Con motivo de la publicación de su libro Las guerras de Italia (1494–1504): el nacimiento de los Tercios, conversamos con Alberto Calvo Rúa, quien estudia uno de los momentos más decisivos de la Europa de transición entre la Edad Media y la Moderna. En esta entrevista, el autor nos explica las claves de un conflicto que, más allá de las grandes batallas, redefinió el equilibrio de poder en el continente y sentó las bases de la hegemonía militar hispánica durante más de un siglo. Con un lenguaje claro pero un gran trabajo de documentación, Alberto analiza el papel de Francia, la estrategia de los Reyes Católicos y la figura de Gonzalo Fernández de Córdoba, al tiempo que reflexiona sobre el origen de las innovaciones tácticas que darían lugar a los célebres Tercios. Una conversación que combina divulgación y rigor, pensada para quienes desean comprender mejor este periodo clave de la historia.

 

Para comenzar, ¿Qué te llevó a elegir el periodo 1494-1504 como eje central del libro? ¿Crees que estos años han sido tradicionalmente menos valorados dentro del conjunto de las guerras de Italia?

Siempre me he sentido muy atraído por los periodos de la historia en los que dos culturas, dos formas de comprender el mundo, chocaban entre sí, y las guerras de Italia entre 1494 y 1504 son justo eso, los prolegómenos de una guerra de siglos de duración entre la Monarquía de España y el Imperio Otomano.

Sí, sinceramente. Creo que las guerras de Italia son famosas, pero al mismo tiempo muy desconocidas. A cualquier aficionado a la historia le vienen a la mente el Gran Capitán, Ceriñola, Garellano, Atella o Barletta, pero son muy pocos los que consiguen dar un prisma contextual, político, económico o diplomático a los momentos históricos en que estas batallas tuvieron lugar.

Desde el punto de vista historiográfico, ¿Cuál dirías que es la principal aportación de tu investigación a la comprensión de este conflicto?

Creo, humildemente, que ofrezco una solución a la eterna guerra de las corrientes historiográficas. La guerra se puede estudiar desde innumerables perspectivas; no es necesario ceñirse únicamente a las batallas y los personajes protagonistas de estas, ni abandonar completamente su estudio para poner el foco en las mentalidades o la microhistoria. Guerra, ideología, política, diplomacia, economía o demografía son solo algunos de los principales motores de toda sociedad, tanto antigua como moderna. Resulta imposible comprender con exactitud la Europa del siglo XV si abandonamos cualquiera de estas líneas de investigación, al igual que nosotros, los seres humanos del 2026, no podemos ser ajenos a ninguna de ellas en nuestro día a día.

En los capítulos iniciales señalas 1453-1454 como momentos decisivos para Europa. ¿Hasta qué punto consideras que la caída de Constantinopla y el final de la Guerra de los Cien Años transformaron de manera estructural el equilibrio político europeo?

Constantinopla y el fin de la Guerra de los Cien Años marcaron el fin de toda una etapa de la historia de Europa. Aunque no tienen nada que ver entre sí, la cercanía de las fechas ha de hablarnos de toda una reconfiguración de los poderes tradicionales. Vayamos por partes.

La toma de Constantinopla por Mehmet II cambió para siempre a Europa. Además de por el simbolismo de ver definitivamente derruido al Imperio Romano, en este caso en su ramificación oriental, Constantinopla representaba una barrera física impenetrable para cualquier invasor oriental. Sin ella, los otomanos pusieron rápidamente en su diana toda la región de los Balcanes, Hungría y las costas italianas. La histórica línea defensiva de Europa, de más de diez siglos de duración, acababa de ceder ante un poder agresivo e inmenso. Al mismo tiempo, obligó a transformar las líneas comerciales, ya que los pasos del mediterráneo oriental con los que Europa se conectaba con el lejano oriente quedaron cerrados. El Atlántico, ese peligroso océano, capturó desde entonces la atención de toda Europa.

La Guerra de los Cien Años, al mismo tiempo, demostró a todo Occidente que Francia, pese a soportar en su territorio los castigos de la guerra, había salido triunfadora y reforzada. Desde entonces, sin oposición, Francia sería la fuerza hegemónica occidental.

