Amaneció el día dos y empezó lentamente el movimiento del pueblo de Madrid. A las ocho de la mañana, el tambor de los guardias que se relevaban se oyó pacíficamente en todos los cuarteles de la capital. Sólo en las puertas que franqueaban el paso a la villa se notaba desde el amanecer, mayor animación que la de costumbre, esas horas eran las normales en las que venían de los pueblos cercanos los mercaderes con sus cargamentos. Esta larga e ininterrumpida procesión no cesó en toda la mañana, parecían convocados a algún suceso extraordinario. Se notó que en los lugares contiguos a las posesiones reales, venían casi en masa, toda la población de hombres robustos, capaces de acometer cualquier empresa, y muchos traían a sus hijos. A primera hora reinaba una completa calma y tranquilidad.
A las siete llegaron a la Puerta de Príncipe, en Palacio, dos carruajes, que esperaron durante un largo periodo de tiempo. El Conde Selvático, un gentilhombre florentino de la servidumbre de la Reina de Etruria bajó y estuvo al cuidado de las últimas minucias. A las ocho y media apareció la Reina con O´Farril. Ocupó, con sus hijos, un aya y un mayordomo, el primer carruaje. En el segundo entró alguna servidumbre. Algunos viejos servidores de la Casa Real le hicieron las últimas reverencias y el primer carruaje partió por la antigua Huerta de Priora, donde se hallaba la Biblioteca del Rey, tomó por delante del Teatro de la Ópera, y siguió en dirección de la calle del Tesoro. De su salida solamente fueron testigos algunas mujeres y dos o tres hombres, que presenciaron la marcha en silencio.
El segundo coche no se movía, como si esperase a alguna persona muy importante que debiera tomar parte del viaje. De repente, por la calle Nueva de Palacio, llegó nervioso otro hombre, preguntó a las mujeres y se informó de lo sucedido, se aproximó al carruaje y exploró con inquietud a los que lo ocupaban, como si buscase algo de valor. Con la misma prisa entró en Palacio y algunos segundos después volvió a aparecer gritando:
“¡Traición! ¡Traición! ¡Nos han llevado al Rey y se nos quieren llevar a todas las personas reales! ¡Mueran, mueran los franceses!”
A estos gritos comenzó a llegar gente. El hombre cada vez gritaba más fuerte, levantando al pueblo, y los que llegaban, secundaban su voz, comenzando todos a gritar: “¡Mueran los franceses! ¡Que no salgan los Infantes!”.
En este momento, un gentilhombre salió al balcón de Palacio y exclamó: “¡Vasallos, a las armas! ¡Que se llevan al Infante!”.
La confusión fue tremenda. Arrastrado por el primer hombre, un grupo de unos 60 o 70 individuos invadió la estancia Real y llegó hasta las galerías altas, dirigiéndose a las habitaciones del Infante D. Antonio. En la puerta estaba el jefe de los Reales Guardias de Corps, D. Pedro Torres y dijo a los que llegaban: “¡Por Dios, hijos, esténse quietos, que tenemos quien nos guarde las espaldas!”, a lo que el que hacía de jefe del grupo respondió: “¡Por Cristo!, que los madrileños no necesitamos que nos guarden las espaldas. ¡Mueran, mueran los franceses!”.
Descolorido salió en aquel momento el joven Infante D. Francisco, acompañado por un Grande, casi un niño, pues no tenía más que 12 años. En su rostro se podía ver la profunda emoción que le embargaba. Un grito unánime de “¡Viva el Infante, viva!”, resonó al verlo, y entre frases de cariño y aplausos, le pidieron que no consintiera que le sacaran de Palacio, que ponían todos a sus pies la vida para guardarle.
El Príncipe se rehizo, y dejó acercarse a algunos que le besaban las manos con pasión y ofreció mostrarse al pueblo para que lo proclamara. Cuando el Infante apareció en el balcón, rayó la locura, ya que todas las inmediaciones estaban pobladas de un gentío inmenso y por las calles que desembocaban al Palacio era cada vez más numerosa la oleada humana. El pueblo pedía al Infante que no se fuese, y este contestaba con corteses saludos y sonrisas, tirando a la vez besos con la mano.
Un nuevo accidente vino a cambiar aquel delirio de entusiasmo en un delirio de furor. El rumor de estas escenas había sido llevado inmediatamente al palacio cercano de Dª. María de Aragón, donde se alojaba el Gran Duque de Berg, el cual, mandó a Palacio a uno de sus acompañantes, M. Auguste Legrange, junto con un vélite, que llegaron llenos de audacia y arrogancia. Al verlo, un maestro cerrajero llamado D. José Blas Molina y Soriano gritó: “¡Matadlos! ¡Matadlos! ¡Que no entre en Palacio ningún francés!”, echándose el pueblo sobre ellos. Desenvainaron los sables, y un hijo del General Coupigny, oficial de las Reales Guardias Walonas, se los hizo envainar y les perdonó la vida. Llegó entonces un piquete de 20 soldados de la guardia de Murat para llevárselos. En aquel momento salió también O´Farril a las puertas de Palacio y dijo: “Márchense estos insurrectos a sus casas, que no necesitamos de ellos”.
La muchedumbre quedó contrariada en no poder saciar su cólera homicida en aquellos soldados, pues hasta entonces todo el coraje se había desecho en gritos y aclamaciones. El pueblo, aunque se sentía fortalecido con la justicia de su causa y se reconocía como instrumento de Dios, no se levantaba por si mismo, necesitaba un acceso más violento, de rabia o de espanto que aumentase la energía, necesitaba la primera copa de sangre que anulara sus sentidos como si se encontrasen embriagados.
Si aquella indecisión se hubiese prolongado algunos instantes más, tal vez la falta de iniciativa habría apagado los furores del tumulto. Aunque en aquellos críticos minutos hubo momentos en los que se esperó que la agresión partiese del pueblo. El mismo oficial de walonas D. Alejandro Coupigny, salvó por poco a un soldado francés que se dirigía con algún parte a alguno de los cuarteles próximos y era perseguido por una turba. En frente de San Juan otro grupo dio alcance y asesinó, pasándolo de parte a parte con un cuchillo, a otro soldado que transmitía una orden al cuartel de San Nicolás. Pero mientras la cólera del pueblo buscaba estos tristes y pobres objetos en los que cebarse, el sangriento drama inauguraba su acción.
