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Los Cien Días

“Sire, espero estar pronto en disposición de traerlo en un jaula de hierro” (Ney al rey Luis XVIII, refiriéndose a Napoleón).

Cuando Luis XVIII desembarcó en Calais el 26 de abril de 1814, tras veinticuatro años de exilio, aceptó y ratificó la nueva nobleza creada por el Emperador. Ney era parte de ella, y el rey expresó su gran admiración por carrera militar y mantuvo su rango de Mariscal del Imperio, ahora con el añadido de “y Teniente General del Rey”.

Durante el invierno de 1814-1815, se mantuvo lejos de París, en su casa de campo de Coudreaux, con su esposa y sus hijos, ya que, pese a la admiración expresada por el rey y la ratificación en su rango, lo cierto es que no estaba muy bien visto por los monárquicos.

El 6 de marzo de 1815 recibe una carta del Mariscal Soult, Ministro de la Guerra, ordenándole presentarse de inmediato en París, para posteriormente ponerse al mando de la 6ª División. Pero hasta que llegó a París al día siguiente, no fue informado de la noticia que convulsionaba la corte en aquel momento: Napoleón había escapado de Elba y había desembarcado cerca de Cannes.

Ney solicitó una audiencia inmediata con el monarca, quien finalmente le recibió esa misma noche. Aunque al parecer el rey tan sólo le expresó que quería evitar para Francia un nuevo período de lucha y derramamiento de sangre, el mariscal, deseoso de ganarse el favor real ya que su lealtad estaba en entredicho, fue más allá, sentenciando: “Sire, espero estar pronto en disposición de traerlo en un jaula de hierro”. Se refería, evidentemente, a Napoleón.

El 11 de marzo, partió al frente de su división, y pese a que se desconocía la ruta que estaba siguiendo el contingente imperial, fue finalmente él quién localizó a Napoleón y su séquito. No obstante, entre sus tropas, el fervor hacia el regresado emperador era creciente e imparable. El 14 de marzo, recibió una carta de puño y letra de Napoleón, en la que en afectuosos términos le solicitaba que aceptara las órdenes que le había hecho llegar a través del general Bertrand, que sus tropas retomaran la bandera tricolor, y que se reuniera con él en Châlons, finalizando la misiva con la siguiente frase: “Le recibiré como lo hice al día siguiente de la batalla de la Moscova”.

Tras reflexionar durante toda la noche sobre la decisión a tomar, reúne a la mañana siguiente a sus tropas, a quienes proclama su lealtad a Napoleón, en un breve discurso culminado con un ¡Vive l’Empereur! , atronadoramente respondido por oficiales, suboficiales y soldados. Sin embargo, Ney, a través de una carta privada al emperador, condiciona su lealtad “a que no gobierne como un tirano y se ocupe de reparar los males que hubiera causado”. Napoleón y el mariscal finalmente se reencuentran en Auxerre el 17 de marzo, dándose un abrazo en público, y marchando desde ese momento hacia París, donde el emperador hizo su entrada triunfal el 20 de marzo, mientras que Ney llegó con sus tropas tres días después.

Pero antes de que lleguen a la capital del Sena, la Séptima Coalición contra Francia ya se ha formado, declarándole la guerra. Tras fracasar los intentos diplomáticos por evitarla, Napoleón reúne sus tropas y marcha sobre Bélgica para derrotar a las tropas aliadas allí acantonadas.

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Quatre-Bras. 16 de junio de 1815.

“El enemigo es un veinticinco por ciento más potente que nosotros; no obstante, tenemos un noventa por ciento de las posibilidades a nuestro favor” (Napoleón a Ney y otros generales el 17 de junio, tras las batallas de Quatre-Bras y Ligny).

La actuación de Ney durante la campaña de los Cien días, desde un punto de vista estrictamente militar, ha sido discutida y, en ocasiones duramente criticada.

Cuando alcanzó Avesnes el 13 de junio, fue invitado a cenar con Napoleón. Esperando recibir sus órdenes, se quedó desconcertado cuando el Emperador no hizo ninguna mención a su plan de campaña o al papel que esperaba que su mariscal desempeñara. Había sido bien recibido, la atmósfera era agradable, pero dudó si presionar o no para obtener más información. Al día siguiente, el cuartel general imperial se trasladó a Beaumont, dejando a Ney sin un mando concreto, o ni siquiera con un caballo, por lo que tuvo que requisar un carro de campesinos para seguirles.

