"De mis granaderos yo solo sé de lo que son capaces. Quienes los iguale habrá, quienes los exceda no."
José Francisco de San Martín

El objetivo de este artículo es mostrar una imagen distinta del héroe máximo de Argentina, Chile y Perú, de un hombre que más allá de los conocidos en su lucha por la libertad, tenía valores y conocimientos que aplicó en pro de sus objetivos y que cuando terminó con su misión se retiró en silencio, tal como había llegado.
Solicito su permiso Mi General, para contar su historia.

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Yapeyu, el solar nativo

Corría el año 1627, cuando el 4 de febrero, por decisión del Provincial de la compañía de Jesús Padre Nicolás Duran Mastrillo y sobre la base de tres casas, se crea la Reducción de Nuestra Señora de los Tres Reyes Magos de Yapeyu, que se localiza en la margen derecha del río Uruguay a orillas del río Yapeyu, al que posteriormente se lo denominó Guavirari.

Hago aquí una pequeña digresión del tema principal para explicar que eran las Reducciones. Se denominaban así a las poblaciones que los Padres Jesuitas, encabezados por Roque González de Santa Cruz, empezarán a crear en los territorios del Paraguay, de Misiones y Corrientes (República Argentina) y el oeste de Brasil, lindantes al río Uruguay. Estas poblaciones pobladas mayoritariamente por guaraníes eran dirigidas por sus propios caciques y orientadas por los Jesuitas. Según se describe en los escritos de la Orden, tenían “las calles derechas a cordel y con un ancho de dieciséis a dieciocho varas. Todas las casa tenían soportales de tres varas de ancho de manera que cuando llueve se puede andar por todas partes sin mojarse, salvo al cruzar las calles. Todas las casas de los indios son iguales, ni más alta ni más baja, todas tienen un aposento de siete varas en cuadro […] todos los pueblos tienen una plaza de 150 varas o más en cuadro, toda rodeada por tres lados de las casas con los soportales más anchos que las otras y en el cuarto lado está la iglesia con el cementerio a un lado y la vivienda de los padres al otro [...] hay depósitos para los bienes y granos de toda la comunidad, los cuales se reparten de acuerdo a la norma que rige la igualdad ante Dios”.

 



Yapeyu fue la residencia del Superior de la Compañía para la región, lo que le dio una situación privilegiada, como así también fue el blanco de ataques de las partidas de bandeirantes, esclavistas portugueses, y de otras tribus de indígenas de la región, cuyos caciques y chamanes veían caer su influencia ante los jesuitas, por lo que sus habitantes al igual que en otras reducciones, tenían una organización militar en base a milicias de autodefensa, las cuales no pocas veces vencieron y obligaron a retirarse a sus atacantes extranjeros.

En cumplimiento de la Real Cedula del 27 de febrero de 1767, emitida por Carlos III, arriba a Yapeyu el Gobernador Francisco de Bucarelli, para verificar la expulsión de los jesuitas de la región (1). Esta Real Orden fue repudiada y resistida por muchos reales vasallos, ya que consideraban que la misma lesionaba los intereses de la Corona en la región, pues dejaba indefensa esta parte del territorio y abierta a los ataques de los portugueses y sus indios aliados, ya que solo los jesuitas poseían la vivencia y experiencia para poder dirigir a la etnia guaraní. Este sentimiento se hizo realidad ya que el desconocimiento y la incapacidad por parte de los españoles designados como administradores llevó a que en poco tiempo desapareciera la organización y los bienes a la vez que los pobladores volvieran a su vida nómada dentro de la selva.

Reemplazado Bucarelli por Vertiz como representante de la corona, éste designa en 1774 al Sargento Mayor Juan de San Martín, quien había llegado a América en 1765 y que desde 1767 se desempeñaba como administrador de la ESTANCIA Y CALERA DE LAS VACAS, que fuera propiedad de los jesuitas en la Banda Oriental (actual República Oriental del Uruguay), como administrador de Yapeyu a la vez que es ascendido a Capitán. Por esas vueltas de la vida militar de su padre, nace en una población del actual territorio de la República Argentina, que desde sus inicios debió luchar contra los ataques de los portugueses y sus aliados aborígenes, quien sería un personaje importante en la emancipación americana, y seguramente allí forjó su ideario libertario.

En este lugar se instala la familia San Martín, integrada por Don Juan, su esposa Gregoria Matorras y sus cinco hijos, criollos todos: María Elena, Manuel Tadeo, Juan Fermín y Justo Rufino, llegando el sexto el 25 de febrero de 1778, siendo bautizado con el nombre de José Francisco. Podemos inferir que el haber nacido en un lugar en constante peligro de ataques de bandeirantes e indios, forjó el carácter del niño, ya que esta región del entonces Virreinato del río de la Plata siempre estuvo en los intereses expansionistas de la corona portuguesa, deseosa e integrar este rico territorio a su imperio americano.

La lealtad de los guaraníes a la corona no sólo se vio probada en las reiteradas defensas del territorio ante el avance portugués, sino que también con motivo del ataque inglés a las ciudades de Montevideo y Buenos Aires, cuando bajaron con sus canoas por el río Uruguay para integrarse a las defensas de ambas, incorporándose posteriormente a los ejércitos de la revolución de 1810, y de los ejércitos de Argentina y Uruguay en defensa de la libertad de ambos países.

