El ambiente en la cantina es poco menos que opresivo, casi tanto como el de esta España del Rey Deseado Fernando VII, año 1829. Aquí están mis huesos de viejo marino, arruinados, reumáticos y esperando la llegada de la Güestía hasta este pequeño barrio de Sevilla donde los azares de la vida han dejado varado a este asturiano de Luanco. Nací en el año 1759, el 10 de Agosto y mis padres tuvieron a bien llamarme Manuel. El mismo día, dicho para mi eterna satisfacción, subía al trono el buen Rey Carlos III. Añoro sus 29 de reinado, en los que me hice hombre a bordo de sus barcos… hasta llegué a servir, aunque tan solo por seis meses en el Escorial de los mares El Santísima Trinidad. Ahora todo lo que nuestro buen monarca consiguió rehacer yace en el olvido, y todavía puedo ver algunos de sus viejos navíos pudriendo sus cuadernas en los puertos, sin nada que hacer salvo morirse de asco. Al menos el Santísima Trinidad tuvo el glorioso final que se merecía tan digno buque, acribillado de balas, con las cuadernas cuajadas con la sangre de los 205 muertos y 108 heridos que las balas del enemigo dejaron, en mitad de las olas de una tormenta. Como tal vez debería de haber muerto yo aquel día… pero esa es otra historia.


NOTA PREVIA: Las palabras en cursiva son de origen asturiano, por lo que al final vendrá un enlace a una explicación sobre la misma, o bien su traducción al español.
Tanto los personajes como las frases en negrilla son históricas. Al final viene referencia de donde he tomado la literalidad de dichas frases
Solicito la venía del tribunal, ya que puede que parte del texto sea casi trasgresión de parte de los artículos del funcionamiento del foro. Sin embargo hago notar que no son más que licencias parar dar fuerza a los pensamientos del viejo marino.




En la mesa del al lado tres hombres alardean de sus hazañas marineras en la Armada Real, esa armada sin barcos u honor que nos ha dejado la alianza con el Francés, Trafalgar, la posterior Guerra de Independencia y la pérdida de la mayoría de América, donde empezamos a ser poco menos que un recuerdo tapado por la pujanza del nacionalismo de nuevo cuño y los comerciantes anglosajones y demás parientes. Hijos de España que han escogido seguir su propio camino al margen de la patria que les conformó. Que les vaya bonito, al menos no tienen que vivir bajo las “amantísimas manos” de nuestro Monarca D. Fernando VII, porque seguro que no tardarán encontrar sus propios demonios deseados, como todo buen hijo de España, y es que la sangre tira demasiado.

Son sin duda hombres de mar, piel curtida por la brisa, el sol, el salitre y el sudor. Pero ahí se acaba todo parecido con los hombres de mi juventud, cuando aún creíamos ser alguien en el mundo y tanto el inglés como el francés nos miraban sino con miedo si con respeto, y cuando pretendían hacernos la Pascua, lo cual debe ser algo así como su deporte nacional, se las medían bien. A ser sinceros nosotros cuando podíamos también se las hacíamos pagar, como cuando casi echamos a los británicos del Caribe Español… Casi… casi… como todo en nuestra historia. Nosotros poseíamos el orgullo cierto y no el fanfarrón de estos muchachos. Nosotros nos batíamos de tú a tú con el inglés, el francés, el moro, con corsarios o piratas, a bordo de navíos de verdad, envidia de nuestros enemigos. Ganáramos o perdiéramos, hoy solo recuerdan las derrotas pero victorias también las hubo, seguíamos siendo los hijos de una gran nación dueña aún de medio mundo.

