Prólogo

El relato que comienza a continuación narra hechos ficticios, los personajes empleados son ficticios, así como los nombres de los barcos. Sólo las localizaciones se corresponden a localizaciones reales. Es una ficción sobre una captura de un buque inglés por parte de un guardacostas español.



El viento era del Oeste, gallego decían en Santander, y barría toda la costa, llenando el ambiente de humedad y frío. Estaba apoyado en el coronamiento de popa, contemplando la silueta de los acantilados de Cabo Mayor, corría el año de gracia de 1761, y el Alférez de Navío Felipe Rojas veía amanecer un nuevo día. Por la aleta divisaba las montañas de la cordillera y por la proa se entreveía el cabo de Ajo. Otro nuevo día al servicio de Su Majestad Católica. Después de seis meses estaba aburrido de prestar servicio como guardacostas en una pequeña goleta, con pocas oportunidades de progresar y en su caso de ascender.



Porque no podía engañarse, Santander era un puesto olvidado, y sólo la actividad en el astillero de Guarnizo, le sacaba de su ensimismamiento cuando veía los progresos en la construcción de fragatas y navíos, pero nada que comparar con su añorado Cádiz.

Estaba absorto en estos pensamientos cuando Sindo el grumete, que hacia las veces de paje, le llevó el primer chocolate del día, rebajado con leche, a la francesa, y un chorrito de ron, era uno de los pocos placeres que se podía permitir en este nuevo destino.

En el centro de la toldilla se encontraba el piloto de la goleta. Sánchez, era un veterano marino, que aprendió el oficio estudiando en la Escuela de mareantes de San Telmo en Sevilla y yendo y viniendo de Cádiz a La Habana. Cuando una bala inglesa machacó la rodilla, decidió volver a su tierra. Le estaba indicando al timonel el nuevo rumbo que les llevaría a unas dos millas al norte de cabo de Ajo. El viento gallego anunciaba aguas, en las últimas horas había rolado desde el sur, enfriando el ambiente.

Rojas había recibido la orden de vigilar la costa desde Castro Urdiales hasta Llanes, impidiendo la entrada de mercancías que no pasasen por la Aduana Real.

La tripulación no era mala y todos estaban inscritos en la Matricula de Mar, pero la paga escasa siempre llegaba tarde y la ordenanza no permitía apropiarse de lo confiscado. Tampoco era un barco para realizar el corso, y sus cuatro cañones y dos culebrinas, solo servían para asustar a pesqueros y mercantes sin artillar.

La Trasmiera era una goleta, construida en el Astillero de Guarnizo hacía ya mas de 10 años, cuando los comerciantes de Santander pensando en la liberación del comercio con América quisieron tener un barco rápido que uniese Santander con Cádiz en menos tiempo. El comercio siguió sin ser liberado y la goleta fue entregada por los comerciantes a la Armada, para que protegiese la ciudad y sus costas aledañas.

La goleta era de dos palos, y una tripulación de 50 marineros, distribuidos en cuatro brigadas que la mantenían permanentemente a son de mar, salvo en los meses mas duros del invierno, época en que aprovechaban para realizar las reparaciones y la invernada en los Astilleros que había en la ciudad.

Rojas no era un gran marino, era más intuitivo que técnico y sus principales hazañas en el colegio de guardiamarinas se dieron en las ventas de la Isla del León, en donde las muchachas gaditanas apreciaban su destreza con la guitarra. No obtuvo muy buenas notas y eso le valió ser destinado a la Escuadra de Ferrol, en donde se topó con el Almirante Ramírez.

A duras penas consiguió su ascenso a Alferéz de Navío, y unas palabras inoportunas del Almirante sobre su familia le hicieron perder los estribos. El consejo de guerra estaba preparado para su expulsión pero la intercesión de la familia, montañesa de vieja raigambre y servicios a la Corona, impidieron su salida de la Armada.

