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Nota: Este relato está basado en una “escena” de una antigua partida de rol on-line. Como un servidor manejaba tres de los cinco personajes además de ser co-director del juego creo que se puede considerar que la paternidad de la historia es fundamentalmente mía (dicho sea sin querer restar mérito a los otros jugadores). No se trata estrictamente de un relato militar, aunque la narración se desarrolla en un contexto bélico. La intención era que la historia tuviera continuidad pero como tantos otros proyectos quedó interrumpido por lo que os anticipo que el relato tiene un final abierto. No he podido resistirme a introducir unos pocos guiños literarios, cinematográficos e incluso televisivos fácilmente reconocibles. Como el texto resulta algo largo ha quedado dividido en dos partes. Espero que lo disfrutéis.



Tras el tiro al pato de Abukir la Royal Navy era dueña y señora del Mar Mediterráneo. Los restos de la armada francesa permanecían encerrados en Tolón y desde su base de Menorca los británicos impedían que ningún barco pudiera entrar o salir de los puertos franceses. Las guarniciones de Napoleón en Malta y Egipto quedaban aisladas y los chicos de Nelson solo tenían que esperar tranquilamente hasta que cayeran como fruta madura.

Con los puertos cerrados la actividad económica se había visto muy mermada. La favorable neutralidad española permitía que Francia no estuviera desabastecida, pero ahora las mercancías debían desembarcarse en puertos españoles y, cargadas a lomos de mulos, cruzar los Pirineos hasta los mercados franceses. El procedimiento era costoso y los precios de las importaciones se habían disparado. Las posibilidades de negocio estaban claras y las ganancias podían ser muy abultadas para quien tuviera el valor de afrontar los riesgos. Bernardo Bertrán de Lis tenía ese valor, y también el barco más rápido del Poniente mediterráneo.

El “Fortuna y Gloria” era un bello jabeque mallorquín de 300 toneladas armado con 28 cañones (22 de 8 libras y 6 de 4 libras) con el que Bernardo Bertrán de Lis, el benjamín de la familia de ricos comerciantes valencianos, se dedicaba al corso contra los piratas argelinos y al transporte rápido de mercancías (actividad que algunos malintencionados no dudaban en calificar como contrabando). Vislumbrando las posibilidades de un negocio redondo el capitán Bertrán de Lis adquirió un buen cargamento de mercancías procedentes de Indias: tabaco, sedas chinas, especias… productos que ocuparían poco espacio en las reducidas bodegas del jabeque pero por los que los gabachos pagarían lo que se les pidiese.

Con la preciosa carga estibada en su bodega el “Fortuna y Gloria” zarpó desde Barcelona con rumbo sur-este como si su destino fuera Palma. Pero cuando el sol se hundió tras los montes de la Península el capitán ordenó variar el rumbo, aproar al norte y apagar fanales. Suponiendo que Tolón, Marsella y los puertos mayores estarían muy bien guardados su plan era arribar al pequeño puerto pesquero de Port-du-Bouc en la Camargue. Un agente de los Bertrán de Lis ya había cerrado el trato con una firma de Marsella de modo que les estarían esperando y solo habría que desembarcar la carga, cobrar y salir por piernas. No era cuestión de andarse con regateos y negociaciones en un puerto desprotegido.

Las primeras luces del alba descubrieron la línea de la costa a proa del jabeque, no demasiadas millas hacia el norte. El capitán sonrió satisfecho al reconocer las bocas del Ródano: habían amanecido muy cerca del punto previsto. Trazando un giro de 360 grados Bernardo escrutó el horizonte en busca de alguna vela sospechosa. Nada, el mar estaba totalmente despejado.

En poco más de una hora el buque español entraba en la recogida bahía. Las casitas blancas de Fos-sur-Mer y Port-du-Bouc eran ya perfectamente visibles. Incluso podía distinguirse en el muelle de esa última población a los curiosos que se congregaban ante la inesperada llegada de un barco. Bernardo estaba a punto de dirigir la maniobra de aproximación cuando un grito le heló la sangre.

- ¡Vela a la vista! ¡A popa! ¡Sud-sudoeste! –bramó el vigía desde la cofa.

