Primera parte: Antes de Estopiñán: Melillay el proyecto africano de los Reyes Católicos,1493-1497 
1. Una ciudad al otro lado del mar
En algún momento de septiembre de 1497, una expedición organizada en Andalucía cruzó las laguas que separaban la península Ibérica de la costa norteafricana y puso rumbo hacia Melilla. La fecha tradicional del 17 de septiembre se ha repetido durante generaciones, aunque ninguna de las fuentes narrativas más próximas al acontecimiento permite fijar con semejante precisión el día de la ocupación. Andrés Bernáldez, contemporáneo del reinado de los Reyes Católicos, se limita a situarla durante aquel mes, mientras Pedro Barrantes Maldonado hace lo mismo varias décadas después. La prudencia obliga, por tanto, a comenzar esta historia hablando simplemente de septiembre de 1497.
Al frente de la empresa aparece Pedro de Estopiñán, contador y hombre de confianza del III duque de Medina Sidonia, Juan Alonso Pérez de Guzmán. Su nombre ha quedado unido desde entonces a la incorporación de Melilla a la Corona de Castilla, hasta el extremo de que durante mucho tiempo ambas cosas parecieron casi inseparables. Sin embargo, la documentación conservada permite ahora reconstruir una historia bastante más compleja que la imagen tradicional de una armada castellana llegando ante una ciudad musulmana despoblada y tomándola mediante una audaz operación militar.
Sabemos que los Reyes Católicos estudiaban las posibilidades de Melilla varios años antes del desembarco de Estopiñán. Sabemos también que agentes castellanos habían reconocido su costa, hablado con dirigentes locales, trasladado informadores musulmanes hasta territorio peninsular, calculado necesidades militares y preparado una expedición que estuvo muy cerca de ejecutarse durante 1494. Las cuentas regias registran barcos, viajes, reclutadores, dinero destinado a intermediarios y hasta la fabricación de escalas. La correspondencia política muestra, además, una ciudad dividida, enfrentada con la autoridad de Fez y sometida a una crisis que terminó dañando gravemente su población y sus fortificaciones.
Esto obliga a formular de otra manera algunas preguntas tradicionales. Resulta insuficiente preguntar únicamente cómo tomó Pedro de Estopiñán Melilla, porque antes debemos averiguar cómo llegó Castilla a saber que podía tomarla. También debemos preguntarnos hasta qué punto participaron en aquel proceso los propios habitantes de la ciudad, quién decidió finalmente ejecutar la empresa y qué parte corresponde a Fernando e Isabel frente a los poderosos recursos militares y navales de Medina Sidonia.
La ocupación de 1497 fue el desenlace visible de una operación política, diplomática y militar cuyos antecedentes documentados aparecen varios años antes. Para comprenderla debemos comenzar mucho antes de que Estopiñán embarcase a sus hombres.
2. Malīla antes de los castellanos
La Melilla (Ciudad fundada por los fenicios casi a la par que Cádiz) encontrada por los castellanos a finales del siglo XV conservaba las huellas de una historia urbana bastante más larga de lo que podría sugerir su precaria situación en 1497. Las fuentes geográficas árabes medievales permiten reconstruir parcialmente aquella trayectoria y, al mismo tiempo, advierten contra una imagen demasiado simple de la plaza ocupada posteriormente por Medina Sidonia.
Al-Bakrī, geógrafo andalusí del siglo XI, describió Malīla como una ciudad antigua rodeada por una muralla de piedra. En su interior existían una alcazaba fortificada, mezquita aljama, baños y mercados, elementos suficientes para identificar un verdadero núcleo urbano organizado. El geógrafo no conoció personalmente todos los lugares que describía y utilizó materiales anteriores, de manera que sus noticias deben tratarse con las precauciones habituales. Aun así, su testimonio resulta fundamental porque demuestra que la fortificación de Melilla precedía en muchos siglos a la llegada castellana, tal vez bizantina.
La ciudad formaba parte de las redes económicas del Mediterráneo occidental y mantenía relaciones con las regiones interiores del Rif. Al-Bakrī proporciona incluso detalles sobre el tratamiento dispensado a los mercaderes extranjeros, quienes quedaban bajo la protección y vigilancia de habitantes designados por la comunidad. Aquella práctica sólo resulta comprensible dentro de un espacio donde el comercio exterior poseía suficiente importancia para haber generado procedimientos específicos destinados a garantizar las transacciones y la seguridad de quienes llegaban desde otros lugares.
