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Amaneció el día dos y empezó lentamente el movimiento del pueblo de Madrid. A las ocho de la mañana, el tambor de los guardias que se relevaban se oyó pacíficamente en todos los cuarteles de la capital. Sólo en las puertas que franqueaban el paso a la villa se notaba desde el amanecer, mayor animación que la de costumbre, esas horas eran las normales en las que venían de los pueblos cercanos los mercaderes con sus cargamentos. Esta larga e ininterrumpida procesión no cesó en toda la mañana, parecían convocados a algún suceso extraordinario. Se notó que en los lugares contiguos a las posesiones reales, venían casi en masa, toda la población de hombres robustos, capaces de acometer cualquier empresa, y muchos traían a sus hijos. A primera hora reinaba una completa calma y tranquilidad.

A las siete llegaron a la Puerta de Príncipe, en Palacio, dos carruajes, que esperaron durante un largo periodo de tiempo. El Conde Selvático, un gentilhombre florentino de la servidumbre de la Reina de Etruria bajó y estuvo al cuidado de las últimas minucias. A las ocho y media apareció la Reina con O´Farril. Ocupó, con sus hijos, un aya y un mayordomo, el primer carruaje. En el segundo entró alguna servidumbre. Algunos viejos servidores de la Casa Real le hicieron las últimas reverencias y el primer carruaje partió por la antigua Huerta de Priora, donde se hallaba la Biblioteca del Rey, tomó por delante del Teatro de la Ópera, y siguió en dirección de la calle del Tesoro. De su salida solamente fueron testigos algunas mujeres y dos o tres hombres, que presenciaron la marcha en silencio.

El segundo coche no se movía, como si esperase a alguna persona muy importante que debiera tomar parte del viaje. De repente, por la calle Nueva de Palacio, llegó nervioso otro hombre, preguntó a las mujeres y se informó de lo sucedido, se aproximó al carruaje y exploró con inquietud a los que lo ocupaban, como si buscase algo de valor. Con la misma prisa entró en Palacio y algunos segundos después volvió a aparecer gritando:
“¡Traición! ¡Traición! ¡Nos han llevado al Rey y se nos quieren llevar a todas las personas reales! ¡Mueran, mueran los franceses!”
A estos gritos comenzó a llegar gente. El hombre cada vez gritaba más fuerte, levantando al pueblo, y los que llegaban, secundaban su voz, comenzando todos a gritar: “¡Mueran los franceses! ¡Que no salgan los Infantes!”.

En este momento, un gentilhombre salió al balcón de Palacio y exclamó: “¡Vasallos, a las armas! ¡Que se llevan al Infante!”.
La confusión fue tremenda. Arrastrado por el primer hombre, un grupo de unos 60 o 70 individuos invadió la estancia Real y llegó hasta las galerías altas, dirigiéndose a las habitaciones del Infante D. Antonio. En la puerta estaba el jefe de los Reales Guardias de Corps, D. Pedro Torres y dijo a los que llegaban: “¡Por Dios, hijos, esténse quietos, que tenemos quien nos guarde las espaldas!”, a lo que el que hacía de jefe del grupo respondió: “¡Por Cristo!, que los madrileños no necesitamos que nos guarden las espaldas. ¡Mueran, mueran los franceses!”.

