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A finales del siglo XIX, las potencias europeas llevaron a cabo su «incursión por África» que trajo consigo grandes recompensas territoriales y de riquezas, pero no siempre esto les salió de balde, en algunas ocasiones aquellas tribus africanas, las mejor organizadas, les hicieron pagar un alto precio por su anexión. Los desastres militares no fueron nada nuevo para el ejército británico, que era la potencia europea con más experiencia en la guerra colonial. A pesar de ello, esto no les libró, en más de una ocasión, no les libró de cometer los errores más elementales. Por ejemplo, en Isandhlwana, durante la guerra zulú de 1879, lord Chelmsford dividió su mando y a pesar de que los bóers le habían advertido de la necesidad de rodear el campamento con sus carros cuando entrara en combate contra los zulús, no lo hizo. La experiencia había mostrado que sólo un fuego concentrado podía hacer retroceder a los zulús, pero los británicos habían dispersado sus tropas por una zona muy extensa. Cuando los zulús lanzaron un ataque multitudinario, los británicos se encon­traron con que sus reservas de municiones estaban atornilladas y, faltos de destornilladores para abrirlas, sus disparos fueron dismi­nuyendo de intensidad. Esto era lo que los zulús habían estado esperando: arrasaron el campo y mataron a unos 1.300 soldados, entre europeos y tropas nativas. Sin embargo, hay que tener en cuenta que el «ejército» zulú estaba compuesto por 20.000 guerre­ros, frente a los 1.800 hombres de las fuerzas británicas. No obstan­te, si Chelmsford hubiese efectuado un buen reconocimiento se habría dado cuenta de la presencia de ese formidable ejército y quizás no habría dividido sus fuerzas.

También a los italianos les tocó pagar un alto precio por sus conquistas en África. En el año 1896 los italianos libraron en Adowa «la batalla más increíble y absurda que jamás haya tenido lugar en la historia moderna» según Roberto Battaglia. El general Baratieri, con un ejército de 10.620 soldados italianos y 10.083 soldados nativos, atacó las fuerzas del emperador etíope Minilik, compuestas por unos 100.000 soldados armados con unos 70.000 u 80.000 fusiles. Baratieri estaba sometido a la intensa presión política del primer ministro Crispi y en realidad no le agradaba en absoluto la idea de combatir. A la confusión normal en la guerra los italianos añadían unos mapas poco precisos, un reconocimiento del terreno defectuoso y unas órdenes vagas y equívocas, de manera que las brigadas italianas, dispersas, pronto se extraviaron entre las colinas y perdieron totalmente el contacto entre sí y con su comandante en jefe. El resultado, más que una batalla, fue una masacre en la que murieron entre seis y siete mil soldados italianos y resultaron heridos otros ocho mil.

 

Tanto en la derrota de Isandhlwana como en la de Adowa el enemigo «autóctono» superaba en número a las tropas europeas en una proporción de entre cinco y diez a uno. En ambos casos los comandantes europeos habían infravalorado a sus enemigos y dividido sus fuerzas, de manera que las diversas unidades fueron «engullidas» poco a poco. También en ambos casos los reconocimientos efectuados habían sido insuficientes y no habían alertado a los mandos de la peligrosa proximidad de las fuerzas enemigas. Pero el ejército español iba a sufrir en 1921, en Annual, una derrota en todo punto semejante a la sufrida por ingleses e italianos, pero con el agravante de que en esta ocasión las fuerzas enemigas eran inferiores en número a las nuestras, pues no llegaban ni a una séptima parte del ejército español.

El espectacular desplazamiento hacia el Oeste africano, por parte del colonialismo calculador de Delcassé, luego del fiasco de Fachoda (Sudán, 1898), acabó en Marruecos, donde los británicos para nada querían un único dueño (España o Francia), que pusiera en peligro las comunicaciones con Suez y Egipto desde su dominio del Estrecho de Gibraltar. Por parte inglesa fue una calculada y sabia decisión, pues españoles y franceses pelearían en Marruecos por separado, perdiendo fuerzas, coherencias y oportunidades. En julio de 1921, cuando el ejército de Silvestre es destruido, la indiferencia francesa ante el suceso es tan rotunda como su desdén, actitud que cambiaría de modo radical al ser derrotada en 1925 por el mismo enemigo rifeño.

Sin embargo, de aquel cainismo colonial franco-español había derivado una ventaja sustancial: Francia logró firmar, en 1904, un pacto antialemán, la Entente Cordiale, piedra angular de su política continental. La orfandad de España en Marruecos, y su resignado pelear en solitario entre 1909 (guerra del Barranco del Lobo) y 1912 (guerra del Kert), despejó las dudas de Francia por su flanco colonial y en su espalda sureuropea -el miedo a que España formase alianza con Alemania-, orientándola hacia su prioridad: recuperar las tierras sagradas (Alsacia y Lorena).

A resultas del tratado francomarroquí de 1912, Francia cedió a España una zona en el norte de Marruecos; el área dependía totalmente del dinero que llegaba de España, que proporcionaban los hombres de negocios interesados en las minas de hierro situadas en el Rif. Era extremadamente difícil defender militarmente la región: en el interior apenas había caminos, estaba escasamente explorada y existían unas zonas montañosas, de las que ni siquiera había mapas, que estaban pobladas por tribus feroces e independientes que no estaban dispuestas a someterse al dominio español.

De nuestra ejemplar neutralidad en la Gran Guerra -compromiso personal del rey Alfonso XIII, España obtuvo un reconocimiento moral, pero nada de provecho en lo colonial o lo estratégico. Siguió aislada en Europa y volcada en Marruecos -nuevo y temible Flandes hispano-, donde enterraba sus dineros, sus hombres y sus mejores expectativas de modernidad y concordia nacional sobre un mar de piedras y guerreros: el Rif y Yebala, poco más de 21.000 km2 que recibidos por los Acuerdos de Protectorado de 1912, mientras Francia se embolsaba el llamado Marruecos útil, lo más granado del país en lo agrícola, lo minero y lo geoestratégico -fachadas a las Canarias y flanco septentrional del Sáhara Occidental.