Oficialmente, la historia de los submarinos alemanes se remonta a mediados del S. XIX, en concreto a 1850, cuando el bávaro Wilhelm Bauer presentó en sociedad el Brandtaucher, pensado para romper el cerco que los daneses mantenían por entonces sobre el puerto de Kiel.

El diseño de Bauer, aunque elogiado por su ingenio, no tuvo la acogida esperada dentro de la Deutsche Kaiserliche Marine, la Marina Imperial alemana, en aquel tiempo más interesada en ponerse a la altura de la flota británica que en embarcarse en proyectos submarinos, costosos y sin garantías de éxito a corto plazo.

A partir de 1890, se presentaron y desarrollaron diferentes propuestas. Sin embargo, no fue hasta el verano de 1906 cuando vio la luz el primer U-Boot[1], adscrito a la Deutsche Kaiserliche Marine, el SM U-1.

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Cuadro de acrónimos navales

HMS

His/Her Majesty’s Ship

SMS

Seiner Majestät Schiff

SM U

Seiner Majestät Unterseeboot

RMS

Royal Mail Ship

 

En un principio, los submarinos fueron concebidos como un elemento defensivo, muy útil para la protección de puntos costeros estratégicos. Con esta premisa, en 1912, la Marina Imperial alemana gestó un plan de armamento militar que preveía, en un plazo máximo de siete años, la producción de 58 sumergibles. De ellos, 36 se destinarían a la salvaguarda de las bases navales próximas a la desembocadura del Elba, en el Mar del Norte, 12 se asignarían a futuras maniobras de ataque y 10 quedarían en la reserva. Lo cierto es que el ambicioso proyecto germano no llegó a materializarse según lo planteado inicialmente y, en el momento de estallar la Primera Guerra Mundial, la Deutsche Kaiserliche Marine contaba tan solo con 28 U-Boote –de los cuales únicamente 20 estaban en condiciones de prestar servicio–.[2] Todo hacía prever que el enfrentamiento marítimo entre Gran Bretaña y Alemania respondería a un modelo de guerra basado en el recurso a enormes barcos acorazados. Sin embargo, la realidad fue bien distinta.

Desde Trafalgar, los británicos habían conseguido un dominio absoluto de mares y océanos, reafirmando su posición como potencia naval a lo largo del S. XIX gracias a una Royal Navy que actuaba como garante de su actividad económica y rutas comerciales. No obstante, a lo largo de la década anterior a la Primera Guerra Mundial, la fuerza naval británica tuvo que enfrentarse a las pretensiones del káiser Guillermo II, volcado en erigir un imperio de ultramar capaz de competir con el de Jorge V, con quien compartía abuela y una política de carácter claramente expansionista. Las aspiraciones de uno y otro marcaron el inicio de una carrera armamentística muy costosa para ambos y, tanto británicos como alemanes, hicieron una apuesta decidida por los acorazados. Estos barcos de colosales dimensiones –en la mayor parte de los casos su eslora superaba los 190 m– sobresalían por su velocidad y capacidad de fuego, basada en la incorporación de un número de cañones de gran calibre que oscilaba entre 8 y 10. Llegado el verano de 1914, Gran Bretaña había botado 21 acorazados y Alemania 13. Sin embargo, en Londres y Berlín existían fuertes resistencias a la hora de poner sobre el tablero este tipo de naves debido a los altos costes que exigía su construcción. Tendrían que pasar dos años para que las flotas británica y alemana se vieran las caras en combate.

Con los acorazados en puerto, el resto de la Royal Navy se centró en el levantamiento de un feroz bloqueo marítimo en el Mar del Norte –desde Scapa Flow y Rosyth en el sector septentrional hasta Dover y Harwich en el sector meridional– cuyo fin último era ahogar el comercio exterior alemán. Dicho bloqueo fue iniciativa de Maurice Hankey, miembro del Comité de Defensa Imperial, quien consideraba que la presión económica sobre el Reich tendría unos efectos devastadores, actuando como un factor decisivo en el desenlace de la guerra. En el verano de 1914, Alemania tenía una flota mercante valorada en 4 millones de TRB[3]. La cuarta parte de la misma sería hundida en los primeros meses de la Gran Guerra. Solo el sábado 8 de agosto, según los datos aportados por el Lloyd’s Register of Shipping, los alemanes perdieron más de 40 barcos. No obstante, la ejecución del bloqueo británico afectó también a países neutrales como Dinamarca, Suecia u Holanda, cuyos puertos se llenaron de agentes enviados por Londres para vigilar la mercancía que salía de los mismos y su destino.

