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Contexto histórico.

Corría el año de 1503 cuando dos grandes potencias, la Francia de Luis XII y la España de los Reyes Católicos, se disputaban el reino de Nápoles, uno de tantos pequeños reinos y ducados de los que estaba formado el crisol italiano renacentista.

Todo había comenzado en 1494 cuando, tras una impecable marcha sobre Roma conocida como "La Guerra del Yeso", Carlos VIII de Francia y sus generales, entre ellos el afamado Everaldo Stuart, señor D'Aubigny (de procedencia
escocesa) hicieron valer a punta de lanza sus derechos sobre la corona napolitana que, en ese momento, ostentaba un débil Ferrante II.

Huído a España, Ferrante se comprometió a ceder, a la larga, derechos a Fernando el Católico (que ya poseía Sicilia y Cerdeña) sobre su reino, a cambio de recibir apoyo militar para reestablecerle en el trono Se envió a un contingente de soldados españoles al mando de un afamado capitán de la Guerra de Granada: Don Gonzalo Fernández de Córdoba.

Este noble hijo de la casa de los aguilar nacido en Montilla (Córdoba), que se había destacado en lides, torneos, trato cortesano y sobervia táctica, fué, a despecho de muchos generales veteranos, el encargado de "expulsar" a los franceses de Nápoles, cosa bastante dificil tanto en el plano práctico como en el teórico.

Y no es que este general tuviera malas tropas, sino que los españoles, salidos de ocho siglos de Reconquista, apenas habían medido sus fuerzas contra las grandes potencias extranjeras. Así, existía la creencia de que no se podía vencer a la caballería pesada francesa (los gendarmes revestidos con pesadas armaduras y montando caballos igualmente acorazados) que, junto a la artillería del rey galo (la más eficaz y más cohesionada de Europa) y los temidos piqueros suizos (que habían sido la pesadilla de la caballería pesada del duque de Borgoña durante el siglo anterior), conformaban el mejor ejército europeo de la época.

Sea como fuere, don Gonzalo hizo valer pronto su estrategia, que no era otra que una guerra de desgaste "tipo guerrilla" para cansar al enemigo y reducir su número a fin de que el choque campal fuera más parejo. Airado por tan innoble táctica, el medieval Ferrante desoyó los consejos del cordobés y se planteó una batalla al viejo estilo: Un campo de batalla fijado por los dos contendientes por medio de heraldos (fijado, más bien, por el astuto
D'Aubigny) que otorgaba ventaja al rival, un choque a pecho petral con ambas caballerías... El caso es que resultó una derrota, aunque no completa, sino más bien relativa. La cohesión de los españoles salvó la retirada, mientras eran hostigados por la caballería enemiga, que cada vez que cargaba se encontraba con un muro de picas que le disuadía.

Deshaciéndose de Ferrante como general, el de Montilla sacó pronto a relucir su genio militar. Reformó las capitanías castellanas convirtiéndolas en la coronelía, un sistema táctico flexible con una compleja plana mayor que se dividía en capitanías de 150 hombres. Aumentó, asimismo, la proporción de arcabuces y escopetas en detrimento de las ballestas, el arma preferida por el rey don Fernando, con lo que dotó a sus soldados de una flexibilidad y una potencia de fuego nunca vistas desde Roma.

Recorrió Italia poniendo en jaque a sus numerosos enemigos, sorprendiendo a todos con la calidad de sus tropas, los tan denostados y desconocidos españoles, que vencieron una y otra vez a los franceses, y aún le sobró tiempo para capturar el castillo de Ostia, donde se guarecía el pirata vizcaíno Menaldo Guerri, que hacía morirse de hambre a la misma Roma.

"Recordad que somos todos españoles, y que no la ha con franceses, y no castellanos, sino vizcaínos", fueron sus desafiantes palabras. A pesar de una numantina resistencia, Guerri fue vencido y apresado. Conducido a Roma lleno de cadenas, don Gonzalo, que tras la batalla de Atella era ya conocido como El Gran Capitán, le perdonó. Llenos los ojos con sus lágrimas, Guerri le dijo al cordobés: "Lo único que no lamento es haber sido vencido por vuestra excelencia, que merece vencer a todo el mundo".

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La campaña de 1500-1504

Roto el tratado de Granada (1500) que puso fin a la primera campaña napolitana del Gran Capitán, éste partió de nuevo con una armada desde la costa de Levante, con un primer cometido: Capturar la isla veneciana de Cefalonia, que estaba en poder turco. Las tropas que mandaba fueron italianas y españolas, y se enfrentó a una orta de 500 jenízaros (una especie de guardia pretoriana del Sultán) al mando del capitán albanés Gisdar. Cefalonia fue tomada, y así concluyó un enconado asalto calificado por el Gran Capitán como "la más brava batalla que jamás vió ni oyó".

De vuelta al solar italiano, Don Gonzalo sacó a relucir su genio diplomático para atraerse a los Colonna, importante familia italiana que le apoyó con sus tropas de caballería pesada. Se inició una guerra de guerrillas y asaltos o defensas a plazas fuertes frente a las tropas francesas. Tras múltiples hechos de armas heroicos (con algún que otro duelo medieval, como la famosa "disfida" de Barletta entre caballeros italianos y franceses), se cobró una justa revancha en la tercera batalla de Seminara, donde aniquiló en menos de media hora a 1.500 mercenarios suizos y a unos 100 gendarmes.