Su familia descendía de La Montaña y vivía en el valle de Cayón. Era una familia conocida, al servicio permanente de los intereses de la Corona y su padre fue destinado al Astillero de Guarnizo, en donde Felipe descubrió por primera vez los barcos y la mar.

- Una vela, .... por la amura de babor,... - gritó el vigía.

Todos giraron su cabeza hacía esa banda, y descubrieron una pequeña mancha blanca en el horizonte. De un salto se encaramó a la regala con su catalejo, pero la penumbra que todavía reinaba no le permitía descubrir ninguna característica del barco avistado.

- Preparados para virar... -, voceo al contramaestre.

Las dos brigadas de guardia se aprestaron a realizar la maniobra. El piloto le miró expectante esperando las nuevas ordenes,…

- Señor Sánchez, atentos a la maniobra... ¡ Viramos !–

Las dos brigadas ya estaban preparadas e iniciaron la maniobra sin acabar la frase. La goleta comenzó a virar, separando la proa de la línea de la costa.

- Señor -, dijo el piloto. - Parece que se dirige a la bahía-

Por más que aguzaba la vista no distinguía el pabellón que enarbolaba el barco, pero era claro que se dirigía al puerto. Su silueta era baja. El piloto estaba a su lado mirando con su catalejo.

- Parece que tiene una vía de agua–, dijo, - ... o más de una...-

Rojas miraba la línea de flotación, era un mercante de tres palos, sin portas en los costados, un mercante sin artillar.

- Señor Sánchez -, llamó al piloto. -¿ Qué le parece ?-. El piloto siguió mirando por su catalejo.

- Tiene las formas de una fragata, y su jarcia esta destrozada y aferrada a la inglesa...-, respondió.

- ¡Qué extraño! -, pensó...
La jarcia y la mayor parte del velámen estaban destrozados, salvo un juanete y un foque, además de la vela cangreja de mesana, que estaba agujereada.

- Sr. Sánchez, avise mediante señales al vigía de cabo Mayor, indíquele que un buque sin identificar se acerca la bocana de la bahía...-

El piloto se encaminó hacia la mesa de banderas para mandar la señal. Cuando empezó a subir la driza con las banderas pertinentes, se volvió a Rojas y le dijo: - Espero que den aviso a las baterías de la Cerda y de San Martín -.

Rojas intentaba adivinar las intenciones del mercante.

- Timonel, caiga una cuarta a estribor... y mantenga el rumbo-. Se bebió de golpe el chocolate que se había quedado ya frío... - Sr. Sánchez, zafarrancho de combate -.

Los marineros le miraron incrédulos, era la primera vez para muchos que escuchaban aquella frase, tan cargada de significado. En cualquier otro buque de mayor porte, esta orden hubiese supuesto todo un cambio en la fisonomía del mismo; en la Trasmiera, apenas supuso aferrar mejor el aparejo, arranchar la cubierta y preparar las piezas de artillería.

El piloto se acercó a Rojas:

- Señor arriamos el bote –, preguntó el piloto acercándose a Rojas.

- No, aún no - contestó Rojas.

De repente el barco desconocido orzó dirigiendo su proa hacia las playas del Sardinero, pero seguía sin distinguirse a nadie en la cubierta del barco. El piloto miró el catavientos y, meneando la cabeza, comentó:

-Si solo tiene ese trapo, va a perder la arrancada, y va a tener la isla de Santa Marina a sotavento - .

Nadie en la toldilla se explicaba la maniobra, parecía como si la mano que hacía un instante aferraba el timón se hubiese desvanecido y el barco quedase a merced del viento, sin gobierno. En ese momento la vela cangreja se rasgó completamente, perdiendo el barco el poco empuje que le quedaba.

Pasaban los minutos. El viento empezó a rolar, llegaban rachas de viento del norte. Si seguía así, el barco no se estrellaría contra las rocas, pero embarrancaría contra la lengua de arena que protegía la entrada de la bahía y era conocida como el Puntal. Allí todos los inviernos algún barco embarrancaba. Los temporales les empujaban sin remedio hacía esa lengua de arena.

