ImagenEl 10 de julio de 1652 el Parlamento inglés declaró la guerra a las Provincias Unidas. Adrian Pauw, el gran pensionario de los Estados Generales en Inglaterra, hizo lo posible para evitarlo con tal de proteger su comercio, pero las exigencias inglesas eran demasiado elevadas. Cromwell no solo no estaba dispuesto a retirar su abusiva Acta de Navegación, sino que además exigió a las Provincias Unidas el pago de cierta suma de dinero en reparación por las hostilidades iniciadas frente a Dover, de las que culpaba a Maarten Tromp. Pauw rechazó finalmente el ultimátum inglés, y los embajadores neerlandeses abandonaron Inglaterra rumbo a su país.

 

 


El júbilo ante la declaración de guerra fue notable en la facción Orangista de la política neerlandesa, pues se veía el conflicto como una buena ocasión para golpear el creciente poder marítimo inglés y a Cromwell, el hombre que había decapitado a su amigo Carlos I de Estuardo. En realidad, la guerra suponía que los principales sustentos económicos de la República, sus grandes flotas pesqueras y el lucrativo comercio naval con los puertos del mar Báltico, del Mediterráneo y de las Indias Orientales, quedaban a merced de la armada inglesa. Sabedores de que su descuidada flota no ofrecía garantías de protección para los convoyes y de que los navíos cuya construcción se había aprobado todavía tardarían en ser construidos, los Estados Generales decidieron recurrir a la diplomacia para garantizar la seguridad de su economía. Su principal éxito, en este sentido, fue la firma de un tratado con Dinamarca en virtud del cual el estrecho de Oresund, la puerta del Báltico, quedaba cerrado al tránsito naval inglés.

En Inglaterra, simultáneamente, el Parlamento también aceleró las disposiciones para la guerra. Por un lado, se emitió una proclama según el cual todos los marineros de los condados del sureste de Inglaterra cuya edad oscilara entre los 15 y los 50 años quedaban a disposición de la armada de guerra y, por lo tanto, podían ser reclutados en cualquier momento (este procedimiento fue el germen del “impressment” que se popularizó en las décadas posteriores). Además, con el fin de incrementar de forma rápida la fuerza de las escuadras inglesas, se requisó para el servicio militar un gran número de bajeles mercantes. El General-at-Sea Robert Blake recomendó al Parlamento que destacara oficiales navales como capitanes de estos navíos en lugar de confiarlos a sus capitanes originales, suponiendo que actuarían con más decisión en la batalla al estar dispuestos a arriesgar la seguridad del navío sin importar que su hundimiento o captura a manos holandesas supusiera una pérdida económica.

A comienzos de junio de 1652, Blake recibió órdenes de hacerse de nuevo a la mar para atacar la flota holandesa de las Indias Orientales, diezmar las pesquerías del arenque, y apresar de cuantos bajeles comerciales enemigos tuviera ocasión. El éxito de la misión dependía en gran medida de la rapidez, pues los grandes convoyes que regresaban con su preciada carga a los puertos neerlandeses desconocían el estallido de las hostilidades entre Inglaterra y las Provincias Unidas, pero no tardarían en recibir noticias. El resultado de esta campaña contra el comercio holandés fue fructífero, y varios centenares de buques neerlandeses cayeron durante el verano en manos de las escuadras inglesas que patrullaban el Canal de la Mancha y el Mar del Norte. El único enfrentamiento digno de mención que se produjo por esos días fue un combate frente a la costa de Holanda entre dos fragatas inglesas y dos navíos holandeses, de los que uno fue apresado para hundirse poco después, y el otro varó en tierra.

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El Gran Pensionario Adriaan Pauw, retratado por Gerard Ter Borch.

Mientras Blake cumplía su misión en el Mar del Norte, la guardia inglesa en las Dunas se redujo considerablemente. El puesto del veterano del New Model Army fue ocupado por el General-at-Sea George Ayscue, recién llegado de Barbados con 36 presas detenidas en virtud del Acta de Navegación. Ayscue era un veterano de la armada de 42 años. Su influencia entre oficiales y marinería había resultado crucial en 1648 para evitar la defección de la marina al bando realista. El Parlamento dio instrucciones explícitas a este marino de vigilar el estuario del Támesis, pero las fuerzas de que disponía Ayscue eran reducidas: solo 11 buques, de los que únicamente 4 eran de guerra. Ello no impidió que Ayscue se aventurara hasta el Cabo Lizard a la caza de presas holandesas. El 12 de junio desbarató un convoy frente al ya mencionado cabo, tomando 6 mercantes procedentes de Portugal. El 20 de junio Blake regresó a las Dunas, pero solo para reparar sus naves, que llevaban navegando casi desde la Batalla de Dover. El día 27 el veterano se hizo de nuevo a la mar, quedando Ayscue solo de nuevo.