No sé si es el alcohol que me entumece, o la indignación de aguantar a esos babayos uniformados, lo que me lleva a gritar: YO SOLO. YO SOLO. YO SOLO. Pedro, el cantinero, natural de Jaén, y antiguo compañero de armas, me mira fijo: “No jodas hombre, la fiesta en paz”, me dice sin hablar, pero con su mano bajo el mostrador de toneles aferrando el viejo trabuco o tal vez tan solo el garrote. Buen camarada al que conocí cuando lo de San Vicente, cuando nuestros navíos ya estaban plagados de inexpertos hombres, para los cuales la mar era una perfecta desconocida y se pasaban más tiempo vomitando que aprendiendo el oficio. Allí, en el Príncipe de Asturias de Don Antonio Escaño, nos batimos con el inglés codo a codo. Era aquel un navío de verdad, y con buena marinería para ocupar sus puestos, a mayor gloria de los desvelos de su comandante. Entramos en batalla casi desde el principio, y nos tocó toda la jornada recibiendo y repartiendo (que se creen) plomo para llenar una catedral. A decir de los entendidos tuvimos mucho que ver en que el desastre no fuera mayor, pero, para ser sinceros, metidos en faena las cosas son muy sencillas: cargar cañón y disparar. Como decía, en la segunda batería, cañón número doce nos conocimos y se forjó nuestra camaradería… no vean ustedes como unen las horas de pólvora, rabia, astillas… no vean ustedes. Como Don Antonio dijo sobre la actuación de nuestro navío de 112 cañones.
Sic: “Es conocido, sin que hablemos de ello, el estado interior del navío Príncipe de Asturias, y la disciplina que se observaba en él; y esto no pudo haber evitado la suerte de los sacrificados. Si no hubiera tenido el uso de todos sus fuegos antes de cinco minutos, diez tiros por cañón sobre cubierta y el servicio de cartuchería corriente, hubiera sido atacado de otra forma; y debe observarse que los navíos Paula y San Fermín no podrían auxiliarlo por estar muy sotaventeados. Puedo decir sin orgullo, reflexionando sobre todos los hechos referidos, se deducirá sin violencia, que en el estado de sorpresa y desorden en que estuvo el cuerpo fuerte de la escuadra, hubiera sido destruido si el navío Príncipe no hubiese batido a la mitad de la escuadra enemiga, haciéndole retardar a los que batían a la nuestra”. Con un verdadero par de cojones, mucho oficio, y la Virgen del Carmen mirándonos con cariño.

Pero, viejo marino, te pierdes en historias que nada tienen que ver con lo que hablamos, aunque en realidad no sea así, ya que estas historias son las que me distinguen de ellos.

“¿Decía vuesa merced?”, se dirige hacia mi con sorna el más joven de los tres marinos reales, casi imberbe y fijo que virgen de mujer de buen ver que no sea meretriz.
“Digo, mi buen muchacho, que Yo Solo”, esto despacito y con buena dicción, para que no le quepa duda que lo de muchacho es un eufemismo de niño mal criado hijo de burgués acomodado sin idea de donde está la proa y la popa o como cogérsela para miccionar, o sea se mear, cuando la mar se pone graciosa y las olas pasan de tres metros.
La cosa parece que va a ir a peor, pero una voz conocida viene a poner paz. “Sea día de paz, señores… para todos”, su sonido grave, y profundo como las aguas en las que empezó su carrera el buen Teniente Urdiales, de la marinera villa de Castro Urdiales amansa a todos. Sin más se sienta a mi lado y repite: “Yo solo… Yo solo”. Me mira, alza la mano sabedor de que no hace falta más para que el vino de Málaga termine en su vaso, y me mira invitándome a hablar.
Las palabras surgen mientras mi vaso, largo tiempo vacío, se llena a su vez de vino y Pedro suspira de satisfacción mal disimulada al saber que mis cuentas serán saldadas por Don Urdiales, con cuyo padre combatí codo a codo… con él y el resto de olvidados camaradas.

