Una guerra de ocupación en España es inviable porque provocaría un levantamiento popular”.

Eso escribió un general francés en 1794, en lo más duro de la Guerra de los Pirineos, cuando los franceses habían ocupado parte de Cataluña y del País Vasco pero se enfrentaban allí a la resistencia feroz de las guerrillas españolas.

Quien lo escribió era el general más joven del Ejército francés, tenía sólo 25 años y se llamaba Napoleón Bonaparte.


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A la Guerra de los Pirineos la llamaron en Cataluña “la guerra gran”, la guerra grande, porque a diferencia de los conflictos limitados del XVIII fue una guerra total, una guerra entre naciones, no sólo entre ejércitos.

Su origen está en la ejecución de Luis XVI. En 1792 las tropas francesas habían derrotado, contra todo pronóstico, a los prusianos en Valmy y a los austríacos en Jemappes. Los revolucionarios se sintieron entonces lo bastante fuertes como para condenar a muerte al Rey. La Convención (el parlamento revolucionario) lo juzgó y condenó, y fue guillotinado el 23 de enero de 1793.

Eso provocó la formación de una coalición antifrancesa: a Austria y Prusia se les unieron Gran Bretaña, Holanda, Piamonte y Nápoles.

España no se sumó a la Coalición porque Godoy prefería esperar a que los coligados debilitaran a Francia para entrar en el conflicto. Pero la Convención no le dio esa oportunidad, el 7 de marzo de 1793 declaró la guerra a España con la excusa de un supuesto tratado secreto hispano-británico.

Lo cierto es que Francia no necesitaba excusas. Estaba en manos de los jjacobinos, los fanáticos liderados por Robespierre que se sentían llamados a extender la Revolución por toda Europa y crear un mundo nuevo. Declarar la declaración de guerra a España fue un acto de soberbia desmedida de los jacobinos ya que tenían frentes abiertos contra Austria y Prusia, eran inminentes desembarcos ingleses y debía hacer frente a rebeliones internas en La Vendeé y Lyon, por lo que sólo había 10.000 soldados franceses en los Pirineos, frente a 60.000 soldados españoles: 36.000 en Cataluña bajo el mando del general Ricardos, 19.000 en Navarra con el general Castelfranco, y 5.000 en Aragón con el general Caro.

Pese a la desiguladad de fuerzas, Castelfranco y Caro no se sentían lo bastante fuertes como para invadir Francia, y se mantuvieron a la defensiva. Toda la iniciativa la llevó Ricardos, que no sólo era el mejor general sino que disponía del mejor ejército. Godoy había tenido el buen juicio de nombrar Capitán General de Cataluña al general don Antonio Ricardos Carrillo de Albornoz, aragonés nacido en Barbastro en 1727, veterano de la guerra de Sucesión austriaca y de la guerra con Portugal, había estudiado en profundidad la organización militar prusiana y fundado el Colegio Militar de Ocaña para la formación de oficiales. Además era buen conocedor de los Pirineos porque en 1768 había formado parte de la comisión para establecer los límites exactos de la frontera franco-española. No había nadie mejor en España para librar aquella guerra.

 
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Imagen: el general Ricardos retratado por Goya durante la guerra.

La piel está más blanca en la frente es la marca del sombrero. Goya reflejaba con eso que el general pasaba muchas horas al sol durante la campaña, no era el típico noble de salón con la piel translucida.

El general Ricardos quería aprovechar su superioridad numérica antes de que se desvaneciera, pero la orden de inicio de las operaciones no llegaba por las cavilaciones y las dudas de Godoy.

Los habitantes de una ciudad del Rosellón le dieron una excusa a Ricardos para comenzar la campaña. Saint Laurent de Cerdans, a 8 km de la frontera española, era en aquel tiempo una villa de unos dos mil habitantes dedicados a la producción de tejidos de seda.

El jueves santo de 1793 la población quería celebrar la tradicional procesión, el Vía Crucis, con la que el pueblo se identificaba especialmente porque le atribuían el haberles salvado de una epidemia. Pero el delegado la Convención se oponía enérgicamente a todo acto público religioso. Su prohibición encrespó tanto los ánimos de los lugareños que el delegado tuvo que huir para salvar la vida, pero regresó a los pocos días con 300 soldados para impartir un castigo ejemplar: guillotinar a unos, encarcelar a otros y confiscar bienes a todos.

