De la Casa de Campo subieron por el Puente y la Calle de Segovia 4.000 infantes; 2.000 coraceros de los Carabancheles entraron sobre los cadáveres de las mujeres por la Puerta de Toledo, llegando hasta el Portillo de Embajadores. Del Pardo y Puerta de Hierro subieron por la Puerta de San Vicente otros 4.000 infantes, que fueron a cubrir toda la zona, y particularmente el palacio del Gran Duque de Berg y el Palacio Real con avanzadillas hasta la Cuesta de Santo Domingo. Del Convento de San Bernardino entraron en dos columnas 6.000 hombres, de manera que, con los 6.000 que sacaron de los cuarteles de la villa, en cuatro horas, desde las diez de la mañana hasta las dos de la tarde, Madrid quedó militarmente ocupada por una fuerza mayor de 30.000 hombres bien armados, bien provistos de municiones y muy bien distribuidos. Polacos y mamelucos, mandados por el jefe de escuadrón Daumesnil, con sus veloces caballos y tirando mandobles para dar golpes mortales, fueron la viva imagen del terror. Los mamelucos eran una tropa egipcia que se dedicaban al pillaje y al exterminio e iban armados con alfanjes cortos y curvados, y ceñidas a la cintura cinco o siete pistolas y dobles cuchillos, que eran deseados por los desarmados insurrectos, los cuales saltaban con ligereza y seguridad sobre los caballos y acuchillaban a sus jinetes, que al caer muertos eran despojados inmediatamente de sus armas. De este modo los pintó Goya, testigo de estas hazañas.

Dos horas duró en el centro de la villa el fuego y la refriega con las fuerzas que enviaron el General Grouchy en persona, los de brigada Guillot y D´Aubray, los jefes de escuadrón Daumesnil y Valence con sus mamelucos y polacos y otras fuerzas de caballería de la Guardia Imperial, y el coronel Friederichs, que avanzando por al calle Mayor con los fusileros de la guardia, vino a estrechar el ya de si disminuido espacio donde se defendía el pueblo.

Mientras que en los barrios bajos, en los arrabales y en las afueras de Madrid, la agresión de la puerta de Palacio produjo las matanzas de las primeras horas, otros grupos tomaron otra dirección distinta.
Molina y Soriano, promotor de las alarmas de la Puerta del Príncipe, como anteriormente se ha reseñado, después que los franceses hicieron las primeras descargas en aquel lugar y en Santa María de la Almudena, como vio a la gente desarmada y recordó los depósitos que había observado en el Parque de Artillería, animó a su grupo y les instó a seguirle al Parque a por armas. La gente que confiaba en él le siguió por las Monjas de Santa Clara, calle del Espejo, plazuela de Herradores, calle de las Hileras, Postigo de San Martín, calle de Hita, calle de Tudescos, Corredera de San Pablo, plazuela de San Ildefonso, calle de la Palma Alta y las Maravillas, se dirigieron al Parque gritando para que los que se encontraban dentro de este les conocieran. A los que se encontraban por el camino les decían: “Muchachos, vamos a armarnos al Parque, que hay motín contra los gabachos”. Alcalá Galiano cuenta que el mismo se agregó a una de estas cuadrillas capitaneadas por un muchacho, con quienes se dirigió a la calle de Fuencarral.

D. Andrés Rovira y Valdeosa, capitán agregado al regimiento provincial de Cuba, en el expediente que instruyó en 1816 para que se le hiciese partícipe de las gracias concedidas a los que contrajeron merecimientos insignes en la jornada del Dos de mayo de 1808, oyó en la calle Ancha de San Bernardo, a las nueve y media de la mañana las voces de: “A las armas españoles, ¡De orden del Gobierno!”. Jerónimo Moraza, en el expediente de Cosme de mora, dice que vio en la calle de Silva a un capitán de Artillería española que iba gritando “Al arma, al arma vecinos”.
Más de los que acudieron al Parque afirman haber oído frases análogas en todas las calles de Madrid en la mañana del día 2 por los que reclutaban patriotas para la defensa de Monteleón.

¿Revela esto que la resistencia que se hizo en el Parque de Artillería de Monteleón no fue un suceso casual, y que estuvo preparado por los heroicos oficiales de Artillería que en el perecieron y por algunos elementos poderosos que formaban la Regencia del Reino?. Viene a afirma esta sospecha una carta de Napoleón escrita al Gran Duque de Berg en Bayona el 5 de mayo a las seis de la tarde, dos horas después de la llegada del correo de Hannecourt con las noticias de la insurrección de Madrid, en la que el Emperador decía: “Tengo pruebas de que el Infante D. Antonio y los de la Junta son los que han tramado la insurrección, las he hallado en los correos interceptados”.