Rumbo a España

Don Juan de San Martín recibe la orden de integrarse al Estado Mayor de la Plaza de Málaga, por lo que en 1783 abandona junto con su familia Yapeyu, embarcándose en Buenos Aires rumbo a España, arribando a ésta el 25 de marzo de 1784 a bordo de la fragata Santa Balbina, reinando en esos momentos en la península Carlos III de Borbón. Algunos historiadores infieren que este desplazamiento se debió a que el Capitán San Martín era “demasiado decente para ese puesto”, habiendo llegado a restaurar el sistema administrativo creado por los jesuitas, algo que a muchos españoles molestaba ya que daba igualdad de derechos a los aborígenes con los españoles.

Arribado a la península, el Capitán San Martín se traslada a Madrid con su familia, y en ésta gestiona se le conceda el grado de Teniente Coronel en base a sus destinos y buen desempeño en sus funciones en América, según hace constar en los documentos que acompaña y que fueran reconocidos por sus distintos superiores, lo que le permitiría atender a la buena crianza de sus hijos. A pesar de todos estos antecedentes y buena foja de servicio el desprecio que en esos tiempos se tenía por aquellos que habían servicio lealmente a su Rey en América por parte de aquellos que nunca se habían movido de la península hace que no se le conceda lo solicitado y se le da el retiro con su grado de Capitán. Con el desprecio de sus leales servicios al Rey y una pensión que escasamente alcanza para mantener decentemente a su familia Don Juan se traslada a Málaga, donde alquila una modesta casa en la Calle Pozos Dulces.

Vida en España

Con sus escasos siete años José Francisco inicia en esta ciudad su educación formal, y pese a todos los comentarios al respecto no surge de los registros del Seminario de Nobles de Madrid que éste estudiara allí (si lo hizo Carlos de Alvear), y es más seguro que hiciera sus estudios en la Escuela de Temporalidades, un antiguo colegio jesuita.

Con once años, el 1º de julio de 1789, solicita se le conceda plaza de cadete en el Regimiento de Murcia, que se encontraba de guarnición en la ciudad, y con fecha 15 de julio se decreta su incorporación, y es así como el cadete José Francisco de San Martín se incorpora al Regimiento que tiene como patrona a la Inmaculada Concepción y era conocido como EL LEAL por su extenso y glorioso servicio a la Corona Española, empezando a lucir el uniforme blanco con divisa azul. Su primer destino militar lo lleva a África, donde desembarca en Melilla en 1790 como parte de una compañía del 2º batallón. Poco tiempo permanece en esta tierra, ya que su unidad regresa al poco tiempo nuevamente a su base peninsular, partiendo dentro de ese mismo año nuevamente con todo su batallón a reforzar a la guarnición de Orán.

Imposibilitados de llegar a causa de un fuerte sismo que azota a la región y los continuos ataques por parte de las tropas del rey de Máscara quedan refugiados por más de 20 días en la fortaleza de San Fernando. Al arribar finalmente a Orán El Leal es sometido durante 30 días al asedio por tropas moras. Es en este lugar donde a su petición y con acogida favorable por parte de su Coronel es trasladado a la Compañía de Granaderos, en la cual el 28 de de junio en una oscura noche recibe su bautismo de fuego, ya que su compañía sufre un fuerte ataque por parte de las tropas moras sitiadoras. El fin de la campaña del Regimiento de Murcia llega con la entrega de Orán y Mazalquivir a los árabes quedando esta acción como primera mención en su foja de servicios.

De regreso a España y ante la inminencia de un enfrentamiento entre ésta y la Francia Revolucionaria, en setiembre de 1792 el Segundo Batallón del Regimiento de Murcia es enviado a integrarse al Ejército de Aragón, siendo acantonado en la Línea del Ebro. Declarada la guerra en marzo de 1793 por parte de los franceses, el Segundo Batallón de El Leal, se integra al Ejército de Cataluña, cuyo objetivo es ingresar al Rosellón. Por unas vueltas del destino los cuatro hermanos San Martín prestan servicios en este conflicto en distintos destinos militares. El 19 de junio es ascendido a Segundo Subteniente por méritos de guerra, pero pese a los triunfos iniciales pronto las tropas españolas son derrotadas y nuestro joven subteniente sufre prisión junto a otros de sus camaradas de armas, aunque gracias a los acuerdos entre ambos gobiernos pueden todos regresar nuevamente a España.

Se reincorpora al servicio en el Regimiento y es ascendido a Primer subteniente siendo posteriormente destinado el 8 de mayo de 1795 a la Cuarta compañía del Primer Batallón de El Leal. Finalmente el 8 de julio se firma en Basilea el acuerdo de paz entre Francia y España, donde se da por finalizado el conflicto entre ambas naciones. España ingresa en una etapa de contradicciones en el momento en que se alía con Francia a la que anteriormente había condenado por la ejecución de Luis XVI de Borbón, y el 7 de octubre de 1796 inicia la guerra contra Inglaterra. En diciembre del mismo año fallece Don Juan de San Martín, siendo sepultado en la Iglesia Castrense de Málaga.

En 1797 se suceden una serie de derrotas a manos de los ingleses, en febrero una escuadra británica vence a la española en San Vicente, donde a bordo de los buques había tres compañías del Murcia, aunque no hay constancia de que San Martín se encontrara allí. Pero si se encontraba embarcado en el Santa Dorotea que fuera atacado por el Lyon, siendo obligado el primero a desembarcar su tripulación en territorio español.

