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Introduccion

Eben Emael es una importantísima zona fortificada que, con su artillería moderna y bien protegida, está en condiciones de cortar el paso a cualquier ejército que pretenda transitar por el canal Alberto. Para Hitler, la fortificación belga es un obstáculo que podría obstaculizar la perfecta ejecución de su plan de invasión a Francia. Evidentemente, con las tácticas y las técnicas ortodoxas no sería posible reducir ese punto fuerte, pero un puñado de "locos bajados del cielo" lograra, en un tiempo mínimo y con pérdidas insignificantes, conquistarlo.

Hitler ha decidido la conquista de Occidente. Durante los últimos meses, las 108 divisiones de que disponía la "Wehrmacht" cuando sus fuerzas iniciaron la invasión del territorio polaco, han alcanzado ya la cifra de 157. Todos los soldados ocupados en la construcción de fortificaciones han ido siendo relevados en esas tareas por los trabajadores militarizados de la "organización Todt" y entrenados aceleradamente para ser integrados en las nuevas unidades en composición. La máquina de guerra de la Wehrmacht está a punto.

Dejando aparte las tropas dedicadas a la defensa del territorio y aquellas que ocupan Dinamarca y combaten en Noruega, 136 divisiones -entre ellas 17 blindadas y motorizadas-, esperan la orden de marchar sobre Bélgica, Holanda y Francia. A pesar de la importancia de esas cifras, el conjunto de las fuerzas terrestres que belgas, holandeses, franceses y británicos han logrado poner en pie hasta los primeros días del mes de Mayo, alcanza prácticamente la importancia de las que Hitler tiene a su disposición: 135 divisiones aliadas contra las 136 de la Wehrmacht. Sin embargo, su capacidad operativa es muy diferente. Mientras en el lado alemán los informes que se realizan tras la inspección de las diferentes unidades hablan de la magnífica preparación de las tropas y de su excelente moral, entre los aliados no siempre las cosas se desarrollan de igual manera. A pesar de los esfuerzos realizados, en el ejército holandés la preparación técnica de los oficiales de complemento es totalmente insatisfactoria. La situación es también preocupante para los responsables del ejército belga. El general Van Overstraeten escribirá sobre las graves deficiencias encontradas entre los mandos de muchas de las divisiones, inmersos en tareas burocráticas y sobre el bajo nivel general de la infantería. Según este general, la preparación técnica y la moral de las tropas se encuentran muy por debajo de las exigencias de la guerra moderna. En el ejercito francés las cosas no ocurren de una manera satisfactoria. A pesar de la inminencia de los enfrentamientos, los esfuerzos por ampliar las fortificaciones de la línea Maginot han motivado que solo un día a la semana sea dedicado a la instrucción de las tropas... Por si todo ello fuera poco, la superioridad de la Luftwaffe en el aire sigue siendo total. Finalmente, solo después de que los alemanes inicien su ofensiva seran puestos los ejércitos aliados bajo la dirección de un mando único. Así, cuando la Wehrmacht pone en marcha su espectacular máquina de guerra, tiene prácticamente todas las cartas a su favor. Pero no están aun todo decidido y para asegurar el éxito de su ofensiva debe superar un obstáculo formidable: el fuerte de Eben Emael. Hitler consciente de ello, ha decidido hace ya tiempo dirigir personalmente los preparativos de esta delicada operación.

El coloso de Eben Emael

"No pude pegar un ojo en la noche del 9 al 10 de Mayo de 1940. Me mantenía despierto sobre todo la preocupación lacerante del tiempo que haría. La rabia me invadió al salir el sol, cuando me di cuenta de que esto ocurría quince minutos antes de lo que me habían asegurado. Pero en mi fuero interno sabia que las cosas irían bien. A las siete de la mañana llego la noticia: "En el fuerte de Eben Emael reina el silencio". Y luego: "Hemos conquistado uno de los dos puentes sobre el Mosa".

Hitler aparecía todavía radiante al confiar estos recuerdos a sus íntimos ante la mesa espartana del Cuartel General de Rastenburg. Tenía razones para ello: el plan de ataque fulgurante al fuerte de Eben Emael, una de las imponentes fortificaciones modernas, situada cortando el paso de la frontera belga y el canal Alberto, era totalmente obra suya y había funcionado al milímetro, con perdidas mínimas y éxito tan increíble que hizo creer a sus adversarios, sorprendidos por la rapidez del ataque en todos los frentes, desde el mar del Norte hasta Suiza, en las más negras previsiones y les creó un gran desasosiego. Ninguna otra empresa militar aislada iguala en toda la Segunda Guerra Mundial a la conquista de Eben Emael, en la que la fantasía, la audacia, el adiestramiento y el espíritu de iniciativa se fundieron en una acción de manual.

