ImagenAun con el riesgo de sonar un poco cabalístico, estudiando los diversos textos que refieren la historia de la Independencia hasta 1819 nos da a entender que hubo una alternancia curiosa entre las fuerzas republicanas y realistas: a las primeras les correspondían los años impares, y a las segundas los años pares. La Primera República comienza en 1811 con buenos augurios, pero queda hecha añicos en julio de 1812 con la capitulación de Francisco de Miranda en San Mateo; luego, la Campaña Admirable de 1813 hace posible la entrada triunfal de Simón Bolívar en Caracas en agosto de ese año, pero ese periodo de una Segunda República se acabó con el infausto año de 1814, donde José Tomás Boves y los suyos infundieron el terror. Si bien 1815 no fue favorable ni para venezolanos ni para neogranadinos (especialmente después de la toma de Cartagena por Pablo Morillo), 1816 fue el annus horribilis para los patriotas neogranadinos, cuando acaba finalmente un intento de hacer resurgir la República, la Patria Boba.

El desánimo de la población en seguir a la República, la avasalladora “campaña” del Ejército de Barlovento de José Tomás Boves (hasta su muerte en Urica) y la sistemática labor de Morillo al frente de las fuerzas realistas, entre otras razones, pueden tomarse como las causas de la “desbandada” que ocurrió en los distintos batallones de línea.


Esto dio pie a que, al no poder seguir una guerra frontal, algunos comandantes republicanos debieron seguir el camino de las guerrillas, entendidas como cuerpos irregulares, de pequeña dimensión, en cierto sentido nómadas (no podían tener una base de operaciones estable), no muy disciplinados pero bien entrenados y concentrados alrededor de un solo mando, como lo fueron varios grupos de llaneros. En un principio, estos cuerpos guerrilleros estuvieron dispersos y lograron algunas sorpresivas victorias, pero luego de alguna manera u otra se fueron incorporando a las huestes comandadas por Simón Bolívar.

Mientras que los éxitos de Páez en los Llanos venezolanos en 1817 (nótese: año impar) proporcionaban una buena dosis de moral en el bando republicano, la conquista de Guayana ese mismo año permitió a los patriotas obtener un vasto territorio que, aparte de los grandes recursos, podía proveer a los ejércitos republicanos de una base de operaciones desde la cual se pudiese organizar sus cuadros. No fue fácil, pues se debió enfrentar a diversos problemas, políticos, como el Congresillo de Cariaco; militares, como el fracaso de la Campaña del Centro en 1818 (año par); y hasta morales, como el fusilamiento del general Manuel Piar. Con todo, el Libertador entendió la importancia de conseguir un estructura definitiva que permitiese no sólo consolidar la jefatura suprema del Ejército Libertador, sino que éste consolidara sus cuadros operativos para poder desarrollar una guerra convencional, es decir abandonar la guerra de guerrillas.


Para ello, el Libertador tomó medidas políticas y militares. La principal medida política fue la fundación de la República de Colombia (febrero de 1819), para darle legitimidad a los ejércitos y para hacer ver al mundo que no se trataba de una “guerra civil entre españoles”, sino una “guerra internacional” entre dos pueblos distintos, dos países distintos. Y la principal medida militar fue organizar al Ejército Libertador de forma efectiva para la Campaña de Boyacá. La organización ayudó a brindar una efectiva preparación del arma de infantería, puesto que la caballería se encontraba en manos de jefes carismáticos, que no admitirían otro tipo de instrucción más que lo aprendido en la llanura.

I. ESTADO PREVIO DE LOS IRREGULARES Y EL EJÉRCITO REGULAR REPUBLICANO.

1. Condiciones

En 1817, la base de lo que más adelante se denominaría el Ejército Libertador estaba dividido en dos tipos de soldado: el regular, que más o menos estaba formado en cierta instrucción militar y que obedecía una estructura de mando que a veces resultaba endeble (por los continuos conflictos entre los jefes republicanos, como se vio evidenciado años antes combatiendo a Boves), y el irregular o “guerrillero”.

Es necesario un paréntesis para explicar este concepto de guerrillero. En el sentido estrictamente militar, Thibaud explica que existen dos tipos de guerrilla en el siglo XIX:

a) la “muta”, definida como “una banda de menos de un centenar de personas, jinetes por lo general, al mando de un jefe muy poderoso en términos de influencia”; y

b) la mesnada, que es un conjunto de “mutas” que se reúnen alrededor de un personaje carismático: “Su naturaleza profunda es distinta puesto que tiene un centro que impulsa al conjunto y que fija, para cada célula, el código de funcionamiento”. Además, a diferencia de la muta original, era muy heterogénea, pues la componían guerreros y desplazados por la guerra quienes buscan cobijo al amparo de esa masa guerrera (p. 282).