El puerto constituía naturalmente uno de los elementos esenciales de esa actividad. Al-Bakrī lo consideraba especialmente adecuado durante el verano, precisión que conviene conservar porque evita imaginar una rada perfectamente segura durante cualquier estación. Más de cuatro siglos después, los documentos castellanos seguirían mostrando hasta qué punto el viento y el estado del mar condicionaban la comunicación entre Melilla y Andalucía. La posición era valiosa precisamente porque permitía enlazar las dos orillas, aunque semejante ventaja dependiera constantemente de unas condiciones marítimas que podían convertirse en un problema.
Al-Idrīsī, durante el siglo XII, volvió a presentar Melilla como una ciudad amurallada y destacó otro elemento decisivo para cualquier asentamiento militar duradero: la disponibilidad de agua dulce. La existencia de manantiales y pozos ayuda a explicar por qué aquel promontorio pudo sostener una ocupación permanente durante siglos, mientras otras posiciones costeras resultaban mucho menos adecuadas para mantener poblaciones numerosas.
Nada de esto significa que la Melilla descrita por los geógrafos medievales continuase disfrutando del mismo dinamismo cuando llegaron los castellanos. Entre el siglo XI y finales del XV se habían producido profundas transformaciones políticas y económicas en el Magreb. Otros puertos adquirieron importancia, las rutas comerciales cambiaron y Cazaza fue convirtiéndose en un centro regional que competía directamente con Melilla. Las noticias posteriores permiten apreciar una progresiva pérdida de peso económico, aunque la ciudad continuase conservando valor por su posición y sus fortificaciones.
Esta distinción cronológica resulta imprescindible. No deberíamos describir la Melilla de 1497 utilizando sin matices la prosperidad transmitida por al-Bakrī cuatro siglos antes. Tampoco podemos aceptar el extremo contrario y presentar la plaza como un espacio irrelevante que sólo adquirió importancia cuando fue ocupado por Castilla. Lo que Estopiñán encontraría era una ciudad antigua en crisis, provista todavía de un recinto fortificado considerable, aunque deteriorado, y situada en un emplazamiento cuyo valor estratégico seguía siendo evidente.
La arqueología y los documentos castellanos posteriores sugieren además que el antiguo espacio urbano musulmán pudo ser mayor que el recinto inicialmente defendido por los nuevos ocupantes. Los castellanos no necesitaban restaurar inmediatamente cada lienzo perteneciente a la antigua medina, porque su primera preocupación consistía en disponer de un perímetro militar suficientemente compacto para ser defendido con los hombres disponibles. Esta adaptación del espacio tendría consecuencias importantes después del desembarco.
Durante los años inmediatamente anteriores a 1497, aquella ciudad ya debilitada sufrió además una combinación particularmente dañina de tensiones políticas, deterioro económico, hambre, desplazamiento de población y violencia. La explicación tradicional atribuyó muchas veces su ruina a una guerra entre Fez y Tremecén, pero la documentación contemporánea permite observar una realidad bastante menos sencilla. Melilla estaba también dividida desde dentro.
3. Después de Granada: la frontera cruza el Estrecho
La capitulación de Granada el 2 de enero de 1492 cerró una guerra, aunque no eliminó los problemas fronterizos que habían condicionado durante siglos la política castellana en Andalucía. La desaparición del último reino islámico peninsular trasladó buena parte de aquellas preocupaciones hacia el mar de Alborán y la costa norteafricana, donde continuaban operando poderes musulmanes capaces de mantener relaciones políticas, económicas y militares con la nueva población mudéjar del reino granadino.
La frontera dejó de ser exclusivamente terrestre. Málaga, Almería, Motril, Gibraltar y otros puertos adquirieron una función todavía más importante como puntos de vigilancia, abastecimiento y comunicación. La defensa del antiguo territorio nazarí exigía conocer lo que ocurría en la costa situada enfrente, seguir las decisiones de Fez y Tremecén, observar los movimientos marítimos y disponer de interlocutores capaces de informar desde el otro lado.
Hernando de Zafra ocupó una posición especialmente relevante dentro de este dispositivo. Secretario de los Reyes Católicos y profundo conocedor de los asuntos granadinos, participó activamente en los contactos políticos desarrollados con dirigentes norteafricanos durante aquellos años. A su alrededor operaba una red formada por oficiales regios, marinos, intérpretes, musulmanes procedentes de la costa africana y personajes relacionados con la antigua frontera de Granada.