Los cruceros de batalla y destructores que enarbolaban la White Ensign[4] se adueñaron del Mar del Norte, cortando la actividad de aquellos barcos neutrales con rumbo a puertos germanos. Dichos barcos eran conducidos a territorio británico y su cargamento adquirido a buen precio en los muelles de las grandes ciudades portuarias, circunstancia que, al fin y al cabo, satisfacía los intereses de compradores y vendedores. Lógicamente, los alemanes no pensaban lo mismo y, testigos mudos del robustecimiento enemigo, su sentimiento quedó recogido a la perfección en las palabras del Kapitänleutnant Werner Fürbringer: «Cuando veíamos la cantidad de barcos que llegaban a Gran Bretaña, cuando veíamos cómo se esforzaba el enemigo en importar desde todos los puntos del planeta los materiales que alimentaban sus energías para luchar contra nosotros, es como si viéramos nuestra sentencia».[5] Alemania pronto tuvo que aplicar una política de racionamiento y embargo de provisiones de pan y harina. Esta medida derivó en un descontento generalizado entre la población, agudizado por el hambre y la subida de precios. Además, el requerimiento para el frente hacía que no hubiera mano de obra suficiente para trabajar en el campo y la industria y que, en consecuencia, la producción fuera exigua. La falta de carbón, requisado para el esfuerzo de guerra, tampoco ayudó a mejorar la situación y, unida a la ya comentada carestía de alimentos, generó una crispación social que se materializó en altercados y disturbios en los principales núcleos urbanos del país.

Los U-Boote, por tanto, se presentan como una alternativa revolucionaria y una solución práctica de oposición al bloqueo británico, dentro de un contexto nacional definido por la quiebra económica y social. Pensados en sus orígenes como elementos de defensa, los submarinos estaban llamados a convertirse en la vanguardia de la tecnología militar germana y en punta de lanza de la Deutsche Kaiserliche Marine para romper el yugo impuesto por Gran Bretaña.

Stricto sensu, la guerra submarina comenzó en agosto de 1914, aunque con preocupantes resultados para los alemanes, que iniciaron su aventura en las profundidades con la pérdida del SM U-15, hundido por el acorazado británico HMS Birmingham apenas diez días después de desatarse el conflicto. Pese a todo, los submarinos germanos pronto evidenciaron su capacidad de destrucción, sobresaliendo, entre otros, el SM U-35 del Kapintänleutnant Waldemar Kophamel. Botado en abril de 1914, se atribuyen a este sumergible un total de 224 hundimientos, la mayoría de ellos –curiosamente– en aguas del Mediterráneo y en las costas occidentales del continente africano. Uno de los puntos fuertes del U-35, complementario a la buena preparación de su oficialidad, era su dotación armamentística, con 4 tubos lanzatorpedos para proyectiles de 500 mm, 2 en proa y 2 en popa, y 1 cañón de 88 mm en la cubierta de proa –sustituido por otro de 105 mm en 1916–. Quizá el que mejor rendimiento obtuvo de la nave, avalado por sus 194 hundimientos en 14 misiones –gran parte de las mismas ejecutadas en el Mediterráneo–, fue el Kapintänleutnant Lothar von Arnauld de la Perière, relevista de Kophamel  y distinguido con la Cruz de la Orden Pour le Mérite, la más alta condecoración militar en tiempos del Imperio alemán.

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Entre sus víctimas más prominentes se cuenta el Provence II, un crucero auxiliar de transporte de tropas[6], destruido el 26 de febrero de 1916 frente al cabo Matapán, en la costa meridional del Peloponeso, cuando transportaba a cerca de 1.700 militares al frente de Galípoli. Murieron 990 hombres.[7] Sin embargo, la acción en la que el U-35 forjó su leyenda fue el ataque al buque Gallia –también francés–, hundido el 4 de octubre de 1916 en las proximidades de la isla de San Pietro, al suroeste de Cerdeña, con más de 2.000 soldados galos y serbios a bordo, de los cuales perecieron 1.300.

Lo que en un principio parecía una aventura irrealizable, ciencia ficción, no tardó en convencer a los más escépticos de su alta eficiencia y satisfactoria aplicación práctica en un contexto bélico. El submarino había llegado para quedarse, proporcionando a los alemanes un arma nueva, alternativa al combate terrestre –ámbito tradicional de la doctrina militar germana–, y eficaz frente a los británicos en un escenario en el que no habían conocido adversario digno. La propia evolución de la Primera Guerra Mundial pronto definió el mar como pieza clave para unos y otros y, tanto en Londres como en Berlín, se sabía que aquel que lo dominara terminaría por estrangular las líneas de suministro enemigas, condicionando, en consecuencia, la acción de los ejércitos en las trincheras.