En la mañana del 15 de junio compró dos caballos al mariscal Mortier, comandante de la Guardia Imperial. Esa tarde, de nuevo se encontró con el Emperador en Charleroi. Napoleón estaba sentado en su silla fuera de la posada La Belle Vue, contemplando el desfile de la Joven Guardia. Posiblemente en el fragor de aquel momento, Napoleón exclamó: “¿Qué tal está, Ney? Me alegro mucho de verle. Tomará el mando del I y II Cuerpos de Ejército. Además, le daré la caballería ligera de mi Guardia, pero no haga uso de ella. Mañana se le unirán los coraceros de Kellerman. Ya se puede marchar; expulse al enemigo a la carretera de Bruselas, y tome su posición en Quatre-Bras.”

De esta forma tan simple e inesperada recibió Ney el mando del ala izquierdo del ejército francés.

Si hay un adjetivo que pueda resumir su desempeño en el alto mando durante este período, quizás sea el de “errático”: frecuentemente impetuoso, en ocasiones aletargado, siempre heroico. En Quatre-Bras, en un principio dudó, después atacó, más tarde perdió su temple y actuó temerariamente, y finalmente, a la mañana siguiente, no fue capaz de comprender la primordial urgencia estratégica para la acción. En Waterloo, tuvo la misión de atravesar la línea de Wellington, creando un hueco a través del cual el Emperador filtraría sus reservas. Hasta las 18:00 horas, cuando sus hombres tomaron La Haye Sainte, estuvo malgastando infantería y luego caballería. Se mostró incapaz de coordinar adecuadamente un asalto combinado de ambas armas. Cuando La Haye Sainte cayó y pidió ayuda de infantería, Napoleón rechazó enviarle la Guardia Media, que era la única infantería que le quedaba.

Su primera acción bélica tuvo lugar en Gosselies, adonde se dirigió para reforzar al general Reille, que combatía contra las tropas prusianas. Al llegar, tomó el mando, pero los prusianos presentaron una breve resistencia y huyeron rápidamente. Y aquí encontramos el primer síntoma de que Ney ya no era el líder clarividente y emprendedor de Friedland o Borodino. Tras una corta persecución, los prusianos se detuvieron en su retirada para recomponerse y recibir varios batallones de refresco, y a continuación, al mando del general Steinmetz, avanzaron de nuevo hacia Gosselies, haciendo retroceder a los franceses y ocupando algunas casas al norte de la población. Fue en ese momento cuando Ney debió atacar a Steinmetz con todas sus tropas disponibles, ya que les habría derrotado con facilidad y hubiese eliminado a varios miles de prusianos que, al no ser así, lucharon al día siguiente en Ligny contra el Emperador. Pero en lugar de avanzar por el camino despejado hacia Quatre-Bras y tomar las edificaciones en este importante cruce de caminos, Ney no sólo mostró una inhabitual falta de energía, sino que también ignoró las órdenes del Emperador, dividiendo sus tropas y ocupando posiciones de menor importancia estratégica.

La aldea de Quatre-Bras era poco más que una amplia granja, una hostería y unas pocas viviendas a lo largo de los brazos del importante cruce de las carreteras Nivelles-Namur y Bruselas-Charleroi, todo ello asentado en un terreno ondulado. Había sido tomada por una brigada de cuatro batallones de Nassau al mando del Príncipe Bernard de Saxe Weimar.

Ney, al mando de un batallón y de la caballería ligera de la Guardia, se posicionó a las 07:00 frente a Quatre-Bras, defendido por Saxe Weimar con 4.500 hombres y seis cañones. Es cierto que las oportunidades de éxito en el ataque eran mínimas, pero también lo era que si hubiera manejado la situación de otra manera, ahora tendría consigo dos o más de las divisiones de Reille, y varias baterías de artillería. Tras algunas escaramuzas sin sentido, Ney decidió retirar sus tropas a la localidad de Frasnes, y él mismo regresó a Grosselies. Napoleón no supo hasta el día siguiente que Ney no había tomado Quatre-Bras, pero de igual manera, Ney no recibió información u órdenes del mariscal Soult, jefe del Estado Mayor. En relación con este asunto, se debe comentar que el trabajo del estado mayor francés en Waterloo fue pésimo, la información no era detallada, las órdenes se enviaban con mucho retraso, y se desperdició el tiempo de forma desesperante, contribuyendo al fracaso de los planes del Emperador.