Resuelto a ahogar el tumulto en su germen y a vengar los ultrajes a sus soldados, el Gran Duque de Berg mando castigar la agresión, había llegado el momento, suspirado por él, de imponer su dominación por el miedo. El emperador ya le había transmitido sus órdenes para que, ocurriendo este caso, infligiese un castigo inexorable.
El mariscal Jacques Murat (1767-1815), Gran Duque de Berg y de Clèves, fue el comandante jefe de las fuerzas francesas de ocupación en España. Cuadro de Gèrad.
La primera fuerza que desembocó por la explanada de Palacio fue el batallón de los granaderos de la Guardia Imperial, que estaba de guardia en el palacio cercano de Dª. María de Aragón, donde se encontraba el Gran Duque de Berg, reforzado por dos piezas de 24 y un escuadrón de cazadores polacos. Los jefes que mandaban esta columna no hicieron ningún aviso. Una descarga de fusilería a la que sucedió otra de metralla, fue el único aviso con el que se anunciaron a la desprevenida muchedumbre. El efecto fue terrible, D. José Rodrigo de Porras, portero más antiguo de Palacio, que en la primera descarga recibió una herida en la cara y otra en la cabeza de bala de rebote, vio caer heridos o muertos a unos diez españoles. Entre estas primeras víctimas hubo dos de la servidumbre alta de la Casa Real, D. Joaquín María de Mártola, aposentador honorario del Rey, al servicio de S.M. la Reina, que aún se hallaba dentro del coche, y D. Rodrigo López de Ayala y Barona, mayordomo de semana de S.M. que se encontraba en una ventana de Palacio.
La sorpresa de la agresión impulsó a la muchedumbre. En un primer impulso corrieron despavoridos, buscando donde esconderse. Se cerraron las puertas de Palacio, los Infantes y Ministros quedaron en la Cámara, absortos, mientras que los guardias de corps y alabarderos algunos de la guardia española y walona se municionaron con celeridad y se distribuyeron las posiciones interiores dispuestos a mantener la inmunidad de Palacio si los franceses intentaban apoderarse de este. Los granaderos de la Guardia Imperial se establecieron delante de la puerta del Príncipe, destacando piquetes de observación hacia las avenidas que concurrían hasta allí, mientras adelantaban los cañones que, sostenidos por otra fuerza que había llegado para apoyar desde el cuartel de San Nicolás, continuaron ametrallando a los grupos de la plaza de Santa María de la Almudena.
El estrépito de las voces de mando, el rechinar de los cañones y el zumbido de las descargas se mezclaban y confundían con los alaridos de dolor, los gritos de horror lanzados desde los balcones por las mujeres y los apagados quejidos de las víctimas moribundas, tendidas en la calle, casi ahogaba el redoble de los tambores y los toque de corneta que llamaban a los soldados franceses a sus cuarteles y al combate. Por todas partes se hacía fuego sobre la población civil. Vibró entonces con más fuerza el odio y la furia del motín les llevó a la temeridad. A continuación comenzó la lucha desesperada al pie de los mismos cañones enemigos. “¡A morir matando!”, gritaban unos, “¡No más esclavos!”, gritaban otros y al que se lamentaba de no tener armas otro le decía “¿No hay palos y cuchillos?”. De los balcones, ventanas y tejados volaban piedras, ladrillos y tejas, calderas de agua hirviendo, mesas, bancos y todo cuanto podía herir, magullar o producir la muerte. Este furor y rabia se propagó como un rayo por todo Madrid.
Al cañón de Santa María respondieron en los barrios y arrabales con el puñal y la navaja. En los barrios lejanos, sobre todo en la Puerta del Sol, cuando llegó el estampido del cañón y el estruendo del motín, se levantó un grito unánime que decía “A Palacio todos”. Se dirigieron a Palacio por las dos grandes avenidas, unos blandiendo sables y espadas para la lucha, otros cebando escopetas y pistolas, muchos con rejones, picas y hachas, y los menos armados con palos y bastones, hasta las mujeres abrían la marcha con resolución.
Casi una hora se prolongó por el pueblo de Madrid la matanza en la que el pueblo enfurecido sació su sed de sangre. Cada calle presenció algún sangriento sacrificio.
Si el cañón de Palacio fue para el pueblo la señal de la batalla, su estampido resonando el las colinas cercanas, puso en alerta a los cinco campamentos enemigos que rodeaban la capital, que se hallaban prevenidos desde la noche anterior.
A las primeras descargas de su guardia, el Gran Duque de Berg, había creído que la protesta del pueblo de Madrid quedaría derrotada con aquel alarde de crueldad, pero cuando vio que el castigo, en vez de intimidar, había exaltado a la población, no se creyó seguro en su aposento. Grouchy, Comandante General de Madrid, partió para ganar el Retiro, reunir las fuerzas acampadas con él con las de los cuarteles inmediatos, destacar la infantería para que obstruyese las puertas de la ciudad y avanzar con la caballería para despejar las calles, que el cañón y la metralla se encargarían luego de limpiar enteramente.
Emmanuel Grouchy
Aunque los granaderos y fusileros de la Guardia Imperial defendían su alojamiento con avanzadas, rodeado el Príncipe Murat de los Generales Moncey, Duque de Cornegliano, Mouton, Legrange, prisionero más tarde en Bailén, Conde de Lery, General de los Ingenieros, Franceschi, Rouyet, que después mandó los regimientos suizos, Augereau, hermano del Duque de Castiglione, Arizpe, Habert, Laplane, Levasseur, Ruty, Cossin, Lefevbre, Schranun, Boussard, de los prisioneros con Dupont, Cassaygne, y otros que no mandaban tropas, de una gran escolta de caballería y de todo el regimiento de los fusileros de la Guardia Imperial, salió al Campo de Guardias, entre los altos de la Puerta de San Vicente y de la alcantarilla de Leganitos, para dirigir las operaciones desde un punto en que dominaba la villa y desde donde pudiera retirarse a pernoctar en Chamartín si el alboroto no se apaciguaba antes de que terminara el día.