Cae la noche en Bizancio - La caída de Constantinopla en 1453

Al analizar el periodo previo a 1494, ¿piensas que el estallido del conflicto en Italia fue inevitable o todavía existían mecanismos diplomáticos que podrían haber preservado la estabilidad?

Fue verdaderamente inevitable por un motivo muy sencillo: la Francia de Carlos VIII buscaba el conflicto y la Monarquía de los Reyes Católicos no pensaba rehuir su política internacional.

Carlos VIII creía llegado el momento de dar un fortísimo golpe sobre la mesa que privase a la Monarquía de España de un potencial territorio como Nápoles, en aquel entonces en manos de la rama menor de los Trastámara aragoneses. Como si de una guerra fría se tratase, Francia ansiaba Nápoles para sí, pero sobre todo por arrebatar influencia en Italia a los Reyes Católicos.

Italia aparece descrita como un espacio de gran riqueza económica y cultural, pero profundamente fragmentado. ¿Fue precisamente esa combinación la que la convirtió en el escenario ideal para una guerra de dimensión europea?

Así es, sin lugar a duda. Italia combinó al mismo tiempo una rica economía, una modernizada guerra, una ambiciosa y floreciente expansión cultural y una profunda fragmentación política. La suma de todos los factores descritos, tal y como ha demostrado la historia, solo puede tener un camino: invasión o injerencia de una potencia extranjera. Italia en 1494 era el lugar perfecto en el momento perfecto. Puede parecer sorprendente, pero incluso estados italianos como Milán o Pisa propiciaron la invasión francesa porque creían que obtendrían beneficios con ella. Estaban profundamente equivocados, pero entonces no lo sabían.

En tu análisis de las relaciones entre Francia, Castilla y Aragón hablas de una relación desigual. ¿Dónde situarías esa desigualdad: en los recursos disponibles, en la organización política o en la concepción estratégica?

En todas ellas. Se trata, esencialmente, de proyectos políticos similares pero con décadas de diferencia. Mientras la Francia de Luis XI crecía demográfica y militarmente y consolidaba progresivamente el absolutismo regio como modelo político, la Península Ibérica se encontraba todavía sumida en el caos de las guerras civiles castellanas, las injerencias aragonesas, la amenaza musulmana y las traiciones navarras y portuguesas.

Los Reyes Católicos tenían un ambicioso y esperanzador proyecto político, pero en 1494 apenas había echado a andar. Luis XI y su sucesor, Carlos VIII, ya venían de cuatro décadas de afianzamiento y desarrollo de su proyecto.

En cuanto a los derechos sucesorios y al pactismo francés, ¿los interpretas como argumentos jurídicos sinceros o como instrumentos legitimadores de una expansión ya decidida?

La historia, con enorme frecuencia, nos ha demostrado que ambas posibilidades pueden convivir sin dificultad. Por supuesto, Carlos VIII creía en la veracidad jurídica de sus argumentos sucesorios, pero no cabe duda de que pretendía utilizarlos para expandirse por Italia, algo que ya había decidido previamente. La política y la diplomacia son terrenos sumamente complejos, tanto en el siglo XXI como en el XV y el XVI.

La formación de la Liga Santa refleja una reacción colectiva frente a Francia. ¿La entiendes como una alianza circunstancial o como el inicio de una política europea más consciente de equilibrio de poder?

La entiendo como una política equilibrista, porque tal fue la estrategia de Fernando el Católico durante 1493-1494, y fue él quien más sumó para la creación de la Liga Santa. Pero por otra parte, hemos de entender que formaron parte de ella Estados de muy diversa índole. Para Milán, por ejemplo, no fue más que un instrumento para obtener beneficios territoriales propios. Desde la perspectiva napolitana se trató de supervivencia.

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Tras Fornovo y el giro hacia Nápoles, ¿qué lecciones estratégicas crees que extrajeron las distintas potencias implicadas?