Descolorido salió en aquel momento el joven Infante D. Francisco, acompañado por un Grande, casi un niño, pues no tenía más que 12 años. En su rostro se podía ver la profunda emoción que le embargaba. Un grito unánime de “¡Viva el Infante, viva!”, resonó al verlo, y entre frases de cariño y aplausos, le pidieron que no consintiera que le sacaran de Palacio, que ponían todos a sus pies la vida para guardarle.
El Príncipe se rehizo, y dejó acercarse a algunos que le besaban las manos con pasión y ofreció mostrarse al pueblo para que lo proclamara. Cuando el Infante apareció en el balcón, rayó la locura, ya que todas las inmediaciones estaban pobladas de un gentío inmenso y por las calles que desembocaban al Palacio era cada vez más numerosa la oleada humana. El pueblo pedía al Infante que no se fuese, y este contestaba con corteses saludos y sonrisas, tirando a la vez besos con la mano.
Un nuevo accidente vino a cambiar aquel delirio de entusiasmo en un delirio de furor. El rumor de estas escenas había sido llevado inmediatamente al palacio cercano de Dª. María de Aragón, donde se alojaba el Gran Duque de Berg, el cual, mandó a Palacio a uno de sus acompañantes, M. Auguste Legrange, junto con un vélite, que llegaron llenos de audacia y arrogancia. Al verlo, un maestro cerrajero llamado D. José Blas Molina y Soriano gritó: “¡Matadlos! ¡Matadlos! ¡Que no entre en Palacio ningún francés!”, echándose el pueblo sobre ellos. Desenvainaron los sables, y un hijo del General Coupigny, oficial de las Reales Guardias Walonas, se los hizo envainar y les perdonó la vida. Llegó entonces un piquete de 20 soldados de la guardia de Murat para llevárselos. En aquel momento salió también O´Farril a las puertas de Palacio y dijo: “Márchense estos insurrectos a sus casas, que no necesitamos de ellos”.

La muchedumbre quedó contrariada en no poder saciar su cólera homicida en aquellos soldados, pues hasta entonces todo el coraje se había desecho en gritos y aclamaciones. El pueblo, aunque se sentía fortalecido con la justicia de su causa y se reconocía como instrumento de Dios, no se levantaba por si mismo, necesitaba un acceso más violento, de rabia o de espanto que aumentase la energía, necesitaba la primera copa de sangre que anulara sus sentidos como si se encontrasen embriagados.

Si aquella indecisión se hubiese prolongado algunos instantes más, tal vez la falta de iniciativa habría apagado los furores del tumulto. Aunque en aquellos críticos minutos hubo momentos en los que se esperó que la agresión partiese del pueblo. El mismo oficial de walonas D. Alejandro Coupigny, salvó por poco a un soldado francés que se dirigía con algún parte a alguno de los cuarteles próximos y era perseguido por una turba. En frente de San Juan otro grupo dio alcance y asesinó, pasándolo de parte a parte con un cuchillo, a otro soldado que transmitía una orden al cuartel de San Nicolás. Pero mientras la cólera del pueblo buscaba estos tristes y pobres objetos en los que cebarse, el sangriento drama inauguraba su acción.

Resuelto a ahogar el tumulto en su germen y a vengar los ultrajes a sus soldados, el Gran Duque de Berg mando castigar la agresión, había llegado el momento, suspirado por él, de imponer su dominación por el miedo. El emperador ya le había transmitido sus órdenes para que, ocurriendo este caso, infligiese un castigo inexorable.


El mariscal Jacques Murat (1767-1815), Gran Duque de Berg y de Clèves, fue el comandante jefe de las fuerzas francesas de ocupación en España. Cuadro de Gèrad.

La primera fuerza que desembocó por la explanada de Palacio fue el batallón de los granaderos de la Guardia Imperial, que estaba de guardia en el palacio cercano de Dª. María de Aragón, donde se encontraba el Gran Duque de Berg, reforzado por dos piezas de 24 y un escuadrón de cazadores polacos. Los jefes que mandaban esta columna no hicieron ningún aviso. Una descarga de fusilería a la que sucedió otra de metralla, fue el único aviso con el que se anunciaron a la desprevenida muchedumbre. El efecto fue terrible, D. José Rodrigo de Porras, portero más antiguo de Palacio, que en la primera descarga recibió una herida en la cara y otra en la cabeza de bala de rebote, vio caer heridos o muertos a unos diez españoles. Entre estas primeras víctimas hubo dos de la servidumbre alta de la Casa Real, D. Joaquín María de Mártola, aposentador honorario del Rey, al servicio de S.M. la Reina, que aún se hallaba dentro del coche, y D. Rodrigo López de Ayala y Barona, mayordomo de semana de S.M. que se encontraba en una ventana de Palacio.