En la mañana del 16 de junio, la inactividad y lentitud en el bando francés era incluso peor. Por el contrario, Wellington llegó a Quatre-Bras desde Bruselas, encontrando allí, junto a las tropas de Nassau de Saxe Weimar, a la división holandesa del general Perponcher. Durante toda la mañana, quitando algunos inapreciables intercambios de disparos, la tranquilidad en el frente fue absoluta. Ney estaba desperdiciando las horas de aquella mañana de primavera, en lugar de concentrar sus dos cuerpos de ejército en el frente. Unos cuantos años antes, Ney hubiese estado en su montura desde la 4 de la mañana, y aunque hubiera estado a la espera de instrucciones, habría llevado sus tropas al frente de batalla, listas para atacar en cuanto recibieran la orden. Pero como Napoleón dijo, el mariscal ya no era el mismo hombre.

Ney continuó inactivo en Frasnes durante horas, y ni siquiera envió tropas de reconocimiento para asegurarse de las fuerzas que tenía frente a él. Seguía convencido de que sólo se trataba de una retaguardia que sería rechazada tan pronto como avanzaran sobre ella. A las 11 de la mañana recibió la orden de tomar la posición de Quatre-Bras o más allá de ella. Como no esperaba resistencia armada importante, Ney dictó una simple orden de marcha, no un plan de ataque, y no a todas sus unidades. La caballería de la Guardia, por ejemplo, permanecería en Frasnes. Pero incluso ahora que ya había órdenes dadas, éstas fueron ejecutadas con mucho retraso.

Los franceses iniciaron el ataque hacia el mediodía. Ney formó una “gran batería” y comenzó a bombardear las posiciones aliadas. Numerosas escaramuzas precedieron a las columnas francesas mientras éstas atacaban. Las líneas aliadas les recibieron con disparos de mosquetería, pero fueron forzadas a retirarse debido a la mayoría numérica francesa. Las tropas de Nassau del príncipe Bernard se retiraron a la granja de Pierrepoint, y las tropas alemanas de Van Bijlandt a Gemoincourt.

Cuando las divisiones francesas de Jérôme Bonaparte, hermano menor del emperador, llegaron al lugar de la batalla, fueron enviadas contra Pierrepoint. Los batallones de Nassau se vieron obligados a abandonar la granja, y fueron conducidos hacia el bosque de Bossu, donde lucharon de árbol en árbol para ralentizar el avance francés. En Gemoincourt, las tropas holandesas resistieron con fiereza a los franceses. En esta posición, las bajas aliadas fueron numerosas, y la granja fue perdida y retomada en dos ocasiones, aunque finalmente fueron desalojados de ella por los franceses.

Tras dudas, falsos rumores y maniobras de unidades que entorpecían las de otras, sobre las 14:00 Ney tuvo disponible a su mando las divisiones de Foy y Bachelu: 10.000 hombres y 18 cañones. Pero enfrente tenía ya 7.800 hombres (holandeses, belgas y alemanes) y 14 cañones, bajo el mando del general Perponcher. Y las tropas de Brunswick y las brigadas británicas del general Picton se estaban aproximando con el fin de formar un amplio frente de más de una milla delante de Quatre-Bras. Sin embargo, parecía seguir confiado en cumplir sus órdenes sin encontrar excesiva oposición.

Ney inició su asalto sobre Quatre-Bras, consiguiendo empujar a las tropas holandesas en retroceso hacia la localidad. Pero por fortuna para los aliados, a las 15:00 llegaron los refuerzos: la quinta división de infantería de Picton, formada por tropas inglesas y de Hannover y la segunda brigada de caballería holandesa conducida por Van Merlen. La brigada de Van Merlen cargó contra la caballería francesa, pero aunque fueron rechazados, esta acción dio tiempo a la infantería holandesa para reagruparse. También la infantería británica formó la línea. Sin embargo, cuando la caballería holandesa se retiró del combate hacia sus propias líneas fueron atacados por la infantería escocesa, debido a que sus uniformes se asemejaban a los uniformes de los coraceros franceses.