Creo que todos entendieron que la máquina de guerra francesa no era invencible. El propio Carlos VIII cometió el error de abandonar las líneas diplomáticas por saberse militarmente superior a una hipotética coalición de ciudades-estado italianas o países europeos, pero estas nunca podían dejarse de lado. Carlos VIII, desde entonces, comprendió que también debía temer aquello que no podía ver ni controlar.

Por la parte española, la más firme opositora de la invasión francesa, creo que se respiró tranquilidad. Además de un enorme susto, Carlos VIII hubo de retirar a gran parte de sus tropas de Nápoles, por lo que la expedición de Gonzalo Fernández de Córdoba, todavía en inferioridad numérica y armamentística, tendría muchas más opciones. Al mismo tiempo, Gonzalo entendió que Francia basaba toda su fuerza en el uso de las armas, por lo que la palabra, un potente aliado en guerras libradas en territorio ajeno, formó parte de su plan de victoria.

En tu estudio de los ejércitos enfrentados, ¿qué diferencias estructurales consideras más determinantes en el desarrollo de la guerra?

Estamos hablando, en ambos casos de ejércitos en los que ya se detecta una clara influencia moderna, pero con importantes diferencias. La propia herencia histórica de franceses, castellanos y aragoneses jugó un papel esencial en esta cuestión. Mientras los franceses, principalmente los pertenecientes al estamento nobiliario, rechazaban la integración del pueblo llano en el ejército como elemento diferenciador del papel guerrero de la nobleza en el organigrama feudal, castellanos y aragoneses fomentaron su participación. Los Reyes Católicos, de hecho, fomentaron jurídicamente que el pueblo tuviera capacidad de manejar con soltura armas como la espada, la lanza o la ballesta, dependiendo de las condiciones económicas y sociales de cada uno.

Toda esta política de integración del peón, el infante que lucha a pie y que no pertenece a ninguna rama nobiliaria, se reflejó perfectamente en los ejércitos enfrentados. El francés disponía de una enorme cantidad de caballeros pesados, la joya de la corona, la gendarmería francesa, mientras que, los miles de infantes que les acompañaban, procedían mayoritariamente de los cantones suizos.

En el caso español, la presencia de caballería pesada era muy limitada y, en el mejor de los casos, se equiparaba a la caballería ligera, a los jinetes. El grueso, por tanto, procedía de infantes armados con lanzas, espadas, ballestas y alguna primitiva escopeta de tipo espingarda. En el caso español, los infantes habían sido reclutados para la campaña italiana en el sur de la Península. Muchos de ellos, en definitiva, eran veteranos de la guerra de Granada, hombres bregados en el combate irregular y que conocían bien a Gonzalo Fernández de Córdoba.

La campaña de la Baja Calabria la describes como un aprendizaje marcado por el fracaso. ¿Fue ese fracaso el verdadero punto de inflexión en la transformación militar?

Fue uno de ellos, uno de los primeros, pero no lo elevaría a la categoría de gran punto de inflexión en la implantación del nuevo modelo militar. La derrota de Seminara fue trascendental para la mentalidad de Gonzalo porque fue su primer choque contra los franceses. Sin duda, aprendió del fracaso para enfocar las siguientes etapas de la primera guerra de Italia, y de ese enfoque comenzó a extraer importantes conclusiones que sí jugaron un papel esencial en la transformación militar. Digamos, en conclusión, que Seminara no fue un gran punto de inflexión, pero sí el motor que comenzó a hacer girar la rueda de la transformación. 

A lo largo de las operaciones que culminan en Atella, ¿en qué momento consideras que el nuevo modelo comienza a mostrar una superioridad clara y consciente?

Puede resultar sorprendente, pero yo diría que la superioridad del nuevo modelo militar de Gonzalo basado en la división de sus unidades en coronelías y la utilización estelar de la infantería combinando armas de corto y largo alcance con maestría, grandes aportaciones de Gonzalo al modelo militar que representaron los Tercios durante dos siglos, no se demostró de forma clara en la primera guerra de Italia. Laurino y Atella, por ejemplo, dos grandes operaciones de Gonzalo que permitieron a los Reyes Católicos vencer a la Francia de Montpensier y D´Aubengi, respondieron más a la inmensa inteligencia táctica y estratégica de Gonzalo que a cambios sustanciales en el modelo militar. Todo se iba fraguando lentamente.