La pequeña escuadra inglesa de las Dunas era el objetivo perfecto para asestar un golpe a Inglaterra, y Adriaan Pauw lo sabía. Llegado a Holanda, este diplomático que también hacía las veces de espía, informó a su gobierno de las fortalezas y debilidades de la flota inglesa, y señaló a la escuadra de Ayscue como su punto débil. Una vez eliminado este asequible contendiente, el curso del Támesis quedaría libre para los buques holandeses, y la propia Londres podría verse amenazada. El mando de la empresa recayó sobre Maarten Tromp, que recibió el mando de una flota de 92 buques secundado por los vicealmirantes Cornelis Evertsen y Pieter Floriszoon. Pese a lo apabullante de la cifra, la cierto es que la flota era pura pantomima. Muchos navíos eran pequeños, no contaban con las tripulaciones necesarias, y estaban mal armados y avituallados. De los casi 100 buques, solo 20 eran de guerra y montaban más de 30 cañones. El resto eran pequeñas fragatillas de una decena de piezas, mercantes armados, o brulotes.

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George Ayscue en 1666. Grabado decimonónico de W. Richardson (National Maritime Museum, Greenwich, London).

Ayscue disponía de 16 o 14 buques, una fuerza muy inferior en número a la neerlandesa, cuando el 11 de julio vio aproximarse a Tromp desde su posición en las Dunas. Los navíos holandeses se acercaban desde el norte, empujados por una suave brisa que los conducía hacia el interior de la ensenada. Ayscue planteó un combate al ancla y dispuso sus naves a tocar de la playa, junto al castillo de Deal, del fuego de cuyos cañones podría beneficiarse. Un cambio súbito en el viento imposibilitó a los buques de Tromp acercase hasta Ayscue. De no haber sobrevenido esa calma inesperada, no hay duda de que el holandés habría atacado con la misma virulencia con que lo hizo en ese mismo escenario en 1639. Pero viendo frustrada su intención, Tromp resolvió poner proa al norte para enfrentarse con Robert Blake, que se hallaba a la sazón diezmando la flota pesquera del arenque. El inglés hundió o apresó 12 de las 13 fragatillas de guardia y detuvo hasta un centenar de buzas, a cuyas tripulaciones, de 1.500 marineros, puso en libertad.

El 26 de julio, estando la escuadra de Blake a la vista de Tromp, se levantó un fortísimo vendaval desde el noroeste que azotó a ambas flotas durante toda la noche. Blake logró ponerse a salvo en sus puertos sin haber sufrido muchos daños, pero la flota de Tromp fue diezmada por completo. Al salir el sol al amanecer, el almirante holandés solo pudo reunir en torno a su insignia un total de 39 naves. Muchos buques se hundieron durante la tormenta, y otros quedaron imposibilitados de navegar. A su regreso a Holanda, el vencedor de Oquendo fue convocado de inmediato a la Haya, donde él y Adriaan Pauw fueron objeto de la rabia de una muchedumbre desenfrenada que los culpó a gritos del fiasco de la expedición. Peor suerte tuvo Tromp ante los Estados Generales, donde acusado de haber actuado con destemplanza en Dover, de haber fracasado en su cometido de defender el comercio marítimo, y de haber regresado a puerto con menos de la mitad de su flota, fue relevado de su cargo, si bien se le permitió conservar su rango y sus títulos a tenor de sus éxitos pasados.

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Navíos holandeses naufragan en medio de una fuerte tormenta (Willem van Diest).

Pese al abatimiento que se adueñó entonces de Tromp, el curtido marino nunca dejó de seguir aconsejando a su gobierno en todo momento. Más por aprensión ante Inglaterra y recelo frente a las pérdidas sufridas que por el consejo de Tromp, los Estados Generales resolvieron evitar más acciones de flota y pasaron a la ofensiva contra los indefensos mercantes ingleses. Para ello comenzaron a conceder patentes de corso a todo buque de particular que alcanzara las 200 toneladas y los 20 cañones –más tarde se vieron forzados a rebajar tales exigencias–. El Parlamento inglés reaccionó adjudicando un mando independiente a George Ayscue, cuya flota creció hasta los 40 barcos. Secundado por el vicealmirante William Haddock, su misión consistía fundamentalmente en patrullar las aguas del canal. El corso holandés no pareció producir pérdidas graves a la flota comercial inglesa, pero evitó que se produjeran más combates desfavorables. La única unidad de entidad perdida en agosto a manos inglesas fue la fragata Rotterdam, de 26 cañones.