Los paisanos no vieron más solución que pedir socorro a las tropas españolas, acantonadas justo al otro lado de la frontera. El 10 de abril tres hombres enviados por el alcalde cruzaron clandestinamente la frontera para llegar a Figueras y pedir ayuda a Ricardos.

El general encontró así la excusa perfecta para actuar: el 17 de abril envió 3.500 soldados bajo el mando del general Juan Escofet, que pusieron en fuga a los soldados franceses que ocupaban Saint Laurent y evitaron las represalias contra la población

Los paisanos recibieron eufóricos a las tropas españolas con los gritos de " Viva España " y " Viva la religión " y con los redobles de las campanas.

El Rosellón había pertenecido a la Corona de Aragón hasta 1648, sus habitantes eran de cultura catalana y muchos veían con buenos ojos volver a formar parte de la católica España en vez de continuar en una Francia sumida en el caos y la violencia de la Revolución.

La simpatía de muchos roselloneses por la causa española no se mostró sólo en los vítores, también tuvo un efecto más práctico cuando 2.000 braceros ayudaron a pasar la artillería española por el paso de montaña de Cos de Portell.

Ricardos prosiguió su avance por el valle del Tech, tomando una serie de poblaciones a lo largo del río. El 17 de abril tomó Arles sur Tech. En la siguiente población, Céret, hay un estratégico puente de piedra que se aprestaron a defender 3.000 soldados franceses y 8 cañones. Ricardos envió a su general más impetuoso don Luis Fermín de Carvajal y Vargas, conde de la Unión, el más joven de los generales españoles, que se apoderó de Céret el 20 de abril, tras cuatro horas de combate. Los franceses tuvieron 450 bajas y perdieron cuatro cañones, los españoles sufrieron 19 bajas.
Más adelante se rindió sin lucha la fortaleza de Amelie les baines.

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En París Robespierre, alarmado por la inesperada penetración española, decreta la formación del Ejército de los Pirineos Orientales, bajo el mando del general Louis Charles de La Motte-Ango, marqués de Flers, con Claude Fabre como “representante en misión”. Los representantes en misión eran diputados de la Convención que se enviaba a los ejércitos con funciones parecidas a lo que en el siglo XX serían los comisarios políticos. Fabre no hubiera desentonada mucho al lado de Stalin, era un montagnard (los jacobinos más radicales) que como diputado había votado a favor de la ejecución de Luis XVI y que irritaba a los militares por dos razones: se creía un gran estratega sin serlo y creía ver enemigos de la Convención por todas partes dentro del mismo ejército francés.

Robespierre había ordenado a los representantes en misión que reclutaran y equiparan una fuerza de 300.000 hombres contra España, pero la realidad estaba muy alejada de esto. No había fondos para pagar salarios, ni provisiones, ni armas; todo debían tomarlo a la fuerza pero las levas forzosas y la requisa de bienes enfurecían a la población contra el gobierno y desmoralizaban a las tropas.

El 19 de mayo el mejor de los generales franceses en los Pirineos Orientales, Dagobert de Fontenille, con 15.000 hombres, se decidió a cortar el paso a Ricardos, que avanzaba con 12.000 soldados. Se produjo el mayor enfrentamiento hasta aquel momento, la batalla de Mas Deu.

Dagobert tomó una posición muy fuerte: dispuso su centro tras el río Rear a manera de foso, con la artillería a derecha e izquierda para evitar el flanqueo.

Ricardos observó el terreno y llegó a la conclusión de que podía envolver el flanco derecho de los franceses siempre que mantuviese distraída a su artillería. Para ello colocó sus cañones enfilados hacia el centro francés, para forzar a la artillería francesa a hacer fuego de contrabatería. El duque de Osuna tacaría con infantería la izquierda francesa como maniobra de distracción, mientras la caballería española lanzaría el ataque decisivo sobre la derecha francesa.