Los primeros indicios relacionados con Melilla pueden rastrearse durante 1493, cuando agentes castellanos realizaban reconocimientos y mantenían contactos con personajes establecidos en distintos sectores del litoral rifeño. Tabaharique, Tiguente, Cazaza y Melilla aparecen dentro de una política que todavía no había fijado necesariamente un único objetivo prioritario. Lo importante era conocer qué posiciones podían ser ocupadas, cuáles podrían entregarse mediante negociación y cuáles permitirían establecer una cabeza de puente sostenible.
El planteamiento tenía una lógica militar bastante clara. La Corona no estaba en condiciones de emprender de inmediato una conquista territorial profunda del norte de África, pero sí podía intentar controlar determinados puertos cuya conservación dificultara cualquier intervención sobre Granada y facilitara las operaciones navales castellanas. Una posición fortificada en la otra orilla proporcionaba observación, refugio, capacidad de proyectar pequeñas fuerzas y un punto desde el cual establecer relaciones con las poblaciones próximas.
Portugal constituía otro elemento que Fernando e Isabel debían tener necesariamente presente. Los derechos de expansión en el norte de África habían sido objeto de acuerdos entre las dos monarquías ibéricas y cualquier intervención castellana necesitaba evitar un conflicto diplomático con Lisboa. La pertenencia política de algunos enclaves a Fez o Tremecén podía tener consecuencias directas para determinar dentro de qué ámbito quedaban las futuras conquistas. La documentación de 1494 muestra que aquella cuestión jurídica y diplomática estuvo presente antes de que los Reyes decidieran avanzar sobre Melilla.
Durante esos meses comenzó a circular información particularmente atractiva. La ciudad atravesaba serias dificultades y algunos de sus habitantes estaban dispuestos a negociar con Castilla. Aquella posibilidad transformaba radicalmente el cálculo militar, porque una plaza que podía abrirse mediante negociación requería medios muy distintos de los necesarios para emprender un asedio formal.
De este modo, apenas dos años después de la entrada de los Reyes Católicos en Granada, encontramos a la Monarquía preparando una operación mucho más concreta de lo que durante largo tiempo permitió suponer la historiografía tradicional. El desembarco de 1497 todavía estaba lejos, pero durante 1494 Melilla estuvo ya muy cerca de pasar a manos castellanas.
4. 1494: la conquista que estuvo a punto de producirse tres años antes
La documentación de 1494 constituye probablemente la pieza más importante para comprender la toma ocurrida tres años después. Su principal interés radica precisamente en su naturaleza: frente a las crónicas redactadas posteriormente, estamos ante cartas, órdenes y cuentas producidas mientras los acontecimientos se desarrollaban. Las anotaciones contables carecen de cualquier necesidad de glorificar a Fernando el Católico, al duque de Medina Sidonia o a Pedro de Estopiñán. Registran sencillamente qué cantidad recibió determinada persona, qué barco fue fletado o para qué misión se entregó dinero.
A comienzos de aquel año, Melilla atravesaba una situación política particularmente delicada. La correspondencia castellana muestra un conflicto con la autoridad de Fez y la existencia de sectores locales favorables a entenderse con los Reyes Católicos. Algunos personajes relacionados con la dirección de la ciudad llegaron a territorio peninsular, mientras agentes castellanos viajaban hacia la costa africana para comprobar hasta qué punto aquellas propuestas podían tomarse en serio.
El mecanismo empleado no era muy diferente del utilizado durante los últimos años de la guerra de Granada. Antes de movilizar una fuerza considerable se buscaban informadores, se establecían contactos con facciones locales y se enviaban personas capaces de comprobar sobre el terreno las defensas, la actitud de la población y las posibilidades de abastecimiento. La frontera había cruzado el mar, pero buena parte de las prácticas políticas acumuladas durante la guerra granadina continuaban siendo útiles.
El 15 de febrero de 1494, la contabilidad de Juan de la Torre registró treinta mil maravedíes destinados al flete de una carabela utilizada por Lorenzo de Zafra para pasar «allende» acompañado por determinados musulmanes y participar en negociaciones. En la misma operación aparecen cantidades destinadas a provisiones, bizcocho, harina y otros alimentos. El asiento no permite atribuir exclusivamente aquella misión a Melilla, porque simultáneamente existían contactos con otros enclaves, pero ilustra la densidad de las operaciones desarrolladas durante aquellos meses.