A las 16:00, Ney recibió la orden de Napoleón de dar la batalla definitiva. El mariscal envió una orden a su segundo cuerpo para intensificar su ataque y a su primer cuerpo para que acelerara su incorporación al frente, aunque la realidad es que nunca llegó, pues se dirigió a reforzar a Napoleón, que luchaba en Ligny. Sí se vio reforzado, en cambio, por la caballería pesada de Kellermann.

 

 A las 16:15, las fuerzas francesas habían cubierto prácticamente todo el camino hacia el cruce. Los regimientos ingleses y escoceses disparaban a la infantería francesa, pero fueron atacados y dispersados por los coraceros de Kellermann, y posteriormente, éstos fueron rechazados por la mosquetería y la caballería aliada. Por su parte, las tropas de Jérôme Bonaparte expulsaron a los aliados fuera del bosque de Bossu. A las 18:30, gracias a los refuerzos, Wellington, ya presente en Quatre-Bras, llegó a disponer de 36.000 hombres; con semejante fuerza, consiguió empujar a los franceses de nuevo hacia el sur, a sus posiciones originales. Y aunque Ney reunió nuevamente a los agotados regimientos franceses, que consiguieron frenar el avance británico, el combate finalizó con los contendientes en sus posiciones de inicio, y con la victoria sin decantarse por ninguno de los bandos.

La batalla acabó a las 21:30, cuando ya había anochecido. El combate le costó a Ney 4.000 hombres, y a Wellington, 4.800. Se consideró un empate técnico, porque ninguno de los bandos llegó a controlar definitivamente el cruce de Quatre Bras y, por tanto, no se pudo enviar refuerzos a los ejércitos francés o prusiano que luchaban en Ligny. El ejército anglo-aliado de Wellington, aprendida la lección de la derrota prusiana, fue forzado a retirarse hacia el norte, aunque de forma paralela a la retirada prusiana. Napoleón optó por a seguir a Wellington con el grueso de sus fuerzas, y dos días más tarde tendrían su cita final en Waterloo.

Analizando el comportamiento de Ney durante la batalla, queda en evidencia que ya no era el militar que había sido. La ira y la excitación le hicieron tomar decisiones precipitadas y equivocadas. No se le pudo reprochar actitudes cobardes o timoratas (dos de sus caballos fueron abatidos durante el combate mientras los montaba), pero su genio militar estaba en claro declive.

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Waterloo. 18 de junio de 1815.

“Seguidme y veréis cómo muere un mariscal de Francia” (Michel Ney).

Waterloo será el último escenario bélico en el que Ney exhiba su valor. Tras un gran retraso, cerca del mediodía comenzó el combate en el ala izquierda francesa, bajo el mando de Ney. Poco después de la 11:00, Napoleón dictó la orden a Soult para que el cuerpo de ejército de Reille avanzara hacia el ala derecha británica en Hougomont, aparentemente con la intención de engañar a Wellington sobre su objetivo real. El primer disparo fue realizado a las 11:35 por una de las baterías de Reille, y a continuación la división de Jérôme fue lanzada contra Hougomont. La orden de Napoleón aparentaba ser una mera distracción en ese ala, pero el avance se convirtió en un fiero y persistente ataque.

El cañoneo empezó en el lado izquierdo, para extenderse gradualmente a lo largo de todo el frente francés. Ney se dirigió a preparar el ataque en el centro con el cuerpo de ejército de D’Erlon, y unos noventa cañones fueron agrupados frente a La Belle Alliance para cubrir su ataque. A las 13:30, la “gran batería” abrió fuego. A las 14:00, dio la orden de atacar y él mismo encabezó el avance, con D’Erlon detrás de él. Las cuatro divisiones del I Cuerpo, más de 20.000 bayonetas, fueron lanzadas en cuatro columnas en masa, cada una con un frente de un batallón. Pero esta era una formación que disminuía la capacidad de disparo, al tiempo que constituía un enorme blanco para la artillería enemiga. Las órdenes de Ney eran que el avance debía realizarse en escalón de columnas desde la izquierda, lo que significaba que la división de Allix, situada junto a la carretera de Bruselas , debía ser la primera en moverse hacia La Haye Sainte; después le seguirían las columnas/divisiones de Douzelot, Marcognet y Durutte, con un intervalo de unos 350 metros entre ellas, por lo que el frente de todo el ataque era de más de un kilómetro y medio, con la línea de marcha de la columna de Durutte dirigida hacia la granja de Papelotte, en la izquierda de Wellington.