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Con la llegada de Luis XII y la ruptura del equilibrio de 1498, ¿crees que hubo errores de cálculo estratégicos por parte de las potencias implicadas?

No creo que hubiese errores, sino necesidades. Francia había salido derrotada de Italia, por lo que la amenaza de que Luis XII extendiera la guerra contra la Monarquía a la frontera del Rosellón y la Cerdaña, unida a la mala situación económica y familiar por la que pasaron los Reyes Católicos, hicieron que la propuesta de Luis XII de firmar la paz fuese muy bien recibida.

Lo que sí hemos de descartar por completo, y eso que lo he leído en infinidad de análisis de las decisiones tomadas en 1498, es la teoría de que «no quedaba otra opción». Opciones existían innumerables, pero Fernando II de Aragón, el Católico, decidió que el reparto de Nápoles podía representar un mal menor por su mala situación. Como siempre digo, la Monarquía salió victoriosa de la primera guerra de Italia en el plano militar, pero no en el económico ni el político. Muchas potencias italianas comenzaron a recelar de las intenciones de Fernando, ya que creían que trataría de hacerse con el trono de Nápoles. Sabemos que en 1494 no aspiraba a más que a mantener a Francia a raya, pero las constantes intentonas de los reyes Trastámara de Nápoles de dejarse caer en brazos franceses, a buen seguro, le hizo cambiar de idea en 1498.

En el reparto de Nápoles, ¿existía realmente la posibilidad de una convivencia estable entre Francia y la Monarquía Hispánica, o la guerra era ya prácticamente inevitable?

La guerra completamente insalvable, y tanto Luis de Armagnac, general francés, como Gonzalo Fernández de Córdoba lo sabían. El reparto se había hecho apresuradamente y sin verdadero conocimiento de la tradicional división interna de Nápoles. Las doce provincias quedaron partidas en cuatro, de forma que Apulia y Calabria quedaron del lado aragonés y los Abruzzos y Tierra de Labor del francés. El problema residió en dos cuestiones, fundamentalmente: la mayoría de las rentas napolitanas procedían del sur, es decir, de la parte española, y dos regiones fronterizas, Capitanata y Basilicata, no habían quedado bien delimitadas.

A todo esto había que sumársele la presencia hostil de los napolitanos, pues no se rindieron cuando conocieron que dos potencias extranjeras habían acordado repartir su territorio sin contar con ellos y decidieron luchar. Los franceses tomaron su parte muy rápido, pero ciertas fortalezas napolitanas se enquistaron en la fase de invasión española. Gonzalo de Córdoba pronto descubrió que los franceses ayudaban en secreto a la resistencia napolitana, lo que nos habla de que las intenciones de mantener el acuerdo de reparto no pasaron de ser más que eso, meras intenciones.

29 de diciembre de 1503: Batalla de Garellano, la leyenda de la infantería  – El Toro TV

En episodios como Ceriñola o el Garellano, ¿consideras que se produce la confirmación definitiva del nuevo sistema de combate?

Estoy absolutamente convencido de que Ceriñola y Garellano confirmaron a Gonzalo y a todos sus oficiales que el modelo por el que tanto había peleada ya daba sus frutos. El camino no había sido sencillo, pero por primera vez, con apenas unos meses de diferencia, Francia había sido derrotada sin paliativos en campo abierto contra el ejército de Gonzalo.

No había lugar para la excusa o las medias tintas. Lo mejor del ejército francés de Armagnac se había enfrentado en campo abierto contra lo mejor del ejército del Gran Capitán, y la victoria española había sido extremadamente contundente. Puede parecer exagerado decirlo, pero el modelo de Gonzalo era tan contundente que la batalla, incluso antes de tener lugar, ya había quedado prácticamente decidida. Las tradicionales tácticas francesas y suizas, simple y llanamente, ya no servían. La guerra acababa de sufrir un cambio brusco, y el Gran Capitán le había fomentado y propiciado.