El enorme conjunto de fortificaciones que los belgas llamaban Eben Emael había surgido a principios de los años treinta, al mismo tiempo que los trabajos de excavación del canal Alberto, que une el Mosa, entre Lieja y Maastricht, con Amberes, bordeando la frontera holandesa a lo largo del llamado "saliente de Maastricht". En esta delicadísima zona, el canal puede cruzarse solo por tres puentes; el de más al Norte es el de Weldwezelt, al que siguen el de Vroenhoven y el de Canne. Quienquiera que desee ir de la zona de Aquisgrán hacia Bruselas ha de cruzar necesariamente el canal por uno o dos de los tres puentes citados, si es que pasa por Maastricht. Hay que tener en cuenta además que los tres puentes se hallan como protegidos por la frontera holandesa. En otras palabras, un agresor procedente del este que pretendiese seguir este recorrido no tendría otra opción que violar la neutralidad holandesa, además de la belga. En la Primera Guerra Mundial, eso no sucedió, por lo que las tropas del Kaiser tuvieron que resignarse a desfilar por debajo del saliente de Maastricht, marchando por la línea Lieja-Namur-Dinant-Charleville. En 1940, los belgas esperaban, con cierta dosis de ingenuidad, que su neutralidad seria respetada y estaban casi seguros de que al menos la de Holanda no sería discutida. Pero también había pensado en el cas de malheur, por lo que habían construido Eben Emael, con la triple función de cerrar el canal Alberto justamente al sur del saliente de Maastricht, cubriendo los accesos desde Lieja; controlar los tres puentes más al Norte, el más alejado de los cuales se hallaba solamente a 6km de terreno llano de sus casamatas, y, finalmente, constituir un punto avanzado de la defensa del campo atrincherado entre Lieja y Bruselas; era en este campo donde debería haber tenido lugar la reunión de tropas en la movilización belga, además de encontrarse allí la cabeza puente de las divisiones que, posiblemente, franceses e ingleses enviarían como socorro.

Eben Emael
Vista aerea de Eben Emael.

Eben Emael se hallaba en en un amplio valle y estaba circundado de colinas poco importantes; tenia planta triangular, con el lado meridional más corto, algo curvo, o mejor dicho poligonal. Su eje mayor, el norte-sur, media alrededor de 900 metros y no era otra cosa mas que el murallón occidental del canal Alberto, de 40 metros de altura; como el lado opuesto del canal era otro murallón semejante y de la misma altura, por ahí el fuerte era inexpugnable. Entre los dos murallones, había una distancia de 60 metros, no se podía tender ningún puente, sin contar con el hecho de que era imposible hacerlo ante el fuego directo del fuerte. Ninguna tropa podía pensar razonablemente un ataque desde abajo, recorriendo el fondo de la enorme trinchera por el canal o por las orillas. Pese a que escalar 40 metros de áspero murallón de piedra era un empresa extraordinaria, los belgas previeron también esa eventualidad; dos construcciones de hormigón armado, una al sur y otra en el centro del murallón, dominaban con el fuego cruzado de sus cañones, ametralladoras y reflectores todo el trincheron . Para recorrerlo, habría sido necesario destruirlas, pero por el interior del fuerte se les había dotado de un sistema de galerías; además de por su robustez excepcional, se hallaban protegidas por el fuego cruzado de las baterías colocadas en lo alto del propio murallón. La base sur de Eben Emael tenía una anchura de 700 metros; el perímetro de este lado poligonal, así como el que se unía con el vértice norte, presentaba una serie de torres acorazadas bastante próximas entre si, levantadas sobre un terraplén de 7 metros en vertical. El lado noroeste estaba protegido además por un profundo foso, que, si era necesario, podía llenarse de agua. En el interior del vasto espacio determinado por el canal y los murallones sur y oeste, los belgas se habían dedicado a diseminar una veintena de obras fortificadas, unidas entre si por un medio de corredores subterráneos, excavados a gran profundidad y a prueba de gases. Dada su longitud -cuatro kilómetros y medio- y la necesidad de transportar la munición para las piezas, se había construido un ferrocarril en miniatura, capaz de transportar hombres y cosas con absoluta seguridad. En correspondencia con el armamento de superficie existían amplios dormitorios para los 1.200 hombres del fuerte, cocinas, duchas, salón de entretenimientos y todo lo necesario para el "bienestar del soldado", que la línea Maginot había puesto de moda.

El armamento del fuerte inexpugnable

El armamento era imponente: 4 casamatas fijas, armada cada una de ellas con 3 piezas del 75 y tiro rápido. Tres bóvedas acorazadas en forma de tortuga, que giraban sobre su eje, con 2 piezas de 120mm cada una. La 24 justamente en el centro del fuerte, la 23 en su extremo sur y la 31 en el talud del canal Alberto. Otras dos obras acorazadas con un total de 8 ametralladoras pesadas en el centro, unidas también por un corredor de superficie acorazado. Una batería descubierta de 4 piezas antiaéreas de altísima velocidad inicial, capaces de alcanzar sin dificultad a un avión hasta a 1.500 metros de altitud. Piezas anticarro y cañones en casamatas, en el perímetro externo del fuerte y a lo largo del canal, completaban la dotación de artillería de Eben Emael.

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Entrada principal al fuerte.

Pero los belgas no se contentaban solo con la potencia real. Para despistar a un posible enemigo, habían hecho construir en la punta del triangulo, hacia el Norte, dos poderosas bóvedas armadas con piezas de grandísimo calibre, que un par de veces por semana eran ajustadas amenazadoramente. Las bóvedas y las piezas eran falsas, pero estaban tan bien construidas que los alemanes no tuvieron jamás la menor sospecha, por lo que basaron su plan precisamente en la destrucción preliminar de las dos grandes estructuras, frente a las cuales las demás parecían inofensivas. Esta "picardía" no basto para salvar el fuerte, pero al menos los belgas lo intentaron.