La aparición de los U-Boote, o más bien su entrada en escena como parte de la maquinaria bélica alemana, puso a la Royal Navy en una situación de vulnerabilidad absoluta. En 1914, por sus características y estructura, los acorazados británicos no estaban en condiciones de responder a un oponente invisible, indetectable e implacable, que solo salía a la superficie en los momentos previos a la agresión. Winston Churchill, Primer Lord del Almirantazgo desde 1911 y entusiasta reformador de las diferentes armas de la milicia británica –fue uno de los más fervientes defensores del carro de combate en sus inicios–, ya había advertido acerca de esta amenaza velada. De ahí, que una de las primeras medidas de contención adoptadas fuera el montaje de piezas de artillería en los trasatlánticos, convertidos así en cruceros auxiliares.

Los temores de Churchill, compartidos por el Primer Lord del Mar y comandante de la Royal Navy, John Fisher, y el Primer Ministro, Herbert Henry Asquith, no tardaron en revelarse ciertos cuando, el 22 de septiembre de 1914, los cruceros HMS Aboukir, HMS Hogue y HMS Cressy, cada uno de ellos de 12.000 t, fueron enviados al fondo del Atlántico en menos de una hora por el SM U-9, comandado por el Kapintänleutnant Otto Weddigen. Perecieron 1.500 marineros. Los alemanes acababan de poner sus cartas sobre la mesa. No estaban dispuestos a plegarse al bloqueo naval británico –efectivo desde el inicio de la Primera Guerra Mundial como medida para ahogar el abastecimiento marítimo germano– ni a dar tregua a la Royal Navy. Pronto, algunos de sus barcos más emblemáticos, como el crucero protegido[8] HMS Hawke, se perderían junto a sus tripulaciones en las profundidades del océano, destrozados por los torpedos alemanes. En vista de los acontecimientos, no eran pocos los que dentro de la propia Royal Navy, caso del ya mencionado John Fisher, consideraban que, en tiempos de guerra, el submarino era un arma difícil de neutralizar, una especie de buque de guerra del futuro que había venido a desmoronar los cimientos de la estrategia naval tradicional.

El káiser sabía que las opciones germanas en la guerra no pasaban por las trincheras, donde día tras día sus soldados se desangraban en una lucha sin sentido frente a británicos y franceses. Esta amarga realidad obligaba a apostar por la campaña submarina como único recurso viable para doblegar a Gran Bretaña. El 22 de febrero de 1915, Alemania declaró la guerra submarina sin restricciones, una guerra basada en el recurso a golpes rápidos y sin ningún tipo de regla. Inicialmente, los U-Boote habían respetado a los barcos mercantes y de transporte civil enemigos. Sin embargo, a partir de esta fecha, cualquier embarcación al servicio de los intereses aliados pasaba a convertirse en objetivo potencial de los sumergibles germanos. Se iniciaba así lo que los alemanes denominarían Handelskrieg o guerra del comercio. Todo navío con pabellón aliado, por el simple hecho de serlo y bajo sospecha de portar armamento, municiones o aprovisionamiento al frente, era susceptible de ser hundido. Según las leyes internacionales, los submarinos debían emitir señales de aviso a los mercantes para interceptarlos y que los marineros del U-Boot pudieran registrar su cargamento. En caso de que la carga transportada tuviera como destino abastecer al enemigo, los atacantes tenían la obligación de conceder un tiempo mínimo para que la tripulación abandonara el barco como paso previo a su hundimiento. El recurso a la guerra submarina sin restricciones definió una realidad bien distinta y este protocolo de actuación fue quebrantado de forma sistemática por los comandantes alemanes, que no dudaron en hundir directamente las embarcaciones que se cruzaban en su camino, dando por supuesto y sin comprobación alguna que, por el pabellón que ondeaba en su mástil, estaban al servicio de intereses ajenos al Imperio.

Los efectos de esta nueva política de intervención quedaron patentes en los cien días sucesivos, periodo en el que los U-Boote destruyeron un total de 115 navíos enemigos. La postura adoptada por Alemania causó una honda conmoción en la opinión pública mundial, en general, y en la británica, en particular. A ello se sumó la evidente preocupación entre las tripulaciones, que se sentían presa de un depredador insaciable. En sus memorias, el contraalmirante Gordon Campbell recoge con meridiana claridad el pensamiento de oficiales y marineros: «Fue una sensación nueva para todos nosotros cuando comprendimos que, sin posibilidad alguna de respuesta, podíamos ser atacados y volados por los aires en cualquier momento».[9]

