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El Pimpinela Español

Fueron años crueles los de nuestra guerra civil para España y para personas que, venidas de toda Europa, se vieron arrastradas en aquel enconado y sangriento conflicto interno de aquellos momentos: la guerra española de 1936-39.

Han pasado los años y con ellos el recuerdo de un inglés noble y valeroso que arriesgó su vida salvando la de los españoles. Christopher Lance, llamado el Pimpinela Español. El espectáculo de aquellas horas trágicas que vivía nuestro país impulsó al capitán Lance a salvar la vida de 99 personas, dándolo todo por aliviar el sufrimiento de sus semejantes. Este será el mejor aval para que sus hazañas de valor y de audacia se convirtieran en leyenda.

 

 

 

Se hubo de enfrentar en medio del asfixiante calor del verano español, se unió junto al terror que sembraban las milicias otro motivo de inquietud. Pronto se supo que, aunque, el alzamiento había fracasado en Madrid la situación era muy dispar en otras partes de España con alternativas para ambos bandos, preponderando en las regiones industriales el triunfo del gobierno republicano, anulado por el de los sindicatos y organizaciones revolucionaras que obviando el poder se habían apoderado de la calle.

Era ya evidente que no se trataba de un trastorno pasajero ni de una algarada, sino de una guerra civil en gran escala, con todas las atrocidades que acompañan a estos conflictos internos. En el Gobierno reinaba el caos. Se sucedían las dimisiones y nombramientos, y los ministros, presas de pánico, se refugiaban en el Ministerio de Marina, que estaba protegido por barricadas. Todos los sindicatos y todos los partidos políticos de la izquierda organizaban por su cuenta sus propias milicias, sin ningún objetivo común, sin orientaciones del Gobierno.

En tan grave situación, Lance y algunos de sus amigos comprendieron que había que hacer algo para proteger a la colonia inglesa. La Embajada, situada en la calle de Fernando el Santo, estaba cerrada entonces porque el embajador, sir Henry Chilton, y su personal se habían trasladado hacía poco a San Sebastián, como todos los años en la época del calor. En Madrid sólo quedaba un cónsul, que no estaba a la altura que la situación requería. La colonia inglesa no tenía quien la guiase. Lance sugirió al cónsul que abriera la Embajada para que los residentes ingleses pudieran acogerse a la protección de sus muros. El infortunado cónsul contestó que no tenía atribuciones para dar semejante paso. Pero Lance se ofreció: “Perfectamente. Si usted abre la Embajada, yo asumiré toda la responsabilidad”.

Así fue como Lance, profundamente conmovido por la angustia y las calamidades que lo rodeaban, dio los primeros pasos en su largo camino de ayudar al prójimo, un camino que poco a poco lo fue llevando a misiones peligrosas.

Se calculaba que había 350 ingleses en Madrid, pero los que irrumpieron en la Embajada a fines de aquel julio sofocante fueron unos 600. La Embajada tenía sus locales en un edificio vasto y hermoso que se alzaba en medio de extensos terrenos vallados. Sin embargo, su amplitud era insuficiente para semejante muchedumbre.
Cientos de personas se acordaron de pronto de que, ignorando en qué fecha, habían nacido en un barco inglés o en Gibraltar. Buena parte de ellos desconocían por completo el inglés, y de algunos incluso se sabía que no simpatizaban con los ingleses. La llegada de aquella multitud fue patética. Ancianos y mujeres llenos de angustia, niños aterrados, enfermos de todas las edades, formaban parte de los grupos. Parte de aquellos refugiados tenían en España cuanto poseían y ahora se veían en el trance de abandonarlo todo: bienes, amistades, cosas queridas... Sólo les quedaba lo que llevaban encima. Había un grupo especialmente conmovedor de monjas irlandesas que habían pasado momentos difíciles y que se habían visto obligadas, ante la violencia desatada contra los religiosos, a despojarse de los hábitos.

En la Embajada, el agua, los víveres, los servicios higiénicos, las camas, y toda clase de suministros, eran insuficientes; el comité se veía y se deseaba para resolver tantos problemas. Lance empezó a dar muestras de las aptitudes que le habían de atraer la confianza y la admiración de hombres y mujeres perseguidos por la adversidad. Su energía, su habilidad y su tacto para tratar con las autoridades españolas eran cualidades inapreciables en aquellos momentos, pero aún tenía más valor la confianza que sabía inspirar a aquellos que buscaban una luz en medio de su desorientación.