Mientras las columnas descendían hacía la amplia hondonada del frente, la artillería disparaba sobre sus cabezas, cesando el fuego cuando la infantería comenzó a subir la cresta sostenida por los británicos. Una de las brigadas de Allix desalojó la huerta y jardines de La Haye Sainte, pero no pudo hacer lo mismo con los edificios. La otra brigada de Allix, flanqueada por una masa de coraceros, fue colina arriba. Enfrente del ala izquierda del ataque de Ney, la división belgo-holandesa de Bylandt tuvo que ceder al empuje francés, rompiendo la formación y casi sembrando el caos entre los regimientos de Picton que estaban situados al otro lado de la cresta. En el lado derecho, Durutte cargó contra Papelotte.

Las cuatro columnas francesas fueron colina arriba hacia las posiciones inglesas, y parecía que Ney iba a obtener una fácil victoria. Pero entonces Picton inició su contrataque. Ingleses y escoceses se precipitaron contra los franceses. La caballería de Ponsonby cargó contra las densas columnas enemigas, y la caballería de la Guardia inglesa chocó contra los coraceros. Mientras el mariscal intentaba mantener su ala izquierda más allá de La Haye Sainte, su caballo fue abatido por fuego enemigo. Rápidamente se hizo otro y cabalgó hacia la confusa retirada de sus rotas columnas, que eran cargadas una y otra vez por la caballería británica. Ésta, cuando se aproximó a la posición principal francesa, volvió riendas, siendo en ese momento cargada y perseguida por la caballería francesa. La derrotada infantería fue retirada y reorganizada, mientras que el duelo de artillería empezó de nuevo. En los alrededores de Hougomont, el ataque de Reille continuaba desarrollándose con fiereza. Eran cerca de las 16:00.

Mientras Ney lideraba el ataque del cuerpo de ejército de D’Erlon, Napoleón estaba inquieto por la aparición de tropas frente a su flanco derecho, que resultó ser la vanguardia de los prusianos de Blücher, bajo el mando de Bülow. El emperador envío al cuerpo de ejército de Lobau para proteger este flanco, dejando a Napoleón con su Guardia Imperial como única reserva. Envió mensajes, todos demasiado tarde, reclamando la presencia de Grouchy y sus tropas. No obstante, el emperador seguía esperando poder aplastar a los británicos antes de que les Prusianos les prestaran apoyo efectivo, y al mismo tiempo, intentaba calmarse a sí mismo pensando que la columna que se aproximaba era sólo una avanzadilla enviada por Blücher. Fue el conocimiento de que Wellington podría ser reforzado en breve lo que hizo que Ney, a quien Napoleón había cedido ahora la dirección real del ataque, tratara ansiosamente de forzar la posición de los británicos, a cualquier precio. Mientras que en su retaguardia D’Erlon trataba de reorganizar las baterías, el mariscal ordenó a una de las brigadas de coraceros de Milhaud cargar contra el centro británico. El general de dicha brigada se negó inicialmente a actuar, argumentando que él sólo recibía órdenes del general Milhaud. Ney resolvió la situación ordenando a Milhaud que cargara con la división entera. Fue así como, después de las cuatro de la tarde, comenzaron una serie de ataques de caballería que durarían más de dos horas, y en los cuales fueron lanzadas al combate una división tras otra, hasta que en reserva apenas quedaba un escuadrón.

Ney había iniciado su carrera como soldado de caballería. Ahora, en su último campo de batalla, encabezó carga tras carga contra los cuadros británicos. En el último gran ataque, no hubo menos de setenta y siete escuadrones de caballería.

Durante las cargas, Ney había cabalgado más de una vez hasta las bayonetas británicas. Otros dos caballos que montaba fueron abatidos, su uniforme estaba desgarrado por las balas, pero estaba increíblemente ileso. En ocasiones se comportó, como ya hiciera en Quatre-Bras, como un loco. Uno de los oficiales que cabalgó en el último ataque de caballería cuanta como vio a Ney desmontado, junto a uno de los cañones de una batería británica, a través de la cual la carga había irrumpido hasta impactar contra los cuadros de infantería situados más allá de ella. El mariscal se mantuvo en pie espada en mano junto a la pieza de artillería, golpeando airadamente el metal del cañón con su espada.