Tras tres horas de duelo artillero, sobre las 08:00 horas, el general Ricardos ordenó los dos ataques de flanco. El ataque de la caballería fracasó por lo irregular del terreno, no pudo rebasar las líneas francesas lo bastante deprisa como para evitar que la artillería enemiga se colocase en posición de ametrallarla, por lo que tuvo que retirarse. Pero Dagobert, temiendo ser desbordado por su derecha, reforzó ese ala sacando tropas de su flanco izquierdo, lo que hizo que el ataque de Osuna, en principio sólo una distracción, alcanzara un éxito inesperado. Los Voluntarios Catalanes rompieron la línea izquierda francesa y el pánico se extendió entre los franceses. Un regimiento tras otro, como fichas de dominó, se desmoronaron y emprendieron la huida. La caballería española se lanzó entonces en su persecución y la caballería francesa, en vez de hacerle frente, se dio a la fuga a galope tendido arrollando a la propia infantería francesa por el camino.

Hubo más de 400 bajas francesas por 34 españolas.

Dagobert fue hecho prisionero, pero tuvo la habilidad de convencer a sus captores de que en realidad él era sólo el edecán del general, y pudo escapar.

Tras la batalla de Mas Deu parecía que Ricardos podría avanzar directamente sobre Perpiñán, que era su objetivo principal. Perpiñán era, con 13.500 habitantes, la principal ciudad del Rosellón y, sobretodo, poseía unas fortificaciones formidables que permitirían a Ricardos mantenerse sobre suelo francés haciendo frente a futuros contraataques.

Cuando la noticia de la derrota llegó a Perpiñán cundió el pánico: un regimiento francés al completo se insubordinó cuando se le ordenó tomar posiciones en el exterior de las murallas, y su rebelión se extendió a otras unidades. Al caer la noche se extendió la voz de alarma, se acercaban tropas españolas. Se cerraron las puertas de la ciudad y los cañones abrieron fuego contra una columna que se acercaba. Resultaron ser en realidad soldados franceses, y sufrieron casi un centenar de bajas por la confusión.

Lo cierto es que Ricardos no se decidió a marchar sobre Perpiñán dejando guarniciones francesas intactas a sus espaldas. En la frontera, en la comarca francesa de Vallespir, Vauban, por orden de Luis XIV había construido o refortificado una serie de fortalezas. El general Houlière las defendía con 11.000 soldados, y Ricardos decidió dominar Vallespir antes de avanzar sobre Perpiñán.

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Houlière sabía que en campo abierto sus hombres poco podían hacer contra los españoles, y optó por guarecerse en las fortalezas. Sin embargo Ricardos era muy hábil en el empleo de la artillería para reducir las fortificaciones. A lo largo de mayo y junio los españoles fueron tomando una tras otra todas las fortalezas de la frontera sufriendo muy pocas bajas: Argeles, Elna, Cornella, y Prats de Molló. Finalmente sitio la fortaleza de Bellegarde, la más poderosa, con más de mil hombres de guarnición, 41 cañones, y con fama de ser inexpugnable.

El asedio de Bellegarde duró 11 días, y finalmente, después de un bombardeo final de treinta y dos horas ininterrumpidas en las que cayeron sobre el castillo 23.073 proyectiles y 4.021 bombas y granadas, la fortaleza capituló el 23 de junio.

La caida de Bellegarde supuso un duro golpe final para el general Houlière, que no pudo soportar la humillación de tanta derrota y se suicidó.

Tras la conquista de Vallespir, Ricardo dedica el resto del verano a asegurar las demás comarcas fronterizas: Albères, Cerdaña y Conflent.

Por otra parte, el 28 de agosto de 1793 desembarca en la ciudad de Tolón (en rebelión contra Robespierre) una fuerza de 13.000 soldados británicos, napolitanos, piamonteses y españoles. Esta operación se hizo a la medida de los británicos, que así dispusieron de un puerto mediterráneo desde el que operar con su escuadra, con la que apresaron 15 barcos franceses y hundieron otros 14. Pero la participación española en la ocupación de ese puerto fue un completo error, esas tropas eran mucho más necesarias en el ejército de Ricardos que en la aventura de Tolón.

En su avance a través del Rosellón los españoles se enfrentan a un nuevo enemigo: grupos de civiles organizados como partidas guerrilleras.