Era 1781, hacía junio o así. El buen Rey Carlos III reinaba (aquí remarco las palabras demasiado, y la mano de Urdiales se aferra cariñosa y apaciguadora a mi hombro. “No jodas, hombre, no jodas”). Retomo el hilo:
Los norteamericanos estaban decididos a ser independientes y cansados de los uniformes de Casaca Roja del Rey Jorge se levantaron en armas. Así que nuestro monarca decidió que era buena ocasión para darles las del pulpo a los ingleses, y a fe que sí que les hicimos la pascua a base de bien. Pues bien, allí, en La Florida, estábamos cumpliendo las órdenes de Rey, a la bocana del puerto de Pensacola, bien defendido por una isla fortificada y un fuerte, sumando demasiados cañones para repartir entre los allí presentes.
La cosa no pintaba bien, nada bien, para nuestro comandante Don Bernardo de Gálvez. Don Bernardo, pocos hombres hay, ha habido o habrá como él… y quién afirme lo contrario miente cual pirata berberisco. Francia y España, unidos por los pactos de familia, habían entrado en juego desde las hostilidades entre colones y casacas rojas se generalizaron. Entramos en danza por aquello de devolverle la pelota histórica a los britis, y De Gálvez, en un correcto análisis de la situación, ve la clave de la lucha en la zona sur en el control de la parte baja del gran río Missisipi. Decide avanzar hacia Baton Rouge, lo cual es difícil pues no cuenta con soldados para tal empresa. De esta guisa hace lo que a todos los españoles nos va mejor. Improvisa. Con cuatrocientos españoles, otros tantos criollos, negros, indios y mulatos varios, sorprende a las también escasas fuerzas británicas tomando todas las posiciones en las riberas del río caen, abriendo una vía de abastecimiento para los rebeldes y forzando a los británicos a reforzar el frente sur.
Pero no es Bernardo de los que se quedan sentados en los laureles, así que se lanza hacia Mobile, formando una escuadra para tomarla. Es aquí donde tuvo el honor de conocerlo, al ser reclutado para ser marinero en su buque Galveztown, antiguo bergantín británico capturado por los rebeldes y regalado en muestra de afecto a nuestro comandante. Siendo las naves dispersadas por una tormenta a punto estamos de no poder lograr nuestro objetivo, pero demostrando de nuevo unas sobresalientes dotes de mando nos reorganiza con rapidez y toma Mobile ante las mismísimas narices de los refuerzos de los ingleses que nada pueden hacer, salvo observar impotentes la caída de Mobile. Tenía Don Bernardo de Gálvez 33 años. Después de eso solo quedaba con hacerse con Pensacola para que La Florida vuelva a ser de la Corona Española.


En esa estábamos. El asedio terrestre se estaba formando, pero mientras no forzáramos la entrada al puerto podrían resistir de manera casi indefinida. Lo primero fue hacerse con la isla de la entrda. En ello la flota quedó, lo que mermó mucho el ímpetu combativo de los miembros de la Armada Real de La Habana. Así que Don Calvo de Irizábal, mal hado le haya dado el nuestro Señor, envidioso de lo conseguido don Don Bernardo y su familia, expresa su decisión de que la Armada no forzará el paso hacia el puerto por respeto, más bien temor diría yo, a los cañones británicos. Cuando las noticias le llegan a Don Bernardo, en ese momento en labores de asedio con las fuerzas de tierra, vuelve con rapidez a su buque el Galveztown, donde yo servía con orgullo. Subió, los ojos chispeantes de ira e indignación y llama a un joven oficial de nombre Gélabert y a un alférez, gallardo y apuesto, de nombre Manuel Urdiales (siento la sonrisa de mi acompañante). Habla con ellos de manera rápida y acerada y les entrega un misterioso paquete. Gélabert y Manuel, serios como siempre, parten a llevar las palabras y el regalo de Don Bernardo al almirante. Al poco vuelven y Don Bernardo ladra órdenes como nunca, y señala con el dedo la bocana del puerto y a los cañones del fuerte. Quien tenga honor que me siga, el que no que se vaya, porque he de entrar en ese puerto aunque sea yo solo”. Redoblan los tambores e izamos la bandera del Almirante, y con un par nos fuimos hacia el puerto. Cañonazos nos llovieron por doquier, pero ya sea por gracia de la Virgen del Carmen, o de Don Bernardo, y les juro que Hijo de Dios parecía aquel día, o tal vez el propio diablo en pleno enfado, cruzamos sin demasiado desperfecto. Y poco a poco toda la flota nos siguió. Bueno casi, porque la capitana de Don Calvo de Irizábal recogió velas y se fue sin despedirse camino de La Habana.
Más tarde pude hablar con vuestro padre, digo mientras mis ojos se llenan de lágrimas por los recuerdos del pasado, la juventud perdida, o tal vez por el desaliento de ver España como la veo ahora, como me veo a mi mismo: arruinado y perdido. Me miró y con su voz, grave como la vuestra, me contó en primera persona lo sucedido.
Verás asturiano, creí que el pato lo pagaba yo. Y no es para menos. Nuestro Don Bernardo de Gálvez nos da un paquete y una nota para leérsela al almirante tras abrirlo. Don Calvo la abre y ¿qué se encuentra?: una bala de cañón británica. Así que, mientras yo sujeto el regalo, Gélabert a lo suyo, abre la misiva y con voz alta, para que le oigan todos cuantos estén a tiro, por así decir, la lee:
“Una bala de a treinta y dos recogida en el campamento, que conduzco y presento, es de las que reparte el Fuerte de la entrada. El que tenga honor y valor que me siga. Yo voy por delante con el Galveztown para quitarle el miedo”.
Te juro asturiano que el silencio en el navío se podía cortar. El Almirante se puso blanco primero, y después rojo de ira, así que decidimos poner tierra por medio, vamos olas entre nosotros y él, que los Almirantes enfadados tienen muy mala leche. Y fíjate tú que de todo esta hazaña lo que no se me olvidará nunca será esa cara. En la Habana estará tragando quina por un tubo, o tal vez por dos. O a lo mejor beneficiándose una mulata de esas que quitan el hipo, que ser Almirante, noble y rico sin duda tiene sus ventajas.
Después de aquello el buen rey Don Carlos III le concedió el derecho a llevar en su escudo la leyenda de “Yo Solo”. Después, a la muerte de su padre lo nombraron Virrey de Nueva España, pero poco pudo hacer pues murió al año siguiente… que si no otro gallo nos cantara en aquellos hermosos y salvajes lares. Y tuvo suerte, porque no le tocó ver los tiempos que vinieron después, de los que nos vienen estos mimbres que sufrimos hoy.

