LA HERENCIA POLÍTICA DE LEON GAMBETTA

León Gambetta (1838-1882) no fue sólo el Padre de la IIIª República Francesa. Gambetta fue el fundador del radicalismo republicano francés. Autor del Programa de Belleville. A su muerte, el republicanismo quedaría huérfano hasta que, tras el escándalo del caso Dreyfus y de la mano de Clemenceau, los republicanos de los distritos, de las municipalidades y de las provincias celebraron, el 23 de junio de 1901, el Congreso fundacional del Partido Radical. Es el comienzo de la época de esplendor de los republicanos radicales franceses. Los nombres ilustres se amontonan y todavía resuenan. El radicalismo da a Francia sus mejores políticos, como Emile Combés, autor de la célebre Ley de Separación de la Iglesia y el Estado (1905), Camille Pelletan, el demócrata izquierdista, León Bourgeois, el creador del solidarismo frente al socialismo, o Ferdinand Buisson, el radical socialista,

Clemenceau destacaría sobre todos ellos como líder indiscutible del radicalismo, aprovechando el aura de “Héroe del Affaire Dreyfus”, que le acompañará siempre. En sus relaciones con los políticos, incluso de los de su propio partido, se va generando un apodo que le acompañará hasta su muerte: el tigre. Clemenceau es temido por su fina ironía y su contundencia en la calificación (o descalificación) de sus rivales internos y externos al radicalismo. Una buena orientación sobre esto la dio el mismo en sus últimos años, cuando responde los reproches que le hace Berthelot por su mordacidad: “Mi esposa se fue con otro, mis hijos me abandonaron y mis amigos me traicionaron. Sólo me quedan las manos para escribir y los colmillos: porque yo muerdo”. De todos los políticos franceses de su tiempo, sólo guardaría buen recuerdo de Gambetta, y eso que Clemenceau contribuyó decisivamente a derribar el gobierno de Gambetta (14 de noviembre de 1881 al 26 de enero de 1882).

EL ALMA DEL REPUBLICANISMO RADICAL: EL TIGRE

Su agresiva mordacidad lo acompañará desde los primeros momentos de su entrada en la política, lo que le hizo ganar fama de “derriba gobiernos”, al tiempo que le hizo ganar muchos enemigos, a lo largo de su carrera. Uno de ellos fue el general Boulanger. Primero recibió el apoyo de Clemenceau para ser promovido al Ministerio del Ejército; posteriormente, el mismo Clemenceau sería quien encabezase la denuncia de las tendencias autoritarias de este general. Al estallar el escándalo de corrupción del Canal de Panamá (1886), sus enemigos intentaron involucrarlo. No lo consiguieron, pero Clemenceau pierde su escaño de Diputado en 1893, no volviendo a ser reelegido hasta 1902, en que logró el acta de senador por Var.

En ese tiempo de alejamiento de la vida parlamentaria activa, la fama de Clemenceau alcanza cotas no superadas hasta 1917-1919, por su intervención en Affaire Dreyfus. Fue precisamente en el diario de Clemenceau, L´Aurore, donde Zola publicará su célebre artículo “J´acusse”, el 13 de enero de 1898; el mismo título del artículo de Zola fue sugerido por Clemenceau. En ese tiempo, Clemenceau escribió 665 artículos sobre este caso, que no han alcanzado la notoriedad del texto de Zola, pero que levantaron a la opinión republicana francesa: la defensa del prisionero de la Isla del Diablo era la defensa de la libertad en Francia. Su defensa de Dreyfus le valió padecer varios atentados y mucha incomprensión.

En 1901, Clemenceau fue uno de los firmantes de la convocatoria del Congreso Fundacional del Partido Radical francés.

UN VETERANO DEBUTANTE

En febrero de 1906, tras la caída de Combes, Sarrien es nombrado Presidente del Consejo de Ministros, y designa a Clemenceau Ministro del Interior. Tiene entonces 65 años, pero su energía es desbordante. La CGT es un sindicato revolucionario que utiliza sistemáticamente el atentado terrorista y la huelga general, con el propósito declarado de subvertir el orden republicano. Y Clemenceau, tras fracasar en sus intentos de acuerdo con los sindicalistas, adopta la línea de defensa intransigente del orden frente a la anarquía. Sus enemigos se burlan de él llamándole el “revienta-huelgas” y calificándole de “le premier clic de France” (el primer poli, por policía, de Francia, más o menos). Sin embargo, rechaza la ilegalización de la CGT, por cuanto entiende que no se puede impedir la libertad de asociación, si bien deba detenerse y enjuiciarse a los dirigentes de asociaciones que promuevan desórdenes. El mismo Sarrien duda en mantener a su ministro ante la envergadura del movimiento huelguístico desatado por la CGT. Pero sería Sarrien quien resultase derrotado, en octubre del mismo 1906. Clemenceau se queja de la falta de apoyo del Presidente del Consejo a quien, en un juego de palabras califica de “Sarrien – Ça, rien” (más o menos, “Sarrien es nada”). La brillante defensa parlamentaria que hace Clemenceau de su política le lleva a la Presidencia del Consejo.

En sus debates de 1906 con Jaurès, Clemenceau reafirma su individualismo frente al colectivismo del socialista. Jaurès lo acusa: “Su doctrina del individualismo absoluto es la negación de los grandes movimientos de progreso que han determinado la historia”. A lo que Clemenceau responde: ”Pretendéis construir directamente el futuro. Pero lo que haremos será construir al hombre capaz de construir el porvenir, nosotros lo educaremos y l liberaremos, mientras que vosotros pretendéis encerrarlo en el estrecho dominio de un absolutismo colectivo y anónimo”. El individualismo de Clemenceau sale reforzado: “No será de una asamblea de donde nazcan descubrimientos como los de Copérnico, Galileo, Newton o Pasteur”.

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El Gran Capitán. Historia Militar.