Inmersos en el análisis de testimonios, también resulta interesante interrogarse acerca de la incertidumbre y los miedos de los hombres que servían en el interior de los U-Boote alemanes. La atmósfera bajo el agua era algo difícil de expresar con palabras. Las altas temperaturas –próximas a los 45 ºC– hacían que las condiciones de la tripulación fueran extremadamente duras y los marineros, ataviados con la mínima ropa posible debido al bochorno generado por el bombeo permanente de los motores de la nave, sufrían frecuentes golpes de calor. Solo era posible abrir las escotillas de cubierta si el mar estaba en calma. El agua sabía a gasóleo y la comida preparada por el cocinero tenía encima una capa de aceite. Empapados en sudor y grasa, respirando un aire abrasador con un fuerte olor a combustible y permanentemente en tensión ante el agua que se filtraba por los remaches o la orden del oficial al mando de entrar en acción, el tiempo parecía no correr para aquellos Seeleute[10]. Sus motivaciones a la hora de embarcarse en semejante aventura debieron ser ciertamente diversas, desde la necesidad económica de unos hasta el verdadero sentimiento de servicio a la patria y al káiser frente al enemigo británico de otros. El hecho de estar encerrados en un ataúd de metal, susceptible de convertirse en cualquier momento en su lugar de reposo eterno, debía pesar como una losa en el día a día de cada uno de ellos.

En su intento por responder a las agresiones submarinas, Gran Bretaña desarrolló los conocidos como Q-Ships, barcos trampa, con pabellón extranjero, que pretendían aparentar indefensión, pero que contaban con una importante dotación artillera. Los Q-Ships evidenciaron su efectividad en sobradas ocasiones, tal y como se refleja en la siguiente tabla.

Fecha

Q-Ship atacante

Comandante británico

U-Boot hundido

Comandante alemán

23/06/1915

Taranaki (apoyando al submarino C-24)

Teniente comandante H. D. Edwards

U-40

Oberleutnant zur See Gerhardt Fürbringer

20/07/1915

Princess Louise (apoyando al submarino C-27)

Teniente C. Cantlie

U-23

Oberleutnant zur See Hans Schulthess

24/07/1915

Prince Charles

Teniente William Penrose Mark-Wardlaw

U-36

Kapitänleutnant Ernst Graeff

19/08/1915

Baralong

Teniente Godfrey Herbert

U-27

Kapitänleutnant Bernd Wegener

24/09/1915

Baralong

Teniente comandante Alfred Wilmot-Smith

U-41

Oberleutnant zur See Iwan Crompton

22/03/1916

Farnborough

Teniente comandante Gordon Campbell

U-68

Kapitänleutnant Ludwig Güntzel

30/11/1916

Penshurst

Teniente comandante Francis Grenfell

UB-19

Oberleutnant zur See Erich Noodt

14/01/1917

Penshurst

Teniente comandante Francis Grenfell

UB-37

Oberleutnant zur See Paul Günther

17/02/1917

Farnborough

Teniente comandante Gordon Campbell

U-83

Kapitänleutnant Bruno Hoppe

7/06/1917

Pargust

Teniente comandante Gordon Campbell

UC-29

Oberleutnant zur See Ernst Rosenow

 

Inicialmente, los Q-Ships estaban armados con pequeños cañones (57 y 76 mm) a los que se sumaban otros de mayor tamaño (102 mm). El vicealmirante Lewis Bayly, uno de los grandes impulsores del proyecto de los Q-Ships, propuso su dotación con 4 cañones de 102 mm, en lugar de la única pieza de 102 mm y la pareja adicional de 76 mm que solía tener. Con posterioridad, estos navíos serían complementados con torpedos de 356 mm y, a partir de 1917, con lanzadores de cargas de profundidad de diferente calibre.

La primera fase de la guerra submarina sin restricciones se prolongó hasta la primavera de 1916, saldándose con el hundimiento de más de 200 barcos. Solo la amenaza de una posible intervención estadounidense en la contienda llevó a Alemania a interrumpir temporalmente sus agresiones. Pese a todo, en mayo de ese mismo año, el káiser autorizó la ejecución de nuevas operaciones navales en superficie bajo el mando de Reinhard Scheer, comandante de la Hoochseeflotte o Flota de Alta Mar. Iniciativa de Alfred von Tirpitz, esta fuerza surgió como elemento de oposición a la Royal Navy. El Großadmiral era fiel seguidor de las tesis del estadounidense Alfred Thayer Mahan, historiador y estratega náutico, autor de obras como The Influence of Sea Power upon History, 1660-1783. De ella, extrajo un conjunto de conclusiones, a su juicio fehacientes, sobre la política que debía adoptar el Imperio alemán en el mar. Partiendo de las mismas, von Tirpitz formuló la «teoría del riesgo», según la cual Alemania habría de construir una flota lo suficientemente poderosa como para poner bajo amenaza la superioridad naval británica. Solo así, Gran Bretaña valoraría la posición de Alemania como potencia mundial. La irrupción del submarino como arma de guerra no hizo sino reforzar el argumento de von Tirpitz, entusiasta y promotor de los U-Boote como némesis de la Royal Navy.