Vuelvo al presente y miro a la mesa de al lado y a los tres marinos reales, interesados a su pesar en la historia. Eso, señores, les digo, es lo que fuimos. Eso es de lo que ustedes son herederos, eso y mucho más. Urdiales les mira con fijeza, y su orden no hablada es clara. “Hora de que se vayan caballeros”. En la cantina tan solo quedamos Pedro, Don Urdiales y yo. Apuramos en silencio un último vaso de vino y después nos despedimos sin más, que demasiado se ha hablado ya. Cada uno vuelve a su casa, a su vida, a manejar sus propios demonios.
YO SOLO camino hasta el puerto de la ciudad, a donde antaño llegaban los galeones cargados oro.
YO SOLO me encuentro mirando las frías aguas del Guadalquivir, camino de su encuentro con la mar.
YO SOLO vuelvo a sentir el viento con olor a salitre en mi cara.
YO SOLO puedo oler de nuevo el acre olor de la pólvora.
YO SOLO soy de nuevo capaz de oír el tronar de los cañones y los gritos de ánimo de los compañeros.
YO SOLO vuelvo a verlos a todos, y les juró, aunque no me crean, que las aguas del Guadalquivir no son tan frías, ni es tan malo terminar aquí, donde con suerte la corriente me devolverá a la mar de donde nunca debería haber vuelto este viejo marino.

Pero no se asusten, que los viejos marinos también tenemos nuestro particular ángel de la guarda. “Venga abuelo Manuel, que madre está preocupada por usted”. Mi nieto, mi orgullo, mi esperanza me salva una vez más. Un nuevo compañero de armas que me salva, de los amorosos brazos de la muerte, o me ata, según se mire, al desolador regazo de esta mísera vida. Su mano, pequeña y suave, como seguro fueron las mías algún día haya en la villa de Luanco. Sus ojos claros y limpios, donde reconozco cierta herencia de mi sangre. Sonrío despacio, acaricio su pelo y, el vino no perdona, me apoyo en sus frágiles hombros mientras me dejo guiar hacia la casa donde duermo, lejos del hogar de mis sueños, mi única patria: La mar.

“Yo solo” esta es la leyenda que el buen Rey Carlos III permitió que pusiera en su escudo de armas Don Bernardo de Gálvez. Yo Solo… pero también otros estábamos allí y en muchos más sitios olvidados por esta España mísera y miserable del Rey don Fernando VII. Estábamos, estamos y estaremos, gobierne quien gobierne, pese a quien pese, hasta que las frías aguas, en cumplimiento de la divina promesa, devuelva a los muertos y ya sin cañones ni frío acero podamos juntos izar las velas en post de la eternidad en las infinitas aguas del océano.


ENLACE A LA EXPLICACIÓN DE ALGUNAS PALABRAS DE ORIGEN ASTURIANO

Babayu:
http://mas.lne.es/diccionario/index.php ... scarter=on

Güestia:
http://www.galeon.com/monograficosnicks ... 56168.html

CITAS:

La primera de las citas, acerca de la actuación del príncipe de Asturias en San Vicente ha sido sacada de
http://www.todoababor.es/articulos/sanv ... atalla.htm
siendo a su vez una cita literal del informe de don Manuel Escaño sobre la actuación de su navío en la batalla.

La segunda cita, las palabras de Don Bernardo de Gálvez a Don Calvo de Irizábal, han sido sacadas del libro de ESPARZA J.J:, España Épica, edit Áltera, noviembre de 2008, pag. 235.

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