En 1799, después del Golpe de Brumario, los destinos de Francia quedan en manos de tres cónsules, entre los que se encontraba Napoleón, que logra que en 1801 se firme un tratado entre España y Francia. Esto obliga a Carlos IV a intimar a la Casa de Braganza a renunciar a su alianza con Inglaterra y abrir sus puertos a la República y cerrarlos a los británicos. Al no recibir una respuesta favorable se inicia una guerra que fuera conocida como la de LAS NARANJAS, a raíz de una canasta conteniendo estos frutos tomados de plantaciones existentes en territorio portugués que enviara el Valido de la Corona Godoy a la esposa de Carlos IV. El Murcia participó en esta campaña y por lo tanto San Martín también como parte del Regimiento. Concluido el conflicto luego de firmada la Paz de Badajoz, El Leal es enviado al Campo de San Roque para participar en el bloqueo poco más que simbólico a Gibraltar.

En 1801 sucede un hecho que demuestra el valor y la consideración que le tenían sus jefes. Se le confía a San Martín la misión de reclutar voluntarios para su regimiento en Castilla la Vieja, por lo que se desplaza a Valladolid para establecer una bandera de enganche. Cumplido el objetivo y cuando regresaba a su regimiento quedó rezagado por un problema de su caballo. Logrado el recambio y cuando galopaba tratando de alcanzar al resto de sus hombres es asaltado por cuatro forajidos que vencen su resistencia, arrebatándole los 3350 reales de vellón (antigua moneda de cobre) que llevaba, dejándolo malherido en el camino, siendo recogido por paisanos que pasaban por el lugar quienes lo llevaron para su atención al pueblo de Cubo. En ese lugar recibe la visita del Inspector General de Infantería Don Javier Negrete quien venía desplazándose por el mismo camino detrás de él y que se acercó a interesarse por su salud. En el informe posterior donde le solicitaba al Rey la condonación de la deuda por el dinero perdido hace mención a que “acordándome de la profesión a la que sirvo y el espíritu que anima a todo buen militar, me defendí usando el sable, pero fui vencido por la traición y la cantidad de oponentes”. La visita que recibiera luego del hecho y el apoyo del Jefe del Regimiento de Murcia Don Toribio Montes, hizo que finalmente el monarca perdonara la pérdida de caudales ya que se comprobó que el oficial los había defendido a riesgo de su vida.

El 26 de diciembre de 1802, es nombrado Segundo Ayudante del Batallón de Voluntarios de Campo Mayor, con base en Sevilla y que tenía como patrona a la Inmaculada Concepción. A mediados de 1803 esta unidad pasa a servir en Cádiz, sufriendo en ese momento la baja de 200 hombres a raíz de una epidemia de fiebre amarilla que azota a la ciudad. A fines de ese año es ascendido a Capitán Segundo en reconocimiento a sus servicios, pasando sus próximos años dentro de la rutinaria vida militar a la que venía sometido todo el ejército peninsular. Pero en ese trajinar hay dos hechos que comienzan a marcar lo que sería su futura vida militar: la derrota a manos de la flota británica de la franco-española en Trafalgar y las dos victorias del pueblo de Buenos Aires en 1806 y 1807 sobre los invasores ingleses, que intentan apoderarse de estos territorios de ultramar.

Mediante el tratado de Fontaneibleau, España queda unida a Francia, siendo el próximo objetivo de Napoleón la eliminación de la casa de Braganza unida a Inglaterra en la lucha contra la intención de éste de apoderarse de toda Europa. Es así que en 1807 comienza la invasión de Portugal, preludio de lo que sucedería el año siguiente con España, cuando se produce la farsa de Bayona donde Carlos IV es obligado a abdicar a favor de Napoleón, para posteriormente ser suplantado por José Bonaparte, nombrado José I Rey de España. A raíz de esta imposición por parte de Napoleón España entra en guerra con Francia, buscando el regreso al trono de Fernando VII, al que el pueblo poco conocía pero al que consideraban legitimo heredero y que estaba prisionero en Valencey. El pueblo, que había elevado su rechazo hasta aquellos que se habían prestado a colaborar con los franceses, casi llega a descargar este odio en San Martín, ya que era muy parecido al Capitán General de Andalucía Solano, siendo salvado en esa ocasión por un fraile capuchino.

El pueblo español empieza a ver que los franceses pueden ser vencidos y en Andalucía el General Castaños encabeza la resistencia y San Martín participa en el combate de Arjonilla el 23 de junio de 1808, donde al frente de unos pocos soldados resulta vencedor. Si bien esta acción no tiene gran importancia por las fuerzas involucradas sirve para que las tropas españolas, que venían de sucesivas derrotas, retemplen su ánimo. Este hecho le permiten al joven oficial acrecentar su fama, lo que le vale ser ascendido a Ayudante Primero, jerarquía similar a la de Capitán activo. Este ascenso viene acompañado con un nuevo cambio de destino siendo enviado al Regimiento de Caballería de Borbón.

El 19 de julio, en un campo cercano a la ciudad de Bailén en la provincia de Jaén, se produce una gran batalla donde las tropas al mando del General Castaños vencen a las del General Dupont, quien se ve obligado a rendirse, lo que provoca un ataque de furia de Napoleón. Si bien no hay constancias específicas de la actuación de San Martín, su comportamiento en la batalla merece ser reconocido con el otorgamiento de una medalla al valor en oro y esmalte, la cual protagonizará un hecho significativo en el final de sus días.