Pese a la entusiasta acogida inicial, la prolongación de la campaña hace que muchos roselloneses deseen la retirada de los españoles. Además los ideales de la Revolución cobran fuerza en la zona por la labor de otro representante en comisión, bastante más efectivo que Fabre, Joseph Cassanyes. Natural del Rosellón, entiende a la gente de la región y sabe ganarse su confianza, les habla en su idioma catalán, a diferencia del intransigente Claude Fabre que dice: "Ces catalans du Roussillon sont plus Espagnols que Français."

Cassanyes persuade a muchos roselloneses de que tomen partido por la Revolución, consigue enrolar numerosas reclutas y moviliza las guerrillas.

El general Ricardos y sus oficiales ven con sumo desagrado la nueva forma de lucha de los franceses, que atacan por sorpresa a las patrullas, los correos y los convoyes de retaguardia para después esconderse entre la población civil. Como todavía no se había difundido el término “guerrilla” para dar nombre a esa forma de lucha los españoles la llamaban “guerra de moros”.

El 3 de julio el general Ricardos dicta un bando contra los guerrilleros amenazándoles con la horca. El general De Flers le pide en una carta que no haga efectiva esa amenaza, y le explica: "la fuerza general de la República se compone del pueblo entero. Todos los franceses son soldados."

Resulta cuando menos llamativo descubrir que los franceses emplearon la guerrilla contra los invasores españoles ya en 1793, y que a pesar de pedir entonces para sus guerrilleros la consideración de soldados no se la dieron a los guerrilleros españoles quince años después.

Ricardos nunca ejecutó a un sólo guerrillero, no porque compartiera la tesis de De Flers, sino porque era contrario a su profunda humanidad.

Ya antes, al recibir noticias de que en ocasiones los prisioneros franceses eran insultados por los españoles, dictó un bando el 25 de junio pidiendo a sus hombres que dieran buen trato a los prisioneros:

"Debe respetarse la desgracia. Este principio que dicta la humanidad es propio de la generosidad española. Espera, pues, el general que no habrá persona alguna que insulte con el gesto, el ademán, la palabra o de otro modo a los prisioneros franceses en su salida, tránsito y estancia entre nosotros y que reflexionen todos que las contingencias de la guerra pueden conducirles a igual estado.”

Cuando el 3 de septiembre Villefranche se rinde tras un día de asedio sin lucha al fin el ejército español emprende el camino de Perpiñán.

Claude Fabre escribe a Robespierre acusando al general De Flers de no hacer nada contra Ricardos. Consigue que sea cesado el 6 de agosto, y su caída en desgracia acabará llevándo al general a la guillotina al año siguiente.
La falta de un mando unificado provoca desavenencias entre los generales franceses reunidos en Perpiñán. El general Puget de Barbantane ve inviable la defensa de la ciudad y la abandona con su división, 4.000 soldados, para retirarse hacia la costa. Quienes permanecen en Perpiñán se hacen fuertes en la Ciudadela, una magnífica fortificación construida por Felipe II de España.

El 4 de septiembre las tropas españolas confluyen en las alturas de Orles, frente a las murallas de la Ciudadela, que Ricardos confía en poder tomar tras una preparación artillera previa de suficiente envergadura. La ciudad es sitiada por los españoles por medio de dos campamentos, uno en Orles y otro en la colina de Peyrestortes. Pero colocar los cañones más pesados, piezas de 24 y 32 libras, en el emplazamiento más adecuado, la colina de Peyrestortes, lleva su tiempo y hasta el 10 de septiembre no comienza el bombardeo.

Mientras tanto Dagobert obtiene dos pequeños éxitos en la retaguardia española, en Coll de la Perche y en Olette. Se trata de combates de escasa envergadura, pero levantan la moral de los desanimados franceses y obligan a Ricardos a enviar contra Dagobert algunas fuerzas, debilitando el dispositivo de asedio de Perpiñán.

El representante en comisión Cassanyes juega un papel decisivo al convencer al general Barbantane de que regrese desde la costa, al reagrupar a las dispersas tropas de los generales Pérignon y Poinsot y al nutrir las filas francesas con voluntarios roselloneses. De esta manera Cassanyes forma un nutrido ejército para romper el sitio de Perpiñán y lo coloca bajo el mando del general Aoust, ya que Cassanyes, a diferencia de Fabre, sabe que es un líder político, no militar.