Las elevadísimas bajas sufridas en Verdún, enclave prioritario para franceses y alemanes desde febrero, y el enquistamiento de los combates a lo largo de todo el frente occidental –la situación en las trincheras empezaba a ser ya insostenible–, eran factores que exigían la adopción con urgencia de una política militar agresiva en el mar dirigida a causar el máximo daño posible a la Royal Navy. Según el plan de Scheer, los Schlachtkreuzern o cruceros de batalla del Vizeadmiral Franz von Hipper, enviados desde las bases de Kiel y Wilhelmshaven hacia las costas de Noruega como grupo de reconocimiento, atraerían la atención de la 1ª Escuadra de Cruceros de Batalla del vicealmirante Sir David Beatty, por entonces anclada en Rosyth, al este de Escocia. Una vez fuera de puerto, este contingente sería atacado por los navíos de la Hoochseeflotte y destruido antes de que pudiera reaccionar el grueso de efectivos británicos, ubicados en Scapa Flow, en las Islas Orcadas, a las órdenes del comandante de la Gran Flota, Sir John Jellicoe.

Sin embargo, los alemanes no contaban con que los servicios de criptoanálisis británicos habían interceptado el mensaje que describía el plan de Scheer y conocían a la perfección sus intenciones. En la estación de guardacostas de Hunstanton, en el condado de Norfolk, trabajaba un equipo especial de inteligencia que, a su vez, remitía la información a Londres, en concreto, a la llamada Sala 40. Dentro de la misma, un grupo de expertos en mensajes encriptados, desentrañaba las informaciones radiofónicas emitidas desde los puestos de mando germanos a partir de un libro de códigos capturado y remitido a la Royal Navy por los rusos tras el encallamiento, a finales de agosto de 1914, del crucero ligero SMS Magdeburg en el golfo de Finlandia.

En un movimiento coordinado y dispuestos a hacer frente y a aniquilar definitivamente la amenaza naval alemana, los barcos de Beatty y Jellicoe partieron de sus fondeaderos en Rosyth y Scapa Flow. Se aproximaba un momento decisivo en la guerra, la batalla de Jutlandia. La derrota no era una opción para los británicos pues, en caso de producirse, las consecuencias serían catastróficas: el Mar del Norte pasaría a control alemán, el ejército de tierra sería aislado en el continente y el territorio nacional quedaría expuesto frente a una posible invasión.

Los oficiales al mando de los submarinos que prestaban servicio en el Mar del Norte advirtieron a Scheer del enorme potencial de la fuerza británica, circunstancia que no impidió al Admiral seguir adelante con su iniciativa. El 31 de mayo, la flota germana se haría a la mar según lo previsto. Así lo relata en sus escritos el Korvettenkapitän Georg von Hase, oficial de artillería en el SMS Derfflinger: «El sol se levantó magnífico, cubrió el mar con sus rayos dorados y pronto nos mostró la imagen de toda nuestra Hoochseeflotte avanzando para enfrentarse al enemigo, una maravillosa estampa que nunca sería olvidada».[11]

Británicos y alemanes no tardaron en divisarse sobre las agitadas aguas del Mar del Norte. El joven guardiamarina Gordon Eady, a bordo del HMS New Zealand, habla de la tensión imperante entre la tripulación, del intenso calor y de los problemas para respirar como consecuencia del denso humo que emanaban las chimeneas de los barcos a vapor, en cuyas salas de máquinas se quemaban cantidades ingentes de carbón. Ello contrastaba con una sensación de exaltado optimismo entre oficiales y marineros, ansiosos por entablar combate con un enemigo por el que sentían cada vez más desprecio. No en vano, la campaña indiscriminada de hundimientos protagonizada por los U-Boote estaba afianzando en la opinión pública de las democracias europeas una imagen del alemán como un bárbaro carente de ética y honor combativo. Al mismo tiempo, este argumento –sustentado en el enfrentamiento entre civilización y barbarie– era la base sobre la que la clase política del momento justificaba su demanda a la población de un esfuerzo de guerra sin precedentes, tanto en el frente como en la retaguardia.