El capitán Bertrán de Lis soltó una maldición y corrió a la toldilla. Apuntó el catalejo en la dirección indicada descubriendo una fragata de guerra, que en esas aguas solo podía ser británica. Por unos instantes dudó sobre qué decisión tomar. Si arriaban velas y echaban el ancla tal vez el inglés pasase de largo ya que el bajo perfil del “Fortuna y Gloria” podía resultar casi invisible al confundirse con la costa cercana. Pero si la fragata los descubría su suerte estaría echada: atrapados en la bahía los cañonearía sin piedad hasta reducir el jabeque a astillas. Había otra posibilidad: salir a toda vela y poner proa al sudeste para escapar siguiendo un rumbo paralelo a la costa. Navegarían contra el viento, pero la arboladura latina del jabeque le permitía bolinear mejor y la fragata no podría sacar partido de su mayor superficie vélica. En esas condiciones podrían hacer uno o dos nudos más que la fragata e ir abriendo hueco. Cuando la distancia fuera suficiente virarían a estribor para ganar mar abierto.

- Bueno –murmuró decidido-. Si hoy tenemos que morir que no sea encerrados en esta ratonera.

Pero el capitán inglés demostró ser un excelente marino y su fragata era muy velera. Dando hábiles bordadas logró que la distancia entre ambas naves apenas aumentase. El inglés mantuvo durante horas una derrota paralela a la del jabeque, a poco más de una de milla de su aleta de estribor, de manera si éste viraba para salir a mar abierto quedaría al alcance de sus cañones. Era como si quisiera empujarlo hacia el este, hacia Marsella. Bernardo comprendió entonces sus intenciones: le obligaba a dirigirse directamente hacia la boca del lobo, hacia la escuadra que bloqueaba el puerto de Marsella.

- ¡Barcos a proa! ¡Muchos barcos a proa! –gritó el vigía respondiendo a sus pensamientos.

Efectivamente allí estaba la escuadra británica. A través del catalejo el capitán español contó los buques que sesteaban frente a la rada de Marsella: “Dos navíos... dos... no, tres fragatas y un puñado de corbetas. ¡Mare de Deu, nos van a machacar!”

- Vicent –dijo a su segundo oficial intentando aparentar sangre fría-, ordene arriar nuestra bandera e izar la británica.

El veterano oficial obedeció sin rechistar pero en su mirada se leía un: “Ese truco no va a funcionar, no con esta arboladura”. La intención del capitán era que los ingleses creyeran que su fragata regresaba escoltando un carguero apresado. Bernardo casi podía ver la escena: “¿Qué se acercan dos naves con pabellón británico? ¡Qué inoportuno señor Casey, es la hora del té! Comuníqueselo al comodoro”.

“¿Es la hora del té?- pensó- ¡Por Dios, que sea la hora del té!”

El jabeque se iba aproximando poco a poco a los buques británicos cuando de repente un cañonazo retumbó por popa: los de la fragata trataban de alertar a sus compatriotas. Al cabo de unos minutos dos corbetas de la escuadra de bloqueo levaban anclas y soltaban trapo. El cerebro de Bertrán de Lis bullía con cálculos.: “A esa distancia... tienen el viento a favor... el alcance de las baterías de los fortines franceses... muy ajustado... ¡Demasiado ajustado! ¡No vamos a pasar!”

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Los días transcurrían interminables en el puerto de Marsella, un puerto sin ninguna actividad desde hacía meses debido al bloqueo. La flotilla encargada de la defensa del puerto (un puñado de bergantines y cañoneras de sonoros nombres como “Furieux”, “Tonnant” o “Vengeur”) se encontraba en una situación de total abandono, con tripulaciones reducidas y armamento desembarcado ya que nadie esperaba que saliera para enfrentarse a los ingleses.

El capitán Desmarais se había sabido amoldar bien a una situación que, por lo que él sabía, podía eternizarse. Pero incluso él debía reconocer que resultaba terriblemente tedioso. Aquella tarde, tras una buena siesta, estaba en una taberna del puerto jugando una partida de alouette y bebiendo pastis con otros marinos tan aburridos como él. El sonido de los cañones alteró súbitamente la tranquilad de la jornada.

- Eso parecen las baterías de los fuertes –dijo el contramaestre del “Mistral” sin levantar la vista de los naipes que sostenía.