El cañoneo de Ricardos sobre la Ciudadela causa bastantes bajas a los sitiados, pero el 17 de septiembre los franceses contraatacan por sorpresa: Aoust ataca la colina de Peyrestortes y Dagobert asalta el campamento de Orles. Esto se combina con una salida por sorpresa de los asediados en la Ciudadela, que atacan a los españoles con la bayoneta calada.

Los franceses logran así el factor sorpresa. Los españoles resisten los primeros asaltos a sus empalizadas, causando cuantiosas bajas a los franceses. En especial Aoust diezma a sus propias fuerzas al empeñarse en ordenar que hagan asaltos frontales a la bayoneta contra las empalizadas españolas. Pero Dagobert consigue finalmente tomar el campamento de Orles, envía después refuerzos a Aoust y entonces Ricardos se ve obligado a batirse en retirada. El general español trata de reagrupar sus fuerzas en Trouillas, a 10 km al sur de Perpiñán.

El combate, conocido como la batalla de Peyrestortes, se prolongó durante varias horas y resultó muy cruento: los franceses sufrieron 1.900 bajas, los españoles 2.800 bajas y perdieron además 38 cañones.

Al día siguiente de la batalla llega el nombramiento de Dagobert como jefe del Ejército de los Pirineos Orientales, lo que en vez de eliminar las discrepancias entre los generales franceses las encrespa por los celos mutuos. Dagobert es partidario de marchar inmediatamente sobre Trouillas y atacar a Ricardos antes de que pueda reponerse de su derrota, pero los demás no lo ven tan claro. Temen que Dagobert se lleve todo el mérito de la victoria si aplasta definitivamente a Ricardos en Trouillas.

 

Dagobert tarda en poner orden entre sus díscolos subordinados, y sólo marcha sobre el campamento de Ricardos el 22 de septiembre, cinco días después. Los franceses son 22.000 hombres, los españoles 17.000. Además los franceses están exaltados por la reciente victoria, en tanto que los españoles han perdido lo mejor de su artillería y son acosados por la guerrilla.

Pero si en Peyrestortes los franceses contaron con la ventaja de la sorpresa, en Trouillas Ricardos les espera sobre aviso, en un campo elegido por él y en el que ha tenido tiempo de preparar las defensas.

La batalla de Trouillas es un rotundo éxito de los españoles. Ricardos sufre 2.000 bajas, pero Dagobert tiene 3.000, otros 1.500 franceses son hechos prisioneros y diez cañones pasan a manos de los españoles.

El general Dagobert de Fontenille queda descorazonado por la derrota, por las dificultades logísticas, los desacuerdos entre sus subordinados (Aoust ni siquiera hizo acto de presencia en Trouillas) y las intromisiones y reproches de Claude Fabre, que siempre cuelga sobre él como una espada de Damocles.

El 29 de septiembre de 1793 Dagobert renuncia al mando. Es llamado a París para rendir cuentas de su actuación y allí es encarcelado por los informes negativos que sobre él envía Fabre.

Quizá para los españoles la victoria de Trouillas compensa en parte la derrota de Peyrestortes, pero Perpiñán no ha caído y eso supone que todas las conquistas de Ricardos están en el aire. Sin la plaza fortificada de Perpiñán tarde o temprano llegará una fuerte contraofensiva francesa, y los exiguos recursos españoles no podrán hacerle frente. De España no llegan ni refuerzos ni suministros a pesar de que el ejército de Ricardos sufre graves carencias. En tanto que el ejército francés de los Pirineos Orientales supera los 50.000 hombres, Ricardos sólo cuenta con 20.000 soldados (de los 36.000 con los que comenzó la campaña) y 106 piezas de artillería (de las 171 iniciales). Faltan suministros de todo tipo, armas y caballos, el invierno se aproxima y en las plazas francesas que sirvan de cuarteles de invierno no es seguro que dispongan de víveres.