Hay que hacer notar que, a pesar de los éxitos conseguidos por Páez desde el año de 1816 (Mucuritas, Mata de la Miel, El Yagual, El Mantecal…) y de su creciente prestigio en el Casanare, técnicamente todavía era el jefe de una formación irregular, más específicamente de una mesnada (según Thibaud). Tampoco era un guerrillero surgido de la nada, sino que ya tenía el rango de teniente coronel del ejército de la Nueva Granada (quien luego fue ascendido a General de Brigada por las autoridades neogranadinas).

Las condiciones de esos irregulares de la época los refleja un testigo de excepción:

(…) héroes que no tenían un lugar seguro donde permanecer ocho días porque eran perseguidos por grandes columnas enemigas desprendidas de un numeroso ejército disciplinado y aguerrido; muertos de hambre, porque muchas veces, careciendo de ganado, era necesario batirse para quitárselo a los españoles; sin otro alimento que carne asada sin sal; desnudos porque no había sino uno que otro que tuviera una camisa; descalzos, durmiendo a la intemperie, muchas veces sobre el agua en esas sabanas anegadas, sin cobija, disputándose los cueros las reses que se mataban para que les sirviera de abrigo en la noche; sin armas, sin municiones, pues había escuadrones cuyas lanzas eran palmas de albarico (…) (López, M., p. 3).

Por otro lado, el soldado regular que estaba en el Ejército del Centro, al mando del General Manuel Piar, estaba en mejores condiciones, pero tampoco eran las más óptimas: “seguía careciendo de unidad; algunos soldados llevaban ‘vestidos con uniformes encarnados y sombreros apuntados con grandes plumeros blancos’ y ‘La demás comitiva, algunos iban con chaquetas de paisano, [pero] la mayor parte desnudos con solo sombrero y fusil’", pero que reunía la “considerable” cantidad de 1.400 a 1.600 soldados (Thibaud, p. 304).

Incluso, durante 1817 se sabe que oficiales de infantería, tanto venezolanos como granadinos, que se encontraban con Páez, “para quienes era insoportable una posición tan penosa, y que no podían hacer lo que los llaneros acostumbrados a esa vida errante”, recibieron licencia de éste para ir a otros destinos, terminando algunos de ellos bajo el mando de Bolívar en Barcelona y otros al mando de Piar en Guayana (López, M., pp. 3-4). Entre los que fueron a Guayana se cuenta el entonces Coronel Francisco de Paula Santander (Moreno de Ángel, p. 155).

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Santander

Aun en estas condiciones desfavorables, tanto irregulares como regulares obtienen victorias: las ya nombradas de Páez, como Mata de la Miel, El Yagual, Mucuritas, El Mantecal, entre otras; y por su parte, Piar emprende la Campaña de Guayana que culmina con las victorias de El Juncal y San Félix.

2. Primera organización “ordenada”

Ya conquistada Guayana para la causa republicana, y asegurada Angostura como base de operaciones y capital de la futura República de Venezuela, además de la reorganización de un gobierno efectivo, el Libertador sabía que debía contar con un ejército organizado y adecuadamente entrenado de acuerdo a los estándares de la guerra europea. Por ello, en septiembre de 1817 instituyó el Estado Mayor General que servirá de base para organizar al ejército. Asimismo, adoptó el primer manual no procedente de España: el Manuel des adjutants-généraux et des adjoints empoyés dans les États-Majors-Divisionnaires des Armées, de Paul Thiebault (mencionado por Thibaud, p. 322), de clara inspiración napoleónica y que servirá para darle forma orgánica al Estado Mayor General y a las futuras divisiones que se formarían. Bajo esta premisa, nombró al general Carlos Soublette como Jefe del Estado Mayor General, y a Santander como Sub-Jefe.

Los irregulares no se quedaban atrás. También tenían un manual, las “Instrucciones del guerrillero”, atribuidas a Pedro Zaraza, quien las aplicaba para su propia mesnada: “Mientras que las partidas trabajan al enemigo eludiéndolo, la mesnada – la unión de guerrillas – se vale del enfrentamiento-destrucción propio de los cuerpos regulares” (Thibaud, p. 304).

