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En tierra de nadie

Hacía pocos meses que aquel lugar fue testigo de la explosión de la vida con la llegada de la primavera. Ahora, en diciembre, la explosión era de muerte y desolación.
Toda la comarca estaba formada por amplios llanos y suaves colinas verdes. Los prados estaban poblados de vacas y caballos, que pastaban entre millones de rojas amapolas, bajo un cielo claro y limpio. Salpicaban el paisaje casas de labor y establos diseminados sin ningún orden y comunicados por caminos festoneados de setos y hermosas flores.
De los claros arroyos surgía una tintineante melodía que competía con el insistente trinar de cientos de pajarillos. La hierba, suave y acogedora, cubría el terreno formando un manto verde y fresco. Tras las lluvias de la tarde el olor a tierra mojada impregnaba la región.
La guerra había borrado todo rastro de aquel idílico paisaje.
La guerra, como un velo de suciedad y miseria que oculta todo, se extendió por media Francia y Bélgica. Hasta los claros cielos se habían tornado fúnebres y plomizos y ensombrecían la Tierra de Nadie, sumiéndola en una tétrica penumbra.
Por esas fechas en otros tiempos, que se antojaban muy lejanos, estarían las tierras con las labores de invierno. En diciembre dormirían los campos su sereno sueño blanco, esperando despertar a comienzos de marzo y mostrar los primeros brotes de la primavera. Ese año no dormirían las tierras su apacible invierno porque la infame guerra se ocupaba de sembrarlos con sangre y acero.


Imagen
(Trincheras http://blog-francia.com)


En aquel lugar la Tierra de Nadie, sangrienta y maldita era particularmente ancha. Desde las líneas inglesas bajaba una suave pendiente hasta un riachuelo congelado, de allí volvía a ascender, entre alambradas, hasta las trincheras y baluartes alemanes. Las fortificaciones germanas eran profundas y confortables. Disponían de desagües y covertizos, almacenes, cocinas y dormitorios. Por contra, los aliados no habían construido más que estrechas zanjas insalubres, donde las ratas, los piojos y el barro tenían su señorío. El terreno entre ambas posiciones era una sucesión de agujeros de proyectiles y alambradas que estaba salpicada de cadáveres, armamento olvidado y sangre.

¡Sí! ¡Sangre!

Sangre helada formando charcos y regueros. Sangre putrefacta mezclada con el sucio barro de lo que algún día fue un hermoso paraje verde. Sangre de hombres y caballos muertos, masacrados y reventados en una desquiciada carnicería. Sangre de una generación entera de jóvenes perdida para siempre.

Como parte de ese paisaje estaba el cuerpo del teniente Pierre Vernon. No era más que otra de las innumerables manchas pardas que salpicaban la demencial franja de muerte y desolación que existía entre las trincheras.

Pierre procedía de Giverny, de una familia de tradición militar. En el verano había sido nombrado teniente como todos sus compañeros de la academia. El último curso lo harían con prácticas reales contra las fuerzas de las Potencias Centrales. Nunca había destacado mucho en los estudios pero era inteligente y voluntarioso. Se le encomendó instruir a una compañía en dos semanas y marchar precipitadamente hacia el frente. Su división formaba la escuálida reserva del sector y los movían de un sitio a otro para apoyar asaltos o repeler los del enemigo.

En los largos tiempos de espera solía sacar un cuaderno y dibujaba. El tema de sus dibujos era habitualmente sus recuerdos de infancia y juventud. Dibujaba el jardín de su vecino y maestro Claude Monet, donde los estanques y nenúfares le aportaban una inmensa sensación de paz. Quería llevar esa paz de la Alta Normandía a los odiosos campos de batalla. En su cuaderno reflejaba recuerdos de tiempos apacibles en los que la mayor preocupación era llegar a tiempo a la misa del domingo.

En el hoyo de un obús que había tomado como refugio, permanecía inmóvil, aterido de frío y desorientado. Desde que le acertaron por la mañana en la rodilla había visto pasar ante él varias oleadas de soldados. Unas veces alemanes, otras franceses, incluso compartió refugio con un belga durante unos minutos. Seguramente ninguno volvería a la trinchera de donde salió.