La resistencia española empieza a ceder y con el ingreso de José I a Madrid se reordena el ejército español. En ese momento San Martín pasa al Ejército de Cataluña que está bajo el mando del Marqués de Conpigui, donde se desempeña como ayudante, acompañándolo posteriormente a incorporarse primero al Ejército de la Izquierda para continuar posteriormente a su nuevo destino en Cádiz, donde lo encontramos en febrero de 1811. Ese mismo año se producen dos victorias españolas muy importantes, el 5 de marzo en Chiclana y el 16 de mayo en Albuera, donde no hay constancia de la participación de San Martín. El 26 de julio de 1811 ya como Teniente Coronel Graduado es agregado al Regimiento de Dragones de Sagunto, siendo su último destino en la península, ya que el 11 de setiembre de ese año se le comunica que se le otorga el retiro y se le autoriza a viajar a Lima, capital del Virreinato del Perú.

Este pedido de retiro estuvo motivado por el acuerdo de dejar la península y pasar a América para involucrarse en las luchas por la libertad de ésta que se había hecho con otros nacidos en estas tierras y que veían la oportunidad de lograr la separación de sus lugares de origen del gobierno español, el cual era ejercido por españoles de origen sin tener en cuenta a los nacidos en ella, lo que conllevaba a un sometimiento a directivas emanadas por gobernantes que desconocían la realidad de los pueblos que en ella vivían y cuyo único objetivo era continuar con el expolio a la que la habían sometido desde el comienzo de su etapa colonizadora. Es importante dejar en claro que la partida de San Martín nunca fue subrepticia, nada más lejano a su personalidad, sino que partió en forma discreta, sin brillos, sin altisonancias ni ofensas, tal cual lo hizo posteriormente al salir de Lima, de Santiago de Chile, Mendoza o Buenos Aires. No parte para luchar contra la tierra de sus padres como muchos afirman, parte para luchar por la libertad de la tierra que lo vio nacer.

En 1819, cuando presenta su renuncia a la jefatura del Ejército de los Andes al Director Supremo de las Provincias del río de la Plata, expresa: “hallábame al servicio de España el año 1808, con el empleo de Comandante de Escuadrón del Regimiento de Caballería Borbón, cuando tuve las primeras noticias del movimiento general en ambas Américas y que el objetivo primitivo era su emancipación del movimiento tiránico de la península. Desde ese momento me decidí a emplear mis cortos servicios a cualquiera de los puntos que se hallaban insurreccionados. Preferí venirme a mi país nativo en el que me he empleado en cuanto ha estado a mis alcances”. En 1848 escribe desde Boulogne sur Mer al General Ramón Castilla diciéndole: “Como usted yo serví en el Ejército Español en la península desde la edad de once hasta los treinta y cuatro años, hasta el grado de Teniente Coronel de Caballería. En una reunión de americanos en Cádiz, sabedores de los primeros movimientos acaecidos en Caracas, Buenos aires, etc., resolvimos regresar cada uno al país de su nacimiento a fin de prestarles nuestros servicios en la lucha, pues calculábamos que se habría de empeñar por parte de los gobernantes de la península para conservar el dominio español en esas tierra”. Estos y otros escritos existentes que sería extenso aquí detallar, avalan la tesis que sostienen muchos historiadores de que muchos de los que posteriormente lucharon en América contra el dominio español abandonaron la lucha en la península con el solo deseo de responder al llamado libertario de su tierra.

El regreso a América. La forja de una estirpe militar.

En marzo de 1812 regresa San Martín a la tierra que lo vio nacer y que dejara siendo un niño, llega con una brillante foja de servicios y como Teniente Coronel Graduado de Caballería. Con fecha 18 de marzo el Triunvirato que gobierna las Provincias Unidas del río de la Plata le reconoce su jerarquía y le confiere el mando de un Escuadrón de Granaderos a Caballo que deberá organizar, y que será el germen del que luego surgirá el Regimiento de Granaderos a Caballo, forja de los que posteriormente serán las mejores espadas de la libertad y del Ejército Argentino.

¿Qué es un Granadero a Caballo? Su génesis la podemos encontrar en la experiencia que adquirió cuando por propia determinación integró la compañía de Granaderos del Regimiento de Murcia y de su experiencia en las campañas de África y en la península. Como integrante de la infantería el granadero es un hombre alto y sobresaliente por sus virtudes combativas, capaz de realizar acciones arriesgadas en combate, que en sus comienzos marchaba contra el enemigo con su bolsa de granadas que arrojaba buscando quebrar sus líneas. Si bien esto se perdió con el tiempo siguieron siendo una tropa de élite. Con estos antecedentes y tal vez tomando como guía a los Granaderos a Caballo de la Guardia Imperial, crea su unidad de caballería, a la cual adiestra en las técnicas de sable y lanza, esta última arma poco usual en los ejércitos patriotas.