Ricardos teme una ofensiva francesa antes de que le lleguen refuerzos, pero Claude Fabre comete un error que alivia la situación de los españoles. Fabre idea un disparatado plan para forzar a Ricardos a retirarse de suelo francés: atacar el puerto de Rosas, en Girona. Convence al general Aoust de que la ocupación de esa ciudad española hará que Ricardos retroceda para no quedar sitiado, con lo que en parís se les elogiará como a héroes. Así pues en octubre el ejército de Aoust avanza por la costa en dirección a Rosas. La expedición es un total fracaso: son hostigados desde el mar por la escuadra anglo-española, y por los españoles cuando tratan de avanzar por el interior. Rosas resulta ser un puerto demasiado lejano, y los franceses se retiran sin haber obtenido otra cosa que sufrir algunas bajas y dar tiempo a Ricardos para reforzarse.

El 4 de noviembre llega una división portuguesa de 4.912 hombres y 22 cañones (Portugal era aliada de España desde el 15 de julio), y se suma también a las fuerzas de Ricardos la Legión Panotier, una tropa de 400 aristócratas franceses contrarios a la Revolución.

Destina estos refuerzos puede fortalecer su línea defensiva y emprende una ofensiva sobre la costa, que hasta entonces no había atacado. Una tras otra caen las posiciones francesas: Asprés, Port Vendres, Banyuls, la fortaleza de Santelme y Colliure.

Estos éxitos infunden tal temor a los generales franceses que se refugian con todas sus tropas tras las murallas de Perpiñán, temiendo un nuevo ataque de Ricardos sobre la ciudad. Los franceses se colocan a la defensiva a pesar de contar con más del doble de soldados que los españoles.

Pero Ricardos ya no avanza más, la nieve cierra los puertos y el mal tiempo aconseja suspender las operaciones. Y además su escasez de efectivos es dramática. ¿Cómo puede invadir Francia con sólo 25.000 soldados?

Hasta entonces la campaña del Rosellón es un triunfo que toda Europa comenta. A lo largo de 1793 se habían sucedido las victorias francesas en todos los frentes: habían derrotado a ingleses y holandeses en Hondschoote, a los austriacos en Watignies, a los prusianos en Geisberg, habían reconquistado Tolón forzando la evacuación de las tropas desembarcadas, y habían sometido las rebeliones monárquicas de Lyon y la Vendeé. Francia era victoriosa en todas partes menos en los Pirineos. Los mejores generales europeos eran derrotados uno tras otro por los revolucionarios, pero Ricardos logró mantenerse en suelo francés y salió victorioso en once combates.

Pero el nuevo año de 1794 iba a ser muy distinto. Con las operaciones paralizadas por el invierno Godoy convocó en Madrid a los generales Ricardos, Caro y Castelfranco debatir la situación. Y en Madrid contrajo Ricardos una pulmonía que puso fin a su vida el 13 de marzo.

La pérdida del mejor general español coincidió justo con lo contrario en el bando francés: el Ejército de los Pirineos-Orientales, que a lo largo de nueve meses había tenido ocho comandantes en jefe, encontró al fin un líder capaz. El general Jacques-François Dugommier que tomó el mando el 16 de enero aureolado por la victoria conseguida en Tolón (donde Napoleón había sido su jefe de artillería).

Dugommier impuso una férrea disciplina, creó campos de entrenamiento para formar a los nuevos reclutas, desde las ciudades de Tolouse y Béziers le llegaron fusiles, cañones, uniformes y calzado y recibió cuantiosos refuerzos. Cassanyes orquestó eficazmente una campaña de propaganda antiespañola que nutrió las filas con voluntarios. Y, por si todo esto fuera poco, los españoles le hicieron un favor eliminando a Claude Fabre, que murió en un encuentro fortuito con una avanzadilla española. Robespierre trató de convertir a Fabre en un mártir de la Revolución, e hizo trasladar su cuerpo con todos los honores al Panteón de París. Pero en el Rosellón se celebró el final de su particular dictadura en la región, hasta el punto de que se difundió el rumor de que los autores de su muerte no eran soldados españoles, sino franceses disfrazados. Fuera eso cierto o no, tras la muerte de Fabre Robespierre llevó a cabo una dura purga del ejército y la administración civil de los Pirineos Orientales. De enero a mayo de 1794 fueron a la guillotina 58 altos cargos y algunos más mueren en la cárcel, incluidos cuatro generales.