Su división había sido llevada allí para apoyar los asaltos suicidas del regimiento inglés. Malamente equipados y peor instruídos se forzaba a las tropas a avanzar caminando hacia los reductos germanos. Los soldados cargaban una inútil y pesada mochila cuyo peso los hacía hundirse hasta las rodillas en el asqueroso fango y los convertía en blanco perfecto para los tiradores y ametralladores germanos. El resultado de esos asaltos era el invariable exterminio de toda la unidad. Sucedía a estos asaltos el intento desesperado del enemigo por contraatacar con idéntico resultado.

Entre los restos del combate quedaban sobre los campos docenas de heridos que nadie iría a socorrer. Sus gemidos y gritos de auxilio se entremezclaban con la ensordecedora voz de la artillería. Poco a poco se iban extinguiendo sus voces y sus vidas. Quienes resistían aquellas terribles horas nada tendrían que hacer cuando llegara la helada noche. La sentencia era firme y dictada por el implacable Dios de la Guerra y el inclemente juez del invierno.

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(Cadáveres de soldados franceses http://www.clasesdehistoria.com)

Pierre seguía abandonado a su suerte en la que, seguramente, sería su última morada.

Por su cabeza no se puede decir que pasaran las ideas. Estaba demasiado aturdido como para tener ideas. Eran, más bien, imágenes confusas y sin ninguna relacción. Un campo, una cara, un fusil, un amanecer junto al mar o la explosión de una granada.

En su delirio una imagen se repetía de forma constante e inexplicable. Veía el coro de voces blancas de la parroquia de St Mere Eglise. Sólo pasó allí una Navidad a los diez años, pero se le venía aquel recuerdo a la cabeza de una forma obstinada.

Como entre una densa neblina se veía acudiendo a aquella iglesia con sus padres. Todos lucían las galas de domingo por la amplia plaza, en la que reinaba un magnífico y adornado abeto de Navidad. Las campanas repicaban con alegría en la esbelta torre de la iglesia llamando a la Misa del Gallo. El aire tenía un denso olor dulce que emanaba del obrador de su tío Bastien. Los niños del coro llegaban en hilera con sus blancas casullas bordadas. La misa fue magnífica. El órgano y el coro interpretaron un recital de villancicos precioso. A la mañana siguiente encontró su regalo bajo las ramas del árbol de Navidad. Una pequeña goleta de madera con la quilla azul y las velas blancas.


Empezó a llover y la fina y fría lluvia, resbalando sobre su rostro, le trajo de vuelta a la consciencia. La herida había dejado de sangrar por un improvisado vendaje que no recordaba haberse hecho. El dolor se iba haciendo más familiar tras llevar muchas horas soportándolo. Empezó a darse cuenta de su situación.

El pantalón rojo de su uniforme se había tornado pardo por la sangre seca y el barro del húmedo hoyo en el que se encontraba. Empapado por el agua helada, acumulada en el fondo del agujero, había perdido la sensibilidad en sus pies. Sus borceguíes rezumaban un agua pastosa a cada movimiento que hacía.

Frente a él, el cadáver de un sargento escocés parecía mirarlo con atención, como preguntándose cuánto tiempo le quedaría a Pierre para reunirse con el resto de los muertos. En la frente presentaba un agujero de bala y un hilillo de sangre ya seca descendía hasta perderse en un poblado mostacho rojizo. La boca torcida y los ojos abiertos le daban una expresión terrorífica.

La macabra visión del escocés le forzaba a dirigir la mirada al suelo. Con gran esfuerzo desató la manta de su macuto y la arrojó sobre la cabeza de su callado compañero. Con alivio de no sentir clavados en él los vacíos ojos del sargento se reclinó y cerró los suyos.


Durante el asalto a la trinchera alemana, Pierre recibió un tiro en la pierna y quedó rezagado de su compañía. El hondo agujero del impacto de un obús acogió sus huesos y le brindó protección hasta ese momento. El hoyo debía ser reciente porque todavía no estaba totalmente anegado de agua.

La noche rodeaba su profundo nicho y la helada lluvia se fue tornando en nieve blanca que, al caer sobre el machacado campo, se volvía parda como todo.


No se podía llamar oscuridad a lo que le rodeaba. El profundo manto negro que le envolvía se quebraba con cada explosión o cada ráfaga de ametralladora. El rápido destellear de los disparos no le ayudaba precisamente a concentrarse. Como en una cámara estroboscópica su cerebro alternaba entre realidad y ficción con la cadencia de las Maschinegewehr 08, de las que tenía un buen recuerdo en la rodilla.