La sorpresa de la agresión impulsó a la muchedumbre. En un primer impulso corrieron despavoridos, buscando donde esconderse. Se cerraron las puertas de Palacio, los Infantes y Ministros quedaron en la Cámara, absortos, mientras que los guardias de corps y alabarderos algunos de la guardia española y walona se municionaron con celeridad y se distribuyeron las posiciones interiores dispuestos a mantener la inmunidad de Palacio si los franceses intentaban apoderarse de este. Los granaderos de la Guardia Imperial se establecieron delante de la puerta del Príncipe, destacando piquetes de observación hacia las avenidas que concurrían hasta allí, mientras adelantaban los cañones que, sostenidos por otra fuerza que había llegado para apoyar desde el cuartel de San Nicolás, continuaron ametrallando a los grupos de la plaza de Santa María de la Almudena.

El estrépito de las voces de mando, el rechinar de los cañones y el zumbido de las descargas se mezclaban y confundían con los alaridos de dolor, los gritos de horror lanzados desde los balcones por las mujeres y los apagados quejidos de las víctimas moribundas, tendidas en la calle, casi ahogaba el redoble de los tambores y los toque de corneta que llamaban a los soldados franceses a sus cuarteles y al combate. Por todas partes se hacía fuego sobre la población civil. Vibró entonces con más fuerza el odio y la furia del motín les llevó a la temeridad. A continuación comenzó la lucha desesperada al pie de los mismos cañones enemigos. “¡A morir matando!”, gritaban unos, “¡No más esclavos!”, gritaban otros y al que se lamentaba de no tener armas otro le decía “¿No hay palos y cuchillos?”. De los balcones, ventanas y tejados volaban piedras, ladrillos y tejas, calderas de agua hirviendo, mesas, bancos y todo cuanto podía herir, magullar o producir la muerte. Este furor y rabia se propagó como un rayo por todo Madrid.

Al cañón de Santa María respondieron en los barrios y arrabales con el puñal y la navaja. En los barrios lejanos, sobre todo en la Puerta del Sol, cuando llegó el estampido del cañón y el estruendo del motín, se levantó un grito unánime que decía “A Palacio todos”. Se dirigieron a Palacio por las dos grandes avenidas, unos blandiendo sables y espadas para la lucha, otros cebando escopetas y pistolas, muchos con rejones, picas y hachas, y los menos armados con palos y bastones, hasta las mujeres abrían la marcha con resolución.

Casi una hora se prolongó por el pueblo de Madrid la matanza en la que el pueblo enfurecido sació su sed de sangre. Cada calle presenció algún sangriento sacrificio.
Si el cañón de Palacio fue para el pueblo la señal de la batalla, su estampido resonando el las colinas cercanas, puso en alerta a los cinco campamentos enemigos que rodeaban la capital, que se hallaban prevenidos desde la noche anterior.
A las primeras descargas de su guardia, el Gran Duque de Berg, había creído que la protesta del pueblo de Madrid quedaría derrotada con aquel alarde de crueldad, pero cuando vio que el castigo, en vez de intimidar, había exaltado a la población, no se creyó seguro en su aposento. Grouchy, Comandante General de Madrid, partió para ganar el Retiro, reunir las fuerzas acampadas con él con las de los cuarteles inmediatos, destacar la infantería para que obstruyese las puertas de la ciudad y avanzar con la caballería para despejar las calles, que el cañón y la metralla se encargarían luego de limpiar enteramente.


Emmanuel Grouchy

Aunque los granaderos y fusileros de la Guardia Imperial defendían su alojamiento con avanzadas, rodeado el Príncipe Murat de los Generales Moncey, Duque de Cornegliano, Mouton, Legrange, prisionero más tarde en Bailén, Conde de Lery, General de los Ingenieros, Franceschi, Rouyet, que después mandó los regimientos suizos, Augereau, hermano del Duque de Castiglione, Arizpe, Habert, Laplane, Levasseur, Ruty, Cossin, Lefevbre, Schranun, Boussard, de los prisioneros con Dupont, Cassaygne, y otros que no mandaban tropas, de una gran escolta de caballería y de todo el regimiento de los fusileros de la Guardia Imperial, salió al Campo de Guardias, entre los altos de la Puerta de San Vicente y de la alcantarilla de Leganitos, para dirigir las operaciones desde un punto en que dominaba la villa y desde donde pudiera retirarse a pernoctar en Chamartín si el alboroto no se apaciguaba antes de que terminara el día.