La información fue adquiriendo rápidamente un carácter más militar. El 20 de marzo se organizó una nueva expedición integrada por Juan de Lezcano, Álvaro de Acosta y mosén Pedro de Santisteban. Para trasladarlos se fletaron en Málaga una carabela y una fusta, cuyo coste conjunto alcanzó los cien mil maravedíes. La expresión utilizada por la cuenta resulta tan sencilla como reveladora: debían pasar «allende a ver ciertos lugares».
Aquel reconocimiento adquiere su verdadero significado cuando lo relacionamos con la correspondencia política. Melilla figuraba entre las posiciones que estaban siendo estudiadas y existían ya negociaciones con habitantes dispuestos a considerar su entrega. Determinados musulmanes viajaron a Castilla y algunos permanecieron durante meses a costa de la Hacienda regia, circunstancia difícil de explicar como simple visita ocasional. Durante agosto, septiembre y octubre de 1494 aparecen pagos mensuales de 17.330 maravedíes destinados al mantenimiento de musulmanes procedentes de Melilla y otros enclaves norteafricanos.
Las negociaciones habían alcanzado una profundidad suficiente para hablar de garantías y rehenes, términos que debemos manejar con cierta cautela porque podían incluir personas trasladadas voluntariamente para asegurar el cumplimiento de los acuerdos. La Corona prometía protección a quienes facilitasen la entrega y contemplaba su eventual establecimiento en el reino de Granada. Entre los interlocutores aparecen el alguacil de Melilla, personajes de su familia, un jeque llamado Çidi Yuçaf y otros notables cuya posición exacta dentro de la sociedad melillense no siempre resulta fácil reconstruir.
La existencia de semejantes contactos obliga a abandonar cualquier imagen de dos bloques perfectamente homogéneos enfrentados a ambos lados del Mediterráneo. Algunos dirigentes musulmanes entendían que sus intereses podían quedar mejor protegidos mediante un acuerdo con Castilla, mientras otros permanecían vinculados a Fez o rechazaban cualquier aproximación. Las rivalidades locales ofrecían oportunidades que Fernando e Isabel estaban dispuestos a utilizar, exactamente como habían hecho durante diferentes fases de la guerra granadina.
El 21 de junio de 1494 encontramos el documento que permite demostrar hasta dónde había llegado la decisión regia. Conservada en el Archivo General de Simancas, la denominada «Comisión de información a Melilla» ordenaba realizar una nueva comprobación de la situación existente en la ciudad. Los enviados debían averiguar si continuaban vigentes las condiciones conocidas anteriormente y, si el resultado era favorable, los Reyes disponían expresamente que «se ponga en obra de yr a lo tomar».
La importancia de esta frase difícilmente puede exagerarse. Fernando e Isabel no estaban simplemente recopilando información sobre una posibilidad remota, porque habían condicionado la ejecución de la conquista al resultado favorable de una última misión. Mientras los enviados realizaban su trabajo, los responsables castellanos debían tener preparados los medios necesarios para actuar inmediatamente.
Íñigo Manrique, mosén Pedro de Santisteban y Juan de Lezcano fueron designados para aquella misión. El viaje tenía además una dimensión diplomática evidente, porque los acompañaban musulmanes vinculados a las negociaciones. Entre ellos aparece Çedi Mahoma, vecino de Melilla, dentro de un grupo de cuatro hombres procedentes de la otra orilla que recibieron salvoconductos para desplazarse por territorio castellano.
Durante las semanas siguientes, la operación adquirió una estructura militar prácticamente completa. El 4 de julio, Fadrique Álvarez de Toledo, duque de Alba, fue designado «capitán general e governador de la dicha conquista». No era un nombramiento honorífico destinado a una empresa hipotética, porque simultáneamente se estaban definiendo otros cargos necesarios para la expedición.
Juan de Lezcano recibió el mando de los navíos y fustas destinados a África, mientras Juan de la Torre actuaba como pagador y Pedro de Zafra intervenía en el abastecimiento. La artillería, los bastimentos y el transporte necesitaban sus propios responsables, y Juan Rodríguez de Fonseca aparece relacionado con distintos aspectos de la organización naval. La Corona estaba reproduciendo a menor escala una maquinaria militar que había adquirido considerable experiencia durante las campañas de Granada.
Las cuentas permiten descender todavía más en el detalle. En septiembre se pagaron cantidades a hombres encargados de reclutar gente para Melilla, entre ellos Juan de León en Jerez y Diego Vallejo. También se habían acumulado armas en puntos del litoral granadino y se preparaban embarcaciones capaces de transportar hombres y pertrechos. Las cantidades individuales pueden parecer modestas cuando se observan aisladamente, pero reunidas muestran una movilización sostenida durante varios meses.