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La falta de entrenamiento y puntería pronto pasó factura a los barcos de Beatty, duramente castigados por la artillería del ya citado Derfflinger –con 8 cañones de 305 mm, 12 de 150 mm, 4 de 88 mm y 4 tubos lanzatorpedos de 500 mm– y del SMS Von der Tann –con 8 cañones de 280 mm, 10 de 150 mm, 16 de 88 mm y 4 tubos lanzatorpedos de 450 mm–. Resultado del choque, fueron hundidos los cruceros de batalla HMS Queen Mary y HMS Indefatigable. Superado por la potencia de fuego germana y dejando atrás los restos de los barcos perdidos y cientos de cadáveres flotando sobre la superficie del mar, Beatty emprendió la huida hacia el norte. Con Scheer siguiendo la estela de sus navíos, necesitaba el apoyo de la Gran Flota de Jellicoe. Su enfrentamiento con la Hoochseeflotte se materializó en la conocida como batalla de Jutlandia, el combate naval por excelencia de la Primera Guerra Mundial. No es objeto del presente artículo llevar a cabo un análisis militar de lo sucedido en la misma, al existir excelentes monográficos que abordan esta cuestión en profundidad.[12] Siguiendo la línea de lo planteado en páginas anteriores, quizá resulte más interesante centrarse en las consecuencias de dicha batalla y es que, buena parte de los historiadores coinciden en que Jutlandia se saldó con un empate técnico entre británicos y alemanes. Los primeros, además de 6.000 muertos y 500 heridos, contaron entre sus pérdidas más notables la del HMS Invincible, barco con una fuerte carga simbólica, siendo el primer crucero de batalla de la historia. De sus más de 1.000 tripulantes, solo sobrevivieron 6. Cuantitativamente, el saldo de la batalla fue algo más positivo para la Deutsche Kaiserliche Marine, aunque hubo de pagar un precio nada desdeñable. A las bajas humanas –más de 2.500 muertos y 500 heridos–, hubo de sumarse el hundimiento del crucero de batalla SMS Lützow, de 4 cruceros ligeros –SMS Frauenlob, SMS Elbing, SMS Rostock y SMS Wiesbaden– y de 5 destructores –V-4, V-27, V-29, V-48 y S-35–.

Scheer extrajo una doble conclusión del enfrentamiento. Por un lado, estaba satisfecho de haber regresado a puerto con parte de sus navíos. Era consciente de que el potencial británico podría haber borrado del mapa la Flota de Alta Mar. No obstante, su satisfacción a nivel personal chocaba con la imposibilidad de haber conseguido el objetivo prioritario de su plan: el desmantelamiento de la Royal Navy y la ruptura del bloqueo marítimo británico. En adelante, la Hoochseeflotte no volvería a soltar amarras y el Mar del Norte permanecería hasta el final bajo dominio de Gran Bretaña. El cerco naval sobre Alemania seguía en vigor, si cabe con más fuerza.

En paralelo, y como alternativa a la lucha armada para la ruptura del cinturón de hierro británico, los alemanes empezaron a diseñar nuevos proyectos como el recurso a submarinos mercantes. Un ejemplo de los mismos fue el Deutschland, del Kapitänleutnant Paul König. Desprovisto de armamento, con una eslora de 65 m y una capacidad de almacenamiento próxima a las 1.000 t, este sumergible zarpó de Bremen en junio de 1916, poniendo rumbo a Estados Unidos, por entonces, potencia neutral y solo vinculada a Gran Bretaña en virtud de una relación comercial que nutría a los británicos de material de guerra a cambio de elevadísimas sumas de dinero. Como dato, señalar que la mitad del presupuesto destinado por Londres a armamento se gastaba en Estados Unidos, donde empresas como Bethlehem Steel, puntera en la fabricación de artillería, obtuvieron pingües beneficios a partir del conflicto en Europa.

La hazaña del Deustchland, eludiendo el bloqueo británico en el Atlántico, fue reconocida y elogiada en Estados Unidos. Incluso König fue recibido en la Casa Blanca. El submarino regresó a Alemania cargado de níquel y caucho y, aunque su aportación en términos económicos fue más bien simbólica, su aventura fue ensalzada por el pueblo alemán. Pese a todo, la imposibilidad de diseñar una flota específica de sumergibles dedicada a esta función, relegó la acción del Deutschland a la categoría de anécdota.