Le inquietaba la suerte de alguno de sus Generales, de los que, a pesar de sus instrucciones, no había recibido noticia ni parte alguno. Entre ellos se encontraban el General Legrand, a quien las manolas del barrio del Barquillo habían matado de forma violenta al tirarle desde un balcón un tiesto de flores, con tal suerte que le tiró del caballo y le produjo una conmoción cerebral y la muerte instantánea. También faltaba el General La Riboissière, Comandante General de Artillería del Estado Mayor General, a quien, del mismo modo que a otros jefes y oficiales, mientras duró la refriega, el pueblo insurrecto que vigilaba su alojamiento, no permitió salir.

En cuanto a las medidas defensivas del Gran Duque de Berg, no amedrentaban a los habitantes de Madrid. La matanza continuó siempre, y el segundo momento de la lucha popular que siguió al primer ímpetu desordenado, se dirigió a impedir la salida de las tropas francesas de los cuarteles, agruparse y formar barricadas en algunas de las puertas para recibir hostilmente a los que viniesen de los campamentos. Pero esta tentativa acertada, fracasó. Cada cuartel era un baluarte inaccesible para los pelotones populares, mal armados, mal disciplinados y sin cohesión ni dirección. En cuanto a las puertas y entradas de la villa, la tropa francesa se había adelantado a apoderarse de ellas.

Aquel intento nos dejó uno de los pasajes más feroces y heroicos de esta jornada, la defensa de la antigua Puerta de Toledo por las mujeres del Barrio de la Paloma, de la Plazuela de la Cebada y del Rastro, donde ni la sangre ni el dolor ni la muerte hizo desmayar a aquel puñado de heroínas, mezcladas con los caballos de los coraceros a los que abrían el vientre con sus navajas.
Entonces las masas ensangrentadas, armadas de cuchillos, navajas, hachas y hoces, cayeron como una avalancha sobre la Puerta del Sol. El mayor número de gente ocupaba la desembocadura de las calles de Alcalá y de la Carrera de San Jerónimo, entre la Soledad y la Victoria, la acera de la Casa de Correos y las gradas de San Felipe Neri y la Calle Mayor, hasta los portales de Roperos.

Apareció por el callejón de la Zarza un pelotón de franceses que conducían cargas de provisiones. Fue acosado, perseguido y cuando cayó sobre ellos la primera piedra, no hubo manera de sujetar a las masas, y el grupo, casi sin acción para defenderse, quedó en su totalidad muerto. Desembocaron el la calle de Alcalá, a caballo, dos mamelucos de la guardia, que desde el Retiro conducían un parte de Grouchy al Gran Duque de Berg. Fueron recibidos ferozmente, cercados por la multitud. Unos les pedían los papeles, otros gritaban “¡Matadlos!”, otros rompían en injurias contra ellos, Murat y Francia y todos gesticulaban con gran estrépito.


La carga de los mamelucos, Goya, 1814.

Los mamelucos siguieron sufriendo este martirio hasta que al llegar a la calle de la Montera, se desviaron al galope a modo de escape, disparando a la vez con sus pistolas, dejaron dos hombres y una mujer muertos y varios heridos. La multitud entonces volvió a acosarlos, uno cayó herido mortalmente de un balazo en la Red de San Luis, al otro lo alcanzaron en la calle de la Luna, derribándolo a tiros y le hicieron sufrir una cruel agonía arrastrándole de los cabellos.

Mientras ocurrían estos hechos los franceses se apresuraban en el Retiro enganchando los cañones y preparando los caballos, dispuestos a sembrar el horror por Madrid. Lo mismos se hacía en los otros cuatro acantonamientos. El Retiro, los cuarteles del Pósito y de la calle de Alcalá aportaron un contingente de 3.000 hombres a caballo, que por esa calle y por la Carrera de San Jerónimo avanzaban al galope, extendidos en anchos escuadrones que llenaban de acera a acera hasta la Puerta del Sol.