Entre todos aquellos personajes destaca el maestre Ramiro, cuya presencia constituye un excelente ejemplo de cómo la documentación contemporánea puede confirmar parcialmente relatos cronísticos escritos varias décadas después. Lorenzo de Padilla atribuiría posteriormente a un especialista llamado maestre Ramiro un reconocimiento técnico de Melilla y un papel importante en el diseño de la futura operación. La cuenta de Juan de la Torre demuestra que aquel hombre existió realmente y que recibió dinero para fabricar «ciertas escalas», además de participar en desplazamientos relacionados con los preparativos africanos.
Conviene detenerse en este punto porque durante años se ha relacionado la preparación técnica de Melilla con Francisco Ramírez de Madrid, célebre especialista artillero de los Reyes Católicos. La hipótesis puede conservar algún fundamento, pero la documentación que hemos podido identificar confirma específicamente a maestre Ramiro y no permite convertir a ambos personajes en una sola persona. Ramiro intervino documentalmente en 1494, mientras la participación directa de Francisco Ramírez en la expedición definitiva de 1497 requiere todavía pruebas más firmes.
Lorenzo de Padilla atribuye además a aquel especialista un cálculo según el cual Melilla podía defenderse con seiscientos peones y cien lanzas. Resulta tentador observar que el asiento de 1498 terminaría fijando una guarnición ordinaria de setecientos hombres, aunque semejante coincidencia no demuestra que Padilla reprodujese literalmente un informe redactado cuatro años antes. Lo importante para nuestro propósito consiste en comprobar que las crónicas conservaron recuerdos auténticos de una preparación técnica desarrollada antes de la ocupación definitiva.
Y precisamente aquí aparece un problema historiográfico particularmente interesante. Barrantes Maldonado y Lorenzo de Padilla escribieron décadas después y organizaron sus relatos alrededor de 1497, pero algunos de los reconocimientos, preparativos técnicos y personajes que mencionan pueden proceder de acontecimientos documentados en 1494. La memoria posterior pudo comprimir varias operaciones diferentes y trasladarlas hacia el momento de la conquista definitiva.
Esto afecta incluso al papel atribuido a Pedro de Estopiñán. Barrantes asegura que el duque de Medina Sidonia lo envió a reconocer previamente Melilla y estudiar los medios necesarios para ocuparla, fortificarla y poblarla. Nada obliga a descartar semejante reconocimiento durante 1497, pero tampoco disponemos todavía de documentación contemporánea capaz de demostrarlo. En cambio, sabemos con certeza que Castilla había efectuado reconocimientos detallados tres años antes.
La expedición prevista en 1494 no llegó finalmente a ejecutarse. Los informes recibidos durante el verano y comienzos del otoño redujeron el entusiasmo inicial, mientras la situación interna de Melilla evolucionaba rápidamente. La autoridad de Fez reaccionó frente a los sectores considerados rebeldes o excesivamente próximos a Castilla, y las defensas de la ciudad sufrieron nuevos daños. La oportunidad política que había parecido tan favorable durante la primavera comenzó a cerrarse.
A finales de septiembre, la Corona suspendió la operación inmediata. Aquella decisión no significaba necesariamente que Fernando e Isabel hubiesen abandonado definitivamente el objetivo, aunque otras prioridades políticas y militares fueron ocupando progresivamente su atención. La guerra italiana, iniciada en 1494 con la entrada de Carlos VIII de Francia en la península, terminaría exigiendo recursos y atención crecientes.
La primera conquista de Melilla había fracasado antes de comenzar, pero había dejado algo mucho más duradero que una armada desmovilizada. Durante varios meses, Castilla había construido una verdadera base de conocimiento sobre la ciudad, sus defensas, sus divisiones políticas, sus interlocutores locales y las necesidades logísticas de cualquier futura ocupación.
Cuando Pedro de Estopiñán cruzó finalmente el mar tres años después, no se dirigía hacia un objetivo desconocido.
5. Una ciudad dividida: Fez, hambre y colaboradores
Las crónicas posteriores tendieron a simplificar el proceso que condujo a la decadencia de Melilla. Barrantes Maldonado y Pedro de Medina explicaron que las luchas entre los reyes de Fez y Tremecén terminaron agotando a sus habitantes, quienes habrían abandonado la ciudad y destruido parte de las defensas para impedir que alguno de los contendientes pudiera utilizarlas Lorenzo de Padilla conservó una versión diferente, según la cual la crisis habría nacido de una rebelión contra la autoridad de Fez y de la posterior intervención del poder central.