3. Primer ensayo: la Campaña de 1818

El Libertador quiso aprovechar este impulso que se le estaba dando a la organización de un ejército profesional al emprender una campaña por las llanuras del Apure, y así aprovechar de entrevistarse con José Antonio Páez, lo cual hizo en enero de 1818 en el Hato de Cañafístola; Páez y sus tropas juraron obediencia al Libertador y éste lo reconoció como General de Brigada.

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Páez en 1838

Así, los ejércitos republicanos emprendieron una campaña corta, infructuosa, pero que dejó valiosas lecciones para seguir organizando a las fuerzas militares de la República. Si bien los primeros días fueron provechosos, especialmente con la espectacular Toma de las Flecheras (febrero de 1818) por Páez, el cuerpo se dividió: Páez se dirigió a San Fernando de Apure para sitiarlo, y, Bolívar remontó hacia el norte con dirección a Caracas con el grueso de la infantería y algunos jinetes, y se topó con el ejército realista de Morillo en Calabozo a finales de febrero.

Morillo se replegó, pero una serie de movimientos y contramarchas de ambos jefes derivaron en la batalla de Semen (12 de marzo de 1818), donde Morillo derrotó a Bolívar, y éste emprende la retirada hacia el Rincón de los Toros, donde casi es sorprendido por una avanzada realista (abril de 1818).

Esta campaña enseñó al Estado Mayor republicano la importancia de mantener una cohesión en las operaciones militares, lo cual quedó en evidencia en la diversión de tropas hacia un objetivo secundario (San Fernando de Apure) que no era prioridad para el ejército (pero sí para Páez). También enseñó que se debía tener una mejor organización de los batallones de infantería, y en especial lo referente a las comunicaciones.

II. LA CONTINUACIÓN DE LA ORGANIZACIÓN DE CARA A 1819: OPERACIONES MILITARES PREVIAS A LA CAMPAÑA DE BOYACÁ

1. El énfasis en la instrucción de la Infantería.

a. El desempeño de Anzoátegui

A mediados de 1818, ya con las lecciones aprendidas de la Campaña del Centro, Bolívar decidió continuar con la organización del ejército profesional que deseaba, y para ello eligió a un oficial de su Estado Mayor, famoso por su valor, su inteligencia y por su mal genio (según O’Leary): el General de Brigada José Antonio Anzoátegui.

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Bolívar creó la Guardia de Honor, una unidad militar con tamaño de regimiento la cual le serviría de escolta, pero también como base de instrucción para un nuevo modelo de infantería, y nombró a Anzoátegui como Comandante de la misma. El barcelonés tomó lo aprendido en el manual de Thibault y comenzó a darle orden a su nueva unidad:

(…) los batallones Granaderos y Rifles con oficialidad mitad venezolana y mitad extranjera (por lo general antiguos oficiales bonapartistas franceses, italianos y polacos), y tropas tomadas enteramente de las comunidades indígenas del cantón de Upata. Más tarde se añadiría un Batallón denominado Rifles Ingleses, constituido íntegramente por oficiales y tropas de esa nacionalidad (Falcón, pp. 45-46).

A pesar de las burlas que le han hecho a esta unidad (Boussingault se refería a la Guardia de Honor como una “manía del general Bolívar tratar de imitar a Napoleón”), Anzoátegui consiguió formar una sólida formación, a pesar de las continuas deserciones que afectaron en ese año a los demás regimientos de infantería.

Para probarla en combate, Bolívar decidió que gran parte de la Guardia de Honor debía unirse a Páez en los llanos de Apure, y así lo hicieron a mediados de octubre. Luego Bolívar se les unió para proseguir una pequeña campaña de exploración. Mas en enero, recibieron comunicación de que Morillo, con una fuerza superior a las suyas, se encontraba también en reconocimiento de la zona. Allí, Páez decidió evacuar San Fernando e incendiarlo, además del camino a la ciudad, “de modo que no quede piedra sobre piedra” (Bencomo Barrios y Robinson dan cuenta de esta política de “tierra quemada”, muy poco común en Venezuela).