- Si eso parece –respondió el capitán Desmarais bebiendo otro sorbo de pastis.

Entonces irrumpió en el local un cabo de la infantería de marina... un tal Reynaud creyó recordar Desmarais. El joven, agotado por la carrera, se cuadró ante los presentes.

- Mon capitaine –dijo una vez recobrado el resuello-, un barco intenta entrar en el puerto... perseguido por los ingleses.

El capitán miró al infante... miró las cartas... ¡ahora que tenía una buena mano!

- Monsieurs –dijo resoplando mientras se levantaba y se calaba el bicornio- vayamos a ver como los ingleses hacen volar por los aires a ese majadero.

El grupo se dirigió sin ninguna prisa hacia le Vieux-Port. Al llegar a los muelles Desmarais oteó hacia la boca de la ensenada. Un jabeque con bandera británica (un ardid estúpido, pensó) navegaba a todo trapo hacia el puerto perseguido por un fragata. Dos corbetas de la Navy trataban de cortarle el paso pero las baterías de los fuertes habían comenzado a disparar obligándoles a mantenerse a distancia. Las corbetas hacían fuego contra el jabeque pero sus disparos quedaban cortos. En ese momento los del jabeque arriaron la Union Jack e izaron la rojigualda.

- Locos españoles –murmuró-, parece que van a conseguirlo.

En el puerto se había congregado mucha gente: alertados por los cañonazos muchos marselleses habían corrido hasta allí impulsados por una mezcla de curiosidad y preocupación, siendo espectadores de las desesperadas maniobras del jabeque. La multitud estalló en aplausos y vítores cuando la nave por fin encaró la bocana del puerto y sus perseguidores viraron en redondo: “¡Vive la France! ¡Vive l’Espagne! ¡Vive Napoleon!”.

- Muchacho –ordenó Desmarais a Reynaud- reúna un piquete, forme un perímetro y mantenga apartados a los curiosos.

El jabeque atracó en el muelle auxiliado por los operarios del puerto. El joven capitán español se dirigió a Desmarais desde la cubierta:

- Mon capitaine –dijo en buen francés- ¿concede usted su permiso para bajar a tierra?

- N'est pas même possible monsieur –respondió Desmarais-. Comprenderá que antes deba mandar un trozo a inspeccionar su nave.

El español asintió comprensivo.

- Tengo a bordo un par de heridos graves –dijo con preocupación- ¿podría enviarme también un médico?

Desmarais se rascó la cabezota pensativo.

- ¿Hay algún médico por aquí? –preguntó al fin dirigiéndose hacia el grupo de curiosos que los hombres de Reynaud trataban de mantener a distancia.

-¡Yo!- contestó una voz femenina de entre la multitud- ¡Soy médico y hablo español!

El capitán Desmarais observó como una joven rubia se abría paso hasta llegar al cordón formado por los soldados.

- Mon Capitaine –dijo la muchacha clavando sus ojos azules en Desmarais-, mi nombre es Sophie Dubernard, del Hôpital de Saint-Esprit. Yo puedo ayudarles.

“¡Una mujer médico! –Pensó Desmarais mirando de arriba abajo a la bella mujer-. Primero la Revolución y ahora esto… Francia está perdida”.

Sophie no había sido del todo sincera. En realidad no era médico. Lo cierto es que no había mujeres médico en Francia. Ella había aprendido todo lo que su padre (el más prestigioso médico de Marsella) podía enseñarle, estaba al tanto de los últimos avances médicos y sus manos eran más hábiles que las del mejor cirujano. Y pese a todo Sophie Dubernard era tan solo una matrona. Los estúpidos prejuicios del estamento médico le impedían ingresar en la facultad. Mientras en Prusia algunas mujeres ya habían obtenido el título de doctora en medicina, la avanzada Francia estaba todavía lejos de dar ese paso.

- ¡Reynaud! –Dijo Desmarais encogiéndose de hombros - Tome la mitad de sus hombres y suba al barco. Regístrenlo de arriba abajo y asegúrese de que no es un caballo de… de… ¿de dónde coño era el caballo ese de madera? Bueno… confirme que no es una jugarreta des Anglais. Si está todo en orden haga desembarcar al capitán y me lo trae a la taberna… ¡Ah! Se lleva también a madeimoselle Dubernard… le hago responsable de su seguridad. Si el estado de los heridos es muy grave que los desembarquen y los lleven al hospital. Deje un pelotón vigilando la nave… que no suba ni baje nadie más sin mi permiso… ¿Tout clair?