La documentación contemporánea se acerca bastante más a este segundo esquema, aunque tampoco permite reconstruir cada episodio con absoluta seguridad. Durante 1494 existía un conflicto evidente entre determinados dirigentes melillenses y la autoridad de Fez, mientras dentro de la propia ciudad operaban facciones con intereses contrapuestos. Algunas negociaban con Castilla y estaban dispuestas a considerar una transferencia de soberanía que otros habitantes debían contemplar necesariamente como una traición.
A aquella crisis política se sumaron dificultades económicas y de subsistencia. Enrique Gozalbes Cravioto ha llamado la atención sobre noticias relativas a hambre y enfermedad durante aquellos años, elementos que ayudan a comprender mejor la profundidad del deterioro. Una ciudad cuya economía había perdido parte de su antigua importancia comercial soportaba al mismo tiempo violencia política, inseguridad regional y escasez de alimentos.
La destrucción de las defensas tampoco debería reducirse a un único episodio espectacular. Probablemente hubo daños acumulados durante diferentes fases del conflicto, provocados tanto por la intervención de las autoridades de Fez como por el abandono y la falta de mantenimiento. Cuando las crónicas hablan posteriormente de murallas arruinadas conservan probablemente el recuerdo de una realidad indiscutible, aunque sus explicaciones concretas sobre quién destruyó cada sector resulten más difíciles de verificar.
Los colaboradores de Castilla pagaron un precio elevado por aquella situación. La documentación posterior permite seguir a algunos antiguos dirigentes melillenses que terminaron establecidos en territorio peninsular y recibieron protección de la Monarquía. Entre ellos encontramos a quienes después del bautismo serían conocidos como Andrés y Lorenzo de Melilla, personajes cuya intervención volverá a resultar fundamental cuando analicemos el desenlace de 1497.
Conviene, sin embargo, evitar adelantarnos demasiado. Sabemos que durante 1494 determinados notables negociaban con los Reyes Católicos y que algunos vivían a costa de la Hacienda regia. Sabemos también que la Corona había prometido recompensas y asentamiento en territorio granadino si contribuían a entregar la plaza. Lo que no podemos demostrar es que todos aquellos acuerdos continuasen sin interrupción hasta septiembre de 1497.
Un documento fechado el 19 de enero de 1495 resulta especialmente revelador porque contiene una frustración apenas disimulada. Fernando e Isabel recordaban que se había acordado proporcionar asiento en Motril a determinados melillenses «si estos diesen a Melilla», pero añadían inmediatamente «pues no lo dieron». La frase resulta importante porque impide reconstruir retrospectivamente las negociaciones de 1494 como una cadena ininterrumpida que condujo inevitablemente a la ocupación posterior.
La entrega no se había producido cuando comenzaba 1495. Algunos interlocutores permanecieron vinculados a Castilla y otros desaparecen temporalmente de nuestra documentación. Mientras tanto, Melilla continuó deteriorándose y perdiendo habitantes. Cuando Bernáldez escribió después que los castellanos encontraron una ciudad «vacía de gente y despoblada», estaba resumiendo el resultado final de un proceso desarrollado durante varios años.
Entre el fracaso de 1494 y la expedición definitiva permanecen todavía importantes zonas oscuras. La documentación disponible no permite seguir mes a mes la evolución de la ciudad hasta 1497 ni identificar con certeza quién mantuvo abiertas las comunicaciones entre ambas orillas. Precisamente por ello conviene resistirse a completar los silencios mediante reconstrucciones excesivamente seguras.
Lo que podemos afirmar resulta ya suficientemente significativo. Castilla conocía las divisiones de Melilla, había negociado con miembros de su élite y había preparado una operación militar completa para aprovecharlas. El proyecto fracasó entonces, aunque la información acumulada y las relaciones establecidas no desaparecieron necesariamente con aquella suspensión.
Tres años después reaparecería la oportunidad, pero el instrumento elegido sería distinto.
6. 1497: Corona, Medina Sidonia y Pedro de Estopiñán
La cuestión sobre quién decidió tomar Melilla en 1497 ha generado una discusión historiográfica mucho más prolongada de lo que permiten justificar nuestras fuentes. Durante décadas convivieron dos explicaciones aparentemente incompatibles. Una atribuía la empresa fundamentalmente a Fernando el Católico, mientras otra convertía al duque de Medina Sidonia en verdadero impulsor de la operación.