El primer asentamiento de la unidad fue el cuartel (cuartelucho) de La Ranchería, ubicado en las actuales calles Perú y Moreno, enfrente de donde se encuentra hoy el Colegio Nacional de Buenos Aires, en ese entonces Colegio de San Carlos. Varias cosas hay que destacar del inicio de esta etapa: San Martín renuncia al 50% de sus haberes, donándolos al estado, Alvear lo hace completo su renunciamiento, y el Decreto de creación del Escuadrón lo hace “en nombre de Fernando VIII”. Pero lo más importante es que a partir de ese momento los ejércitos de la patria dejan de ser una masa formada por hombres con buenas intenciones conducidos por otros con medianos conocimientos militares para empezar a transformarse en un conjunto homogéneo conducido por soldados profesionales.

Estaba previsto que el núcleo inicial de la futura unidad contara con noventa hombres y cuatro oficiales al mando de éstos pero en esos momentos en Buenos Aires todos los hombres disponibles para tomar las armas ya se habían integrado a los ejércitos que habían salido de la ciudad con destino al norte para unirse al ejército que combatía en los lindes del territorio y el sitio de Montevideo. Para la tercer semana solo contaba con siete hombres entre los que se incluían a los oficiales. La necesidad llevó a que se recurriera a lo que comúnmente se llama “rebanar el fondo de la olla”. Se trajo a catorce hombres (patricios) que estaban prisioneros en Martín García a causa de haber participado en un motín que fue conocido como “El de las Trenzas” en el regimiento y que tenían una pena de diez años de prisión, la que se les conmutó a cambio de servir en el nuevo escuadrón. También se reclutó a todos aquellos que se encontraban con partes de enfermo o que en su momento no partieran con su unidad por causa justificada o no y con marinos desertores. De este conjunto heterogéneo fueron descartados los de baja estatura, ya que se había establecido una altura mínima para ser granadero. También se mandó un requerimiento a los gobiernos de las provincias, aclarándose en éste que “debían ser de talla alta y robustos” y al territorio de las misiones se le agregó al requerimiento la explicación de “que el jefe de esta nueva unidad es nacido en el pueblo de Yapeyu” por lo que pedía que se requiriera la incorporación de aborígenes de la etnia guaraní y habitantes de las misiones. Para el 8 de mayo la unidad contaba con 50 hombres entre los que se contaban a Manuel y Mariano Escalada de 16 y 17 años, cuñados de San Martín, un joven Juan Lavalle de 15 años y Mariano Necochea de 20. Como el cuartel no ofrecía las comodidades y el espacio que se requería para el adiestramiento en las nuevas técnicas que proponía su jefe se acordó que éstos se trasladarían a uno más espacioso en la zona de El Retiro, en la zona de la actual Plaza San Martín.

El adiestramiento de la unidad estuvo bajo su estricta responsabilidad desde el primer momento. El sistema no era español, sino que era similar al francés con algunas adaptaciones hechas por San Martín. Había establecido que cada granadero tuviera su instructor particular que era otro con adiestramiento más avanzado, lo que hacía que el cuerpo tuviera un espíritu de unidad y confianza personal entre todos. En la primera etapa él personalmente adiestró a los hombres en los movimientos de columnas, aprendiendo a marchar y contramarchar y girar en orden. Una vez comprobado que estos ejercicios realizados a pie se realizaban naturalmente y a la perfección al recibir la orden pasó a la siguiente etapa donde se buscaba el perfecto dominio del armamento. Si bien la tercerola era un arma de dotación del personal San Martín tenía poca confianza en ella por lo que basó el adiestramiento de los granaderos en el uso del sable y la lanza.

Esta última arma, de uso por excelencia en la caballería europea no tenía secretos para este oficial que la había visto usar en los combates en que había participado. A diferencia de otros él se ocupaba personalmente como ya dijimos de la enseñanza: normalmente formaba a la unidad en círculo y señalando a un soldado lo hacía pasar al frente para que practicara junto a él los movimientos de ataque y defensa, los que eran corregidos al final de cada movimiento y vueltos practicar hasta que eran hechos correctamente. Finalizada esta etapa formaba parejas con los hombres para que practicaran lo enseñado, mientras él se desplazaba entre ellos para hacer las observaciones que fueran necesarias hasta que cada uno supiera cómo debía moverse correctamente. El uso del sable es muy complejo ya que tiene tres maneras de hacerlo en forma efectiva, el golpe de plano que sirve para aturdir o marear al contrincante dejándolo por un tiempo fuera de combate, la estocada producía una herida profunda, pero su efectividad se basaba en la rapidez del movimiento y finalmente el golpe de filo, que podía provocar el corte completo de un brazo o una pierna y hasta incluso de la cabeza. El adiestramiento en el uso del sable fue tan intenso que llegó a ser un movimiento natural de los hombres primero a pie y luego montados. Para ésto se usaba en el campo de adiestramiento donde los hombres primero se ejercitaban al paso, al paso rápido, al trote y luego al galope tendido, vacunos cerriles y/o cerdos salvajes, tan comunes en los extramuros de la ciudad, que eran traídos por cazadores quienes recibían una paga por ellos y sobre ellos se realizaban las practicas de sable y posteriormente de lanza.