El problema de la conquista, obligatoria, de Eben Emael habría erizado los cabellos a cualquier planificador militar. En el estado de la técnica en 1940 no se había llevado a cabo ninguna experiencia con paracaidistas que pudiese revestir significado estrictamente táctico. Así, todos los estados mayores habían acabado por considerar las unidades de paracaidistas mas como un lujo espectacular que como una autentica arma de combate. El problema del lanzamiento sobre objetivos limitados no tenia aparentemente solución, aunque los alemanes habían logrado marcas de 25 paracaidistas en 7 segundos. Pero incluso con aperturas del paracaídas a baja altura, diseminación resultaba demasiado alta, unos trescientos metros. Además, inmediatamente después de tomar tierra, los paracaidistas tenían que perder por lo menos dos minutos para quitarse el paracaídas, otros dos o tres, incluso cinco, para recuperar las armas lanzadas por separado y otros cinco, por lo menos, para reagruparse y entrar en combate. Estos tiempos y esa dispersión hacían peligrosa la situación de las unidades, porque daban tiempo al enemigo a rehacerse de la sorpresa y a organizar un oportuno contraataque. En cualquier caso, el empleo de paracaidistas en Eben Emael había que descartarlo, no solo porque existían pocas probabilidades de “centrar” el objetivo con los lanzamientos y porque los tiempos muertos serian excesivos, sino también porque el paracaidista supone un avión que lo lance y los aviones serian oídos por la defensa, que habría tenido tiempo para actuar o sobre los aviones o sobre los hombres en fase de descenso, o, ya en tierra, contra el destacamento.

Por todas estas razones, una acción así que descarto en seguida, aunque, desde la campaña de Polonia, los alemanes disponían de una excelente unidad de paracaidistas aerotransportados, la 7ma división del general Karl Student. Con base en Legnica, la 7ma está rodeada del mayor secreto. El mando de la Wehrmacht duda en emplearla, aunque nada menos que cuatro veces sus componentes suben en los vehículos, primero para la campaña de Dirschau, luego contra el puente del Vistula en Pulawy y mas tarde en el San, junto a Jaroslaw. La cuarta vez es la buena: un regimiento de tropas aerotransportadas, con paracaidistas, es lanzado sobre el rio Bzura, al norte de Lodz, a petición del ejército del sur. Student se enfurece y también se enfurece Hitler: esta arma secreta no debe emplearse asi, para situaciones locales que se pueden resolver con medios normales. Amargamente, Student declara a sus íntimos: “Ha comenzado la venta de mi 7ma”. Dos compañías de paracaidistas del 1er regimiento se emplearan el 9 de Abril de 1940 en Fornebu, el aeropuerto de Oslo; pero su cometido es limitado, garantizar el aterrizaje de los grandes Ju-52 con sus tropas.

Eliminados los paracaidistas, ninguna combinación, por ingeniosa que sea, puede acabar con Eben Emael, que tampoco es un objetivo esencial. Solo son vitales los tres puentes que domina el fuerte, los cuales, por si fuera poco, están además minados. No puede recurrirse, pues, a un ataque de los carros ni a uno por sorpresa con zapadores, ni a la artillería ni a la aviación. Las bóvedas del fuerte son a prueba de bombas, aun en el caso de que pudieran ser alcanzadas. Por cualquier lado que se estudie el problema, parece insoluble; es como una esfinge de cemento y acero. Pero hay una solución; hay un medio y una idea.


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Los DFS-230

El medio es el DFS-230, un planeador de transporte y asaltado ideado por el ingeniero Hans Jakobs y construido en serie a partir de 1937 por la fábrica de vagones Gotha. La idea es la de Hitler, nacida en su cerebro en un momento no confirmado de Octubre de 1939; se trataba de lanzar los mejores hombres del ejército alemán sobre el fuerte por medio de grandes y muy discretos planeadores, soltados a conveniente distancia del blanco para no alarmar con el ruido de los motores a la desconfiada defensa; luego, aprovechándose de la sorpresa, se destruirían bóvedas y casamatas con cargas huecas. Fue Hitler quien decidió personalmente el empleo de este tipo de explosivo y el también quien estudio en una maqueta del fuerte los puntos de aterrizaje y quien estableció la subdivisión de los grupos de ataque y el cometido de cada uno. Aun hizo más. Como los planeadores tienen necesidad por lo menos de la incierta luz del amanecer para poder aterrizar debidamente en los puntos indicados, subordino todo el ataque a las exigencias de su “mando”. El Cuartel General quería iniciar las operaciones exactamente a las tres de la madrugada, pero Hitler intervino y los retraso “al salir el sol, menos treinta minutos”. Toda la Wehrmacht ha de adecuarse a las necesidades de aquel “pelotón de locos” que pretende conquistar el fuerte mas defendido del mundo atacándolo desde el aire, como piratas al abordaje de un viejo galeón.

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Cupula de Eben Emael dañada por las cargas huecas

Se pone a punto la idea.

Naturalmente, nada ocurre por casualidad. Si Hitler puede disponer de un planeador que satisface sus necesidades, se debe al gran ingenio de los técnicos alemanes, quienes desde 1932 han estudiado y creado un excelente planeador capaz de ser remolcado a gran altura por un avión de motor y de efectuar observaciones meteorológicas muy precisas. Lo realiza en la Wasserkuppe la firma Rhon-Rossiten, que luego lo cede al Instituto alemán para las investigaciones del vuelo a vela, recientemente constituido en Darmstadt-Griesheim. Allí se encuentra este observatorio volante -cariñosamente bautizado "Os"- a tres hombres de excepción, Peter Riedel, Will Hubert y Heine Dittmar. A fines de 1933 llega una mujer, Hanna Reitsch, que se haría celebre por haber sido el primer ser humano que piloto un avion cohete y por haber tratado de salvar a Hitler el ultimo dia de su vida , aterrizando junto a la cancillería entre los disparos de los cañones rusos. Hanna es una mujer reflexiva e intrépida: propone, y consigue, despegar a bordo de un "Os" remolcado por un Ju-52.

