaría menos de dos minutos en alcanzar el suelo. Miró hacia abajo y se percató de que en tierra se sucedían un sin fin de destellos. Se estaba librando una auténtica batalla bajo sus pies. Los últimos informes de que disponían indicaban que no había unidades yihaidistas a menos de 60 km de Cáceres. Por lo visto, en las últimas 48 horas los fundamentalistas se habían dado mucha prisa en llegar hasta allí.

Javier tiró de uno de los mandos de su paracaídas y comprobó que, aunque podía girar con normalidad, el viento le arrastraba hacia el Este, en dirección al embalse de Guadiloba, alejándole de la zona de salto y por lo tanto de la ciudad.

Decidió que intentaría caer en el borde del pantano. Ahora podía escuchar fuertes explosiones. Aunque era una noche sin luna, los disparos de lo que, sin duda, debían ser armas pesadas, iluminaban la escena como si fueran relámpagos en una noche de tormenta. Uno de los cañonazos le permitió vislumbrar la superficie del agua del embalse. Corrigió de nuevo la dirección y sobrevoló la orilla del embalse para colocarse contra el viento y caer suavemente dentro del agua.

Se desembarazó de sus paracaídas y nadó hasta alcanzar una minúscula playa arenosa que comunicaba el pantano con el centro recreativo “Guadipark”, situado a sus orillas. Por delante de él y en dirección a Cáceres podía distinguir algunos vehículos blindados y carros de combate apoyados por unidades de infantería. Había caído en la retaguardia del enemigo. Pero no estaba dispuesto a que esa situación durara mucho tiempo. Empuñando su G36 echó a correr hacia delante dispuesto a recorrer los más de tres kilómetros que le separaban de las primeras calles de la ciudad.

Pasó a la carrera junto a lo que parecían los restos ardiendo de un BMP-2K. De repente, una fuerte explosión a pocos metros a su derecha le lanzó al suelo. Cayó rodando sobre sí mismo, de forma instintiva, hasta detenerse en el interior de un cráter formado por el impacto de un obús de 155mm. En mitad de la noche, cientos de fogonazos se solapaban con el estruendo de los cañones de los carros de combate y de las armas contra-carro, coreados por las intermitentes ráfagas de las armas ligeras, creando una caótica sinfonía de sonidos en aquel escenario fantasmagórico.

Por su izquierda apareció un T-72M sirio, seguido por un pelotón de soldados que avanzaban protegiéndose tras su blindaje. Agachó la cabeza y se pegó a la pared del hoyo. Cuado lo hubieron rebasado, saltó fuera del cráter y se dispuso a seguir a aquel grupo en la distancia, amparado por la oscuridad. Tomó como referencia al hombre más retrasado de manera que quedaba prácticamente oculto a la vista del resto. Apoyó el fusil en el hombro y deteniéndose un momento para hacer puntería disparó el arma. El soldado se desplomó entre el fragor de los disparos, sin que nadie se percatara de ello.
Apretó el paso hasta tener al siguiente hombre a la vista. Volvió a apuntar y a disparar. Esta vez el proyectil tan sólo rozó al soldado el hombro, quién se dio la vuelta intentando averiguar de dónde procedía el disparo. Javier disparó una certera ráfaga desde la cadera, abatiéndolo.

No daba crédito a lo que estaba sucediendo. Los soldados que iban por delante no se habían dado cuenta de que los estaba cazando uno a uno. Repitió la misma operación una vez más eliminando a un tercer hombre. Pero esta vez sí advirtieron su maniobra. El resto de los soldados del pelotón volvía sobre sus pasos desplegándose para intentar localizarle en la oscuridad.

Javier se echó al suelo y, en la penumbra, procuró confundirse con el terreno. Los soldados venían hacia él caminando despacio, intentando vislumbrar lo que había ante ellos. Javier encaró el arma decidido a disparar si llegasen a dar con él. Cuando se encontraban a menos de veinte metros de distancia de su posición el aire pareció incendiarse ante sus ojos. El T-72 había sido alcanzando por un proyectil de gran calibre disparado desde el lado español. Fue un impacto “afortunado” que debió hacer volar el pañol de municiones del carro de combate. La onda expansiva, acompañada de gruesos trozos de metralla, barrió a los hombres que venían hacia el.

Javier sacudió la cabeza para intentar descongestionar sus oídos, que habían quedado dañados por la explosión. Prácticamente sordo siguió avanzando en dirección a la posición que, suponía, ocupaban las tropas españolas. Unos metros por delante surgió de la oscuridad una monstruosa figura de metal. Seguía sin poder oír prácticamente nada pero notó que la tierra temblaba bajo sus pies como si fuera a producirse un terremoto allí mismo. Entonces fue consciente de que, lo que tenía delante, era un Leopardo 2E del ejército español. Hubiera saltado de alegría si no fuera porque debía ponerse a cubierto de inmediato. La tripulación del Leopardo no tenía forma de saber quién era él y qué hacía allí.

Encontró un hueco bajo el chasis destrozado de un AIFV egipcio y se introdujo en él. La gigantesca silueta del Leopardo pasó a menos de un metro de su improvisado bunker.