Este adiestramiento recibido hizo que las tropas realistas, luego de los primeros encuentros, temieran a estos “sableadores profesionales”, mientras que el adiestramiento con lanza fue más lento, ya que no se contaba con una cantidad suficiente como para dotar al escuadrón y hubo que recurrir a la colecta pública para mandar a fundir las puntas y traer las tacuaras desde la zona del litoral, pero una vez recibidos los elementos cada granadero recibió el mismo e intenso adiestramiento que recibiera con el uso del sable. La lanza fue un elemento que también causó zozobra en las tropas enemigas, ya que las mismas no estaban acostumbradas a enfrentarse a ellas dado que este elemento no era de uso común en los ejércitos en América y sólo era usado por los aborígenes de las pampas y también por los del sur de Chile. Otro elemento importante en el adiestramiento era que cada hombre era responsable de su caballo, el cual debía estar preparado para responder a los movimientos que su jinete le mandara y que éste había aprendido primero a pie y luego en conjunto con otros compañeros, con los cuales empezó haciéndolos al paso, luego al paso rápido, para pasar a un trote y posteriormente al galope, momento en que se incluía el uso del clarín de órdenes, ya que el ruido de los cascos y la gritería, “de uso obligatorio en el momento de iniciar la corrida” ya que con ella se buscaba intimidar al oponente, hacía imposible las ordenes a viva voz.

Los oficiales recibían, además del adiestramiento conjunto con la tropa, otro acorde a su jerarquía. Había uno que era común a todos y se realizaba en el momento de iniciar el almuerzo en el comedor de oficiales: el de mayor jerarquía, gritaba una orden y cada uno de los subalternos debía repetirla con igual entonación y fuerza. Este ejercicio fuera de lo común en otros ejércitos permitía que las tropas al mando de estos hombres tuvieran eficacia mayor a la de sus oponentes, dado que no había diferencia de entonación entre un oficial y otro. Pero no todos pudieron soportar el entrenamiento intensivo y muchos soldados pidieron su baja y otros fueron separados del cuerpo, incluyendo el Capitán Pedro Zoilo Verguía, por no mostrar la entereza que debía tener un oficial de granaderos en un ejercicio de carga de caballería, siendo reprendido por San Martín con la frase: “si no sirve para esto pida su retiro”, y esa misma tarde pidió su baja. Dentro de las normas creadas por San Martín estaba la que establecía que el primer domingo de cada mes se reunían todos los oficiales en la casa de su jefe. Luego de las palabras de éste, donde se les recordaba la utilidad de este tipo de reuniones, les recordaba también la discreción que debía mantenerse sobre lo tratado en ella. Una de las pautas establecidas daba la posibilidad de que cada oficial pudiera poner en un papel cualquier tipo de comentario sobre otro granadero. San Martín tomaba los papeles y si en uno de ellos figuraba un oficial se le pedía a éste que en ese momento se retirara y se procedía a discutir su comportamiento de acuerdo a lo que planteara quien lo había nombrado. Si la gravedad del caso lo ameritaba se nombraba una comisión de tres oficiales que en el plazo más breve debía producir un informe. En base a éste y en votación secreta el resto de los oficiales decidían si podía o no continuar en la unidad. En el caso de ser separado del escuadrón se le solicitaba que pidiera licencia absoluta y que se abstuviera de usar el uniforme de granadero y que en el caso que así no lo hiciera y fuera visto por un oficial, éste tenía la plena libertad de arrancárselo a sablazos. Así mismo estableció una serie de normas por las cuales un oficial podía ser separado del cuerpo que había denominado “delitos por los cuales deben ser arrojados los oficiales”:

- Por cobardía en acción de guerra, en la que aun agachar la cabeza será reputado por tal.
- Por no admitir un desafío, sea justo o injusto.
- Por no exigir satisfacción cuando se halle insultado
- Por no defender a todo trance el honor del cuerpo cuando lo ultrajen a su presencia, o sepa ha sido ultrajado en otra parte.
- Por trampas infames como de artesanos (estafas).
- Por falta de integridad en el manejo de intereses, como no pagar a la tropa el dinero que se haya suministrado para ella.
- Por hablar mal de otro compañero con personas u oficiales de otros cuerpos.
- Por publicar las disposiciones internas de la oficialidad en sus juntas secretas.
- Por familiarizarse en grado vergonzoso con los sargentos, cabos y soldados.
- Por poner la mano a cualquier mujer aunque haya sido insultado por ella.
- Por no socorrer en acción de guerra a un compañero suyo que se halle en peligro, pudiendo verificarlo.
- Por presentarse en público con mujeres conocidamente prostituidas.
- Por concurrir a casas de juego, que no sean pertenecientes a la clase de oficiales, es decir, a jugar con personas bajas e indecentes.
- Por hacer uso inmoderado de la bebida en términos de hacerse notable con perjuicio del honor del cuerpo.

Otra de las obligaciones que tenían los oficiales cuando estaban en función de “Oficial de Guardia”, era controlar la preparación de los alimentos y la higiene de las cocinas, como así también probar los alimentos que cada día recibían los granaderos, que fuera respetable y acuerdo a la imagen del cuerpo, y es de suponer que también evitar el envenenamiento de la tropa por alimentos en mal estado. También incluía dentro de las funciones de este oficial el controlar que el personal que abandonaba el cuartel lo hiciera con el uniforme impecable, función que previamente debía hacer también el suboficial a cargo del Escuadrón, y si algo escapaba a su control tenía la segunda revisión a cargo del cabo de cuarto. O sea que un granadero al transponer la puerta del cuartel luciría impoluto y esta norma era pareja para todos los miembros.