De cualquier forma, pese a la caza de brujas de Robespierre, el Ejército de los Pirineos Orientales se convirtió en una fuerza considerablemente superior a lo que había sido hasta entonces. Al llegar la primavera de 1794 alcanzaba el número de 66.000 soldados plenamente efectivos, frente a los 23.000 españoles con que contaba el conde de la Unión.
Casi la misma correlación de fuerzas se daba en el frente vasco-navarro. El general francés Muller disponía de 60.000 soldados contra los 20.000 del español Ventura Caro. El general caro solicitó a Godoy refuerzos una y otra vez, advirtiéndole de que si no se reforzaba considerablemente llegaría el desastre, pero no recibió nada más que promesas. Dimitió y fue sustituido por el conde de Colomera.

 

Cuando llegó la primavera Francia lanzó una doble ofensiva en ambos extremos de los Pirineos que los españoles no podían detener:

Dugommier literalmente aplastó las defensas del campo atrincherado de Boulou a lo largo de una batalla que duró tres días : del 29 de abril al 1 de mayo. Prácticamente toda la artillería, la baza que tan sabiamente había empleado Ricardos, quedó en manos francesas y los españoles abandonaron todas sus conquistas en Francia, con la única excepción de la poderosa fortaleza de Bellegarde que quedó sitiada. A Ricardos se le había resistido resistió 11 días en 1793. A Dugommier en 1794 se le resistió durante 133 días, desde el 7 de mayo al 17 de septiembre de 1794, antes de tener que capitular finalmente por falta de víveres.

En mayo de 1794 Robespierre proclamó que Cataluña sería una República independiente. Pero lo cierto es que Dugommier no se decidió a cruzar la frontera hasta no contar con una superioridad todavía mayor sobre el conde de la Unión. Durante los siguientes seis meses, hasta noviembre, se concentró en vencer la resistencia de Bellegarde y en reforzarse, mientras en la frontera se producían frecuentes escaramuzas de poca envergadura.

En julio fue guillotinado Robespierre, pero la guerra seguía ya su propia dinámica, indiferente a los cambios políticos en París. En el frente Navarro, el general francés Muller lanzó en los primeros días de agosto una ofensiva contundente flanqueando la línea defensiva del Bidasoa a través del valle del Baztan. Los españoles se batieron en retirada abandonando Irún, Fuenterrabía y San Sebastián. El 9 de agosto los franceses ya estaban en Tolosa.

El conde de Colomera, con su ejército convertido en un conglomerado de unidades dispersas y desmoralizadas, estableció una nueva línea de defensa en el río Deva, para evitar la invasión de Vizcaya, mientras en Pamplona el duque de Osuna improvisaba un nuevo ejército con las milicias de voluntarios navarros. En octubre y noviembre sendas ofensivas francesas contra Pamplona no lograron tomar la ciudad y la situación se estabilizó momentáneamente.

El general Moncey, sustituto de Muller, tuvo que hacer frente entonces a una feroz actividad guerrillera de vascos y navarros. Como le ocurriera antes a Ricardos en Rosellón, Moncey quedó desconcertado por la lucha de guerrillas, a las que describió diciendo: “no combaten en batallas ordenadas, sino que atacan y escapan sin dejar rastro, y terminan matando a muchos de nuestros hombres sin sufrir ellos demasiadas pérdidas”. (FRASER, pág. 27)

Mientras Moncey ocupaba Guipúzcoa pero sufría fuertes bajas en sus intentos de avanzar en Vizcaya y Navarra, Dugommier lanzó el 17 de noviembre su ofensiva sobre Cataluña. En la batalla del Roure obtuvo un gran triunfo, aunque él mismo murió en el combate. La débil línea defensiva española se derrumbó como un castillo de naipes ante la abrumadora superioridad material de los atacantes, y cundió el pánico. El conde de la Unión fue asesinado por desertores el 20 de noviembre, la poderosa fortaleza de Figueras se rindió sin combatir una semana después. Los franceses ocupan la Cerdaña, el Valle de Aran y parte del Ampudán. Pero se encuentran en cataluña con el mismo problema que en Navarra y Vascongadas, una feroz actividad guerrillera. Aunque el ejército regular español está casi desintegrado en cataluña, cincuenta y cinco poblaciones catalanas levantan en armas 18.000 migueletes y se dedican a hostigar sin descanso al invasor.