Andrés Bernáldez resulta particularmente importante porque escribió relativamente cerca de los acontecimientos y afirmó que la empresa se efectuó «por mandado del Rey D. Fernando». Según su relato, el duque de Medina Sidonia organizó una armada destinada a «tomar y poblar» Melilla, pero la decisión política última correspondía claramente al monarca. La formulación resulta difícil de ignorar, especialmente después de comprobar mediante la documentación de 1494 hasta qué punto Fernando e Isabel habían estado implicados previamente en el objetivo.
Pedro Barrantes Maldonado, escribiendo hacia 1540 bajo el patrocinio de la Casa de Medina Sidonia, reorganizó el relato de manera distinta. En su versión, Fernando había considerado inicialmente la ocupación, envió al comendador Martín Galindo para reconocer la ciudad y abandonó después el proyecto ante un informe desfavorable. Sería entonces Juan Alonso Pérez de Guzmán quien retomase la idea y asumiese el riesgo que la Corona había considerado excesivo.
Resultaría demasiado sencillo descartar esta versión únicamente por su evidente intención de alabar la labor dl duque. La documentación confirma que existieron reconocimientos anteriores y que Martín Fernández Galindo estuvo relacionado con aquellos asuntos. Barrantes conserva por tanto materiales auténticos, aunque los haya organizado para ensalzar la iniciativa de su señor.
Lorenzo de Padilla presenta todavía una tercera variante. Según su relato, el duque comunicó la oportunidad a Fernando e Isabel, quienes autorizaron la empresa y asumieron determinados gastos, exigiendo previamente un reconocimiento de la Monarquía en la conquista. Esta versión vuelve a colocar la operación dentro de una cooperación entre Corona y Medina Sidonia.
La documentación de 1494 permite escapar parcialmente de esa discusión. Fernando e Isabel no descubrieron Melilla gracias al duque durante 1497, porque tres años antes habían preparado formalmente su conquista, nombrado capitán general, organizado una armada y negociado directamente con dirigentes locales. La existencia de un proyecto regio anterior queda documentalmente establecida.
Lo que todavía ignoramos es quién reactivó concretamente el objetivo durante 1497 y aprovechó las nuevas circunstancias de la ciudad. Pudieron ser los propios agentes de Medina Sidonia, interlocutores procedentes del Rif o responsables de la Corona, y tampoco podemos excluir que diferentes canales transmitieran simultáneamente informaciones semejantes.
En cualquier caso, la participación de Medina Sidonia resultaba perfectamente lógica. Juan Alonso Pérez de Guzmán disponía de recursos territoriales y marítimos excepcionales dentro de Andalucía occidental. Sanlúcar de Barrameda constituía un centro naval importante y la Casa poseía hombres, dinero, barcos, oficiales y redes capaces de organizar una operación que debía emprenderse con rapidez. Gibraltar desempeñaba asimismo una función esencial en las comunicaciones del Estrecho durante aquellos años.
Conviene identificar correctamente al duque porque cierta bibliografía moderna ha perpetuado alguna confusión. El Medina Sidonia de 1497 era Juan Alonso Pérez de Guzmán, III duque de la Casa, sucesor desde 1492 de Enrique de Guzmán. Presentarlo como Enrique modifica incluso la interpretación política de la empresa, porque atribuye la iniciativa a un hombre fallecido cinco años antes de los acontecimientos.
Pedro de Estopiñán aparece dentro de este aparato ducal como una figura mucho más interesante que la del simple comandante militar convertido posteriormente en héroe fundador. Era contador del duque y, por tanto un servidor acostumbrado a manejar recursos, organizar gastos y supervisar cuestiones administrativas. Su participación en la expedición resulta coherente precisamente con una operación donde logística, ingeniería y abastecimiento resultaban tan importantes como el combate.
Barrantes afirma que Estopiñán fue enviado previamente a reconocer Melilla para determinar qué medios serían necesarios para ocuparla y reconstruirla. La noticia es plausible, especialmente porque sabemos que operaciones semejantes se habían realizado en 1494, aunque carecemos todavía de documentación contemporánea que permita elevar aquel viaje concreto a certeza absoluta.
La presencia de Estopiñán al frente de la expedición definitiva sí está suficientemente asentada por la convergencia de la tradición ducal y documentación posterior. Lo que conviene evitar es convertirlo en responsable único de todo el proceso. Antes de su intervención habían trabajado Hernando de Zafra, Juan de Lezcano, Pedro de Santisteban, Álvaro de Acosta, maestre Ramiro, Martín Fernández Galindo, diversos oficiales regios y varios interlocutores musulmanes cuyos nombres apenas sobrevivieron en la historiografía posterior.