El 7 de diciembre de 1812 recibe su nombramiento de Coronel y la unidad comienza a crecer para lograr su definitiva conversión en Regimiento. El primer hecho de armas y el bautismo de fuego del Regimiento de Granaderos a Caballo fue en la actual localidad de San Lorenzo, en la Provincia de Santa Fe. Las crónicas dicen que al recibir el gobierno de Buenos Aires noticias de que una flotilla de naves había zarpado de la sitiada Montevideo y remontaba el río Paraná en busca de alimentos y forraje, comisiona al coronel San Martín para que la ataque a la primera oportunidad en que las tripulaciones desembarquen sobre la margen derecha, que es donde estaban la mayoría de las poblaciones. Es necesario puntualizar que el naciente país no contaba con una flota o buques necesarios como para enfrentar a las naves realistas apostadas en el principal puerto del río de la Plata y mandadas por marinos con experiencia.

El traslado de los ciento cincuenta hombres que formaron parte de la columna fue una breve muestra de la logística que terminaría con un ejército en tierra chilena, luego de cruzar las cumbres más altas de América, pero esto será tratado más adelante. La distancia entre Buenos Aires y San Lorenzo es de 345 km en una ruta lineal que pasa por varias poblaciones en las provincias de Buenos Aires y Santa Fe, siendo en ésta la principal Rosario, que está a 24 km antes de San Lorenzo. Pero el desplazamiento no fue tan lineal. Teniendo en cuenta que el desplazamiento de tantos hombres requería una importante cantidad de caballos de recambio y que el camino de la costa al ser poco transitado no contaba con la cantidad requerida eligió el camino al Alto Perú ya que al ser más transitado tenía el ganado necesario incluyendo el vacuno que sería necesario para alimentarlos. El Granadero Ángel Pacheco fue el responsable de lograr que los maestros de postas tuvieran los elementos necesarios para que sus compañeros pudieran cambian de caballos, alimentarse y continuar su camino.

La tropa parte de su cuartel en El Retiro y se dirige a San Antonio de Areco, a 110 km de Buenos Aires, donde arriba el 30 de enero. De esta población, que se encuentra hacia el oeste tierra adentro, continúan su camino hacia la localidad de San Pedro (68 km) a orillas del Paraná para continuar desde allí a la Villa del Rosario (157 km) adonde arriban el 1º de febrero para posteriormente llegar el día 2 al convento de San Carlos Borromeo en San Lorenzo. Esta población ya había sido atacada el día 1 de febrero pero los marineros fueron repelidos por milicianos por lo que debieron retirarse con los pocos alimentos que pudieron tomar. Este ataque hizo pensar a los jefes realistas que en la población o en el convento habría algo más importante, por eso deciden quedarse en la zona y realizar un ataque en fuerza con infantería y cañones el día siguiente, algo que empiezan a realizar en la mañana del día 3. San Martín observa desde el campanario del convento el desembarco de los realistas y al bajar de éste se reúne con sus hombres a los que recuerda que “deben conservar el buen nombre y honor del regimiento” y que “el ataque será realizado a sable y lanza, esperando no escuchar un solo tiro de nuestra parte”. Luego le dice al Capitán Bermúdez: “Usted ataca por el sur y nos reuniremos en el centro, y allí le daré sus nuevas órdenes”. De allí en más la historia es conocida.

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Batalla de San Lorenzo

Lo que interesa de este hecho de armas es que allí se demostró la preparación de un nuevo tipo de unidad militar que marcaría un antes y un después en los ejércitos independentistas y que quedaría plasmado en la frase que inicia este relato. Concluido este hecho de armas con la victoria de los granaderos, luego de enterrar a sus muertos y dejar a sus heridos al cuidado de los frailes, regresan en silencio a su cuartel para continuar con su adiestramiento.

Luego de la derrota de Ayohuma desde Buenos Aires se tomó la decisión de enviar a otro oficial más capacitado para reemplazar a Belgrano. De todos los existentes el único disponible era el Coronel San Martín y es así que es comisionado, trasladándose para encontrarse con el Jefe del Ejército del Norte, General Manuel Belgrano, algo que realiza en las inmediaciones de la ciudad de Tucumán (no en Yatasto donde cuenta la historia). El encuentro donde por primera vez se veían estos hombres, que solo se conocían por carta, comenzó con la discusión de quien se ponía a las ordenes del otro, ya que Belgrano reconocía la capacidad militar de San Martín y éste la antigüedad en el mando de Belgrano, lo que termina zanjándose con el acuerdo de que el primero se hacía cargo del comando de un regimiento de infantería. Al hacerse cargo del comando San Martín replica el sistema de adiestramiento que había utilizado en su regimiento.

La salud de San Martín

Aquí debemos hacer una digresión para comentar un poco sobre la salud de San Martín que se vio agravada con su estancia en Tucumán. El ataque que recibiera en 1801 cuando lo asaltaron ladrones le produjo una perforación en el tórax de la que se repuso gracia a su juventud (23 años). Posteriormente a los 30 años comenzó con una dolencia de reumatismo. Los únicos cortes que recibiera en Albuhera y San Lorenzo fueron superficiales y en este último se le dislocó el hombro. Durante su estadía en Tucumán se le agravó una ulcera estomacal que le provocaba vómitos sangrantes que no le permitían descansar durante la noche, lo que motivaba que perdiera el sueño y comenzara a trabajar muy temprano en la madrugada. Ya en Chile, y producto del intenso trabajo que tuvo en la fase previa al cruce, su reumatismo se agravó y en Chacabuco apenas pudo mantenerse a lomo del caballo. Posteriormente en 1818 su pulso comenzó a temblar y se dice que fue producto de la gota que le afectaba, lo que le impedía escribir las cartas debiéndolo hacer su secretario. El repaso de la Cordillera de los Andes agravó su asma debiendo detenerse en Uspallata para reponerse, y otros males le afectaron en su posterior partida desde Lima (Perú) y recién cuando llegó a Mendoza en su viaje final, donde permaneció un tiempo y pudo reponerse medianamente como para trasladarse a Buenos Aires y partir desde allí a Europa en su viaje final.