En esos menesteres, Bolívar recibió la noticia de la llegada de un contingente inglés a Angostura, y decidió embarcarse hacia la capital provisional a finales de enero (Robinson, testigo presencial, llega a referir que, al recibir la noticia, Bolívar “estalló en lágrimas”), dejando a Páez como Comandante en Jefe del Ejército del Apure y comandante de la caballería, y a Anzoátegui como comandante de la infantería. Páez decidió seguir emprendiendo un repliegue hacia Calabozo, pero sus fuerzas se encontraron los las de Morillo y hubo un combate en Caujaral en marzo que resultó indeciso.

b. El nombramiento clave de Santander

En los Llanos de Casanare, Bolívar tomó una decisión trascendental: nombrar a Santander, ya General de Brigada, como Comandante de la Vanguardia del Ejército Libertador de la Nueva Granada, con jurisdicción en el Casanare, en agosto de 1818. La misión del granadino queda plasmada por el Libertador en una carta de éste a Páez, manifestándole que Santander irá “a tomar el mando de la fuerza armada que hay en ella, y a levantar, organizar y disciplinar una División respetable que moverá y dirigirá según las instrucciones que ha recibido de mí” (Moreno de Ángel, p. 165).

Si bien la decisión era un acierto del Libertador, no menos lo era tratar de conciliar la animadversión entre Santander y Páez, de vieja data. Aun en junio de 1818, Santander le recriminaba a Páez, entre otros asuntos, su actuación en los sucesos de Casanare en 1816 y haberlo tildado de “hombre criminal”:

¿Sostener los derechos y rango de mi país, causa algún trastorno al gobierno de Venezuela, o es alguna maquinación contra él? ¿Es traición? De ninguna manera. Aprobar que se representen los derechos de una provincia, sin excitar a la insubordinación militar, que es cosa muy diferente, creo que debe ser juzgado por todo hombre como un acto de patriotismo y de honor excepcional (Carta de Santander a Páez, Angostura, 22 de junio de 1818).

Santander partió hacia su nuevo destino casi inmediatamente después del nombramiento. Llevaba consigo un pequeño Estado Mayor, compuesto por Joaquín París, Antonio Arredondo y Antonio Obando; luego se les uniría Jacinto Lara. Llevaban consigo 800 fusiles, 25 quintales de pólvora, 40 quintales de plomo, 10.000 piedras de chispa y una pequeña armería (forja equipada) (Moreno de Ángel, p. 166). Pero había un gran detalle: no llevaban tropas de infantería: la misión era formarla allá totalmente. Tal era la preocupación por este hecho, que Santander le escribió a Páez desde Caicara, en fecha 3 de octubre de 1818, pidiéndole oficiales y tropa de infantería: “Envíeme algunos oficiales de infantería, los oficiales del reino que no son necesarios en su ejército en esa parte, y probablemente todos los que están en Guasdualito, que me servirán mucho”. Y luego, en la misma carta, añadía: “Usted en tal caso no necesita de 200 infantes que habrá en Casanare y allá son la mejor base para levantar un cuerpo”.

Luego de un breve incidente, donde Páez prácticamente detuvo a Santander en Caribana por unos días, lo dejó ir por orden de Bolívar y finalmente el granadino llegó a Casanare a mediados de noviembre. En poco tiempo logró formar dos batallones de infantería y puso orden a la administración en Casanare, la cual se encontraba descuidada desde Páez. El total de los efectivos reunidos por Santander montaba a 1.100 infantes y 800 jinetes, aproximadamente, aunque la situación no era la mejor: “La dotación es notoriamente indiferente, y la deserción y las defecciones causan estragos”. Ya a mediados de 1819 se calcula que la vanguardia ha perdido más del 10% de sus efectivos (Thibaud, p. 420), aunque luego se verán reforzados con unidades frescas desde Angostura.

2. La caballería indómita.

En este periodo es difícil analizar si hubo una organización de la caballería a la europea, ya que las unidades montadas todavía no habían salido del todo de la estructura de la mesnada, centrada en un líder carismático. Santander pudo hacer algunos adelantos al respecto, e impuso los comandantes que estimó convenientes, pero que se sabía que eran representantes del carisma que estaba comenzando a adquirir el cucuteño.

En el Apure el liderazgo de Páez era incuestionable, y tenía como segundo a otro líder, el oriental José Tadeo Monagas. Tenían mucho menos deserciones que la Vanguardia de Santander, y seguían sus propias tácticas.

Luego de otro combate indeciso en Gamarra (mediados de marzo), Páez se reunió con el Libertador (quien se había reincorporado unos días antes, desde Angostura) para seguir un plan de acción. Seguían estancados cerca del paso de Caujaral, cerca de un sitio llamado los Poretritos Marrereños. Páez concibió un plan para atacar a Morillo fingiendo una retirada con salidas hacia los flancos, iniciando una persecución contra ellos y luego volvería contra la caballería enemiga y la trataría de dispersar. En efecto, se inició una persecución, pero la caballería enemiga echó pie en tierra, y cuando los jinetes de Páez dieron vuelta, destrozaron la línea de caballería y casi dispersan al resto del ejército de Morillo. Esto es lo que se conoce como la batalla de las Queseras del Medio, el “Vuelvan Caras”.