El cabo se apresuró a cumplir las órdenes: eligió a unos cuantos hombres y acompañado de madeimoselle Dubernard se dirigió hacia la pasarela.

- Por favor madeimoselle–dijo a Sophie –, creo haber entendido que habláis español. ¿Podríais ser nuestro intérprete?

- Con mucho gusto cabo –respondió- ¿Seríais vos tan amable de enviar a alguien al hospital para recoger mi instrumental? Tal vez pueda necesitarlo.

El cabo asintió y Sophie, en buen castellano, solicitó permiso para subir a bordo.

- Madeimoselle –respondió en francés Bertrán de Lis que había sido testigo de toda la escena desde la nave-, será un placer recibiros a bordo de mi nave... a vos y a vuestros acompañantes.

Sophie y el trozo de inspección subieron a bordo y el capitán español ofreció caballeroso su mano para ayudar a la mujer a saltar desde el antepecho a cubierta.

- Bernardo Bertrán de Lis a vuestro servicio. De haber sabido que los funcionarios de aduanas marselleses son como vos hubiera arribado a este puerto mucho antes –bromeó galante.

Sophie miró al suelo tratando de ocultar su sonrojo.

- Los heridos… -apremió la muchacha con un hilo de voz.

Bernardo ordenó que la acompañasen hasta la cámara donde se encontraban los heridos. Al saberse fuera del alcance de los cañones británicos los hombres habían suspirado aliviados, se habían relajado y habían bajado la guardia... y el mar siempre se cobra un precio por las imprudencias. Cuando antagallaban para apagar velas un gaviero novato se había pillado la mano entre un cabo y la entena de la mayor. El desgraciado cayó desde lo alto con la mano destrozada arrastrando consigo a otro marinero que trepaba por las jarcias. Una mala caída... el estado de los dos hombres era grave.

- Monsieur –dijo Bernardo al cabo que parecía estar al mando-, mi nave lleva un cargamento de especias, tabaco, porcelana y otros productos indianos a cargo de la Société de Négoce de Marchandises et Entreprises Breton, Balville et Associates de Marsella. Podéis comprobarlo.

- Ese es mi deber Monsieur- respondió Reynaud- . Mis hombres inspeccionarán la nave para cerciorarnos de que todo está en orden.

Mientras los soldados registraban el jabeque el capitán se dirigió hacia la cámara donde madeimoselle Dubernard luchaba por salvar la vida de los dos marineros. El suelo de la estancia estaba resbaladizo. El serrín esparcido no daba abasto para absorber la sangre de los heridos. Ella misma estaba cubierta de sangre, desde las manos hasta los hombros. Incluso su rostro estaba manchado por las salpicaduras. Las sombras que proyecta la mortecina luz de un candil daban a la escena un aspecto extraño y terrible. La mano de uno de los hombres colgaba de sus ligamentos. Los vasos estaban rotos, escupiendo intermitentes chorros de sangre con cada latido. Un vendaje empapado cubría la hemorragia y Sophie había aplicado un torniquete a dos dedos del codo que no parecía suficiente para detener la pérdida de sangre. La situación del otro marino no era mejor. Estaba tumbado boca abajo sobre una mesa, y la región lumbar estaba completamente amoratada. La hinchazón de su zona derecha indicaba que le había estallado el bazo y los moratones eran el síntoma de la hemorragia interna que, sin un sangrado apropiado, acabaría pronto con su vida.

Al ver entrar a su capitán el segundo oficial del “Fortuna y Gloria”, que hacía las veces de improvisado enfermero, movió la cabeza de un lado a otro indicando que aquello pintaba muy mal. Bernardo no podía apartar la vista de la joven admirado de que una persona de aspecto tan frágil pudiera enfrentarse a la muerte con tanta energía.

- Doctora Dubernard –le dijo con suavidad-, habéis hecho lo humanamente posible y os lo agradezco, pero me temo que estos hombres no necesitan la atención un médico sino la de un sacerdote. Su vida está ahora en manos de Dios.