Algo parecido ocurre con el propio duque. Medina Sidonia proporcionó una parte fundamental del instrumento militar utilizado en 1497, pero semejante circunstancia no transforma automáticamente la empresa en una conquista privada. La correspondencia regia inmediatamente posterior demostrará además que Fernando e Isabel consideraban Melilla un asunto propio de la Monarquía y trataban la actuación ducal como un servicio prestado a la Corona.
La explicación más prudente necesita, por tanto, aceptar una realidad menos limpia que las dos versiones tradicionales. La Monarquía había desarrollado desde 1493 y 1494 un proyecto documentado para ocupar Melilla, mientras Medina Sidonia terminó proporcionando durante 1497 la estructura fundamental para ejecutar la operación. Desconocemos quién impulsó primero su reactivación concreta, pero resulta difícil imaginar que una empresa de aquella importancia pudiera realizarse contra la voluntad regia o completamente al margen de ella.
Durante el verano de 1497, los preparativos debieron acelerarse. Aquí la documentación resulta desgraciadamente mucho menos rica que para 1494, circunstancia que obliga a recurrir de nuevo a las crónicas y a reconocer abiertamente sus contradicciones.
7. La armada está preparada
Bernáldez afirma que la expedición reunió cinco mil hombres, cifra repetida después por Barrantes y Pedro de Medina. Lorenzo de Padilla conserva, sin embargo, una tradición distinta y habla de unos tres mil peones acompañados por doscientas lanzas. Ningún documento contable conocido permite resolver definitivamente la discrepancia, de manera que reducir arbitrariamente el contingente o aceptar literalmente la cifra mayor produciría una seguridad que las fuentes no proporcionan.
La misma cautela debe aplicarse al puerto de partida. Barrantes y Pedro de Medina sitúan la preparación principal en Sanlúcar de Barrameda, opción perfectamente lógica dentro de los dominios ducales, mientras Padilla concede mayor protagonismo a Gibraltar. Ambas localidades pudieron intervenir en momentos distintos de una operación que necesariamente empleaba diferentes puntos del litoral andaluz, aunque carecemos de una relación naval completa capaz de reconstruir cada movimiento.
Las crónicas coinciden mejor cuando describen la naturaleza de la carga. Con los soldados viajaban artillería, ballestas, espingardas, lanzas, municiones y los víveres necesarios para sostener una fuerza numerosa después del desembarco. Harina, vino, aceite, carne y otros bastimentos compartían espacio con cal, madera, herramientas y personal capaz de reparar las defensas. Aquellos materiales revelan que los organizadores esperaban ocupar una ciudad dañada y prepararse inmediatamente para conservarla.
Nada permite saber con precisión cuántos barcos componían aquella armada, cuáles eran sus nombres o qué cantidad exacta de hombres viajaba en cada embarcación. El archivo de Medina Sidonia conserva abundante documentación sobre la administración posterior de Melilla, pero hasta ahora no proporciona una cuenta completa del convoy de septiembre de 1497.
Quizá esa ausencia resulte apropiada para cerrar la primera parte de esta historia. Después de varios años siguiendo cartas, cuentas, reconocimientos, musulmanes enviados a la corte, reclutadores, artilleros y proyectos frustrados, la documentación se vuelve repentinamente menos precisa cuando comienza el episodio que acabaría ocupando casi todo el espacio de las narraciones tradicionales.
Sabemos, sin embargo, lo suficiente para contemplar aquella expedición de una manera diferente. Al otro lado del mar esperaba una antigua ciudad amurallada, debilitada por años de conflicto interno, hambre, destrucciones y despoblamiento. Algunos de sus antiguos dirigentes habían negociado con Castilla, mientras Fernando e Isabel conservaban desde 1494 información detallada sobre la posición. Medina Sidonia disponía ahora de los recursos necesarios para intentar aquello que tres años antes había quedado suspendido.
Cuando las embarcaciones comenzaron finalmente la travesía hacia Melilla durante septiembre de 1497, Pedro de Estopiñán no avanzaba hacia una costa desconocida. Detrás de aquella armada existían años de información acumulada, negociaciones políticas, reconocimientos militares y decisiones que habían involucrado a cristianos y musulmanes en las dos orillas.
La conquista que suele comenzar con Estopiñán había empezado bastante antes de que sus barcos abandonasen Andalucía.
Continuará...
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