Esto reforzó la posición de Páez como el táctico por excelencia de la caballería, aunque apegado a su propio sistema.

3. La situación de la Marina republicana.

Es extraño que en toda esta organización que emprendió el mando republicano del componente terrestre del Ejército Libertador, no se le pusiera la misma atención a la Marina de Guerra. Quizá por el motivo que, en caso que la guerra se extendiera al sur (como así ocurrió), los buques no serían tan necesarios. En un oficio de marzo de 1819, Bolívar le escribía al Almirante Luis Brión la principal razón de este “descuido” hacia la Escuadra: “No sé cómo piensa V. E. comprar nuevos buques, cuando no tenemos cómo tripular y mantener los pocos de que consta nuestra escuadra”. En el mismo oficio manifestó su preferencia por las actividades de corso: “La experiencia nos ha probado la utilidad de los corsarios, particularmente en nuestra lucha con España” (López Contreras, p. 251).

4. El plano político.

Durante esta vorágine de acontecimientos, Bolívar hizo un paréntesis en febrero de 1819 para atender asuntos de gobierno. Se creó la República de Venezuela, y Bolívar fue electo su primer Presidente, quedando como vicepresidente Francisco Antonio Zea. Para Bolívar resultaba importantísimo convertir a la República en una realidad, para que a los ojos del mundo fuese vista como un Estado beligerante: Gil Fortoul, citado por D’Alta, dice con razón que “era, pues, urgente convertir el gobierno de hecho en un aparato siquiera de régimen constitucional, para demostrarle al extranjero que ya la República no se apoya solamente en el éxito de las armas”.

En este contexto, se puede decir que entre 1819 y 1821, entre las sesiones del Congreso de Angostura y la apertura del Congreso de Cúcuta, hubo un gobierno militar, donde el Presidente atendía los asuntos militares y el Vicepresidente atendía los civiles, pero dándole prioridad al tema castrense: “las necesidades del Ejército priman sobre cualquier otra consideración” (Thibaud, p. 434).

III. LA CAMPAÑA DE BOYACÁ.

1. Preparativos.

En mayo de 1819, ya el Ejército Libertador tiene una consistencia parecida a un ejército profesional. Claro, le falta mucho aun, pero ya cuenta con una organización que le permitiría mantener los cuadros de divisiones y batallones. La instrucción de los nuevos batallones de infantería ha sido bien aprovechada, sólo faltaba probarlas en batalla.

A principios de ese mes, Jacinto Lara llegó al cuartel del Libertador en Rincón Hondo, procedente del Casanare. Si bien no quedó en muy buenos términos con Santander, se sabe que ambos hombres mantenían relaciones cordiales de respeto. En esas condiciones, Lara le dio un avance muy completo de la situación en el Casanare: la organización que había llevado a cabo Santander, el ambiente favorable que existía en la región hacia la causa independentista y el equipamiento de acuerdo a sus instrucciones.

Bolívar, ante tal panorama, decidió que era hora de tomar la ofensiva.

Previendo que se acercaba la época de lluvias, que solían anegar los Llanos, decidió tomar varias previsiones:

• Nombrar al general José Francisco Bermúdez comandante en jefe de los ejércitos en Oriente, para actuar como movimiento de diversión de tropas hacia Caracas (sin intentar un ataque masivo).
• Ordenó al general Rafael Urdaneta trasladarse con todos sus efectivos al Apure, para actuar como reserva del ejército.
• Partió con todas las fuerzas que tenía disponibles rumbo al Casanare, para reunirse con Santander y allí delinear la ofensiva.
• Ordenó a Páez que marchara hacia Cúcuta con su caballería.

Un punto interesante es, que mientras Urdaneta y Bermúdez cumplieron su cometido a cabalidad (a pesar de ciertos obstáculos con el gobernador de Margarita, general Juan Bautista Arismendi), Páez no ejecutó la maniobra que le fue requerida; sólo llegó a los alrededores de San Cristóbal y casi inmediatamente volvió a los Llanos.

Otra determinación estratégica que tomó fue el decidir atacar a la Nueva Granada, no por Cúcuta (una Campaña Admirable al revés), sino atravesar la cordillera andina para sorprender a la tropa realista. Había tres puntos en la cordillera que podían ser franqueados: Salina de Chita, Pisba y Labranza Grande. Pero mientras la primera y la tercera ubicaciones estaban cerca de puestos realistas muy bien pertrechados, el páramo de Pisba fue elegido por el Libertador y su Estado Mayor General para marchar.