Sea cierta esta sospecha o no, lo cierto es que hubo varios jefes de pelotón cuyo principal esfuerzo se empleó únicamente en la defensa del Parque y desde el primer instante hacia el dirigieron sus fuerzas.
Uno de estos grupos se formó en la plazuela de Matute a cargo de D. José Fernández Villaamil, otro en la botillería de D. José Rodríguez, en la Carrera de San Jerónimo. El médico de la Familia Real, D. José Albarrán, congregó es suyo en la calle Ancha de San Bernardo, y en la misma calle, otro grupo de catalanes de D. Andrés Rovira. D. Cayetano Miguel Manchón formó una partida en el atrio de San Isidro, en la calle de Toledo y surgió otra partida en Atocha. El arquitecto D. Alfonso Sánchez armó con pistolas, escopetas, pólvora y balas de su propia casa a la gente, formó su partida junto a San Ginés, y en la calle de la Bola, los lacayos del Conde de Altamira y del embajador de Portugal organizaron otras cuadrillas. Por último, en la Corredera de San Pablo también constituyó la que capitaneo en el Parque durante la batalla el almacenista de carbón Cosme Mora.

No todas estas partidas llegaron hasta el Parque, que era su objetivo, algunas fueron sorprendidas en el camino y tuvieron que defenderse. Algunas se disgregaron cuando cayeron sus jefes. Las de Rovira y Albarrán acompañaron a Velarde desde la Junta Superior Económica de Artillería al cuartel de los Voluntarios del Estado, y desde dicho cuartel al Parque, con la compañía del Capitán D. Rafael de Goicoechea.

 

El ayudante del Parque y teniente del Cuerpo de Artillería D. Rafael Arango, dice que el fue el primero que entró en Monteleón aquel día y el último que salió. Era un oficial muy joven, natural de La Habana, de una antigua familia noble y de origen vasco. Comenzó su carrera siendo cadete en las milicias de La Habana, en 1799, pasó luego al Regimiento de Infantería de Granada, ya en la península y habiendo ascendido a subteniente de Infantería, en 1805 se le entregó el despacho de Teniente de Artillería. En la guerra contra los ingleses sirvió en el acantonamiento del Ferrol, más tarde prestó sus servicios en La Habana, hacia donde se embarcó en agosto de 1807 siendo apresado por los ingleses y canjeado en La Coruña en septiembre, donde permaneció hasta principios de abril de 1808, cuando al llegar su hermano, intendente honorario del ejército, se incorporó con él en Madrid. Pudo no aceptar, pero ya se barruntaba algo acerca de la lucha contra los franceses y a la primera insinuación del vocal de la Junta Superior, el Coronel Navarro Falcón, admitió el cargo de ayudante. Pronto se ganó la confianza de su jefe inmediato, Daoiz, pero nunca supo nada de los planes de la insurrección.
A las siete de la mañana, Arango se dispuso a salir a por la Orden, su hermano le dijo: “Adiós, en todo caso no olvides que hemos nacido españoles”. El Gobernador de la Plaza, D. Fernando de la Vera, Mariscal de Campo, le entregó la Orden General que se reducía a retirar las tropas a sus cuarteles y no permitirles juntarse con el pueblo. Pasó la Orden a la Junta Superior, donde Navarro Falcón le dio otra análoga a la del Gobernador y le dijo: “Váyase usted inmediatamente al cuartel, porque tengo noticias de que a la puerta hay muchos grupos esperando a que se les arme. Disuádalos usted de su intención con cuantos medios le sugiera la prudencia”.


Al llegar al Parque, había alguna gente, pero en un número muy pequeño y a ver a un oficial de Artillería rompieron en gritos de Viva España y Viva el Rey Fernando. También estaba acuartelada en el Parque de Monteleón una compañía del tren de Artillería de los franceses, cuyo jefe había mandado formar a los 75 soldados, un tambor y cuatro subalternos en actitud de vigilar la puerta de entrada, el cuartel, las cuadras, el pabellón de guardia y la armería. Al entrar Arango, el oficial francés intercambió con él unas palabras manifestándole su enfado hacia la gente que se encontraba en la calle y que los insultaban, manifestando su intención de disolverlos a tiros. Arango lo calmó, apelando a la prudencia, con lo que el oficial francés quedó de acuerdo. Al introducirse en el interior para pasar lista de ordenanza a su tropa, Arango solamente pudo contar 16 artilleros entre sargentos, cabos y soldados, previniéndoles. Encargó al cabo Eusebio Alonso que fuese a la puerta y vigilase la actitud del pueblo y a la tropa francesa. Se fue a la sala de armas con el cabo José Montaño y tres artilleros y les encargó poner piedras a los fusiles mientras él se ocupaba de otros preparativos. De repente creció el tumulto y la algarabía procedente del exterior. Eran aproximadamente las nueve y media cuando se empezó a sentir el clamor popular por la calle Ancha de San Bernardo, y al fondo de la calle, en las perpendiculares al Parque, las calles de San Gregorio, Tres Cruces y San Pedro comenzó a aparecer gente alborotada.