-¡Y una mierda! –replicó ella sin tan siquiera volver el rostro- ¡A mí estos dos no se me mueren! ¿Dónde demonios está mi instrumental?

La inesperada reacción de la muchacha dejó sin palabras al capitán.

- Esto… yo… iré a cubierta a ver si averiguo algo –acertó a decir mientras salía de la estancia perplejo.

Justo en ese momento llegaba a la carrera un soldado que traía desde el hospital el maletín de madeimoselle Dubernard. El capitán ordenó que lo llevaran enseguida a la cámara. Mientras tanto los infantes franceses registraban el “Fortuna y Gloria” de una manera bastante superficial: comprobado que en sus bodegas no se escondía medio ejército de Su Graciosa Majestad parecía traerles sin cuidado si se transportaban unas mercancías u otras. Hizo su aparición entonces en el muelle un gracioso y sudoroso personajillo que resultó ser el contable de “Breton, Balville et Associates”. Hasta sus oficinas había llegado la noticia de la arribada a puerto del jabeque y quería asegurarse de que la carga estaba en perfecto estado y que lo accidentado del viaje no iba a suponer un aumento sobre el precio acordado. La presencia del chupatintas acabó de convencer a Reynaud que dio por concluida la inspección y pidió cortésmente al capitán español que lo acompañara para ser interrogado por Desmarais.

La entrevista con el capitán Desmarais en la Taverne du Dauphin fue cordial. Sin duda a ello ayudó el hecho de que Bertrán de Lis hiciera traer desde el “Fortuna y Gloria” una caja de botellas de tinto de su reserva personal a modo de presente… después de varios años en el negocio ya llevaba bien aprendida la lección de cómo tratar con las autoridades en un puerto mediterráneo. Para el oficial francés todo estaba conforme, el español tenía permiso para descargar la mercancía y la tripulación podía bajar a tierra libremente.

- Solo os ruego que tengáis la cortesía de avisar con antelación si pensáis abandonar Marsella –había dicho Desmarais-. Por cierto, he comunicado a París su arribada a puerto… pura formalidad… el papeleo habitual.

Satisfecho con el resultado de la reunión Bertrán de Lis regresó hacia el muelle donde se encontraba amarrado el “Fortuna y Gloria”. Al llegar se encontró con que los marineros heridos eran trasladados sobre parihuelas a unos carros. Desde la cubierta del jabeque un marinero arrojaba por la borda sin demasiada ceremonia una mano amputada. Sophie supervisaba el desembarco. La muchacha estaba cubierta de sangre coagulada, tenía los cabellos desordenados y parecía agotada. Al ver llegar al capitán español sonrió.

- Os dije que los salvaría- dijo con un brillo de triunfo en los ojos-. Los llevo al hospital de Saint-Esprit. Tardarán en recuperarse bastantes días, pero vivirán. Os lo dije.

En ese momento el cansancio la hizo trastabillar y el capitán tuvo que sostenerla para evitar que cayera. Sus miradas se cruzaron y durante un instante ella mantuvo sus ojos fijos en los de él. Bernardo pensó entonces que no le importaría tener para siempre a la señorita Dubernard entre sus brazos y poder bucear eternamente en la profundidad de aquellos ojos azules. La muchacha se separó lentamente musitando un agradecimiento. Los heridos ya estaban acomodados en los carros y uno de los cocheros la ayudó a subir el pescante.

- Madeimoselle –dijo el español intentando mirar hacia cualquier sitio que no fueran los ojos de la señorita Dubernard-, le estoy muy agradecido por lo que ha hecho por mis hombres. Mañana pasaré por el hospital para interesarme por ellos. Yo… esto… confío veros por allí.

- Estaría encantada. Quiero decir… a mí me gustaría también veros... Estaré en el hospital – contestó mientras el vehículo se ponía en movimiento.

El capitán Bertrán de Lis se quedó plantado en el muelle con una expresión bobalicona en su rostro observando cómo los carros se alejaban hasta que finalmente doblaron una esquina y los perdió de vista. Girando sobre sus tacones se dirigió hacia el “Fortuna y Gloria” caminando muy despacio ensimismado en sus pensamientos. Los últimos rayos del sol iluminaban con una suave luz dorada los perfiles del viejo puerto. Había sido un día muy intenso.

Continuará…


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