Ya en Tame, el 13 de junio de 1819 el Libertador emitió una Orden General dando la organización definitiva del Ejército en campaña. Se compondría de la siguiente forma:

• El Estado Mayor General; con Bolívar como Jefe Supremo y Soublette como Jefe del Estado Mayor.

• Dos Divisiones:

o La de Vanguardia al mando de Santander, la cual contaba con dos batallones:

 Cazadores, al mando del Teniente Coronel Antonio Arredondo.
 1° de Línea, comandado por el Teniente Coronel Antonio Obando.

o La de Retaguardia, comandada por Anzoátegui, que tenía a su disposición dos brigadas:

 La Primera, al mando del Coronel Francisco de Paula Alcántara, con dos batallones y un regimiento:
• Batallón Rifles, al mando del Teniente Coronel Arturo Sandes.
• Batallón Barcelona, al mando del Coronel Ambrosio Plaza.
• Regimiento Guías de Apure, al mando del Teniente Coronel Hermenegildo Mujica.

 La Segunda, al mando del Coronel James Rooke (inglés), la cual contaba con un batallón y una legión:
• Batallón Bravos de Páez, al mando del Coronel Cruz Carrillo.
 Legión Británica, al mando del Sargento Mayor Juan Mackintosh, con dos escuadrones:
• Escuadrón 1° de Llano Arriba, comandados por el Teniente Coronel Juan José Rondón.
• Escuadrón 2° de Llano Arriba, comandados por el Teniente Coronel Leonardo Infante.

El total del ejército en campaña sumaba 3.400 efectivos, 2.000 al mando de Anzoátegui y 1.400 bajo Santander. No obstante, la cifra total de efectivos se reduciría a 2.500 luego de la travesía por el páramo de Pisba, y como añadido las enfermedades y las deserciones hicieron de las suyas (Lozano y Lozano, p. 367).

Los realistas, por su parte, al mando del General José María Barreiro, contaban con cuatro batallones (Tambo, 2º y 3º de Numancia y del Rey, así como caballería, artillería y dragones. En total, la Tercera División comandada por Barreiro contaba con 4.300 hombres (Lozano y Lozano, p. 374).

2. La marcha por el páramo de Pisba.

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La ruta del ejército venezolano

El 22 de junio se puso en marcha el ejército, rumbo a Pisba. La travesía por el páramo, a más de 3.000 metros sobre el nivel del mar, fue en extremas condiciones de frío, aun para la época (junio). La situación se tornó favorable cuando el 27 la Vanguardia capturó el poblado de Paya, con una carga del batallón Cazadores, permitiendo al grueso del ejército tener un lugar de llegada sin mayores inconvenientes. Así fue, aunque la reanudación de la marcha se retrasara hasta el 30.

Barreiro, ante tal acción, decidió adoptar una posición defensiva, reforzando posiciones en Salina de Chita, Labranza Grande, y estableció su cuartel general en Sogamoso. Con esto, dejó prácticamente libre el páramo de Pisba.

El 5 de julio, la avanzada patriota llegó a Socha, aun en la parte más dura de la montaña. Ya para este momento algunos oficiales comenzaron a murmurar descontento, especialmente por las condiciones penosas a las que estaban sometidos. Lozano y Lozano llega a afirmar que existía disgusto en los llaneros por tener que “marchar en un país montañoso”, ya que debían atravesarlo sin sus monturas (p. 379). No obstante, la marcha prosiguió.

3. Gámeza.

Barreiro se dio cuenta, aunque un poco tarde, del movimiento de Bolívar, y ordenó que dos columnas de 800 hombres cada uno marcharan a las poblaciones de Corrales y Gámeza, llegando a su destino el 10 de julio. Ambas columnas fueron divisadas por los republicanos, rechazando el coronel Justo Briceño la columna situada en Corrales; la Vanguardia divisó a la columna de Gámeza y se planteó batalla.

De forma ordenada, se había enviado primero una avanzada de reconocimiento para saber la magnitud de las fuerzas concentradas en el sitio; fueron rechazadas, y la avanzada emprendió una retirada ordenada, auxiliada por el batallón de Cazadores. Aprovechando la ventaja que le otorgaba la noche, el ejército en pleno organizó un ataque total. Después de ocho horas de combate, donde el ejército realista se replegó dos veces para evitar una mayor pérdida de hombres, los republicanos lograron rechazar a los realistas de Gámeza, debiendo éstos replegarse más allá de ese poblado en la mañana del 11.