Su paso por el Ejército del Norte

El estado de desorganización y anarquía en que se encontraba dicho ejército era muy importante, ya que no existía ni disciplina ni orden, partiendo desde sus oficiales, los cuales en la mayoría de los casos actuaban como sublevados hacia su comandante en jefe, lo que era copiado por la tropa. Para comenzar dispuso que todos los oficiales cumplieran con el requisito de presentarse todos los días a inspección ante el oficial de guardia, quien era responsable de que usaran sus uniformes impecables y aquellos que por razones económicas no pudieran acceder a uno nuevo lo tuvieran limpio y presentable. Hay una anécdota de esta etapa que es la que se da en un ejercicio de unificación de voces de mando. Al pedir al oficial de mayor rango que repita la orden que emitiera, en ese momento se encontraba Belgrano que ostentaba la jerarquía de General. Éste poseía un tono de voz muy agudo lo que provoca la risa apagada de Dorrego, quien es llamado al orden por San Martín. Vuelto a iniciar el ejercicio nuevamente Dorrego emite una risa y en ese momento San Martín, cortando el ejercicio, le ordena que abandone la estancia y se dirija a su alojamiento, prepare su equipaje y pase por la oficina de personal para buscar los documentos donde se le ordena que se haga cargo de una unidad en Santiago del Estero, hecho que para Dorrego significó prácticamente el destierro.

Mientras cumplía con las obligaciones de poner en orden a las tropas del Ejército del Norte pudo, según algunos autores, leer un trabajo que había sido elaborado por el Teniente Coronel Enrique Paillardele. Otros afirman que había sido elaborado por un oficial ingles llamado Maitland en 1800, para ser presentado a Pitt El Joven, donde se decía que para atacar al Virreinato del Perú el camino correcto es a través de la cordillera de los Andes y Chile, ya que la zona del Alto Perú era virtualmente impracticable por la falta de recursos para un gran ejército. Esto reafirma su idea que con total claridad y sinceridad escribe a su amigo Nicolás Rodríguez Peña en una carta del 22 abril de 1814: “No se felicite con anticipación de lo que yo pueda hacer en esto, no haré nada y nada me gusta de acá. La Patria no hará camino por este lado del Norte, que no sea una guerra defensiva y nada más, para esto bastan los valientes gauchos de Salta, con dos escuadrones de buenos veteranos. Pensar en otra cosa, es echar al pozo de Airón hombres y dinero. Un ejército pequeño y bien disciplinado en Mendoza, para pasar a Chile y acabar allí con los godos, apoyados allí por un ejército de amigos, pasaremos por el mar para tomar Lima. Ese es el camino y no esté mi amigo”.

Notemos la claridad de objetivos y conceptos que tenía algunos años antes de su hazaña. Pero volvamos a su etapa en el Ejército del Norte, donde procedió a reorganizar al mismo y darle la entidad y coherencia que necesitaba para cumplir su objetivo, a la vez que instruye al Teniente Coronel Martín Miguel de Güemes de cuál sería su cometido en las acciones futuras que debían tener como objetivo atraer y fijar tropas enemigas en la región quitándolas a los que defendían la costa para lograr así el cometido de desembarcar con poca resistencia enemiga y alcanzar la Capital del Gobierno Virreinal del Perú.

Alegando motivos de salud, ya que como declaran varios de los que fueron sus subalternos y Lamadrid atestigua “el General estuvo enfermo y vomitó sangre en varias oportunidades”, es que solicita licencia a fines de abril de 1814, acordando el Director Posadas se le otorgue dicha dispensa el 6 de mayo, por lo que se aloja en una estancia a 30 km de la ciudad de Tucumán, permaneciendo allí alrededor de un mes para trasladarse posteriormente a la localidad de Soldán, en las cercanías de la ciudad de Córdoba, para continuar con su tratamiento de curación. Estando en Córdoba solicita al Director Supremo que se le destine como Gobernador Intendente de Cuyo, al que define como un destino tranquilo y un clima benigno para su salud, pero en realidad buscaba acercarse al territorio desde donde considera deberá iniciarse el proceso de liberación de la América del Sur. El Director Posadas le propone que se haga cargo del gobierno de Córdoba, ya que considera que teniéndolo allí el Ejército del Norte tiene asegurada una retaguardia segura y organizada. La intervención de Alvear, sobrino de Posadas, que había recibido el regalo de la rendición de la Plaza de Montevideo de las manos de Vigodet y quería al único que podía atacar sus intenciones políticas lejos de Buenos Aires logra convencer a su tío y éste acuerda el nombramiento, asumiendo San Martín en septiembre de 1814 la jefatura de la Gobernación de Cuyo.

 

 


 

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José Francisco de San Martín. 2ª Parte