La cosa llega a oídos de Ernst Udet, uno de los más capacitados pilotos alemanes de la Primera Guerra Mundial. En aquellos años Udet está estudiando el problema del vuelo en picado, pero es sensible a todo lo que atañe a la aviación , aunque ya no forme parte de ella. Observa al "Os" en vuelo y comprende de inmediato sus grandes posibilidades. Aquel silencioso planeador puede ser llevado a 3000 metros de altura y, después del desenganche, planear con su carga durante decenas, tal vez centenares de kilómetros, para luego depositar tras las filas enemigas armas y soldados, así como suministrar materiales y vigilar con poco gasto zonas gigantescas. Para reclutar pilotos velistas, la unica dificultad estriba en la elección; al carecer de aviones con motor, Alemania ha desarrollado el adiestramiento en el vuelo a verla desde hace ya diez años.

Inmediatamente, Udet habla con el general Von Greim, su compañero de armas y "padre" de la nueva Luftwaffe secreta. Greim pasa en seguida al instituto el encargo de proyectar y construir un planeador militar de transporte y asalto, capaz de transportar diez hombres con su equipo. Jakobs se pone a trabajar y realiza un prototipo a comienzos de 1935; dos años más tarde empieza la producción en serie. El DFS-230 es un pajarraco con alas en disminución, dotado de un fuselaje con sección cuadrada construido con tubo de acero. La parte anterior tiene amplia visibilidad; tras el despegue a remolque, el tren de aterrizaje se abandona. El aterrizaje se produce sobre el patín central, según una idea del propio Udet, quien con un patín-trineo semejante ya había efectuado una veintena de aterrizajes en los campos nevados de los Alpes. Pesa 900 kilos y puede transportar hasta una tonelada de carga, es decir, diez hombres armados o una pieza ligera de artillería, o bien cien cargas y proyectiles de pequeño calibre. Existe el medio, y ahora hay que poner a punto un plan.

El plan se había preparado aprisa y es perfecto, porque calcula todo posible accidente, toda posible variación. Esta ideado para alcanzar al mismo tiempo cuatro objetivos, los tres puentes y el fuerte que los protege. Precisamente por esto el contingente de paracaidistas-saboteadores se ha dividido en cuatro grupos, cada uno con sus jefes, sus armas especiales y su propio parque de planeadores. Dadas sus notables dimensiones, la expedicion ha de despegar de dos aerodromos en las proximidades de Colonia, Ostheim, en la orilla derecha del Rhin y Butzweilerhof, al otro lado. Salen al mismo tiempo, a las 4.30 del dia 10 de mayo de 1940. He aqui lo que prevee el plan para cada uno de los grupos.

El primer grupo está al mando del teniente Rudolf Witzig y tiene el nombre clave de "Granito". Esta compuesto por 85 hombres, a bordo de 11 planeadores que remolcan otros tantos Ju.52. Cada hombre lleva su armamento ligero y transporta consigo una parte de las dos toneladas y media de explosivos que estan a disposición del grupo. Según el plan, Witzig y sus hombres tienen que atacar el fuerte de Eben Emael, ponerlo fuera de combate y vigilar cualquier posible retorno del enemigo hasta la llegada del 51mo batallon de pontoneros.

El segundo grupo, "Hormigo armado", lo manda el subteniente Schacht. Esta constituido por 96 hombres, comprendido el Estado Mayor de toda la operación, y va a bordo de otros 11 planeadores. En el primero vuela el mayor Walter Koch, comandante del grupo de asalto. Koch ha "criado" personalmente a sus hombres, a los que ha asignado sus correspondientes cometidos tras una valoración atenta de las posibilidades de cada uno. El objetivo del grupo "Hormigo armado" es el ataque y conquista del puente de Vroenhoven -de hormigón armado, irónicamente-, para impedir que el enemigo vuele este puente. Si llegase a hacerlo, Koch debería constituir inmediatamente y mantenerla hasta la llegada de la infantería motorizada alemana.

El tercer grupo, "Acero", al mando del teniente Altmann, lo forman 90 hombres en 9 planeadores. Deberá alcanzar el puente de Veldwezelt, a 6km al norte de Eben Emael, impedir que lo vuelen y conservarlo en su poder.

El cuarto grupo cuyo nombre clave es "Hierro", mandado por el teniente Schachter, lo forman 90 hombres a bordo de 10 planeadores. Su objetivo es el puente de Canne, en el Canal Alberto, justamente al norte del extremo Septerional de Eben Emael. En total, pues, 363 hombres y 41 planeadores. Es de notar la graduación relativamente baja de los oficiales, todos subtenientes o tenientes, con la sola excepción del comandante que pese a todo no es más que un simple mayor.

El sendero luminoso

Despegar a oscuras significa volar también a oscuras, en una época en que el vuelo instrumental aun no existe, y con referencias terrestres inexistentes, dada la oscuridad. Como no se puede correr el riesgo de que se dispersen las unidades de la expedición, Hitler ordena que en tierra se dispongan señales luminosas muy potentes para indicar el trayecto de Colonia a Aquisgrán, 73 kilómetros. La primera esta en Efferen, la segunda en Frechen, otra en Luchenberg. Cuando sobrevuelan una, los pilotos de los planeadores ven la siguiente y a menudo incluso más. En Aquisgrán, casi en la frontera, cesa el sendero luminoso y el remolque de los aparatos con motor. A partir de ahi los planeadores han de volar por si solos durante 28 kilómetros, hasta sus objetivos, a los que llegaran en el preciso momento en que ya hay suficiente luz como para poder efectuar un buen aterrizaje, pero no la suficiente para que se les descubra en vuelo. Para efectuar este largo planeo, el cálculo demuestra que en el punto de desenganche cada planeador deberá encontrarse a 2600 metros de altura, cosa que entre, otros problemas, plantea el de la elección de los hombres.