Gámeza quizá puede ser considerada la primera batalla donde se pudo poner a prueba los conocimientos adquiridos durante todo el entrenamiento riguroso que llevaron a cabo Santander y Anzoátegui. Por supuesto, esto infundió mucha moral entre los patriotas, quienes también contaron en el camino a Socha con mucho apoyo de la población local: el Libertador llegó a escribir que “vienen los principales ciudadanos a ofrecer sus personas y propiedades para el servicio del ejército. No es necesario que el ejército se acerque o entre a las poblaciones para que el pueblo reconozca mi autoridad o ejecuten las órdenes que les libro” (Lecuna, p. 337).

4. Pantano de Vargas.

Barreiro decidió mover sus tropas a un sitio más favorable, pero Bolívar anticipó su movimiento al dirigir el ejército hacia la retaguardia realista. Barreiro, presionado, se replegó y atrincheró en el sitio de Pantano de Vargas. Luego de unos movimientos provocadores de parte y parte, el 25 de junio Barreiro presentó batalla y el Libertador la aceptó.

Durante el combate, Barreiro tenía ventaja táctica: había ocupado dos cerros que dominaban la llanura del Pantano, que era ocupado por los republicanos. Así, envió a un batallón del Numancia para cercar y envolver a la retaguardia patriota, quedando ésta en posición crítica. Bolívar, en ese estado, le ordena al comandante del Escuadrón 1º de Línea, Juan José Rondón, que organice una carga de caballería para destruir la infantería realista, con estas dramáticas palabras: “Coronel, salve Vd. La patria!”.

Rondón, junto con Infante y el teniente Juan Carvajal, cargaron contra la infantería realista, desbandándola en un sangriento combate. Eso permitió el avance del resto del ejército patriota, logrando el avance del cuerpo principal y retomando las alturas, arrebatándoselas a los realistas.

Pantano de Vargas, si bien no fue un indicativo de orden dentro del ejército republicano, se indica que se supo hacer una maniobra concentrada en un punto aun fuerte del enemigo, sobreponiéndose a una gran desventaja. Tal fue la impresión que causó en Barreiro la acción de Rondón que el jefe realista le escribió al virrey Juan Sámano:

Su destrucción era inevitable y tan completa, que ni uno solo hubiese podido escaparse de la muerte. La desesperación les inspiró una resolución sin ejemplo: su infantería y su caballería, saliendo de los abismos en que se hallaban, treparon por aquellos cerros con furor; nuestra infantería, que por su ardor excesivo y por lo escarpado de su posición se encontraba desordenada, no pudo resistir sus fuerzas (López Contreras, p. 138).

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Monumento a los lanceros en Pantano de Vargas

Las bajas fueron numerosas: Rojas menciona que los realistas dejaron en el sitio 1.000 bajas, mientras que los patriotas contaban 500 bajas. Entre las bajas patriotas se contó la del comandante de la Legión Británica, el coronel Rooke, quien murió pocas horas después de la batalla.

5. Boyacá.

El efecto moral de la victoria de Pantano de Vargas para los republicanos fue bien capitalizada: Bolívar llamó a las armas a los ciudadanos locales, quienes se unieron a las tropas “dispuestos a llevar el honroso título de soldados del Ejército Libertador” (Bencomo Barrios, p. 23). Barreiro había escrito a Venezuela y Santa Fe para recibir refuerzos, ya que veía que su posición estaba muy comprometida.

Bolívar, al ver una cierta pasividad del lado realista, decidió avanzar hacia Tunja, y luego de unos combates menores (donde se destacó la caballería), la ocupó el 5 de agosto. Barreiro, quien parecía estar un paso atrás de las maniobras republicanas, decidió avanzar hacia Santa Fe de Bogotá por el camino real de Tunja. El Libertador, enterado de los movimientos realistas por su caballería de exploración, decidió interceptarlo en la mañana del 7 de agosto cerca del Puente de Boyacá.

Con un ataque coordinado de dos batallones de la vanguardia republicana, lograron sorprender a la vanguardia realista, separada del grueso del ejército. Los realistas cruzaron el puente de Boyacá y se apoderaron del margen izquierdo, mientras que Santander ocupó el margen derecho.