Había amanecido un poco más. Rojas cogió su catalejo y se encaramó a la tapa de regala para subir por los obenques al tope de la mayor. El ejercicio matutino sin desayunar le dejó sin aliento, y la subida se le hizo muy costosa. Al llegar arriba sin aliento, el vigía le hizo un hueco para acomodarse los dos.

- Señor, lleva bandera inglesa - , le dijo el vigía. Rojas dirigió la vista a la popa y efectivamente allí estaba la “Union Jack”, al viento. En la popa no se distinguía a nadie y en la cubierta tampoco.

El vigía le avisó de que el puesto de vigilancia de Cabo Mayor, se daba por enterado del aviso.

- Copón bendito, si lo que no quiero es que te enteres tú, sino que avises a las baterías -, pensó notando cómo su cabreo crecía por momentos.

- A buenas horas mangas verdes-, dijo en voz alta, sin darse cuenta de que el marinero que estaba de vigía esbozaba un sonrisa. A todos los miembros de la Armada les unía el mismo sentimiento, los de tierra eran unos carajotes, como decían en San Fernando...

Sin dejar de mirar por el catalejo se puso de pie en el tope y desde allí apreció una única figura humana, o al menos se lo parecía, apoyada en la baranda de la toldilla. Estaba inánime, y a los pies de la rueda del timón distinguió otra... ahora se explica ese cambio de rumbo, tan sorprendente...
Los costados del buque mostraban los restos de un combate despiadado. Ese barco había tenido un encuentro desagradable muy reciente, y por las trazas no debía de quedar ningún superviviente.

Tomó una rápida decisión. Aquello era una presa y si no quedaban supervivientes, el buque pasaría a formar parte de la Armada, y si quedaba alguien vivo sería un salvamento y los propietarios recompensarían al responsable de dicho rescate. El dinero no le preocupaba y lo que buscaba era más una acción para destacar y rehabilitarse ante la Corte, que el posible premio.

- Sr. Sánchez, el bote al agua...-. Se dirigió al bauprés de proa para terminar de estimar la deriva del buque inglés.

- Perfecto, se ha quedado sin arrancada -. Sin girar la cabeza se dirigió al cabo de la guardia de proa y le ordenó que preparase su trozo de presa, en el bote, con armas ligeras. Sindo corrió a su encuentro llevándole sus pistolas y el sable de abordaje, además de su tricornio y la chaqueta del uniforme.

Dirigiéndose hacia el costado de estribor, supervisó la maniobra del arriado del bote. La Trasmiera les remolcaría hasta la cercanía del buque. Así evitaría cansar al trozo de presa en la maniobra de aproximación al barco.

- Sr. Sánchez, queda usted al mando-, le dijo al piloto. - Una vez que nos deje de remolcar sitúese por su amura de estribor y espere nuestras señales. Tenga preparada una estacha fuerte atada a un cabo por si necesitamos remolque- .

Al ver la cara de duda de Sánchez, le sonrió. - Sí, ya sé que no podremos remolcarla, pero si no podemos gobernarla, al menos nos dará un tiempo precioso, hasta que las traineras del puerto nos echen una mano-.

El piloto mandó cargar los cañones, y en las dos culebrinas de proa puso a sus dos mejores artilleros, preparados para mandar una descarga de metralla a la popa del navío inglés.

Rojas descendió hasta el bote por el costado de la goleta. Allí, sentado en la popa, cogió la caña del timón y esperó hasta que comenzó a remolcarles. En la proa iba un marinero armado de un fusil de chispa, y el resto de las bancadas iban ocupadas cada una de ellas por tres marineros apretujados. En verdad era que el trozo de presa era muy escaso pero no había más, y era en esos momentos cuando Rojas echaba de menos en su dotación a unos cuantos infantes de marina.