Le inquietaba la suerte de alguno de sus Generales, de los que, a pesar de sus instrucciones, no había recibido noticia ni parte alguno. Entre ellos se encontraban el General Legrand, a quien las manolas del barrio del Barquillo habían matado de forma violenta al tirarle desde un balcón un tiesto de flores, con tal suerte que le tiró del caballo y le produjo una conmoción cerebral y la muerte instantánea. También faltaba el General La Riboissière, Comandante General de Artillería del Estado Mayor General, a quien, del mismo modo que a otros jefes y oficiales, mientras duró la refriega, el pueblo insurrecto que vigilaba su alojamiento, no permitió salir.
En cuanto a las medidas defensivas del Gran Duque de Berg, no amedrentaban a los habitantes de Madrid. La matanza continuó siempre, y el segundo momento de la lucha popular que siguió al primer ímpetu desordenado, se dirigió a impedir la salida de las tropas francesas de los cuarteles, agruparse y formar barricadas en algunas de las puertas para recibir hostilmente a los que viniesen de los campamentos. Pero esta tentativa acertada, fracasó. Cada cuartel era un baluarte inaccesible para los pelotones populares, mal armados, mal disciplinados y sin cohesión ni dirección. En cuanto a las puertas y entradas de la villa, la tropa francesa se había adelantado a apoderarse de ellas.
Aquel intento nos dejó uno de los pasajes más feroces y heroicos de esta jornada, la defensa de la antigua Puerta de Toledo por las mujeres del Barrio de la Paloma, de la Plazuela de la Cebada y del Rastro, donde ni la sangre ni el dolor ni la muerte hizo desmayar a aquel puñado de heroínas, mezcladas con los caballos de los coraceros a los que abrían el vientre con sus navajas.
Entonces las masas ensangrentadas, armadas de cuchillos, navajas, hachas y hoces, cayeron como una avalancha sobre la Puerta del Sol. El mayor número de gente ocupaba la desembocadura de las calles de Alcalá y de la Carrera de San Jerónimo, entre la Soledad y la Victoria, la acera de la Casa de Correos y las gradas de San Felipe Neri y la Calle Mayor, hasta los portales de Roperos.
Apareció por el callejón de la Zarza un pelotón de franceses que conducían cargas de provisiones. Fue acosado, perseguido y cuando cayó sobre ellos la primera piedra, no hubo manera de sujetar a las masas, y el grupo, casi sin acción para defenderse, quedó en su totalidad muerto. Desembocaron el la calle de Alcalá, a caballo, dos mamelucos de la guardia, que desde el Retiro conducían un parte de Grouchy al Gran Duque de Berg. Fueron recibidos ferozmente, cercados por la multitud. Unos les pedían los papeles, otros gritaban “¡Matadlos!”, otros rompían en injurias contra ellos, Murat y Francia y todos gesticulaban con gran estrépito.
La carga de los mamelucos, Goya, 1814.
Los mamelucos siguieron sufriendo este martirio hasta que al llegar a la calle de la Montera, se desviaron al galope a modo de escape, disparando a la vez con sus pistolas, dejaron dos hombres y una mujer muertos y varios heridos. La multitud entonces volvió a acosarlos, uno cayó herido mortalmente de un balazo en la Red de San Luis, al otro lo alcanzaron en la calle de la Luna, derribándolo a tiros y le hicieron sufrir una cruel agonía arrastrándole de los cabellos.
Mientras ocurrían estos hechos los franceses se apresuraban en el Retiro enganchando los cañones y preparando los caballos, dispuestos a sembrar el horror por Madrid. Lo mismos se hacía en los otros cuatro acantonamientos. El Retiro, los cuarteles del Pósito y de la calle de Alcalá aportaron un contingente de 3.000 hombres a caballo, que por esa calle y por la Carrera de San Jerónimo avanzaban al galope, extendidos en anchos escuadrones que llenaban de acera a acera hasta la Puerta del Sol.
De la Casa de Campo subieron por el Puente y la Calle de Segovia 4.000 infantes; 2.000 coraceros de los Carabancheles entraron sobre los cadáveres de las mujeres por la Puerta de Toledo, llegando hasta el Portillo de Embajadores. Del Pardo y Puerta de Hierro subieron por la Puerta de San Vicente otros 4.000 infantes, que fueron a cubrir toda la zona, y particularmente el palacio del Gran Duque de Berg y el Palacio Real con avanzadillas hasta la Cuesta de Santo Domingo. Del Convento de San Bernardino entraron en dos columnas 6.000 hombres, de manera que, con los 6.000 que sacaron de los cuarteles de la villa, en cuatro horas, desde las diez de la mañana hasta las dos de la tarde, Madrid quedó militarmente ocupada por una fuerza mayor de 30.000 hombres bien armados, bien provistos de municiones y muy bien distribuidos. Polacos y mamelucos, mandados por el jefe de escuadrón Daumesnil, con sus veloces caballos y tirando mandobles para dar golpes mortales, fueron la viva imagen del terror. Los mamelucos eran una tropa egipcia que se dedicaban al pillaje y al exterminio e iban armados con alfanjes cortos y curvados, y ceñidas a la cintura cinco o siete pistolas y dobles cuchillos, que eran deseados por los desarmados insurrectos, los cuales saltaban con ligereza y seguridad sobre los caballos y acuchillaban a sus jinetes, que al caer muertos eran despojados inmediatamente de sus armas. De este modo los pintó Goya, testigo de estas hazañas.
Dos horas duró en el centro de la villa el fuego y la refriega con las fuerzas que enviaron el General Grouchy en persona, los de brigada Guillot y D´Aubray, los jefes de escuadrón Daumesnil y Valence con sus mamelucos y polacos y otras fuerzas de caballería de la Guardia Imperial, y el coronel Friederichs, que avanzando por al calle Mayor con los fusileros de la guardia, vino a estrechar el ya de si disminuido espacio donde se defendía el pueblo.
Mientras que en los barrios bajos, en los arrabales y en las afueras de Madrid, la agresión de la puerta de Palacio produjo las matanzas de las primeras horas, otros grupos tomaron otra dirección distinta.
Molina y Soriano, promotor de las alarmas de la Puerta del Príncipe, como anteriormente se ha reseñado, después que los franceses hicieron las primeras descargas en aquel lugar y en Santa María de la Almudena, como vio a la gente desarmada y recordó los depósitos que había observado en el Parque de Artillería, animó a su grupo y les instó a seguirle al Parque a por armas. La gente que confiaba en él le siguió por las Monjas de Santa Clara, calle del Espejo, plazuela de Herradores, calle de las Hileras, Postigo de San Martín, calle de Hita, calle de Tudescos, Corredera de San Pablo, plazuela de San Ildefonso, calle de la Palma Alta y las Maravillas, se dirigieron al Parque gritando para que los que se encontraban dentro de este les conocieran. A los que se encontraban por el camino les decían: “Muchachos, vamos a armarnos al Parque, que hay motín contra los gabachos”. Alcalá Galiano cuenta que el mismo se agregó a una de estas cuadrillas capitaneadas por un muchacho, con quienes se dirigió a la calle de Fuencarral.