¿Podemos afirmar que en estas campañas se encuentran las bases operativas del modelo que, con el tiempo, dará lugar a los Tercios?

Existe un nutrido e interesante debate en torno a esta cuestión. Los Tercios, desde un punto de vista orgánico, no son otra cosa que unidades administrativas que reunían bajo un mismo mando supremo a una serie de compañías, dirigidas estas a su vez por un capitán.

Pero, lógicamente, también debemos entender los tercios como las unidades que representaron la punta de lanza de los ejércitos de la Monarquía de España durante los siglos XVI y XVII. Desde esta perspectiva, no cabe duda de que Gonzalo sentó las bases orgánicas, tácticas y técnicas que otros muchos buenos generales adoptaron, desarrollaron y perfeccionaron durante todas las décadas de vida de los tercios tal y como los conocemos. ¿Habrían existido las compañías conjuntas de piqueros y arcabuceros sin el Gran Capitán? ¿Habrían dispuesto los tercios, una vez entablado el combate, de tan inmensa capacidad operativa y de adaptación orgánica y funcional sin el Gran Capitán? Nunca lo sabremos, pero es muy probable que la historia hubiese sido muy distinta.

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Si tuvieras que sintetizar en una idea central el significado histórico de esta década de conflictos, ¿Cuál sería?

1494-1504 es la década, por exagerado que pueda parecer, que marca definitivamente el proyecto político de los Reyes Católicos de constitución de una monarquía absolutista bajo el prisma del Estado moderno. El propio Gonzalo, gran hombre de estado, comprendía lo que estaba en juego.

Todas las ideas, innovaciones y riesgos tomados por Isabel y Fernando podrían haber sufrido un inmenso retroceso o, quien sabe, desaparecer, si la primera gran prueba de fuego de la Monarquía, la lucha contra Francia en Italia, se hubiera saldado con un sonoro fracaso.

Al mismo tiempo, creo que esta década de guerras de Italia imprima a Castilla y Aragón de una perspectiva de expansión europea que, hasta entonces, no había tenido. Es cierto que Aragón si había aumentado su presencia mediterránea desde hacía siglos, pero sin llegar a abandonar el mar. No digo que los Reyes Católicos pensaran en 1504 que iban a apoderarse de todos los territorios de los que dispusieron Carlos I o Felipe II, pero sí afirmo que las guerras de Italia permitieron a castellanos y aragoneses saberse con la fuerza suficiente para expandir su modelo por Europa.

Y, finalmente, ¿Qué te gustaría que el lector comprendiera de forma esencial al cerrar el libro?

Me gustaría, sobre todo, que comprendieran las dificultades por las que todos los grandes personajes de la historia pasaron en algún momento. El propio Fernado el Católico o el mismísimo Gran Capitán tuvieron momentos de duda, de alegría y de tristeza, porque no podían saberlo todo ni adivinar el futuro. Tan solo podían confiar en el trabajo hecho, en la férrea red de informantes y diplomáticos y en la habilidad de sus oficiales y soldados.

Creo, en definitiva, que este libro puede contribuir —así espero que sea— a desarrollar en el lector una visión crítica de la historia y de los acontecimientos que, en la actualidad, agitan el mundo. Prácticamente nunca es lo que parece en política, guerra y diplomacia, en el siglo XXI, en el III o, en el caso que nos atañe, en el XV y XVI. Analicemos, pensemos y reflexionemos antes de juzgar o creernos con la verdad absoluta en una guerra o una crisis regional. Nada es lo que parece.

A lo largo de la entrevista, Alberto Calvo Rúa ofrece una visión matizada y sugerente de unas guerras que marcaron un antes y un después en la historia europea. Su análisis permite comprender no solo cómo se combatía, sino por qué se luchaba y qué estaba realmente en juego en la Italia de finales del siglo XV. Precisamente por ello, su obra resulta especialmente recomendable: el lector encontrará en ella un relato claro, bien documentado y lleno de claves interpretativas que ayudan a situar estos acontecimientos en su verdadero contexto. Una lectura imprescindible para quienes deseen adentrarse con rigor y disfrute en el nacimiento de los Tercios y en los orígenes de la Europa moderna.

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