El bote se separó de la goleta e iba dando sacudidas en el agua, esperando que se aproximase más a la pieza para soltarse. Sánchez, el piloto, era un muy buen navegante y comenzó a preparar una virada que debía llevar al bote sólo con la arrancada del impulso del remolque hasta el costado del buque.

Rojas estaba expectante. -¿Y si fuera un trampa?- pensó... Ahora ya era demasiado tarde, él estaba en un bote acercándose al costado del buque, ofreciendo un blanco perfecto para cualquier artillero.

Dió orden de soltar el cabo y metió la caña del timón a estribor, para enfilar la proa con el buque.

- ¡Bogar! - ordenó a la dotación. Maniobró el bote para acercarse por la aleta. Cuando estaba sólo a una distancia de un cable, pudo distinguir encima del ventanal de popa el nombre del barco BRONWYN, en letras doradas. No quedaba ni un cristal sin romper en el ventanal, y se veía parte del interior al no quedar en pie ningún mamparo.

A medida que se acercaba, notaba como el estómago se le encogía y el pulso se le aceleraba. El proel empuñó el bichero para aferrar el bote al costado, mientras que otro marinero empuñaba un arpeo con un cabo, que lanzó y fijó en la borda del buque. Asiendo el cabo, Rojas comenzó a trepar por el costado. Cuando se agarró con la mano izquierda a la borda, asomó la cabeza poco a poco por encima de la tapa de regala.

El paisaje era desolador, los cuerpos se amontonaban en la cubierta. Junto con trozos de vergas y arboladura, había restos de toneles y fardos destrozados, así como grandes trozos de vela caídos. Sería un milagro encontrar a alguien con vida en ese marasmo de maderas, hierros y lonas.

De un salto, se encaramó y saltó a la cubierta con el sable desenvainado. El silencio atroz le hizo amartillar su pistola. En ese momento un marinero saltó a su lado en la cubierta y se hizo a un lado para permitir que accediesen los demás. Cuando toda la dotación de presa estuvo a bordo, mandó al cabo Esparrel que echara un vistazo por el castillo de proa, pidiéndole silencio con los dedos en los labios.

Esparrel avanzó con su hacha de abordaje preparada, pisando en los pocos huecos libres que quedaban de cubierta y golpeando los cuerpos inánimes para comprobar que estaban muertos. Le costaba avanzar sin pisar ningún cuerpo. Rojas se agachó y toco la frente del cuerpo que tenía más cercano. Estaba fría y el cuerpo aparentemente muerto. No era la primera vez que tocaba un muerto, pero sí era la primera vez que veía tantos.

El cabo había llegado al castillo de proa y se dirigía hacía el bauprés, siendo cada vez mas difícil avanzar. Allí debían haber formado un grupo de resistencia y los cuerpos se amontonaban. Después de rebuscar entre los cuerpos le indicó que allí no había nada.

Rojas se dirigió hacia la toldilla, y mandó a dos hombres a la caña del timón. Él se encaminó a la escotilla y se asomó con precaución. No se veía nada por el contraste de luz, aquello estaba muy oscuro y mandó buscar un farol. Cuando prendieron la mecha, vieron que al pie de la escalerilla había más cuerpos amontonados.

Antes de comenzar a bajar, le indicó al cabo Esparrel que aferrase algo de trapo, y que avisase a Sánchez de que todo estaba bien.

Se asomó de nuevo por la escalerilla, y dió una voz: - ¡ Ah del barco !- .

Su voz resonó potente por toda la cubierta inferior a la que le habían quitado todos los mamparos, pero no obtuvo ninguna respuesta. Empezó a descender por la escala, empuñando la pistola. Sólo se escuchaba el crujir de los peldaños de madera al descender. En esos momentos le asaltaban las dudas sobre la conveniencia se seguir adelante, pero notaba cómo sus marineros le observaban y era la ocasión de ganarse un nombre.