D. Andrés Rovira y Valdeosa, capitán agregado al regimiento provincial de Cuba, en el expediente que instruyó en 1816 para que se le hiciese partícipe de las gracias concedidas a los que contrajeron merecimientos insignes en la jornada del Dos de mayo de 1808, oyó en la calle Ancha de San Bernardo, a las nueve y media de la mañana las voces de: “A las armas españoles, ¡De orden del Gobierno!”. Jerónimo Moraza, en el expediente de Cosme de mora, dice que vio en la calle de Silva a un capitán de Artillería española que iba gritando “Al arma, al arma vecinos”.
Más de los que acudieron al Parque afirman haber oído frases análogas en todas las calles de Madrid en la mañana del día 2 por los que reclutaban patriotas para la defensa de Monteleón.
¿Revela esto que la resistencia que se hizo en el Parque de Artillería de Monteleón no fue un suceso casual, y que estuvo preparado por los heroicos oficiales de Artillería que en el perecieron y por algunos elementos poderosos que formaban la Regencia del Reino?. Viene a afirma esta sospecha una carta de Napoleón escrita al Gran Duque de Berg en Bayona el 5 de mayo a las seis de la tarde, dos horas después de la llegada del correo de Hannecourt con las noticias de la insurrección de Madrid, en la que el Emperador decía: “Tengo pruebas de que el Infante D. Antonio y los de la Junta son los que han tramado la insurrección, las he hallado en los correos interceptados”.
Sea cierta esta sospecha o no, lo cierto es que hubo varios jefes de pelotón cuyo principal esfuerzo se empleó únicamente en la defensa del Parque y desde el primer instante hacia el dirigieron sus fuerzas.
Uno de estos grupos se formó en la plazuela de Matute a cargo de D. José Fernández Villaamil, otro en la botillería de D. José Rodríguez, en la Carrera de San Jerónimo. El médico de la Familia Real, D. José Albarrán, congregó es suyo en la calle Ancha de San Bernardo, y en la misma calle, otro grupo de catalanes de D. Andrés Rovira. D. Cayetano Miguel Manchón formó una partida en el atrio de San Isidro, en la calle de Toledo y surgió otra partida en Atocha. El arquitecto D. Alfonso Sánchez armó con pistolas, escopetas, pólvora y balas de su propia casa a la gente, formó su partida junto a San Ginés, y en la calle de la Bola, los lacayos del Conde de Altamira y del embajador de Portugal organizaron otras cuadrillas. Por último, en la Corredera de San Pablo también constituyó la que capitaneo en el Parque durante la batalla el almacenista de carbón Cosme Mora.
No todas estas partidas llegaron hasta el Parque, que era su objetivo, algunas fueron sorprendidas en el camino y tuvieron que defenderse. Algunas se disgregaron cuando cayeron sus jefes. Las de Rovira y Albarrán acompañaron a Velarde desde la Junta Superior Económica de Artillería al cuartel de los Voluntarios del Estado, y desde dicho cuartel al Parque, con la compañía del Capitán D. Rafael de Goicoechea.
El ayudante del Parque y teniente del Cuerpo de Artillería D. Rafael Arango, dice que el fue el primero que entró en Monteleón aquel día y el último que salió. Era un oficial muy joven, natural de La Habana, de una antigua familia noble y de origen vasco. Comenzó su carrera siendo cadete en las milicias de La Habana, en 1799, pasó luego al Regimiento de Infantería de Granada, ya en la península y habiendo ascendido a subteniente de Infantería, en 1805 se le entregó el despacho de Teniente de Artillería. En la guerra contra los ingleses sirvió en el acantonamiento del Ferrol, más tarde prestó sus servicios en La Habana, hacia donde se embarcó en agosto de 1807 siendo apresado por los ingleses y canjeado en La Coruña en septiembre, donde permaneció hasta principios de abril de 1808, cuando al llegar su hermano, intendente honorario del ejército, se incorporó con él en Madrid. Pudo no aceptar, pero ya se barruntaba algo acerca de la lucha contra los franceses y a la primera insinuación del vocal de la Junta Superior, el Coronel Navarro Falcón, admitió el cargo de ayudante. Pronto se ganó la confianza de su jefe inmediato, Daoiz, pero nunca supo nada de los planes de la insurrección.
A las siete de la mañana, Arango se dispuso a salir a por la Orden, su hermano le dijo: “Adiós, en todo caso no olvides que hemos nacido españoles”. El Gobernador de la Plaza, D. Fernando de la Vera, Mariscal de Campo, le entregó la Orden General que se reducía a retirar las tropas a sus cuarteles y no permitirles juntarse con el pueblo. Pasó la Orden a la Junta Superior, donde Navarro Falcón le dio otra análoga a la del Gobernador y le dijo: “Váyase usted inmediatamente al cuartel, porque tengo noticias de que a la puerta hay muchos grupos esperando a que se les arme. Disuádalos usted de su intención con cuantos medios le sugiera la prudencia”.
Al llegar al Parque, había alguna gente, pero en un número muy pequeño y a ver a un oficial de Artillería rompieron en gritos de Viva España y Viva el Rey Fernando. También estaba acuartelada en el Parque de Monteleón una compañía del tren de Artillería de los franceses, cuyo jefe había mandado formar a los 75 soldados, un tambor y cuatro subalternos en actitud de vigilar la puerta de entrada, el cuartel, las cuadras, el pabellón de guardia y la armería. Al entrar Arango, el oficial francés intercambió con él unas palabras manifestándole su enfado hacia la gente que se encontraba en la calle y que los insultaban, manifestando su intención de disolverlos a tiros. Arango lo calmó, apelando a la prudencia, con lo que el oficial francés quedó de acuerdo. Al introducirse en el interior para pasar lista de ordenanza a su tropa, Arango solamente pudo contar 16 artilleros entre sargentos, cabos y soldados, previniéndoles. Encargó al cabo Eusebio Alonso que fuese a la puerta y vigilase la actitud del pueblo y a la tropa francesa. Se fue a la sala de armas con el cabo José Montaño y tres artilleros y les encargó poner piedras a los fusiles mientras él se ocupaba de otros preparativos. De repente creció el tumulto y la algarabía procedente del exterior. Eran aproximadamente las nueve y media cuando se empezó a sentir el clamor popular por la calle Ancha de San Bernardo, y al fondo de la calle, en las perpendiculares al Parque, las calles de San Gregorio, Tres Cruces y San Pedro comenzó a aparecer gente alborotada.