Paralelamente, llegó a oídos del Parlamento inglés que un gran convoy cargado de plata americana zarparía pronto de Cádiz rumbo a Holanda con una débil escolta, y se dispuso la caza. En la misión participarían las escuadras de Robert Blake, que se apostaría en la línea costera holandesa, y de Ayscue, que rondaría el extremo occidental del canal de la Mancha resuelto a interceptar el convoy antes de que una escuadra neerlandesa saliese a reforzarlo. Por su parte, el Consejo de Estado de las Provincias Unidas, sabedores sus integrantes de las fatales consecuencias que supondría la pérdida del convoy, tomó medidas para anticiparse a los ingleses. Una escuadra consistente en un total de 23 navíos y 6 brulotes armados con unos 600 cañones y tripulados por cerca de 1.700 marineros y soldados fue armada en el puerto de Wielingen. En ausencia del vicealmirante Witte de With, quien era en principio el hombre escogido para comandar la flota –precaria y mal avituallada, como cabe imaginar–, el Consejo otorgó el mando al vicecomodoro Michiel Adrienszoon de Ruyter, que izó su insignia en el Neptunus, un pequeño navío de 28 cañones y 134 hombres.

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Michiel de Ruyter retratado por Willem van de Velde el Joven.

En 1652 De Ruyter era un marino desconocido y sin experiencia en grandes batallas. Su participación en combates de esta clase se reducía a una furiosa acción contra los españoles frente al Cabo de San Vicente en 1641, en la cual actuó como tercero al mando de la armada holandesa. Sin embargo, este nativo de Flessinga, criado en el mar desde los 11 años, pronto demostraría que era uno de los mejores almirantes del mundo Occidental. Pese a sus ideas marcadamente moderadas y su apoyo al gobierno, De Ruyter sintió la obligación, antes de hacerse a la mar, de mostrar su protesta ante la precariedad de la flota cuyo mando se le había confiado. Tras ello zarpó rumbo al canal y lo surcó sin que Ayscue, con quien había trabado amistad cuando había paz entre sus respectivos países, lo atacara. La travesía no estuvo exenta de incidentes, pues una desafortunada colisión privó a De Ruyter de dos de sus buques –uno hundido y el otro tan dañado que hubo de regresar a puerto–.

Ayscue dejó pasar una oportunidad de oro para acabar con la débil escuadra de Michiel de Ruyter. El 13 de agosto el holandés recaló en Calais y recibió nuevas órdenes. La plata española tendría que esperar, y él escoltaría hasta el Atlántico un convoy procedente de Texel con rumbo al mediterráneo. De Ruyter no tardó en zarpar en búsqueda del convoy, que se le unió el día 21 frente a Gravelinas. De las 60 de naves que lo formaban, entre 8 y 10 eran de guerra, y varios de los mercantes –llamados “East Indiamen” por los ingleses– estaban lo bastante artillados como para defenderse si era necesario. Con esta escuadra, De Ruyter enfiló el canal con dirección al Atlántico, pero el día 25 por la mañana, en aguas de Plymouth, avistó en el horizonte lo que más temía: una escuadra de guerra enemiga. Su antiguo amigo, Ayscue, había logrado al fin dar con él. El inglés contaba con 38 navíos, 4 brulotes y 4 pequeños bajeles; una fuerza nada despreciable. El día 26, a la 1:30 de la tarde, la armada inglesa avanzó sobre la holandesa aprovechando que el viento soplaba del noreste a su favor. Las escuadras se encontraban, a la sazón, frente a la costa bretona.

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Plano de la Batalla de Plymouth (Life of Lieut.-Admiral de Ruyter). Cada barco inglés debe contarse por cinco. Los holandeses se muestran en escuadras.

Ayscue pretendía dispersar el convoy con un ataque rápido y virulento para aprovechar seguidamente la confusión provocada y apoderarse de los mercantes, dejando en paz a la escolta. Su maniobra, sin embargo, resultó inefectiva, pues De Ruyter invirtió inesperadamente el rumbo, virado hacia el noroeste, e interpuso sus buques entre el convoy y la vanguardia inglesa, formando una línea a sotavento de sus adversarios con el contraalmirante Joris Pieters van den Broeck al mando de la vanguardia, él mismo liderando el centro, y el contraalmirante Jan Aertsen Verhoeff la retaguardia. La situación dio un vuelco inesperado. Ayscue había ordenado la caza general sin tener en cuenta la evidente reacción holandesa, y navegaba ahora con sus buques dispersos e imposibilitados de formar una línea de combate. Su ventaja se había desvanecido, y encabezaba de pronto un ataque que podía costarle muy caro. Su navío George y el Vanguard del vicealmirante Haddock –de 52 y 46 piezas, respectivamente– eran los navíos más expuestos.