Javier volvió a ponerse en pie y siguió corriendo hacia delante. Ahora, lo que iba encontrando a su paso eran los restos de vehículos de combate españoles y portugueses destruidos en el enfrentamiento con la vanguardia yihaidista que, al menos de momento, estaba siendo contenida.

Pero, por lo que podía verse sobre aquel terreno, las bajas estaban siendo muy numerosas. Entre los cadáveres pudo identificar insignias y distintivos de diferentes unidades, cuerpos e incluso ejércitos. Esta vez parecía que la ofensiva fundamentalista no iba a ser un paseo militar, pero el precio estaba siendo altísimo. Javier tenía serias dudas de que, en aquellas condiciones, pudieran aguantar los embates de las fuerzas yihaidistas por mucho tiempo.

Por fin alcanzó la carretera EX-390 que daba acceso al centro de la ciudad. Comenzó a caminar por ella hasta que los primeros edificios se materializaron saliendo de la penumbra. Se detuvo un momento a descansar en uno de los bancos que flanqueaban aquella amplia avenida. Exhausto encendió un cigarrillo, inhaló profundamente el humo y pensó en el Sargento 1º Rojas y en la tripulación del Antonov, pensó en los cuerpos destrozados de los soldados que acababa de dejar atrás y en los hombres a los que, hacía poco, acababa de quitarles la vida, pensó en Nilda…; y tuvo la sensación de que nada tenía sentido.

Se sentía física y mentalmente agotado; incapaz de seguir adelante. Quería huir, marcharse lejos de aquella locura. Empezaba a clarear y pronto saldría el sol. Se incorporó pesadamente y echó a andar con paso cansino. Al llegar a la siguiente esquina levantó la vista y, mientras un estremecimiento le recorría la columna vertebral, pudo leer la placa que daba nombre a aquella vía: Avenida de los Héroes de Baler…

Javier sacudió y adecentó su traje de camuflaje, levantó la cabeza y continuó caminando con paso firme y ligero hacia las dependencias del Cuartel General.


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NOTAS ACLARATORIAS:

(1) Waaqui Anbaa: transliteración del árabe cuyo significado puede entenderse como “Informativo Noticias”. Esta denominación es ficticia y no existe en la realidad.
(2) Al-Areebah: transliteración del árabe cuyo significado es “inteligente, lista, astuta”. La denominación es ficticia y no se corresponde con ninguna otra cadena de noticias existente en la actualidad, ni es intención del autor establecer paralelismos con cualquier otro medio de comunicación.
(3) Karkadé: bebida típica en todo el mundo árabe cuyas cualidades son las de saciar la sed sin aumentar la transpiración corporal; tanto si se toma fría como caliente. En muchos hoteles y restaurantes la sirven, a discreción, como refresco de cortesía ó bebida de bienvenida.
(4) Aláhu akba: transliteración del árabe cuyo significado es “Alá es el más grande”. Esta expresión ha sido utilizada en el mundo musulmán como grito de guerra en todas las épocas.
(5) SIEDM: siglas del Serviço de Informações Estratégicas de Defesa e Militares, dependiente del Ministerio de Defensa portugués. Es el servicio de inteligencia militar de Portugal.
(6) Viajar a Jordania para celebrar la Luna de Miel es un clásico. Lugares como Petra, Wadi Rum, Jerash, el Mar Muerto, el Monte Nebo ó Aqaba; son destinos de interés turístico internacional, de primer orden.
(7) Agaf ha-Modi'in: también conocida como AMAN. Es la rama de inteligencia militar israelí.
(8) Al-Mukhabarat: Shu'bat al-Mukhabarat al-'Askariyya, es el temible servicio de inteligencia militar sirio.
(9) ¡Shalom behatzlaja!: transliteración del hebreo que significa ¡paz y buena suerte!
(10) ELINT: siglas de Electronic Intelligence, comúnmente utilizadas en todos los servicios secretos del mundo para referirse a la adquisición y transacción de información por medios electrónicos. HUMINT: siglas de Human Intelligence, referidas a las acciones de inteligencia basadas en el contacto interpersonal.
(11) DDS: siglas de Dry Deck Shelter, contenedor de forma cilíndrica e hidrodinámica instalable en la cubierta de algunos submarinos, cuyas medidas son 720 cm de largo por 140 cm de alto. Se utiliza para estibar en su interior todos los equipos necesarios de un comando de operaciones especiales.
(12) Perdonar: término en el argot paracaidista y aéreo que viene a significar la capacidad que tienen algunos aparatos y equipos para soportar pequeños fallos humanos, sin provocar daños de consideración.
(13) DZ: siglas de Drop Zone. Es el área sobre y/o alrededor de la cual un paracaidista salta desde un aparato en vuelo, con el objetivo de tomar tierra en ella. Es la zona de salto.
(14) EGPWS: siglas de Enhanced Ground Proximity Warning System. Se trata de un sistema de alarma por proximidad que anuncia al piloto la existencia de obstáculos en el terreno dentro de la trayectoria de vuelo del aparato. Se utiliza especialmente en las maniobras de despegue y aterrizaje y en los vuelos de baja cota.
(15) GPS KLN-90B: complejo sistema de posicionamiento global muy común en aeronaves de fabricación rusa.

 


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