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Guardia de honor de los Fallschirmjager en Hildesheim

El adiestramiento del grupo de asalto comenzó en Noviembre de 1939 en el cuartel-fortaleza de Hildesheim. Los 400 seleccionados con todo cuidado se apartan casi por completo del mundo. Ningún permiso, muy estricta censura en su correspondencia, prohibición categórica de hablar con soldados pertenecientes a otros destacamentos. Cada uno de los hombres se ve obligado a firmar la siguiente declaración:

Estoy al corriente de que seré castigado con pena de muerte si diese intencionalmente o incluso por distracción informaciones orales, escritas o dibujadas acerca de mi puesto de trabajo y del cometido que tengo que cumplir

Durante el adiestramiento, dos de los soldados cometen indiscreción insignificante y son condenados inmediatamente a muerte. Para suerte suya, la sentencia seria conmutada tras el éxito estrepitoso de la acción.

Desde un principio, los saboteadores se adiestran con modelos de yeso y fotografías, aprendiendo a reconocer el menor detalle de sus objetivos, marcados solo con un numero. Hasta el momento de la partida, ninguno, ni siquiera los oficiales, reciben información alguna de lo que se trata. Por lo que saben, podría tratarse de un fuerte británico, ruso o italiano. El silencio es total por su propio interés; la menor indiscreción les pondría en peligro de muerte.

Al adiestramiento teórico sigue el práctico. Todo el grupo se traslada a los fuertes checoslovacos de Altvater, algo parecidos a Eben Emael. Durante días y semanas, los cuatro núcleos "invaden" Altvater, volando y aterrizando con cualquier tiempo, aunque llueva, truene o nieve.

Al final -cuenta el teniente Witzig-, experimentamos un profundo respeto por el plan que debíamos ejecutar. Con el paso del tiempo, adquirimos cada vez mayor confianza en el y en nuestras fuerzas, y muy pronto nos convencimos de que nosotros, los atacantes, nos sentiríamos mas seguros sobre el fuerte que los belgas dentro de el.

En Febrero de 1940, el "Grupo Koch" esta perfectamente preparado, por lo que es trasladado a las proximidades de Colonia con el mayor de los secretos. No queda ya sino esperar el momento de la acción.

La prealarma llega el 5 de Mayo, la confirmación el 6, la orden de ejecución el 9 con las primeras luces. Cada uno de los hombres escribe a su casa, se confiesa según su religión y repasa mentalmente todos los puntos de instrucciones. A las 3 de la madrugada del 10 de Mayo de 1940, en dos campos de aviación comienza el embarque; a las 4.20, los grandes Ju-52 ponen en marcha los motores. Esta a punto de comenzar la audaz empresa contra el coloso llamado Eben Emael. El tiempo es bueno, sopla un ligero viento del este, por lo que es necesario calcular exactamente la velocidad, pues un solo minuto de anticipación puede hace llegar a los planeadores demasiado pronto a sus objetivos.

Exactamente a las 4.30, la primera sección de los tres Ju-52 despega, arrastrando tras de si un largo cable de acero en cuya extremidad está atado el pesado planeador cargado de hombres y explosivos. Un fuerte tirón y el gran pajarraco comienza a moverse, primero con sacudidas y saltos, luego cada vez mas seguro y veloz. Los Ju-52 de remolque están ya en el aire, pero los suboficiales pilotos de los planeadores tienen aun sus pajarracos clavados en el suelo, pues para remontarse es necesaria velocidad y el coeficiente de carga es muy alto. Por fin, casi en el límite del campo, los pilotos accionan con delicada decisión la cloche y los planeadores se alzan dócilmente, mientras que el tren de aterrizaje se desengancha. El vuelo es ahora menos peligroso, pero siempre delicado: hay que vigilar cada uno de los movimientos del remolcador y actuar de modo que la tensión del cable de remolque no disminuya, pero que tampoco sea demasiado elevada. Con ojos atentos se escudriña en la noche para descubrir las señales luminosas. Lentamente, pero con seguridad, los grupos, subdivididos en 41 planeadores, toman altura.

El primer incidente ocurre nada mas al abandonar Colonia, cuando el grupo "Granito" avista el segundo punto luminoso. El piloto del Ju-52 que remolca el undécimo planeador ve con terror como en la oscuridad en la noche viene hacia el una fila de llamitas azules; instantáneamente se da cuenta de que se trata de un aparato desconocido que sigue su misma ruta a la misma altura, pero en sentido contrario. El choque parece inevitable y el piloto reacciona por instinto lanzando el gran aparato en un picado frenético hacia la izquierda. El piloto del planeador, sargento Pilz, más que ver, intuye la maniobra y trata de seguir detrás, pero el cambio de rumbo ha sido demasiado repentino y brusco. El planeador empieza a virar y descender; con un tirón seco, el cable de acero se rompe, mientras el Ju-52 se aleja, perdiéndose en la oscuridad de la noche. La situación seria dramática para cualquiera, pero Pilz sabe que hacer: vira hacia Colonia, cruza el Rin y logra aterrizar en un prado.

El teniente Witzig -pues es su planeador el que corre la imprevista aventura- nada mas echar pie a tierra ordena a sus hombres que liberen el prado de cualquier obstáculo, abatiendo setos y rellenando concavidades. Luego, corriendo, se dirige hacia la carretera mas próxima, para un automóvil y se hace llevar al campo de aviación del Ostheim, donde ve que en sus pistas no hay un solo Ju-52. Con calma telefonea a todos los aeródromos de la zona; por fin en el de Gütersloh logra hacerse con un aparato. Son las 5.05 y dentro de veinte minutos sus hombres se hallaran en el fuerte de Eben Emael; el teniente Witzig no quiere renunciar por nada del mundo a encontrarse entre ellos.