Cuando llegó hasta la entrada de la cabina, empujó la hoja de la puerta con la pistola y notó que cedía enseguida. Era curioso, el resto de la cubierta inferior no tenia mamparos y era un espacio corrido. Pero la cabina los conservaba y la puerta estaba entornada. Al penetrar en la estancia, vió que había un cuerpo tirado sobre la mesa. Entró en silencio, revisando todas las esquinas, no deseaba recibir una sorpresa. La cabina era sobria para ser un mercante, y tan sólo tenía una alacena, una mesa, tres sillas y cuatro pequeños arcones apoyados contra la pared debajo del ventanal de popa. El suelo estaba lleno de astillas y de cristales de los ventanales. Se acercó poco a poco a la mesa. En ella había varias cartas marinas, la primera era una carta del golfo de Vizcaya, y su ultima anotación de rumbos correspondía a dos días atrás.

Cogió la cabeza del muerto por los pelos y la levantó. Debajo de su cuerpo apareció una mancha de sangre. Pero no sólo había sangre. Tapada por el cuerpo descubrió una carta, un escrito que en su encabezamiento iba dirigido al Embaixador do Reyno do Portugal en Madrid. En ese momento un ruido le sobresaltó, un marinero de la presa entro en la cabina y le indicó que no había ningún superviviente. Volvió a salir a cubierta, para ver la situación del barco respecto a la costa.

La dotación de presa había izado un foque y lo que parecía un juanete, el cabo a la caña del timón, maniobraba para separarse de la costa. El buque apenas respondía, pero poco a poco empezó a separarse de la lengua de arena.

Por la punta de San Martín se veían salir dos grandes trainas que acudían al encuentro del buque. El alcalde mayor de la ciudad también quería su porción, pero no de gloría, sino de botín.

Subió de nuevo a la toldilla para hablar con la Trasmiera y pedirle que transmitiera mediante señales que entraban en puerto con una presa. Sánchez asintió y le dijo: - La presa entrará primero-. Ellos le guardaban la espalda.

Volvió para hablar con el cabo Esparrel. - ¿Podemos largar algo más?-, inquirió mirando hacía la arboladura. - No señor, no tenemos nada, ni una camisa servible. Además, no creo que aguanten ni el trinquete ni el mayor si largamos algo más-.

Rojas evaluaba la situación. Intentaba pensar, pero no podía centrar la atención. Había algo anómalo en ese barco y no sabía el qué. Era un mercante, pero su tripulación había luchado como un buque de guerra hasta el final.

Le dijo al cabo que volvía a la cabina, tenía una sensación extraña desde que subió al barco. Al bajar la escala, repasó con la vista la cubierta inferior. Algo desentonaba y no era capaz de encontrar el qué. En aquel barco se había luchado sin cuartel y aparentemente, no había supervivientes. No era infrecuente que la tripulación de un mercante pelease, pero era muy raro que no se rindiesen ante cualquier amenaza superior.

Entró en la cabina y se fijó de nuevo en el muerto de la mesa y en sus papeles. El barco era inglés pero los documentos que tapaba con su cuerpo estaban escritos en portugués. ¿ Y qué hacía en el barco una carta dirigida al embajador ?. Al ir a girarse, se tropezó con algo que había en el suelo de la cabina. Era una saca de paño, atada a una pequeña bala de cañón. Dentro había más papeles y dos libros de códigos de señales. No estaban en guerra con Inglaterra, pero seguro que alguna utilidad tendrían. Cortó el cabo de la bolsa con el sable y empezó a guardar los papeles de la mesa en la saca.

Empezó a rebuscar en los baúles debajo del ventanal de popa, y encontró una bolsa de cuero con dinero que pesaba unas dos libras, unos libros en inglés y dos casacas de franela azul. En otro baúl, al abrirlo, se encontró un uniforme de Capitán de navío de la Armada Británica. Estaba perfectamente doblado y encima del mismo estaba apoyado un tricornio con el galón dorado y un sable de oficial.