Los vecinos salían de sus casas para unirse, y entre ellos muchas mujeres. En frente del Parque vivía el maestro mayor del mismo Juan Pardo, el cual instó al cabo Alonso a que cerrase las puertas y avisase a su jefe de lo que sucedía. Para Arango era una empresa desproporcionada con su experiencia, rango y responsabilidad, pero nada mas salir al patio se encontró con un Alférez de Navío, Ezeta de apellido, que le instó a armar al pueblo, “porque habiendo los franceses tocado a degüello, es preciso decidirse a morir matando”. Arango le confió entonces la misión de salir por la puerta falsa para dar parte al Coronel Navarro Falcón de lo que estaba sucediendo, el Alférez de Navío aceptó y salió por la puerta, nunca más se volvió a saber de él.
Pero en aquel momento cambió la decoración para Arango. Se paseaba indeciso por el patio, cuando el artillero francés, al cual su jefe atemorizado había puesto en la puerta para reconocer a los que viniesen, abrió esta y entró un Capitán de Artillería. Era Daoiz, que saludo a Arango y le pregunto con serenidad: “¿Qué tenemos por aquí?”, aún no había terminado Arango de contarle lo que pasaba cuando llegaron el Capitán Cónsul, el Teniente D. Gabriel de Torres y el Subteniente D. Felipe Carpegna.
A la misma hora se presentaba en las oficinas de la Junta Superior el Capitán D. Pedro Velarde. Llegó frenético, con el semblante descompuesto, los ojos inquietos y brillantes y el rostro encendido. Se sentó en su mesa, a la derecha de su jefe inmediato, Navarro Falcón. Cogió una pluma y trazando líneas y rasgos sobre un papel comenzó a murmurar en alto “Hay que batirse. Es fuerza morir. Es preciso batirnos. Es preciso morir”. En esto llegó Navarro Falcón y quedo aterrado de la sobreexcitación de Velarde. También Velarde le sintió llegar, y sin levantar la mirada ni darle tiempo a decir nada le dijo con una gran resolución: “Mi comandante, vamos a batirnos con los franceses”. Navarro le dejó silenciosamente la Orden trasmitida por el Gobernador Vera, y Velarde, apartándola con desdén se incorporó de su asiento con arrogancia y gallardía, clavó su mirada en su jefe y continuó diciendo: “Si; a batirnos. A batirnos. A batirnos y a morir”.
Navarro Falcón era un soldado antiguo, y en su carrera, había participado en la toma de la Isla de Santa Catalina, en Brasil, tomando parte en 1776 de la expedición del General D. Pedro Cevallos contra los portugueses. Tomó parte contra los británicos en el Río de la Plata en 1778 y en la rendición de la plaza colonial de Sacramento. Participó en 1779 del sitio de Gibraltar. Su larga vida militar había sido una serie de dilatados combates. Había sido actor o testigo de muchas hazañas y había compartido campamento con mucho que, con justicia, merecieron el calificativo de héroes. En esto sonó por la calle vecina un estruendo de fusiles y paso acompasados, caballos que corrían, voces de mando y el clamor del pueblo, y Velarde, repitiendo furioso su frase “A morir. A vengar a España”, se precipitó por las escaleras cogiéndole el fusil a uno de los ordenanzas. Promovidos por aquella escena, le siguieron también armados D. Manuel Almira, oficial de cuenta y D. Domingo Rojo Martínez. Ya en la calle se les unión con vítores entusiastas el pelotón que mandaba D. Andrés Rovira.
Velarde se dirigió al Cuartel de Voluntarios del Estado, en la calle Ancha de San Bernardo. Algunos de sus oficiales y casi todos los soldados eran participes del patriotismo existente y pedían a su Coronel, D. Esteban Giradles Sanz y Merino, Marqués de Palacio, soldado de las viejas campañas de Francia, Portugal e Inglaterra dejarlos ir a tomar parte de la revuelta. El Coronel refrenaba estos ánimos manteniendo el regimiento formado en el patio y en actitud de defensa y se negó a dejar a sus soldados participar en el motín. Velarde logró que el Marqués de Palacio le permitiese reforzar el Parque de Artillería, en vista a que los franceses habían introducido en él una fuerza superior a la que disponían nuestros artilleros. Fue la tercera compañía del segundo batallón, compuesta de 33 fusileros, al mando del Capitán D. Rafael Goicoechea teniendo bajo sus órdenes los tenientes D. José Notoria y D. Jacinto Ruiz de Mendoza, el Subteniente D. Tomás Burguesa y los cadetes D. Andrés Pacheco y D. Juan Rojo. Las instrucciones que el Coronel dio a Goicoechea fueron las de no cometer, sin nuevo aviso, acto alguno de hostilidad contra ninguna fuerza francesa.
La llegada al Parque de aquella tropa, a cuyo frente venía un Capitán de Artillería, produjo el delirio entre la gente que inundaba las confluencias del Parque. El edificio se hallaba cerrado. Velarde llamó, y viendo que era otro oficial de Artillería y como se había mandado que fuesen todos allí, no tuvo dificultad en que le abrieran la puerta. Todavía estaba formada la fuerza francesa, mientras Daoiz, acompañado de Arango, que aún le informaba, subía con carácter pensativo las escaleras de la sala de armas. Arango le informó en lo que había empleado al cabo y a los tres artilleros. De repente Daoiz sacó de su bolsillo la orden escrita que le había sido transmitida y pregunto con melancolía a Arango “¿Qué quiere usted que hagamos?”, y perplejo, pero satisfecho ante la gran responsabilidad que sobre él pesaba, Arango contestó “Yo, mi capitán, estoy a las órdenes de usted”. Entretanto, el Sargento Mayor D. Francisco Xavier Valcárcel había llegado con una orden de que el Gobierno había dispuesto armar al pueblo, pero sin recibirlo contestó: “Ese hombre es un atrevido o un cobarde, lo que no sabe ni lo que se hace ni lo que se dice”. Al bajar al patio habían llegado nuevos oficiales del Arma, los capitanes D. José Dalp, D. José Córdova de Figueroa y D. Pedro Velarde. También estaba allí el Guardia de Corps D. José Pacheco.