Un segundo incidente se produce veinte minutos después de haber despegado el grupo. Le ocurre al planeador nro 2, pilotado por el sargento Brendenbeck. Inopinadamente, Brendenbeck ve encenderse dos débiles luces rojas en la punta de las alas de su remolcador; el gran Ju-52 balancea repetidamente las alas, desengancha el cable del remolque hace un giro y vuelve a Colonia. El sargento se queda sorprendido. Se encuentra a solo 1500 metros de altura, lo que no basta para llegar ni siquiera a la frontera. Por una razón ignorada el piloto del Ju ha decidido abandonar a su planeador (uno de los motores no funcionaba de forma regular). Brendenbeck no se desanima. Apenas ha rebasado el "punto luz" de Luchenberg, y con la altura a la que va, puede llegar a las proximidades de Düren, a mas de mitad de camino de la frontera. Aterriza magistralmente en un prado; en seguida saltan a tierra sus hombres, se procuran tres automóviles y se lanzan a todo gas hacia la línea del frente. Llegaran a tiempo para la rendición del fuerte. "Granito" vuela ahora con solo nueve de sus once planeadores, pero los hombres no lo saben. Entre aparato y aparato no existen enlaces, en cuanto a disminución de la fuerza. Cada uno de los grupos esta en disposición de "cubrir" en parte las tareas de otro, de modo que ninguno de los objetivos en el interior del fuerte escape al ataque simultaneo.

Treinta y nueve planeadores planean sobre su presa

A las 5.04, los treinta y nueve planeadores todavía en vuelo pasan sobre la vertical del último "punto-luz", colocado sobre el monte Vetschau, al noroeste de Aquisgran-Laurensberg. Aquí tenía que producirse el desenganche de toda la formación, a una altura de 26.000 metros y a tres kilómetros de la frontera con Holanda. Desde aquí, con un giro a la izquierda de unos 90 grados, los cuatro grupos deberían de sobrevolar el saliente de Maastricht, para llegar en picado hacia sus objetivos. El ángulo de descenso es de un metro por cada doce recorridos, por lo que los planeadores pueden alcanzar cualquier punto situado en un círculo de treinta kilómetros como máximo, con uno o dos kilómetros de tolerancia. Pero en realidad las cosas se presentaban de otra manera. En el monte Vetschau la altura no es más que de 2.000 metros para el planeador más bajo y de 2.200 metros para el más alto. El viento a favor ha hecho ganar velocidad pero no altura; los cuatro grupos van con un adelanto de diez minutos, están demasiado lejos de la frontera holandesa y con una altura insuficiente.

"Por motivos inexplicables -escribe en su informe el subteniente Schacht-, los aviones habían llevado a los planeadores demasiado adelante, en territorio holandés. El enganche solo se hizo entre la frontera holandesa y Maastricht".

Los "motivos inexplicables" hoy se sabe que radicaron en el dilema entre desenganchar demasiado bajo o dejar que los holandeses oyeran los motores de los aviones remolcadores. El jefe de la sección de transporte elige correctamente proseguir, disminuyendo la distancia a recorrer por los planeadores con el fin de alcanzar sus objetivos.

Naturalmente, los holandeses, con prealarma desde hacia 48 horas, descubren con los aerófonos los aparatos y abren fuego. Pero 2.000 metros no son una broma, y sobre todo de noche. El cielo se cubre de resplandores. Con un lento viraje, los cuatro grupos se desenganchan fácilmente. A la vista de Maastricht, los Ju balancean sus alas y efectúan un desenganche simultaneo. El horizonte a popa, cambia de color, en un presentimiento del alba. Dentro de catorce minutos, exactamente a las 5.25, los grupos entraran en acción. El problema es si los belgas habrán puesto ya el dedo en el gatillo de su formidable defensa.

El jefe del fuerte de Eben Emael es el mayor Jottrand, que depende de la 7ma división de infantería belga, la gran unidad que hace pocas horas ha ocupado el sector del canal Alberto, desde los puentes hasta el propio fuerte. A las 3.10 de la madrugada fatal, el teléfono ordena el estado de alarma, recibido exactamente a las 3 del cuartel general de Bruselas. Jottrand no sabe si creérselo o no, pues ya otras veces ha recibido mensajes urgentes semejantes, que luego le resultaron injustificados. Pero como buen soldado aprieta el botón de alarma general. En pocos minutos, los 1.200 hombres del fuerte están en pie y llegan corriendo a sus respectivos puestos. A las 3.40, Eben Emael esta en perfecta disposición de combate, con turnos de centinelas doblados y todos los puestos guardados. Centenares de ojos comienzan a escrutar inquietos las tinieblas que se extienden por todo el territorio belga hasta la frontera alemana. Pero hora y media despuest todo esta en silencio. A las 5.15 se oye, hacia el Norte, el retumbar de los cañones holandeses. Aguzando la vista, los centinelas ven las débiles humaredas de la defensa antiaérea. Se oye el leve zumbido de muchos aparatos. Las piezas antiaéreas del fuerte giran al unisonó, apuntando hacia la lejana amenaza. Jottrand comunica inmediatamente el hecho a la 7ma división; esta confirma que se trata probablemente del paso sobre territorio holandes de bombarderos, acaso alemanes o tal vez aliados. Tales hechos ocurren a menudo. Los minutos pasan y de nuevo reina la inquietud en el fuerte.