La retaguardia patriota, con Anzoátegui al frente, venía avanzando en la misma dirección que su vanguardia, cuando se percató que el cuerpo realista avanzaba para apoyar a su vanguardia, por lo que decide cortarle el paso. Esto causó que los realistas se replegaran hacia el norte. Bolívar, ubicado estratégicamente en una casa céntrica de Tunja (la Casa de Teja) le impartió órdenes a Anzoátegui para que efectuara una maniobra de tenaza o envolvente: con los batallones Bravos de Páez y Barcelona atacaba por el flanco derecho, y la Legión Británica y el Rifles los envolvían por el flanco izquierdo realista. Esta brillante operación fue ejecutada personalmente por Anzoátegui, ubicándose en el ataque de la Legión y el Rifles.

Luego, los realistas intentaron quebrar el cerco patriota, pero Bolívar ordenó a los escuadrones de línea (caballería) con Rondón, Infante y Carvajal atacar el resto de la infantería, a lo cual obedecen con su ímpetu habitual, destrozando las líneas de infantería y a un escuadrón de caballería realista, que presentó batalla pero fueron aniquilados (Rojas, p. 19). La retaguardia realista se rindió.

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Batalla de Boyacá. Óleo de Martín Tovar y Tovar (fragmento)

Mientras tanto, los realistas han mantenido el combate en el puente, pero un ataque patriota es rechazado causando graves bajas, lo cual es aprovechado por Santander para cruzar el puente con dos batallones, y termina por rendir a un pequeño grupo de infantería realista; los demás han salido huyendo, sólo para ser capturados por los Voluntarios de Tunja, los combatientes locales que habían acudido al llamado del Libertador, quienes se dedicaron a perseguir y apresar a los fugitivos. Entre éstos se encuentra, herido, el general José María Barreiro.

Es extraño que en los partes de ambos bandos se hayan reportado muy pocas bajas: los republicanos contaron 13 muertos y 53 heridos; mientras los realistas verifican 100 muertos y 150 heridos (Rojas, p. 21).

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Monumento conmemorativo en el sitio de la Batalla de Boyacá

La inmediata consecuencia es que el camino hasta Santa Fe de Bogotá quedaba despejado para el Ejército Libertador, al cual arribó a la capital virreinal el 10 de agosto de 1819. Esto permitió la fusión de Venezuela y la Nueva Granada en un solo país, la República de Colombia, la cual quedaría constituida el 17 de diciembre de 1819 en Angostura.

CONCLUSIONES

La acción rápida del Ejército Libertador en la campaña de Boyacá (¡ochenta y cinco días!) sin duda fue un factor determinante, quizá el más resaltado por la historiografía tanto venezolana como colombiana, y es que el factor sorpresa castigó la pasividad de los ejércitos realistas en la Nueva Granada.

Pero hay un factor que cabe resaltar, y que no se le ha dado su justo mérito. La preparación que efectuó de forma metódica el Libertador Simón Bolívar a partir de septiembre de 1817 para constituir un ejército profesional, “a la europea”, con tropa y oficiales preparados en las más novedosas técnicas de combate en infantería llevadas a cabo en los diversos teatros de operaciones de la convulsionada Europa de principios del siglo XIX tuvo una influencia decisiva en el comportamiento de las tropas, que si bien no alcanzaban aun su máxima operatividad (se dice que en Carabobo fue la primera vez que todo el Ejército Libertador llevaba un uniforme completo…), se convirtieron en la base para llevar a la Guerra de Independencia de Venezuela y la Nueva Granada, de una “guerra civil” a una “guerra internacional”. Otro punto a favor fue la adaptación de los jefes de caballería y su modo de hacer la guerra a las exigencias que pedían de ellos los altos jefes del Ejército Libertador, lo cual quedó demostrado en Pantano de Vargas y Boyacá.

También es de destacar el apoyo que enviaron los ingleses con cierta cantidad de armamento y muchos hombres dispuestos a hacer la guerra, y que además contribuyeron con su experiencia guerrera a formar ese ejército profesional que tanto necesitaban Bolívar, Santander y los demás jefes republicanos.

Gracias a esas medidas de organización, instrucción y disciplina, a partir de 1819, se puede decir que “el Ejército republicano es una fuerza coherente, disciplinada, con jerarquía y objetivos trazados, con suficientes recursos humanos – incorporación masiva de sectores populares – y logísticos” (Ziems, p. 55). Esto se reflejó en que no volverían a tener derrotas significativas, y no pararían hasta derrotar definitivamente a los realistas en Ayacucho en 1824.

… Y tampoco contarían las cábalas de los años pares e impares.

FUENTES

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