Cuando Velarde entró en el Parque se dirigió al capitán de la tropa francesa a quien dijo: “Esta usted perdido, si no se oculta con su gente. Entreguen las armas, pues el pueblo va a forzar la entrada y no respondemos de que sea usted atropellado”. El oficial francés se resistió, pero Velarde se lo repitió añadiendo: “No provoque usted la ira del pueblo, ni de lugar a que lo que puede hacer de buen grado haya que ejecutarlo por la fuerza. El tiempo es precioso y urge. Rinda usted las armas sin perder un solo momento”. Ayudando al capitán español se oía el clamor procedente de la calle. Los franceses rindieron las armas ante los Voluntarios del Estado y fueron hechos prisioneros en unas cuadras. A los oficiales se les trató con distinción y se les recluyó en el pabellón de oficiales.
Daoiz examinó las ideas de Velarde y las órdenes que tenía para tomar aquella decisión. Hubo entre ellos algunas réplicas de cierta viveza, pero Daoiz hizo sentir su superioridad. Solamente su voluntad era obedecida en el Parque y ninguno de sus compañeros sentía humillación al rendirse a su obediencia. Se aisló de los demás durante unos minutos, meditando y dando un pequeño paseo por el patio. Todos le miraban en completo silencio, detrás, el ruido ensordecedor del pueblo. Daoiz no pudo resistir la excitación del pueblo y se detuvo, miró a sus compañeros, desenvainó el sable y dijo a los artilleros: “Las armas al pueblo. ¿No son nuestros hermanos?”. Velarde se acercó y le abrazó, entonces todos desenvainaron sus sables. Se abrieron las puertas, penetrando la masa, y cada oficial ocupó su puesto. Las primeras armas que se entregaron fueron las de los artilleros franceses, fusiles y sables. Los demás se apropiaron de toda clase de armas de la sala de armas, principalmente blancas, ya que no estaban instruidos en el manejo de las armas de fuego y preferían las bayonetas. Velarde debía cuidar de la organización, pero era imposible. Un gran número de personas, una vez armadas, desertaron en busca de combate solitario por las calles. Pero con la ayuda de algunos jefes que acaudillaban a aquellas gentes, Velarde consiguió retener a bastante gente, las distribuyó por escuadras, cuyo mando dio a los que venían a su cabeza y situó a algunos en los balcones de los pisos superiores del Parque. Había otras fuerzas en las aceras que servían de avanzada, a la vez que protegían los movimientos de los cañones que se ponían en la calle a pecho descubierto. Los Voluntarios del Estado se dividieron en dos secciones, una para defender la parte del edificio que daba a la Ronda y la otra en las ventanas que daban a la calle San José.
Daoiz mandó sacar, limpiar, cargar y disponer en el patio tres cañones de a ocho, cuatro para las tres bocacalles y otros dos de reserva en la entrada principal del Parque.
Era un hermoso espectáculo, el frío patriotismo de Daoiz contrastaba con el inflamable de Velarde. Todavía no se había disparado el primer tiro, y aquellos dos hombres habían inspirado en el pueblo una gran confianza.
Se presentó primero en el Parque una pequeña fuerza francesa pidiendo asilo en el Parque, a los que Goicoechea desde las ventanas ahuyentó a tiros, causándoles una o dos bajas. Después, el grupo que Velarde había asentado en los balcones de la calle San José avistó por la calle de Fuencarral un batallón que iba hacia el Parque, era el batallón de Westfalia. Entonces Daoiz reunió en el patio al lado de las piezas a los oficiales y artilleros, y proclamando la independencia y libertad de España, juraron obediencia a Daoiz y Velarde y se dispusieron a entrar en combate. En medio de este acto, destacó el Teniente de Voluntarios del Estado D. Jacinto Ruiz y Mendoza, soldado africano, que tendió su espada junto con las de los artilleros y juró morir con ellos en aras de la libertad de la Patria.
La primera voz de Daoiz fue la de guardar silencio. Velarde subió, acompañado de Carpegna, a observar los movimientos de aquel batallón, y comprobó que eran hostiles, ya que sus gastadores intentaban abrir las puertas con sus hachas. Desde las casas y los balcones la fusilería abrió fuego, y cuando la tropa enemiga ya enfilaba la entrada, tres disparos consecutivos de cañón mandados por Daoiz al grito de “¡Viva España! ¡Viva Fernando VII! ¡Mueran los franceses!”, hicieron desaparecer casi instantáneamente la columna, que al trueno de la Artillería fueron masacrados por los proyectiles. Mayor que sus pérdidas fue la sorpresa, que no imaginaron encontrar en aquel sitio una resistencia tan bien organizada. El batallón de Westfalia se dio a la fuga, hiriendo los fusileros españoles a algunos soldados. El pueblo gritó: “Victoria. Victoria para nosotros”, añadiendo “Mueran los gabachos” y tuvieron que impedirles que saliesen persiguiéndolos en desbandada.