De improviso con la incierta luz del amanecer, en el horizonte se perfilan en el cielo un grupo de silenciosos planeadores que parecen más aves de rapiña que bajan sobre su presa. Son nueve y vuelan a una altura no superior de los treinta metros. No ha dado tiempo siquiera de tocar la alarma y los pajarracos ya se encuentran en el suelo. Las piezas antiaéreas bajan al máximo sus cañones; se hacen seis o siete descargas de manera rápida y simultanea, pero los proyectiles estallan a algunos kilómetros, sin alcanzar a ningún planeador.

El primero en tomar tierra es el Sargento Lange, que se lanza con decisión en medio de las cuatro piezas. Con el ala izquierda arranca una ametralladora antiaérea y, sacándola de cuajo, la arrastra una doce de metros, con sus soldados todavía sentados en sus puestos. La portezuela del aparato se abre y sale el Sargento Haug, seguido con rapidez impresionante de los hombres del 5to pelotón. Dos, tres, cuatro ráfagas de ametralladora y un lanzamiento en masa de bombas de mano persuaden inmediatamente a la dotación de las piezas de que hay nada que hacer; alzan las manos y se rinden frente a esos "locos que bajaron del cielo". Sin un instante de respiro, Haug corre con sus hombres, menos uno que se ha quedado vigilando a los prisioneros, hacia la posición 23, la bóveda más meridional del fuerte, distante cien metros. Hay que hacerla callar, junto con las otras, porque guarda los accesos al fuerte. Es necesario facilitar el camino al batallón de vanguardia que esta a punto de llegar.

El 4to peloton aterriza en el centro mismo de Eben Emael, a un lado de la casamata 19, su primer objetivo. Es un poderosoblockhaus de hormigón armado, con ametralladoras de troneras que barren la explanada del fuerte al sureste y al norte. Hay también dos piezas anticarro, que podrían destruir con un golpe afortunado en las cargas de explosivos los planeadores que acaban de aterrizar o los que están tomando tierra. El sargento Wenzel se da inmediatamente cuenta de que las troneras de la casamata están todavía cerradas; en cuatro zancadas llega a ella, la escala rápidamente y lanza una carga de un kilo en el agujero del periscopio, no levantado aun. Inmediatamente después de la explosión, sus hombres acuden con su "arma secreta", una potente carga de 50 kilos. La adhieren a la bóveda de hormigón, encienden la corta mecha y se ponen a salvo. Con un estruendo terrible la carga estalla, pero la bóveda increíblemente ha resistido. Aparecen unas fisuras leves y caprichosas, pero escasas para introducir nuevas cargas. Sin poner tiempo por medio, los hombres de Wenzel atacan entonces las troneras con otras cargas de un kilo; dos ceden y racimos de bombas son lanzadas al interior con rapidez fulminante. No sobrevivió ningún soldado belga.

Eben Emael
Mapa de orientacion del ataque contra Eben Emael.

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Mapas de orientacion

Más al Norte, el 6to y 7to pelotones atacan con determinación las dos grandes obras 15 y 16, dándose cuenta de que se trata de un hábil truco. Los dos sargentos, Harlos y Heineman, están preparados a todo menos a tener que vérselas con bóvedas de vulgar hojalata. Se rehacen rápidamente y corren al sur del fuerte, en donde el tiroteo crece de minuto a minuto. Los alemanes encuentran un hueso duro de roer, la construcción 25, una especie de dormitorio acorazado en el que se hayan concentrado la mayoría de los supervivientes del fuerte. Con ellos está el mayor Jottrand, que dirige el fuego de bastantes ametralladoras y piezas ligeras contra los alemanes aun al descubierto. En ese momento, el 1er pelotón del sargento Niedermeier y el 3ero del Sargento Arent eliminan las seis piezas de las dos casamatas 12 y 18, en la parte meridional del fuerte. Apenas han pasado diez minutos cuando los setenta hombres han hecho ya callar diez obras fortificadas, casi todas las de ese espacio pero ninguna de las colocadas al pie del murallón del canal Alberto y ninguna de las situadas al borde del terraplén sur. Con sus líneas telefónicas intactas, Jottrand ordena barrer todo el espacio con fuego de ametralladoras. La medida da resultado, pues se obliga a los alemanes a buscar refugio en las casamatas y bóvedas recién expugnadas. Es una situación pasiva que corre el riesgo de resultar peligrosa.

El planeador del teniente Witzig

Pero a las 8.30, plateado por el sol, un planeador se presenta por el norte a baja altura y ejecuta un perfecto aterrizaje en el centro del fuerte. De el salen el teniente Witzing y su pelotón; había logrado aterrizar con su Ju en un prado y hacerse remolcar hasta su objetivo. Witzig asume de inmediatamente el mando ordena penetrar desde los fuertes ocupados en el interior de Eben Emael, volando todo, especialmente las comunicaciones telefónicas. Una parte de sus hombres se dedica a los fortines todavía no ocupados, otros suben desde lo alto del murallón, con gruesas cuerdas, enormes cargas de explosivos sobre las bóvedas al pie del murallón. Entre tanto, Witzig establece contacto por radio con el capitán Koch, en la cabecera del puente de Vroenhoven, además de con el mayor Mikosch, que llega del este con su 51vo batallón de pontoneros. Pero las noticias no son buenas: los puentes sobre el Mosa en Maastrich han sido volados y Mikosch encuentra notables dificultades en su avance hacia Eben Emael. En Canne el puente sobre el canal Alberto, enlace directo entre el frente y Maastricht, es volado justo en el momento en que los planeadores del grupo "Hierro" estaban tomando tierra.

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Stuka bombardeando sobre Eben Emael.