Aquel descubrimiento no hacía mas que acrecentar sus sospechas. Aquel barco era un mercante en apariencia, pero su dotación era de marinos de guerra. Azuzado por el interés, siguió revisando el resto de la estancia. En la alacena encontró mas documentos, además de un libro de efectos comerciales y dentro del libro, unos recibos que parecían letras de cambio de un banco inglés.

Examinó la relación de mercancías con las que había iniciado el viaje desde Londres y el resto de intercambios efectuados. No se podía negar que el flete del barco era el más apropiado para intercambiar en las colonias, pues salieron de Londres llevando herramientas, clavos, velas de sebo, telas como franela, pana, lana, lonas. Todo eran mercancías de primera necesidad en cualquiera de los puertos de las colonias. Se notaba la preeminencia comercial de los ingleses. En la bodega según el libro debía de haber ron, cacao, tabaco, maderas, melazas, y vino de madeira.

Si nadie reclamaba el barco, la Armada Española se llevaría un buen pellizco y los comerciantes de Santander también. Pensó con ironía que en la relación final de mercancías obtenidas que se informasen a Madrid, faltarían al menos dos quintas partes de lo realmente hallado. Estaba en estos pensamientos cuando le llamaron desde la cubierta. Cuando se dirigía a la puerta para salir, un pensamiento veloz cruzó su mente y volviendo sobre sus pasos de encaminó al primer baúl y cogió la bolsa del dinero. Al menos la tripulación de la Trasmiera tendría su participación en el reparto.

Volvió a subir a cubierta en el momento en que dejaban la batería de la Cerda por estribor. Las traineras del puerto iban remolcando a la goleta, ya que la península donde se asentaba la batería hacía de pantalla y el viento decaía, y no era cuestión de quedarse al pairo en la misma bocana del puerto.

Intentaba distinguir en el promontorio de San Martín al alcalde y a los comerciantes mas notables de Santander, que estarían haciendo sus primeros cálculos sobre los beneficios a obtener. Al paso por el promontorio, se quitó el sombrero y saludó al grupo que le observaba desde la costa. Vió cómo se dirigían hacía el muelle de la Ribera, entrando por la puerta de mar, a paso rápido.

Pero no podía despistarse en la maniobra. La Trasmiera, que les había adelantado, empezaba su maniobra de fondeo fuera de la escollera, y él tendría que atracar en el muelle pasando por entre el resto de barcos. Según atracase las autoridades subirían a bordo, a conocer de primera mano lo obtenido.

Reparó en que el barco estaba lleno de cadáveres y en esas condiciones no podía atracar en el muelle. Tampoco podía empezar a arrojar los cuerpos a la bahía. Se encaminó rápidamente a proa para examinar el ancla. Si el barco no tenía ninguna debería buscar algo que sirviese para fondear. En el costado de babor había un ancla subida en su pescante, pero deberían examinar la cadena y el cabo de fondeo. Llamó al marinero que tenía mas cercano:

- Venga conmigo-, y se dirigió al pozo de cadenas. A simple vista parecía que todo estaba en orden.

No había tiempo que perder. Con la manos hizo de bocina y les gritó a las traineras que dejasen de remolcar, que iban a fondear.
Se dirigió al cabo Esparrel que seguía al timón: - Vamos a fondear, mantenga enfilado el castillo de San Felipe-. Se dirigió de nuevo a proa y mandó al resto del trozo de presa que ayustasen todas las estachas que pudiesen. Cogió el chicote y empezó a trincar un cañón de 12 libras que estaba cerca de la proa. Si el ancla fallaba, tirarían por la borda ese cañón que haría de anclote de fortuna, al menos hasta que pudiesen fondear con algo más sólido.

- Preparados para fondear -, gritó.

Miró al cabo que estaba en la rueda, le hizo una señal con la cabeza y en cuanto el cabo asintió ordenó – soltar- .


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