Un movimiento le llamó la atención. El sargento escocés se movió y la manta se deslizó al suelo. La cabeza cayó pesadamente a un lado mostrando una infame mueca.

- ¡No puede ser! – Se decía a sí mismo sabiendo que el escocés estaba muerto. - ¡No puede ser!

El cuello del sargento se hinchaba por momentos y sus ojos permanecían clavados sobre Pierre. La cabeza del cadáver se movía con pequeños espasmos que llenaron de terror al joven teniente. Lentamente, muy lentamente, se abrió la inerte boca como en una infernal arcada. Pierre pensó que el muerto lo llamaba consigo para acompañarle al mundo de las sombras, de donde nunca regresaría.

Como hipnotizado y sin voluntad propia seguía con la mirada los movimientos del Highlander. La fiebre y el delirio no le impidieron ver como una apestosa rata surgía de la boca del sargento. La rata salía impregnada de negros coágulos de sangre seca. Su pelaje brillaba como el acero.

La idea de servir de alimento a aquella alimaña le hizo estremecerse. Un lúgubre escalofrío recorrió todo su cuerpo. Las náuseas le hicieron encogerse sobre sí mismo y vomitó sobre el helado charco. Quedó tendido presa del miedo y el asco. Aún con los ojos cerrados veía un ejército de ratas devorando los cadáveres y a estos moverse y retorcerse. En su mente las enormes bestias se presentaban como embajadoras del infierno y arrastraban a los muertos hacia la oscuridad. Los espíritus mutilados de los caídos le llamaban hacia el fondo del hoyo. Soldados sin rostro vagaban por la Tierra de Nadie buscando a algún compañero perdido.


A sus oídos llegaban todo tipo de detonaciones. Ninguna palabra ni sonido, que no fuera el tableteo de las Spandau o la atronadora explosión de la artillería pesada. El hedor de la sangre, derramada por amigos y enemigos durante los últimos meses, aumentaba las náuseas en su estómago vacío.


Intentó componer su ánimo y planear la forma de salir de allí. La tarea no era fácil. Las malditas MG 08 batían constantemente la ancha franja de terreno que separaba las dos trincheras. Le podía haber salvado una rápida carrera al atardecer, cuando el sol daba de cara a los tiradores, pero ya era tarde y su pierna no iba a ayudar mucho en la situación en la que estaba.


- ¿Qué hora será? - Se preguntaba mientras se le aparecía ante sus ojos el campanario de St Mere Eglise. Las campanas resonaban en sus oídos acallando el martillear pesado y monótono de las MG. Podía sentir el olor de los croisants del tío Bastien y de la cera de las velas del altar mayor. Aquellas visiones alejaban la macabra presencia de la guerra.

- No puede ser. - Se repetía intentando salir de su marasmo. - Estoy muy lejos de allí.

La procesión de delicadas casullas blancas retornaba ante sus ojos una y otra vez acompañada de infantiles voces que interpretaban alegres sones de Pascua.

- Hermoso requiem tendré. - Se decía mientras sacaba de un bolsillo de su guerrera la petaca. Las cerillas y el tabaco estaban empapados.


Hacía horas que todo parecía igual; un monótono suceder de destellos y violentas explosiones intercalados entre delirios y ensoñaciones. Pero... algo parecía cambiar. Las infernales máquinas de guerra estaban cambiando de tono o la fiebre se lo hacía creer. Puede que fuera su imaginación, o la consecuencia de la gran pérdida de sangre, pero el fuego se le antojaba más pausado.


- ¡Sí! Parece que el fuego disminuye.


Le parecía que el ruido de los disparos estaba trocando en un extraño zumbido. Un zumbido que, en sus ensoñaciones, le resultaba familiar.


- El tiroteo se detiene pero… ¿Que es ese rumor? – Se preguntaba mientras agudizaba el oído.

Ante sus ojos se presentaban las blancas casullas del coro y los hermosos estanques de nenúfares. Aquel zumbido le recordaba el sol en los jardines de Giverny y la pequeña goleta.


A Pierre le pareció escuchar unas palabras en alemán que navegan sobre el frío viento de diciembre.

- ... O Tannenbaum, O Tannenbaum....

Pierre se sentía desfallecer y se persignó. Su frente ardía de fiebre y su mano dibujó torpemente la señal de la cruz sobre ella. Se sentía dispuesto a morir entre las plácidas visiones de su infancia. Sus fuerzas se agotaban en el intento de mantenerse despierto y discernir entre la realidad y los sueños y pesadillas que le asaltaban.