La batalla de Jutlandia no había significado el punto de inflexión en la contienda que unos y otros esperaban. Quizá, la consecuencia más evidente que se derivó de este choque de titanes fue el lanzamiento, en febrero de 1917, de una segunda campaña de guerra submarina sin restricciones. A estas alturas, semejante iniciativa constituía una clara provocación a Estados Unidos, cuyo recién elegido presidente, Woodrow Wilson, no tardó en comunicar al Reich que, de mantener activos sus submarinos, no dudaría en pasar de las palabras a los hechos. La respuesta alemana fue acelerar e intensificar la producción de sumergibles. Berlín no estaba en condiciones de renunciar a las virtudes de su mejor arma y los tiburones de acero germanos volvieron a las profundidades. Lo que no había podido ganarse en la superficie, debía ganarse bajo la misma y, entre febrero y marzo, más de medio millar de barcos enemigos, muchos de ellos mercantes neutrales, fueron presa de estos cazadores solitarios.[13] Dentro de las altas esferas de la Deutsche Kaiserliche Marine –y podemos tomar al Admiral Georg von Müller, Jefe del Gabinete Naval Imperial, como figura de referencia– se sabía que los ataques indiscriminados de los U-Boote terminarían precipitando la entrada de Estados Unidos en la guerra. Guillermo II también era consciente de esta realidad, sin embargo, según su criterio, el impacto estadounidense en Europa no sería tangible hasta 1919. Para entonces, los sumergibles germanos habrían estrangulado a Gran Bretaña y Francia. 

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Progresivamente, los oficiales de los U-Boote fueron adquiriendo un notable prestigio en Alemania, solo comparable al odio y al temor que suscitaban entre las tripulaciones de los navíos con pabellón no alemán que se cruzaban en su camino. La guerra en el mar pronto tendría su reflejo en tierra y Gran Bretaña empezó a sufrir escasez de suministros. Sin duda, en términos globales, 1917 fue el peor año para las potencias aliadas –a la altura de abril estaríamos hablando de pérdidas superiores a las 516.000 t–, pero los hechos acontecidos en el mismo resultaron claves para determinar la participación de Estados Unidos en la contienda,[14] siendo el famoso telegrama Zimmermann la gota que colmó el vaso de la paciencia en Washington. Tras el hundimiento del RMS Lusitania –presa del SM U-20– y las acciones de sabotaje perpetradas por agentes alemanes en suelo propio, la invitación abierta del ministro de Asuntos Exteriores germano al gobierno mejicano para acometer una invasión de Texas representaba un ultraje a nivel político y diplomático imperdonable.

El 2 de abril –la declaración oficial de guerra tendría lugar el día 6–, el presidente Wilson se dirigió al Congreso estadounidense en los siguientes términos: «La presente guerra submarina de los alemanes contra el comercio es una guerra contra la humanidad. Es una guerra contra todas las naciones. Han sido hundidos barcos americanos, han sido arrebatadas vidas americanas […] pero los barcos y las vidas de otras naciones neutrales y amigas también han sido enviados a las profundidades. No ha habido discriminación alguna. El desafío es para toda la humanidad».[15] La entrada de Estados Unidos en la Gran Guerra marcaría, inevitablemente, un antes y un después en el devenir de los acontecimientos, constituyendo un puntal clave para la causa aliada, si bien, no sirvió para frenar la acción de los U-Boote. Poco a poco y gracias a elevadas inversiones de capital, se pudo proporcionar a los barcos mercantes escolta de destructores, aviones y dirigibles, útiles para detectar a los submarinos –siempre y cuando estuvieran en superficie–.[16] Sin embargo, su localización bajo el agua exigía un salto tecnológico que vino dado por la utilización del hidrófono, basado en un micrófono sumergible que permitía captar el ruido emitido por los motores de un U-Boot, definir su posición y lanzar cargas de profundidad o minas de explosión programada para su neutralización.

El discurrir de la guerra y la falta de materias primas, sumados a los elevados costes productivos y la lentitud de las cadenas de montaje, limitaron el suministro a la Deutsche Kaiserliche Marine de los submarinos necesarios para mantener la presión sobre las potencias aliadas y los ataques pasaron de hábito a anécdota en pocos meses. El proyecto de Scheer, dirigido a la producción de entre 25 y 35 unidades mensuales, se reveló irrealizable. Los U-Boote además habían perdido el factor sorpresa y los oficiales la fe en los mismos como arma decisiva. En 1918, la cifra de hundimientos cayó a sus niveles más bajos desde el comienzo de la guerra. Las tripulaciones estaban cansadas y desmoralizadas pues, de cazadores habían pasado a presas. Finalmente, el 9 de noviembre, las naves que aún estaban activas recibieron la orden de regresar a sus puertos de origen. La rendición de Alemania –formalizada de manera oficial dos días después en el Armisticio de Compiègne– era cuestión de horas.