Cuando los restos de la última carga se retiraban hacia La Belle Alliance, Ney seguía confiando en la victoria. La Haye Sainte había sido finalmente tomada tras el persistente ataque de la infantería de Allix, apoyado por Bachelu; a lo largo de la cresta, numerosos cañones neutralizados por la caballería en sus cargas, seguían en silencio y abandonados; la infantería británica estaba oculta tras la cresta, adonde se había retirado debido al fuego de las baterías francesas; numerosos heridos e ilesos rezagados cruzaban la cresta en busca de amparo; y columnas de polvo que se elevaban más lejos, pertenecientes a los convoyes de heridos que se retiraban, sugerían que una retirada parcial había empezado, incluso a pesar que desde la derecha llegaba el estruendo del combate entre Lobau y los prusianos de Bülow. Si tan sólo pudiera enviar algunas tropas frescas al combate, su fuerza rompería la obstinada resistencia del centro británico. Para ello, envío a su ayuda de campo, el coronel Heymès, a pedir refuerzos de infantería a Napoleón. La respuesta del emperador fue contundente: “¿De dónde cree que los voy a sacar? ¿Acaso supone que los puedo fabricar?”. Todavía tenía catorce batallones de la Guardia en reserva, pero eran su última baza a jugar, y dudó utilizarlos.

Sin embargo, después de las siete de la tarde, cuando el creciente estruendo del combate en su ala derecha le indicó que los prusianos estaban siendo reforzados rápidamente, y cuando también tenían que decidir abandonar el campo de batalla o intentar un esfuerzo más, el emperador movió su Guardia hacia adelante formada en tres grandes columnas, ordenó a Ney dirigir su ataque, y envió mensajeros para que lo que quedaba del cuerpo de ejército de D’Erlon y de la división de Bachelu avanzara. Ney lideró en persona el ataque final de la Guardia, inicialmente a caballo, pero después a pie, con la espada en la mano. Cuando el avance fue parado por el fuego británico, Ney intentó todo lo que su desesperado coraje pudo hacer para estabilizar las vacilantes filas. D’Erlon, a medio camino en su cabalgada hacia La Belle Alliance, vio al mariscal junto a la carretera gritando a las tropas derrotadas para que se reorganizaran. Difícilmente se podía reconocer a Ney: su cara negra por la pólvora, su uniforme acribillado por las balas y una hombrera colgando por un sablazo. Cuando vio a D’Erlon, agitó su espada partida y le gritó: “D’Erlon, si usted y yo escapamos de ésta, nos ahorcarán”. Ney no quería escapar. Estaba buscando su propia muerte.

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Entre la confusa multitud que retrocedía y que estaba siendo cargada por la caballería británica, Ney vio a la brigada de Brue, perteneciente a la división de Durutte, que se retirada con sus filas formadas, aunque reducida a la mitad de sus efectivos. Se abrió camino hacia ellos, se paró y se les enfrentó, diciendo: “Seguidme y veréis cómo muere un mariscal de Francia”. A continuación, les encabezó de nuevo contra el enemigo. Pero la formación fue rota, y Ney se encontró de nuevo sin nadie que le siguiera.

Cerca de La Belle Alliance, tres cuadros de la Guardia se mantenían firmes, como islas rodeadas por un torrente de fugitivos. En uno de ellos, Ney encontró refugió durante un tiempo, tan exhausto que tuvo que apoyarse en el brazo de un soldado. Se mantuvo con el cuadro mientras este retrocedía lentamente rechazando más de una carga enemiga. Más tarde, cuando el cuadro finalmente se deshizo, Ney empezó a caminar en la oscuridad por la carretera de Genappe, junto a los derrotados restos del último ejército de Napoleón.

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Juicio y ejecución de Ney. Noviembre – diciembre de 1815.

“¡Soldados, cuando yo dé la orden de fuego, disparadme directo al corazón. Esperad mi orden, será la última que os dé!” (Michel Ney)

Tras la derrota, destronamiento y definitivo exilio de Napoleón en el verano de 1815, Michel Ney fue juzgado por traición por parte de un Consejo de Guerra. Había conseguido regresar a París después de la batalla de Waterloo, pero allí se sentía acosado por los monárquicos e incluso por algunos bonapartistas. El propio Luis XVIII consideraba al mariscalmel mayor culpable de los hechos ocurridos durante la Campaña de los Cien Días tras el propio Napoleón. Ante tal situación, escapará a Suiza el 6 de julio, pero será detenido antes de llegar allí, el 3 de agosto, en la localidad de Aurillac. Antes, el 24 de julio, el rey había firmado dos decretos, por los que se desposeía de su dignidad de par de Francia a una serie de personas, y por el que se ordenaba que 22 personas fueran juzgadas por una corte marcial. La lista estaba encabezada por Ney.