Fue cuando desembocó por la calle de San Pedro Nueva el grupo que mandaba desde Palacio Molina Soriano, y que en aquel trayecto había recogido algunas armas y más gente. Fue recibido alegremente, y todos ayudaron a sacar las piezas del patio del Parque y emplazarlas enfilando cada una de las calles que desembocaban en el Parque, quedando de este modo vigiladas las de Fuencarral y Ancha de San Bernardo y la perpendicular de San Pedro. Al poco rato se observó que por la de San Bernardo se reunían nuevas fuerzas enemigas, y los recién llegados se dispusieron a adelantarse a su llegada y embestirlos, pero Daoiz le dijo a Molina y a los suyos: “Muchachos, no nos precipitemos, dejadlos que se aproximen y así los escarmentaremos mejor”
Se había encendido una lucha cuyo único objetivo era cansar a nuestros combatientes, mientras en las plazuelas y puestos estratégicos contiguos se concentraban tropas para un ataque simultáneo por distintos lados. La escaramuza duró más de una hora, durante ese tiempo se enviaron varios despachos al Gran Duque de Berg informando del cariz que estaba tomando la situación y se transmitían órdenes para acudir con fuerzas superiores para realizar un ataque decisivo. Entre tanto, los pequeños destacamentos enviados por los franceses y parapetados tras las esquinas de las calles que por la izquierda confluían en la de San José, se limitaban a sostener la diversión, aunque sufrían pérdidas continuas debido al tiro certero de nuestras bocas de fuego. En este combate sin gloria fue en el que sufrimos una de las pérdidas más sensibles, la del Teniente de Voluntarios del Estado Ruiz de Mendoza. Había recibido una herida de bala en el brazo, que le vendó con un pañuelo el Guardia de Corps D. José Pacheco, inmediatamente volvió a la lucha sin cesar de dar las voces de “¡fuego artilleros!”, ya que se le había confiado uno de los cañones por haber estado agregado al Real Cuerpo de Artillería en el campo de Gibraltar. Pero una segunda bala le entró por la espalda y le salió por el pecho, haciéndole caer al suelo junto a un montón de cadáveres, de donde le recogieron desmayado y lo llevaron dentro. Igualmente quedaron fuera de combate un cabo y cinco artilleros, todos heridos por balas de fusil, ya que la refriega se sostenía a cuerpo descubierto, sin defensa, y eran un blanco fácil a la buena puntería de los tiradores franceses.
Parecía que moría el combate, cuando de repente se recrudeció. La anteriormente derrotada división westfaliana había sido reforzada poderosamente por el cuarto regimiento provisional, que entró a la carga, no solo por un punto, sino por tres a la vez. El ataque fue precedido por un gran rugido de tambores y cornetas que tocaban al ataque y con un gran tumulto se oía “¡Vive l´Empereur!”. Un continuo trueno demostraba lo incesante del fuego de cañón, y cuando se despejaba la nube de humo que cubría el campo, se veían cadáveres hacinados, miembros separados de los cuerpos y heridos que se retorcían de dolor.
Aquel fue el momento más sublime del combate. El que tenía armas hería o mataba al enemigo con el mismo furor que este lo hacía. Allí subieron a la inmortalidad las heroínas del Parque. La más ilustre de ellas, Clara del Rey y Calvo se hallaba en combate ayudando a los heroicos artilleros junto con Manuel González Blanco, su marido y sus tres hijos, Juan de 19 años, Ceferino de 17 y Estanislao de 15. No se apartó ni un momento de los cañones y recibió la muerte al golpearle en la frente un casco de una bala de cañón. Su hijo Juan se alistó luego como soldado en la quinta compañía del tercer escuadrón de Cazadores de Sagunto, luchando contra los franceses “por mi Patria y para vengar a mi madre”. Manuela Malasaña y Oñoro de 17 años, sacaba el la falda cartuchos para proveer a los que peleaban, una bala en la sien le arrebató la vida. Y muchas más hubo.
Varias veces intentaron los franceses traspasar la línea que demarcaba la Artillería española, intentando aproximarse a nuestros cañones por encima de la multitud de cadáveres, y otras tantas fueron rechazados, muriendo los granaderos más valientes. Tres cuartos de hora se vio detenido su empeño sin avanzar ni un paso por ninguno de los puntos atacados. Entonces concentraron todo su esfuerzo en uno de los puntos, avanzando a paso redoblado y en orden de columna cerrada con su comandante, el Coronel Conde de Montholon a la cabeza, sin detener su marcha ante ningún obstáculo ni hacer caso a sus pérdidas, solo se le oía decir “¡En avant! ¡En avant!”, y cuando se disponía a apoderarse victoriosamente del puesto, el supuesto triunfo se convirtió en descalabro. Bajando por la calle de San Pedro Nueva venía jadeante, con un pañuelo blanco enarbolado en la espada, el capitán de Voluntarios del Estado D. Melchor Álvarez. Daoiz con un toque de corneta suspendió el fuego, Velarde corrió a proponer al comandante francés que se detuviera o volverían a romper el fuego. Montholon ordenó el alto y el mismo, con tres oficiales se adelanto para recibir las explicaciones. Álvarez le dijo a Daoiz que venía enviado del Gobierno para hacerle saber la indignación que este sentía al conocer la locura con que estaba precipitando al pueblo y exponiéndolo a las consecuencias más desastrosas. No pudo acabar su discurso, ya que uno de los “chisperos” que se hallaba entre los defensores del Parque, Antonio Gómez Mosquera, al oír esto, le pegó un empujón a uno de los oficiales franceses que se adelantaron, que lo derribó de espaldas y gritó al mismo tiempo “Viva Fernando VII”. En ese momento, un artillero que tenía la mecha en la mano, sin que nadie lo mandase, dio fuego a la pieza, que aunque estaba cargada con una bala rasa, sin metralla, tuvo donde cebarse en el enjambre de franceses, los cuales asustados huyeron precipitadamente, y muchos de vanguardia que no cayeron se rindieron y fueron hechos prisioneros. También retuvieron al comandante y a algunos oficiales, que por órdenes de Daoiz fueron tratados con el mayor decoro.
En aquel momento, los heroicos defensores del Parque, a pesar de su corto número y de los pocos medios de los que disponían, habían desarmado un destacamento, dispersado otro y derrotado a dos batallones, el de Westfalia y el primero del 4º regimiento provisional, los dos de la brigada del Príncipe Salm Isembourg, de la división Musnier, y la desmoralización de los soldados franceses era tal que muchos de los huidos se presentaban a tomar partido de los españoles. Este Conde de Montholon, prisionero el 2 de mayo de 1808, fue el mismo que en 1815, habiendo sido derrotado con Napoleón en Waterloo, acompañó al Emperador a su confinamiento en Santa Elena y permaneció con él hasta su muerte.
La noticia de la defensa del Parque irritó al Gran Duque de Berg y dispuso que su ayudante, el General Lagrange se pusiese a la cabeza de la brigada de Lefranc, de la división Goblet, y auxiliada de todas las armas realizase un ataque decisivo a Monteleón. Al partir, Murat le dijo a Lagrange “General, yo no he de saber sino el exterminio de los insurrectos”.