La ciudad de Rosas, sitiada por los franceses, resiste con éxito.

El año de 1794, como el anterior, fue testigo de grandes victorias francesas como la de Turcoing sobre los británicos o la de Fleurus sobre los austriacos. En España también lograron triunfos, ocuparon Guipuzcoa y las comarcas catalanas de la frontera, pero aquí se enfrentaron a un enemigo desconocido en los demás frentes: la guerrilla.

En 1795 la situación de los franceses en España no era envidiable. El Ejército español había encontrado un digno sucesor de Ricardos en el general José de Urrutia y de las Casas. En Navarra expulsó a los franceses del Valle de Roncal, lo que le valió el mando del Ejército en Cataluña. Reorganizó las fuerzas, abonó a los soldados las pagas atrasadas y logró dos victorias sobre los franceses: en marzo en Bàscara y en junio en Pontós.

 
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Imagen: Urrutia retratado por Goya. La cara parece menos iluminada que el traje. Así reflejaba Goya la personalidad discreta de Urrutia, poco dado a presumir y hacerse notar.

El gobierno francés pide entonces la paz, pero las exigencias de Carlos IV resultan excesivas: quiere que se forme un reino independiente en la Baja Navarra (País Vasco francés) para el hijo y heredero de Luis XVI. Los revolucionarios saben que eso supondría abrir la puerta a la restauración monárquica y se niegan. La lucha continua, pero la situación de los franceses en Cataluña se vuelve dramática: no reciben suministros por las acciones de la guerrilla en retaguardia, y en el frente Urrutia los derrota con contundencia. En consecuencia en julio el Ejército de los Pirineos Orientales recula hacia la frontera abandonando sus conquistas en Cataluña. El 27 de julio capitula la guarnición francesa de Bellver, la última población catalana en manos francesas.

En el frente vasco-navarro la situación es algo diferente. Moncey intenta por tercera vez tomar Pamplona, y por tercera vez sufre un cruento desastre, en esta ocasión en el desfiladero de Ollaregui. Entonces decide concentrase en Álava y vizcaya, donde la resistencia parece menor. Le cuesta varios asaltos romper la línea defensiva del río Deva, pero al fin lo consigue y toma Vitoria el día 15 de julio y dos días después cae Bilbao. Una columna francesa marcha hacia Miranda de Ebro, pero debido a la actividad de la guerrilla tiene que retroceder con numerosas bajas.

Entretanto se retoman las conversaciones de paz. El hijo de Luis XVI murió el 8 de junio, lo que facilitó el acuerdo. El 22 de julio de 1795 se firma la Paz de Basilea, por la que Francia renuncia a las tierras españolas que ocupa: las tres provincias vascas, y a cambio obtiene la isla de Santo Domingo.

Por este tratado Godoy se hizo conceder por el Rey el pomposo título de "Príncipe de la Paz".

La Guerra de los Pirineos fue un ensayo de lo que iba a ser la Guerra de la Independencia, fue el aprendizaje de la autoorganización, de la resistencia local y de la lucha de guerrillas
“Una guerra de ocupación en España es inviable porque provocaría un levantamiento popular”, escribió Napoleón en 1794. Quince años después lo había olvidado e hizo realidad su propia profecía.

 

Fuentes:

FRASER, Charles. La maldita guerra de España. Cap. 1 – Guerra contra la Francia revolucionaria. Ed. Crítica, 2006
La cita de Napoleón procede de FRASER pág. 27
http://www.ingenierosdelrey.com/guerras/1793_francia/menus/00_portada.htm
http://www.ingenierosdelrey.com/personajes/ingenieros/ilustres/jose_urrutia.htm
http://www.ingenierosdelrey.com/personajes/s_18/ricardos.htm
http://histoireduroussillon.free.fr/Histoire/Guerre17931.php
http://www.prats.fr/dotclear


 

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