Diversos de sus biógrafos recogen la anécdota de cómo fue identificado el mariscal en su frustrada huida a Suiza. Al parecer, dejó olvidada en el salón del château en el que se hospedaba en Aurillac el magnífico regalo de boda que Napoleón le había hecho: una espada enjoyada turca, traída por el Emperador durante la campaña de Egipto. Alguien la identificó al verla, afirmando: “Sólo hay dos personas en Europa que posean semejante sable: Ney y Murat”.

El Consejo de Guerra estuvo compuesto, por orden del rey Luis XVIII, por militares con los que Ney tuvo problemas durante su carrera militar, especialmente durante la guerra de España. Tan sólo uno de ellos, el mariscal Moncey, se negó a tomar parte en el juicio, por lo que fue destituido y despojado de sus derechos como mariscal y noble. Fue sustituido en la presidencia del Consejo por el mariscal Jourdan, y también lo componían los mariscales Masséna, Augerau y Mortier, junto a tres generales. Dada la composición del tribunal, solicitó ser juzgado por la Cámara de los Pares, pese a estar compuesta principalmente por monárquicos, petición que le fue concedida, comenzando el juicio el 21 de noviembre.

El 6 de diciembre, la Cámara de los Pares, decidió mayoritariamente por votación que era culpable de alta traición, y también mayoritariamente fue condenado a pena de muerte mediante ejecución militar. Entre los Pares que votaron su condena y ejecución, se encontraban diversos militares que en su momento estuvieron orgullosos de ser camaradas del “más valiente de entre los valientes”: Los mariscales Kellerman, Marmont, Sérurier, Pérignon y Victor, y catorce generales, entre ellos Dupont o La Tour-Maubourg.

El 7 de diciembre de 1815, vestido con ropa de civil, fue fusilado en el muro trasero de los Jardines de Luxemburgo. Aquí dio su última muestra de valor, rehusando a que se le vendaran los ojos y rechazando ser fusilado arrodillado, diciendo al oficial al mando del pelotón: “¿No sabe usted, señor, que un soldado no teme a la muerte?”. Existen diversas versiones sobre cuáles fueron su últimas palabras. Las que aquí se recogen, parece bastante acorde con el carácter del mariscal: “¡Soldados, rechazo el juicio que me condena. He luchado cien veces por Francia y nunca contra ella. Cuando yo dé la orden de fuego, disparadme directo al corazón. Esperad mi orden, será la última que os dé!”. Al tiempo que gritó “¡Fuego!”, se quitó el sombrero y lo mantuvo sobre su pecho. Cayó, abatido por el impacto de once de los doce disparos realizados, a la edad de 46 años.

Michel Ney fue enterrado en el cementerio de Père-Lachaise de Paris, donde continúan sus restos mortales. Una sencilla lápida de piedra, con tan sólo la palabra “NEY” grabada en ella cubre su tumba.

La restaurada monarquía borbónica utilizó la ejecución del mariscal como elemento intimidatorio a los demás mariscales y generales, muchos de los cuales consiguieron el perdón real. El gran Víctor Hugo escribió sobre su muerte: “¡Ah, infeliz! Tantas veces expuesto a las balas enemigas, estabas destinado a balas francesas”.

Juan Carlos García Navarro

Ldo. en Geografía e Historia

Director de Seguridad

BIBLIOGRAFÍA

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NAFZIGER, GEORGE – Lutzen & Bautzen. Napoleon’s Spring Campaign of 1813. The Emperor’s Press, 1992.

NAFZIGER, GEORGE – Napoleon at Leipzig. The Battle of Nations 1813. The Emperor’s Press, 1996.

 

Foro de Discusión:

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Lectura recomendada:

Las campañas de Napoleón. La pintura militar de Keith Rocco: 7 (Ilustrados)  : DeLaMater, Mathew, Chartrand, René, Rocco, Keith, Alba López, Almudena:  Amazon.es: Libros

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El Gran Capitán. Historia Militar.