Cuando a primeros de agosto llegó Forbes , enviado por el servicio diplomático inglés, nombró a Lance agregado honorario que en cierto sentido ofiacializó la buena obra que en favor de la colonia inglesa estaba realizando. Ahora estaban aparentemente protegidos por la bandera inglesa que ondeaba en sus autos, y llevaban brazaletes con los colores rojo, blanco y azul, tanto él como los demás súbditos ingleses circulaban con cierta seguridad, ya que los republicanos, por regla general, respetaban a los extranjeros, siempre que no se tratara de alemanes o italianos.

La helada garra del miedo tenía agarrotada a toda la población de Madrid. Aquellos de quienes se sabía que simpatizaban con las derechas no podían salir a la calle sin exponer su, vida. Un día los milicianos, pistola en mano, se llevaron el auto de Lance del garaje y desde entonces tuvo que depender de los coches que le prestaba la Embajada.

El doctor Mariano Gómez Ulla, amigo de Lance, famoso cirujano y hombre humanitario que se había atraído el afecto de los trabajadores, tuvo peor suerte. Lo prendieron, y cuando estaba a punto de ser fusilado, las autoridades de la República, en vista de la extraordinaria escasez de médicos de que adolecía la capital, ordenaron que se le movilizara en calidad de preso para prestar servicios en el hospital. militar establecido en el hotel Ritz.

Estas pequeñas incidencias dan idea de los procedimientos que entonces se utilizaban. Incluso salir a la calle bien vestido, o simplemente llevar corbata, era exponerse a recibir insultos. Salir a la calle después del atardecer, cuando los denominados «guardas» campaban por sus respetos, era un acto que muy pocos se arriesgaban a afrontar. La vida social nocturna de Madrid había terminado. Hoteles y restaurantes habían cerrado sus puertas. Sólo permanecían abiertos unos cuantos, que frecuentaban los funcionarios gubernamentales, los milicianos y los amigos de unos y otros. Un Madrid vulgar y estridente ocupó el lugar del anterior. Las banderas rojas, las hoces y los martillos, los retratos de Stalin, las consignas soviéticas y las películas rusas que habían invadido los cines mostraban con toda claridad cuál era el viento dominante.

Al desarticularse los medios normales de suministro y distribución, se notó una escasez creciente de toda clase de artículos, lo que aumentó la inquietud general. En los escaparates de las tiendas apareció muy pronto el irónico cartelito de “Nada de nada”. Los víveres escaseaban cada vez más. Poco tiempo después ya no había leche, ni huevos, ni mantequilla, ni carne, ni verduras frescas. El servicio de agua sufría largas interrupciones. El servicio telefónico, explotado por los norteamericanos, funcionaba todavía con bastante regularidad, pero el suministro de electricidad era cada vez más limitado, y más escasos los tranvías.

Christopher Lance y otros elementos de la colonia inglesa, como Margery Hill, Eric Glaisher y Bobby Papworth, se multiplicaban en su misión humanitaria. No había nada político en su conducta: se limitaban a ayudar a hombres y mujeres azotados por la adversidad. Les llevaban víveres y otros artículos de primera necesidad, les comunicaban noticias de sus familias o, sencillamente, los visitaban para animarlos. A veces, incluso les ofrecían refugio en sus propias casas. Todo esto no era más que un leve principio de lo que vino después: Lance no tardó en dar pasos más peligrosos.

Comprendiendo el peligro de muerte que significaba para cualquier persona de derechas que se le encontrara un arma encima, Lance visitó a todos sus amigos y les convenció de que le entregaran sus revólveres. Por la noche, después de engrasarlos y jugándose la vida, se dirigía al Retiro, saltaba la verja y enterraba las armas entre las plantas. Para ello utilizaba una azada que tenía escondida entre la vegetación. A fin de que cada propietario pudiera encontrar más tarde su propia arma, Lance precisaba su situación contando los barrotes de la verja desde la entrada. Igualmente puso a buen recaudo las joyas de gran número de ingleses y españoles, incluso las del duque de Alba, más tarde embajador de España en Londres, en la enorme caja de caudales de la Embajada británica, que le cedió para este fin Ogilvie-Forbes. Lance jamás llevaba armas encima.