En cambio, las noticias son óptimas respecto a los dos puentes al norte del canal Alberto: Vroenhoven y Veldwezelt han caído intactos en manos de los grupos de asalto, que inmediatamente lograron establecer cabezas de puente en las salidas occidentales. A lo largo de todo el día, la 7ma división belga contraataca desesperadamente, sometiendo los puentes a un abundante fuego de artillería. Pero a mediodía aparece el batallón antiaéreo del mayor Aldinger, con sus mortíferas piezas del 88, que hacen retroceder casi de inmediato a las baterías belgas. Más tarde, intervienen los bombarderos del 2ndo grupo de la 2nda ala de adiestramiento; después, la 7ma división ha de probar el poderío de los Stuka en picado de la misma formación. Durante la noche, la infantería alemana toma los dos puentes, relevando a los exhaustos paracaidistas.

Pero para los del grupo "Granito" no hay relevo, pues, a pesar de su lucha encarnizada, el 51vo batallón no logra rebasar las defensas junto al canal Alberto, pobladas de nidos de ametralladoras, que hay que expugnar uno a uno. A las cinco de la madrugada el trabajo está terminado y las patrullas del batallón pueden bajar con escalas de cuerda al interior del canal, frente a Eben Emael, mientras desde lo alto los paracaidistas de Witzig intentan neutralizar las bóvedas por todos los medios. Con el precio de fuertes perdidas, 150 hombres logran subir a la explanada, en donde los asaltantes de Witzig les acogen con alegría. Inmediatamente se traza un plan contra los centros de resistencia que aun seguían activos. Se pone en marcha exactamente a mediodía. Durante hora y cuarto, paracaidistas y pontoneros introducen cargas explosivas en cada agujero y tronera de los fortines aun activos. A las 11, una escuadrilla de He-111 lanza, con gran precisión, sobre el fuerte algunas toneladas de explosivos, pues no hay razón alguna de ahorrar. Finalmente, de una tronera del nro. 3, que constituye un obstáculo en el acceso suroeste de Eben Emael, surge un trapo blanco, acompañado de un potente clarinazo. Son las 13.15 del 11 de Mayo, cuando un parlamentario del mayor Jottrand sale de entre los escombros y se presenta al teniente Witzig, al que ofrece la rendición de toda la guarnición.

En un trozo de papel que apoya en la espalda de un paracaidista, Witzig escribe en pésimo francés las condiciones de costumbre. Abandono de las armas, rendición por grupos al mando de oficiales responsables, ningún sabotaje ulterior a las construcciones del fuerte todavía intactas y ninguna destrucción de órdenes y documentos en poder del mando. Jottrand acepta sin decir palabra. A las 13.40, en pequeños grupos, los humillados soldados belgas empiezan a salir de las construcciones todavía en su poder, comprendidas las del pie del murallón. Deponen las armas y se colocan resignadamente formando un cuadrado a los lados de la destruida batería antiaérea. La guarnición ha perdido 20 hombres de un total de 1.200 hombres. El grupo "Granito", al que se han añadido ocho paracaidistas del planeador de Brendenbeck, en el ataque final ha tenido en total seis muertos y veinte heridos, casi todos no graves. Desfilando ante los imponentes muros de Eben Emael, por los puentes pasa la "Wehrmacht", que se dirige hacia el corazón de Francia.

Con las cartas descubiertas se vería en seguida lo que había contribuido al éxito la última ruse, deseo personal de Hitler. En efecto, Los Ju-52 de remolque volverán a Alemania nada mas efectuarse el desenganche, pero no para aterrizar. Llegan sobre una zona preestablecida y descargan los larguísimos y pesados cables metálicos de remolque. Luego giran nuevamente, sobrevuelan a gran altura Eben Emael y penetran, durante cuarenta kilómetros, en el espacio aéreo belga. Al noroeste de Lieja abren sus puertas y lanzan en la oscuridad de la noche 400 muñecos con atuendo de paracaidistas. Son exactamente las 5.30, unos pocos minutos después de que los grupos de asalto hayan aterrizado en los puntos ya establecidos.

Desde tierra, la estupefacta 4ta división belga que se dirige hacia el canal Alberto ve poblarse el cielo con unas formas oscuras colgadas de blancos paracaídas. A toda prisa descargan de los camiones las ametralladoras, mientras los soldados se encaminan hacia los supuestos puntos de aterrizaje de los atacantes. A fin de que vengan a prestarles auxilio, se telefonea a los cazas belgas. Entre tanto, los paracaidistas toman tierra dispersándose y comienza el tiroteo de las patrullas belgas. El aire se llena de bombazos y de órdenes. De pronto, surgen exclamaciones de desilusión y de enfado de un grupito de soldados belgas que ha podido llegar hasta ellos y "hacer prisioneros" a alguno de los paracaidistas alemanes. No eran más que muñecos de tamaño natural, debidamente uniformados, rellenos de pequeñas cargas de tiempo, que explosionan una tras otra, con estallidos semejantes a ráfagas de ametralladoras. Hay que esperar algún tiempo, antes de recoger y amontonar los muñecos en el patio de una granja. Los belgas están indignados, sobre todo por un pequeño detalle. El ignorado artífice de esta los muñecos ha añadido un toque de fantasía a su creación: los falsos paracaidistas tienen la boca completamente abierta, de una oreja a otra, como si se estuvieran riendo a carcajadas. Es una burla amarga; la 4ta división ha perdido unas horas preciosas en su marcha hacia la frontera. No sale hasta las 2 de la tarde; llegan al amanecer ante Eben Emael y los puentes, para enterarse de que los defensores del fuerte se han rendido.

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Un DFS-230

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Paracaidistas del cuerpo de Koch

Foro de discusión:

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