Las fuerzas de la brigada Lefranc rodearon los lugares estratégicos para cortar toda la comunicación con el Parque, temiendo que si se prolongaba la defensa pudieran recibir refuerzos. En la calle Ancha de San Bernardo colocaron dos cañones, delante del palacio de Montemar cubriendo la zona de la plaza y cuesta de Santo Domingo. Los otros dos estaban junto a la puerta de Matalobos mirando a la calle San José y desde el primer momento contra el del Parque, con el objeto de impedir a los nuestros el descanso y hacer gastar munición, sabiendo que debían empezar a escasearles.
Mientras este cañoneo producía fatiga y distracción para unos hombres agotados por tres horas de combate desesperado, en torno a las tapias de Monteleón se formaba un sitio en toda regla.
Daoiz y Velarde no se engañaban y tomaron nuevas medidas de defensa, aunque estaban preocupados por la falta absoluta de metralla. Una vez acordado el plan para fortificarse, se vieron atacados de nuevo. Las fuerzas de defensa a las que se había reducido el Parque eran, los capitanes Daoiz y Velarde, otros tres capitanes del cuerpo. Dalp, Cónsul y Córdova, el ayudante Arango, el teniente Torres, el subteniente Carpegna y el guardia Pacheco, 10 artilleros entre sargentos, cabos y soldados y los dos oficiales administrativos Almira y Rojo convertidos en fusileros, además de entre 60 y 70 civiles. En el piso superior del palacio de Monteleón estaban los oficiales y soldados de los Voluntarios del Estado y otro gran contingente de civiles, un jefe y 13 oficiales franceses prisioneros en el pabellón de guardia y unos 200 soldados enemigos encerrados en las cuadras y cocheras. Por último, en el pabellón de oficiales algunos heridos, entre ellos el Teniente Ruiz y heridos franceses.
El paso de ataque enemigo estaba marcado por los redobles de tambor y los toques de corneta. Una columna de cerca de 2000 hombres avanzaba con dos Oficiales Generales a la cabeza, el General Lagrange y el de brigada Lefranc. Tres veces la metralla de nuestros cañones contuvo su acometida, aunque el último disparo hubo de cargarlo con piedras de chispa, al no tener más metralla. Sin embargo, aquellas piedras bajaron a Lefranc del caballo que montaba y lo dejaron a pie. La calle se cubría con los cadáveres enemigos. Por dos veces los granaderos imperiales llegaron a 10 o 12 pasos de distancia de los cañones españoles. Pero había sonado la campana de la derrota. El ataque se hacía general, y los Voluntarios del Estado, desde las ventanas del ala derecha del palacio repartían muerte por todos los lados del Parque, contrarrestando las medidas que el enemigo tomaba para asaltar el edificio por la espalda. Ni era posible dividirse entre tantos puntos de atención, ni había fuerzas. Además la escasez de las municiones acrecentaba el desánimo entre los españoles.
Entonces una bala vino a herir y destrozar una pierna a Daoiz, que enronquecido y fatigado mandaba aún a sus artilleros quemar el último cartucho. Al golpe se sintió vacilar, pero pudo más la resistencia que el dolor. Se secó el sudor que bañaba su frente y al no poderse mantener en pie, ni abandonar la espada, ni la lucha, se recostó sobre el cañón. De sus artilleros, siete yacían muertos y cinco heridos. De los demás combatientes un gran número había corrido a esconderse dentro del Parque debido a la proximidad del enemigo. Sobre el campo sólo había unos 30 que luchasen y por el suelo muchos muertos y heridos. La lucha y la resistencia habían acabado.
La primera subdivisión de la columna de ataque llegaba a pocos pasos de los puestos españoles y apuntándoles a la cara amenazaban con disparar a quemarropa, cuando apareció de repente, con todas sus medallas militares, el Marqués de San Simón, Capitán General del Ejército español, que había observado el valeroso combate desde las ventanas de su casa, y metiendo su bastón debajo de los fusiles, los levantó, no sin que saliesen algunos tiros. Velarde, que se dio cuenta de la pérdida de equilibrio entre las fuerzas, trató de reforzarlas con las de los Voluntarios del Estado, entonces, al salir del patio trayendo a las fuerzas que había ido a buscar, al aparecer en la puerta del Parque, una bala le atravesó el corazón matándolo instantáneamente.
Al movimiento de paralización de su vanguardia y a la presencia del Marqués de San Simón, los Generales Lagrange y Lefranc, seguidos de algunos granaderos de la guardia imperial y declarando prisioneros a todos los vivos y suyo el Parque por derecho de conquista, se adelantaron al lugar donde se encontraba Daoiz, recostado sobre el cañón y con la espada aún en la mano. Había concluido el combate y alrededor reinaba el terror silencioso de los vencidos y el bullicio de los vencedores. Mirándole rendido, Lagrange se dirigió al inválido Daoiz ofensivamente, unos dicen que solamente le amenazó y le recriminó; otros afirman que osó tocar violentamente el sombrero del héroe.
Grande tuvo que ser el agravio, puesto que Daoiz le atacó con su espada. Lagrange quedó herido gritando “Granadiers, à moi, ¡Socours à votre general!”, oficiales y granaderos cayeron sobre el Capitán español, que se defendió en vano durante algunos momentos. Uno de aquellos soldados le dio por la espalda un terrible bayonetazo que le atravesó y Daoiz se desplomó mortalmente herido.
El cuerpo de Velarde había sido profanado, y nada más que calló, los soldados enemigos le despojaron de su uniforme. Así permaneció algún tiempo, hasta que los suyos, le recogieron y le envolvieron en un lienzo de una tienda de campaña. A Daoiz todos acudieron a ayudarle. Arango afirmaba que todavía respiraba cuando llegaron. Le cogieron y le llevaron a un cuarto cercano. Un médico francés se acercó y mientras le hacía tomar alguna sustancia para revivirlo decía “Era un héroe”. Todo fue en vano. Se movía poquísimo y de vez en cuando abría los ojos. En vista de su gravedad, lo llevaron a su casa donde murió.
Este es el fin de lo que sucedió aquel glorioso día en las calles de Madrid y en el Parque de Artillería de Monteleón. El resto ya lo conocéis, aquí fue donde se inició el movimiento patriótico que finalizaría con la primera derrota del Ejército Napoleónico y la libertad del pueblo Español.
Fuentes:
Memorial de Artillería de 1908
“Dos de Mayo de 1808” de D. Juan Pérez Guzmán y Gallo
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