La guerra se alargaba. El rey de Francia cambió al comandante en jefe de sus tropas, relegando al viejo D'Aubigny a un segundo plano. El escogido para expulsar al Gran Capitán de una vez por todas fue el duque de Nemours, un joven y ardoroso caballero chapado a la "antigua" (desde el punto de vista de Don Gonzalo). Sin pensárselo dos veces, salió al encuentro del cordobés, que tenía su cuartel general en la plaza de Barletta, al mando de 7.600 españoles, alemanes mercenarios (los lansquenetes) e italianos, frente a sus 7.650 franco-suizos.

No le aguardó el de Montilla en Barletta, y salió a cortarle el paso al francés con toda rapidez. Encaminándose hacia Ceriñola, una lugarejo del sur de Italia, bajo un implacable sol estival. Perdió por el camino a unos 600 alemanes por lo forzado de la marcha, ya que se tumbaron bajo el sol, poco habituados a tales calores, y perecieron de insolación. Por suerte, un conocido soldado español llegó providencialmente con una carreta cargada con vino y bizcochos, que dieron fuerza a los soldados. Llegaron hasta Ceriñola unas horas antes que Nemours. Allí abrevaron caballos y soldados, hasta saciarse, y cavaron un foso con terraplen y empalizada, frente al pueblo, en unas viñas. 500 arcabuceros y escopeteros, alemanes y españoles (en su mayoría), ocuparon posiciones tras la empalizada.

Nemours llegó por la tarde, con la tropa cansada tras una larga marcha, profundamente contrariado por la velocidad de los españoles. Tras un breve descanso, consultó a sus capitanes, todos altivos y caballerscos nobles de resonantes títulos que conformaban su caballería pesada. Se decidió combatir según el esquema clásico de batalla: bombardeo artilleo y carga de caballería seguida por la infantería suiza. No podrían haber planteado nada peor.

Las fuerzas estaban dispuestas de la siguiente manera:

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Las luminarias de Ceriñola

Comenzó el combate con un intercambio artillero. Los proyectiles franceses se estrellaban contra el terraplen, mientras los españoles no acertaron, casi, en el blanco (tal era la pésima punteria de los cañones de la época).
Alguien prendió fuego accidentalmente al polvorín español, que reventó.
Desde su posición de retaguardia (como un general moderno), el Gran Capitán calmó a sus contrariadas tropas con el siguiente discurso: Ea, señores, que estas son las luminarias de la victoria, que tengo ahora por más cierta.

Pronto se lanzó Nemours sobre su rival en una furiosa carga. La caballería medieval, que se creía imparable, comenzaba a morir. Los arcabuceros esperaron a que los gendarmes se atascaran en el foso, y entonces tiraron a discreción. Tras sucesivas descargas, la mayor parte de la caballería, incluido el duque de Nemours, había perecido. Entre la polvareda, aparecieron los suizos, ordenados, soberbios, picas herizas y compactos.

Pero, igualmente, perdieron cohesión mientras subían el terraplén, mientras las descargas de arcabucería abrían claros en su formación. Una bala mató a Chandieu, el coronel al mando de este gran y megalítico cuadro. No se arredraron los helvéticos, y arremetieron contra los lansquenetes alemanes que, picas en la cintura, les contenían. Entonces, Don Gonzalo lanzó a la caballería pesada contra su flanco izquierdo, mientras ordenaba a la ligera adelantarse por el flanco izquierdo español (derecho de los suizos) y rematar al enemigo hasta tomar el campamento enemigo. Desorganizada la infantería suiza, los infantes españoles (sobretodo los rodeleros, llamados así por ir armados con una espada y una rodela, un escudo circular de metal) cargaron contra los flancos, saltando el foso.

Una cruenta masacre tenía lugar entre las filas francesas. Los caballeros que habían sobrevivido eran rematados o apresados, en busca de jugosos rescates, mientras que los suizos fueron practicamente aniquilados. El Gran Capitán (hombre de su tiempo, al fin y al cabo), cabalgó seguido por algunos jinetes de los Colonna y se sumó a la reyerta. Cortó el brazo de un alférez suizo, arrebatándole la enseña. La victoria fue completa y rotunda.

Al anochecer, el general español comía con varios de sus capitanes y caballeros franceses capturados cuando, fijándose en uno de sus pajes, vió que éste vestía unas ropas muy lujosas que él no le había procurado.
Preguntado acerca de donde las sacó, el sirviente respondió que se las había tomado a un muerto "que parecía muy principal". Quizá el de Montilla sospechase, o quizá algún francés reconoció la vestimenta. El caso es que, guiados por el paje, él y su comitiva llegaron ante el cadáver del difunto Nemours. Apenas tapado con una manta en sus partes pudendas, el Gran Capitán reconoció a su enemigo difunto. Bajó de su caballo y le presentó sus respetos.

Como acostumbraba, el cordobés tuvo un gesto de extrema caballerosidad y respeto hacia el enemigo vencido. Hizo que transportaran el cadáver hacia una abadía cercana, donde él mismo costeó sus exequias. Este comportamiento le ganaría la aprobación del mismísimo rey de Francia. "Pues ningún caudillo se mostró jamás tan comedido en la victoria como el Gran Capitán de España", fueron sus palabras.

Los franceses aprendieron poco de aquella derrota, y se obstinaron en el uso de su anticuada caballería. Esto les supondría sonadas derrotas como las de Garellano (1504), Biccoca (1522, en tiempos de Carlos V) y Pavía (1525), cuando el hijo de Luis XII, Francisco I, fue hecho prisionero por un arcabucero español. Comenzaban los 100 años de hegemonía militar española en Europa.

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