Entre 1914 y 1918 salieron de los astilleros alemanes un total de 350 sumergibles. De ellos, un número próximo a 200 no verían el final de la Gran Guerra, llevándose consigo a las profundidades a 5.300 de los 13.000 hombres que, con uno u otro rango, sirvieron en su interior. Aunque su ofensiva final había sido infructuosa, el submarino se había presentado al mundo como un arma formidable y letal a partes iguales. La subordinación de la tecnología y el progreso al campo militar favoreció la industrialización de la masacre y la consecución de unos niveles de devastación y muerte inconcebibles hasta entonces. En este contexto, se definieron las bases de la guerra submarina cuya evolución alcanzaría un punto óptimo, en términos tácticos y armamentísticos, con la U-Bootswaffe impulsada por Karl Dönitz. El Großadmiral creía firmemente que los U-Boote recuperarían su hegemonía en los mares en el momento en que volvieran a asumir las dos grandes virtudes que les habían hecho temibles hasta 1917: invisibilidad y omnipresencia. 

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  • SONDHAUS, L. (2014). The Great War at Sea: A Naval History of the First World War. Cambridge: Cambridge University Press.
  • VON HASE, G. (2015). Kiel and Jutland: the Famous Naval Battle of the First World War from the German Perspective. Londres: Forgotten Books.
  • WILLIAMSON, G. (1995). U-Boat Crews: 1914-1945. Oxford: Osprey Military.
  • WILLIAMSON, G. (2002). U-boats of the Kaiser’s Navy. Oxford: Osprey Publishing.
  • WISE, J. E. y BARON, S. (2004). Soldiers Lost at Sea. Annapolis (Maryland): Naval Institute Press.

 

[1] Abreviatura de Unterseeboot, nave submarina.

[2] WILLIAMSON, G. (2002). U-boats of the Kaiser’s Navy. Oxford: Osprey Publishing. p. 24. 

[3] Toneladas de Registro Bruto o Toneladas de Arqueo Bruto: unidad para determinar el tamaño de las embarcaciones a partir de su volumen a efecto de tasas portuarias, tributos aduaneros, derechos, etc. Según el Sistema Moorson, 1 tonelada de arqueo equivale a 2,83 m3.

[4] Bandera de guerra de la Royal Navy, también denominada pabellón blanco.

[5] FÜRBRINGER, W. (2000). Fips: Legendary U-Boat Commander, 1915-1918. Annapolis (Maryland): Naval Institute Press. p. 59.

[6] Tal y como lo recoge el diario ABC en su edición del jueves 2 de marzo de 1916, el Provence II iba armado con 5 cañones de 140 mm, 2 de 57 mm y 4 de 47 mm.

[7] Fuentes contemporáneas de la época, como el periódico estadounidense Antioch News, hablan de 4.000 tripulantes a bordo del Provence II, con un montante total de víctimas próximo a las 3.000. Para realizar el presente artículo y de cara a presentar un análisis serio de los hechos, sobre todo en lo referente a datos y estadísticas, hemos tomado como referente la obra: WISE, J. E. y BARON, S. (2004). Soldiers Lost at Sea. Annapolis (Maryland): Naval Institute Press.

[8] Este tipo de embarcaciones, con una cubierta curva y un blindaje lateral reforzado, tenían un peso específico en la Royal Navy, actuando como elementos de exploración y protección de las rutas comerciales.

[9] CAMPBELL, G. (2002). My Mystery Ships. Penzance: Periscope Publishing. p. 103.

[10] Plural de Seemann, marinero, el rango más bajo dentro de los suboficiales de la Marina Imperial alemana.

[11] VON HASE, G. (2015). Kiel and Jutland: the Famous Naval Battle of the First World War from the German Perspective. Londres: Forgotten Books. p. 121.

[12] Desde aquí recomendamos la lectura de VALZAINA, S. (2009). Jutlandia. 31 de mayo de 1916: la batalla naval más grande de la historia. Barcelona: Ariel.

[13] Como ejemplo, señalar que el 20% de la flota mercante española fue hundida por submarinos alemanes.

[14] Véase GARCÍA PALACIOS, A. (2013). La entrada de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial. Historia Rei Militaris, 6, 34-38.

[15] CLODE, E. J. (1917). Adress of The President of the United States. Delivered at a Joint Session of The Two Houses of Congress. April 2, 1917. Nueva York: Grosset & Dunlap Distributions. p. 14.

[16] Estadísticamente, solo se perdía el 2% de los barcos que viajaban en convoy, frente al 10% de mercantes que eran hundidos cuando navegaban solos.

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Lectura recomendada:

Historia de la Guerra nº 1