Los vecinos salían de sus casas para unirse, y entre ellos muchas mujeres. En frente del Parque vivía el maestro mayor del mismo Juan Pardo, el cual instó al cabo Alonso a que cerrase las puertas y avisase a su jefe de lo que sucedía. Para Arango era una empresa desproporcionada con su experiencia, rango y responsabilidad, pero nada mas salir al patio se encontró con un Alférez de Navío, Ezeta de apellido, que le instó a armar al pueblo, “porque habiendo los franceses tocado a degüello, es preciso decidirse a morir matando”. Arango le confió entonces la misión de salir por la puerta falsa para dar parte al Coronel Navarro Falcón de lo que estaba sucediendo, el Alférez de Navío aceptó y salió por la puerta, nunca más se volvió a saber de él.


Pero en aquel momento cambió la decoración para Arango. Se paseaba indeciso por el patio, cuando el artillero francés, al cual su jefe atemorizado había puesto en la puerta para reconocer a los que viniesen, abrió esta y entró un Capitán de Artillería. Era Daoiz, que saludo a Arango y le pregunto con serenidad: “¿Qué tenemos por aquí?”, aún no había terminado Arango de contarle lo que pasaba cuando llegaron el Capitán Cónsul, el Teniente D. Gabriel de Torres y el Subteniente D. Felipe Carpegna.


A la misma hora se presentaba en las oficinas de la Junta Superior el Capitán D. Pedro Velarde. Llegó frenético, con el semblante descompuesto, los ojos inquietos y brillantes y el rostro encendido. Se sentó en su mesa, a la derecha de su jefe inmediato, Navarro Falcón. Cogió una pluma y trazando líneas y rasgos sobre un papel comenzó a murmurar en alto “Hay que batirse. Es fuerza morir. Es preciso batirnos. Es preciso morir”. En esto llegó Navarro Falcón y quedo aterrado de la sobreexcitación de Velarde. También Velarde le sintió llegar, y sin levantar la mirada ni darle tiempo a decir nada le dijo con una gran resolución: “Mi comandante, vamos a batirnos con los franceses”. Navarro le dejó silenciosamente la Orden trasmitida por el Gobernador Vera, y Velarde, apartándola con desdén se incorporó de su asiento con arrogancia y gallardía, clavó su mirada en su jefe y continuó diciendo: “Si; a batirnos. A batirnos. A batirnos y a morir”.


Navarro Falcón era un soldado antiguo, y en su carrera, había participado en la toma de la Isla de Santa Catalina, en Brasil, tomando parte en 1776 de la expedición del General D. Pedro Cevallos contra los portugueses. Tomó parte contra los británicos en el Río de la Plata en 1778 y en la rendición de la plaza colonial de Sacramento. Participó en 1779 del sitio de Gibraltar. Su larga vida militar había sido una serie de dilatados combates. Había sido actor o testigo de muchas hazañas y había compartido campamento con mucho que, con justicia, merecieron el calificativo de héroes. En esto sonó por la calle vecina un estruendo de fusiles y paso acompasados, caballos que corrían, voces de mando y el clamor del pueblo, y Velarde, repitiendo furioso su frase “A morir. A vengar a España”, se precipitó por las escaleras cogiéndole el fusil a uno de los ordenanzas. Promovidos por aquella escena, le siguieron también armados D. Manuel Almira, oficial de cuenta y D. Domingo Rojo Martínez. Ya en la calle se les unión con vítores entusiastas el pelotón que mandaba D. Andrés Rovira.
Velarde se dirigió al Cuartel de Voluntarios del Estado, en la calle Ancha de San Bernardo. Algunos de sus oficiales y casi todos los soldados eran participes del patriotismo existente y pedían a su Coronel, D. Esteban Giradles Sanz y Merino, Marqués de Palacio, soldado de las viejas campañas de Francia, Portugal e Inglaterra dejarlos ir a tomar parte de la revuelta. El Coronel refrenaba estos ánimos manteniendo el regimiento formado en el patio y en actitud de defensa y se negó a dejar a sus soldados participar en el motín. Velarde logró que el Marqués de Palacio le permitiese reforzar el Parque de Artillería, en vista a que los franceses habían introducido en él una fuerza superior a la que disponían nuestros artilleros. Fue la tercera compañía del segundo batallón, compuesta de 33 fusileros, al mando del Capitán D. Rafael Goicoechea teniendo bajo sus órdenes los tenientes D. José Notoria y D. Jacinto Ruiz de Mendoza, el Subteniente D. Tomás Burguesa y los cadetes D. Andrés Pacheco y D. Juan Rojo. Las instrucciones que el Coronel dio a Goicoechea fueron las de no cometer, sin nuevo aviso, acto alguno de hostilidad contra ninguna fuerza francesa.

       Librería "Tercios Viejos: El rincón de la historia" - El Gran Capitán

 

El Gran Capitán. Historia Militar.