Otro zumbido en el aire, más suave, le trajo otros sonidos... Silent Night...

Con un gran esfuerzo se incorporó y presenció un hecho único. Una horda de hombres desarmados se acercó desde las trincheras alemanas cantando villancicos y fueron contestados por el regimiento de británicos desde el otro frente. Muchas de esas canciones las había escuchado en St Mere Eglise hace muchos años. Las voces de aquellos soldados, sucios y cansados, le recordó a las angelicales voces de aquel coro infantil.

Las masas de soldados se acercaron y entonaron juntos sus canciones de Navidad. Era Nochebuena. Los soldados abandonaron las trincheras durante unos instantes para felicitar las Pascuas al enemigo. Durante un breve tiempo se saludaron y compartieron buenos deseos. Los feroces enemigos intercambiaron chocolate y licores, se hablaron de sus familias y se contaron las tradiciones navideñas de sus pueblos.

- … Venite adoremus, venite adoremus, Venite adoremus Dominum…

Los soldados cantaban mientras revisaban el campo de batalla en busca de heridos y muertos. Cavaron una gran fosa y depositaron allí muertos de uno y otro bando sin distinción. Amigos y enemigos descansarían juntos en la Tierra de Nadie.

Un oficial francés vio a Pierre y ordenó que fuera llevado a la trinchera. Un médico alemán le hizo una cura provisional y ayudó a los camilleros ingleses a dejarlo tras sus líneas. Pierre fue despojado de sus ropas mojadas y arropado con mantas. Un tazón de leche caliente con aguardiente de Armagnac recompuso algo a Pierre y le permitió caer en un sueño dulce y reposado.

Soñaba con felices recuerdos de un mundo en paz. Soñaba con las tardes soleadas en los jardines de Giverny y las clases de pintura. Soñaba con una goleta surcando los estanques del señor Monet y con el abeto de la plaza de St Mere Eglise, mientras un dulce aroma de hojaldres y bizcochos impregnaba la noche de Navidad.

Pequeños abetos iluminados asomaban sobre los parapetos alemanes. Cantos y risas sustituyeron a los angustiosos lamentos de los heridos. A la fría luz del alba las alambradas delimitaron un improvisado estadio donde los hombres jugaban como chiquillos.

Las armas callaban bajo el melodioso coro formado por cientos de hombres sacados de sus hogares de todos los rincones de Europa. Belgas, ingleses, franceses, alemanes, austriacos... Todos añoraban la Navidad que les habían hurtado. Todos volvían a sentirse niños por algunos momentos. Todos se saludaron, se desearon una feliz Navidad y un feliz Año Nuevo y volvieron a sus puestos.

¡Tenían que seguir matándose!

Fin.
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Referencias de los hechos.

Es de todos conocida la Tregua de Navidad. En este contexto he situado un personaje imaginario que bien pudo existir. De forma consciente no cito unidades ni lugares concretos pues pretendo que sea una alegoría general a los hechos de diciembre de 1914 y enero de 1915. También mezclo las nacionalidades en un mismo sector de forma intencionada, cosa que no era muy frecuente en esas fechas.
Zoom in (real dimensions: 631 x 700)Imagen
(Soldados británicos y alemanes comparten cigarrillos durante la tregua)

La Tregua de Navidad se produjo durante la Pascua de 1914 en casi todo el frente europeo occidental.

La Tregua en Wikipedia: http://es.wikipedia.org/wiki/Tregua_de_Navidad

Los soldados de ambos bandos dejaron de combatir de modo espontáneo. Se acercaron unos a otros y pactaron un alto el fuego sin la intervención del alto mando.

En algunos sectores la tregua duró horas y en otros hasta Año Nuevo. Incluso se produjeron treguas durante varias semanas.

Los mandos de ambos contendientes castigaron estas actitudes y persiguieron cualquier tipo de confraternización con el enemigo. Se trasladaron algunas unidades a otros sectores del frente como medida de precaución.

La Tregua de Navidad trajo imágenes y situaciones curiosas y entrañables. Se jugó un partido de futbol, se asistió a los heridos, se intercambiaron fotografías y postales y se enterró a los muertos.

Paul McCartney gravó un videoclip sobre el tema.

https://www.youtube.com/watch?v=dAmPVNSrLbs

 




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