A las 4 en punto de la tarde se dio un hecho singular: la línea holandesa se cruzó con los 7 navíos ingleses de vanguardia, pasando los unos a través de los otros de manera casi simultánea. Ambas flotas reclamaron a posteriori haber cruzado la línea enemiga, aunque el concepto de la “línea de batalla” aún no estuviese definido como tal. Lo cierto es que la maniobra resultó nefasta para los buques ingleses, que se vieron rodeados por el grueso de la escuadra holandesa mientras el resto de buques, consistentes básicamente en mercantes dispuestos para la batalla, se mantuvieron lejos, temerosos. Así, Ayscue y sus capitanes de mar y guerra quedaron en solitario haciendo frente a un enemigo más hábil y más numeroso. Ambas flotas sufrieron terribles destrozos en el furioso cañoneo. Los buques holandeses acabaron con los cascos acribillados, y los ingleses salieron casi desmantelados de la melé. En medio de la batalla, una bala rasa le arrancó la pierna de cuajo al contraalmirante Pack, que murió poco después.

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Combate naval de la Primera Guerra Anglo-Holandesa. El cuadro corresponde, en realidad, a la Batalla de Leghorn (Reinier Nooms, National Maritime Museum).

Una vez el combate devino en una sucesión de acciones parciales, uno de los mayores navíos holandeses, el Volgestyrus, armado con 40 piezas y propiedad de la Compañía de las Indias Orientales, quedó algo separado del resto de la flota y cayó bajo el ataque de tres navíos ingleses, que lo abordaron. Aunque la tripulación deseaba rendirse, su capitán, de nombre Douwe Aukes, amenazó con prender fuego a la santabárbara si lo hacían. No eran palabras huecas. La “tradición” de los Geuzen, los celebres piratas que en los años 60 y 70 del siglo XVI habían combatido contra España, de hacer saltar sus navíos antes que rendirlos al enemigo, pervivía en la armada holandesa. Finalmente, tras un duro combate, los buques ingleses rompieron el contacto. La oscuridad caía ya cuando Ayscue emprendió la retirada rumbo a Plymouth. Todavía tuvo que enviar un brulote al mando del capitán Simon Orton a amenazar a los navíos neerlandeses que impedían la retirada del navío Bonadventure, pero logró zafarse sin perder ningún buque. Más tarde De Ruyter lamentó haber tenido sus brulotes a sotavento:

Si nuestros brulotes hubieran estado con nosotros hubiéramos desbandado al enemigo con la gracia de Dios; pero alabado sea Dios, que nos ha bendecido con que nuestro enemigo huyó por sí solo, aunque tenía 45 buques fuertes y de gran poder.


Los holandeses tuvieron en la acción 60 muertos y 50 heridos. De la flota inglesa solamente se conoce la cifra de bajas mortales: 91, incluyendo el capitán de bandera de Ayscue y el ya mencionado contraalmirante Pack. De Ruyter los persiguió durante toda la noche con la esperanza de apresar algún navío rezagado. Aunque se produjeron algunos intentos por parte de ambos comandantes de renovar la acción los días 27 y 28, el combate había concluido, y De Ruyter continuó la travesía de vuelta a Calais. Todavía hubo de superar un último obstáculo: desde su posición en Portland, Robert Blake envió al vicealmirante Penn con 15 navíos para tratar de interceptarle a toda prisa. Aunque este alcanzó la retaguardia holandesa el 26 de septiembre, no pudo impedir que De Ruyter se escapara durante la noche y entrara sano y salvo en Calais. Mientras Ayscue reparaba sus buques y Blake emprendía otra empresa, el convoy salió rumbo al Mediterráneo con su escolta y De Ruyter puso proa a Holanda, donde fue recibido como un héroe bajo el apodo de “León marino”.

Ayscue, justo al contrario que su antagonista y antiguo amigo, cayó en desgracia ante el Parlamento, lo que selló su carrera en la armada republicana. Aunque su fama entre sus hombres –que lo idolatraban– y la población en general no se vio afectada, aunque era previsible que en un futuro se convirtiera en el sucesor de Blake, no volvió a servir en la mar bajo la bandera de la Commonwealth. Siguió en comisión el tiempo suficiente para reparar y organizar su maltratada escuadra, y fue relevado del servicio con una pensión de 300 libras esterlinas y tierras en Irlanda. Volvería unos años después, cuando Carlos II de Inglaterra recuperó su trono y la Commonwealth llegó a su fin. Mandó una escuadra en la victoriosa Batalla de Lowesoft durante la Segunda Guerra Anglo-Holandesa y le cupo el dudoso honor de rendir el Prince Royal a los holandeses durante la Batalla de los Cuatro días, en ese misma contienda.

Bibliografía:

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http://en.wikipedia.org/wiki/Battle_of_Plymouth

Foto início del artículo: Navíos ingleses en el Medway. Pintura de la escuela neerlandesa, s. XVII (National Maritime Museum, Greenwich, London, Caird Collection).


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